La catarsis Zimmerman 5
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Al subir los tres pisos sin ascensor, me encontré con la puerta entreabierta. Justo enfrente, una señora muy maquillada se limaba las uñas mientras masticaba chicle. En cuanto la fatiga me lo permitió, me acerqué a ella. El chicle era de fresa ácida.

—Perdone, soy Víctor Zimmerman.

—Yo Juani Sánchez Sánchez. Es que mis padres son primos hermanos. Eres el sustituto, ¿verdad?

—Creo que sí, llego un poco tarde.

— No problem . Todavía no he conocido a ningún actor puntual, ¿sabes lo que te digo? Os gusta haceros de rogar.

—Es posible. ¿Está Gerard?

—Sí, ahora te paso. Es que acaba de discutir con el actor que iba a hacer la película, el de las camas.

—¿Y se encuentra bien?

—Regular. El otro lo ha amenazado de muerte y, a Gerard, eso le afecta. Le he dado un placebo, unas vitaminas que me mandó mi médico.

—Pobre, qué mal rato.

—Es que hay que tener formalidad, ¿sabes lo que te digo? Y que no es un mindundi, que tiene un César, premios internacionales, en fin.

Juani, cada vez más alterada, masticaba el chicle con energía.

—Que vale que sus rodajes son caóticos y nunca sabes cómo va a quedar la película. Creo que es Asperger, ¿sabes lo que te quiero decir?

—Sí, sí, sé lo que me quieres decir.

—Mira, te voy a dar paso, que estoy muy ocupada.

Juani marcó el botón del intercomunicador con la única uña que le quedaba sin pintar.

—Gerard, está aquí un tal Víctor… ¿Cómo es?

—Zimmerman.

—Zi… no sé qué, ¿le doy paso?

—Sí, claro, que pase. ¿Ha llamado alguien más? —contestó un Gerard con voz robótica.

—Sí, María Polanco, la actriz. Dice que está muy ilusionada con la película, ¿sabes lo que te digo? Y que si podría llevarse su caniche al rodaje, que se estresa cuando lo deja en la protectora de animales.

— Merde ! Pues dile que durante los ensayos no me importa, pero en cuanto ladre una sola vez, lo echo de una patada.

—Vale, se lo diré.

—De una forma sutil, que te conozco.

Y Juani siguió pintándose las uñas con una exquisitez de la que carecía al conversar con extraños.

Intranquilo, pasé a un despacho con las paredes rebosantes de instantáneas de rodajes.

Aunque sus películas funcionaban mejor en festivales que con el público, reconocí varias por la revista Fotogramas .

A Gerard lo encontré asomado a la ventana, inspirando el escaso aire que circulaba por el callejón.

Se dio la vuelta y su gesto de agobio se transformó en afabilidad forzada.

—Perdón, es que he tardado en encontrar el portal.

—Estamos camuflados, para que los inspectores de Hacienda no nos localicen. Supongo que la oferta te ha pillado por sorpresa.

—La verdad es que sí, aunque llevo dos días movidos.

—Por lo menos es una sorpresa agradable. Y lo de tu cara, peores heridas he visto arreglar. ¿Una pelea?

—Agresión, más bien. También tengo rasguños en la espalda.

—Que te receten un cicatrizante con antibiótico, para asegurarnos.

Y no te metas en más líos. Voy al grano.

La película es una adaptación de un guion teatral ambientado en la posguerra.

La leí hace años y andaba detrás de los derechos para rodarla.

Estamos con los últimos retoques. Andrea, la guionista, es muy tiquismiquis y los productores cada día se levantan con una ocurrencia nueva.

—Entiendo, ¿y cuál es? —dije antes de dar un trago al vaso de agua de cortesía.

—Se llama La rebelión del predicado , ¿la conoces?

—Eh…, sí, bastante. La representé el último año de carrera.

—¡Qué me dices! Hiciste el papel de Sebastián, imagino.

—No, no, hice el de Senén.

—Pero si el protagonista tiene casi cincuenta años. Los del teatro lo solucionan todo a base de caracterización. Bueno, es una ventaja, aunque hay partes que han cambiado bastante. ¿Te apetece hacerla?

Un dolor punzante en el estómago me sugería una retirada.

—Sí, claro.

—Es que te has quedado blanco.

—Me ha sorprendido, solo eso.

—No voy a hacerte pruebas. He revisado tus trabajos y me convence tu manera de actuar. Ya sabes que, en esta obra, los silencios son importantes.

—Sí, lo trabajé en su momento.

—Perfecto. Respecto al sueldo, puedo ofrecerte veinte mil euros al inicio y diez mil al final del rodaje.

Andamos apretados de presupuesto. Mi última película coincidió con una mega producción de Hollywood que incluía el desnudo integral de Jason Momoa.

Imposible competir contra semejante pene.

La película pasó desapercibida hasta para los amantes del cine independiente, así que mis productores habituales desaparecieron.

Los de ahora son inexpertos, jóvenes y caprichosos. Me tienen cogido por los huevos.

—Los productores siempre son caprichosos, sean jóvenes o no.

—Lo que quiero que entiendas, Víctor, es que este proyecto es mi última oportunidad y, aunque nos acabamos de conocer, te confieso que por primera vez en mi carrera tengo miedo.

Yo solo sé hacer películas. Por eso intento rodar en cuanto puedo.

No soy de esos que hacen una película y se tiran cuatro o cinco años sabáticos viviendo de rentas.

Siempre preferiré el cine a cualquier alternativa.

—Tranquilo, sé lo que es perderlo todo. Intentaré estar a la altura.

—Gracias, veo que estamos, ¿cómo se dice?, sur la même longueur d’onde . Uno que lo ha perdido todo y otro que está en el límite. Una mezcla interesante. Y, agresiones aparte, ¿te encuentras bien de salud?

A cada pregunta de Gerard le seguía una media verdad.

—Estaré mejor en cuanto empiece a trabajar. Mañana te mandaré un informe médico.

—Bien. Voy a por el contrato para que le eches un vistazo.

La figura enclenque y desgarbada de Gerard abandonó la habitación, dejándome angustiado desde que pronunció el título de la película.

De todas las obras teatrales susceptibles de adaptarse al cine, tuvo que ser precisamente esta.

Sin comerlo ni beberlo, estaba obligado a enfrentarme a un texto que en su momento me descolocó por completo.

Mi primera duda era si podría ser natural sin despertar a mis fantasmas.

Aproveché mis últimas horas de inactividad para dar un paseo donde mezclaba el entusiasmo con una melancolía sádica por estar a punto de esquivar a la pobreza.

Me había acostumbrado a ella de la misma manera que mi madre se acostumbró a Braulio.

Me preparé una cena de picoteo sin escatimar en gastos, de las que hacía un siglo que no degustaba.

Recogí rápido para no sentirme mal por el capricho y me senté en el sillón orejero para leer el guion.

¿Quién sabe? Puede que la historia se hubiera actualizado tanto que Senén, mi personaje, ya no viviera un amor apasionado con el hijo de su mujer.

No hubo suerte. Leída hasta la página cuarenta, la esencia de la obra seguía intacta.

Solo había varias escenas que en teatro no pasaban de ser una sutileza erótica y ahora rozaban lo pornográfico.

El deltoides de mi brazo izquierdo latía por su cuenta.

Traté de relajarme con un tutorial para superar la ansiedad, hice inhalaciones y exhalaciones lentas, dejé la mente en blanco, busqué un punto de referencia…

y lo encontré: una de las fotografías colgadas en la pared, con tres manos que señalaban el texto teatral La rebelión del predicado .

Una coincidencia perfecta para que mi ansiedad se disparase.

Aquella imagen dio paso a otras, como los fotogramas de una secuencia cinematográfica.

Perdí el control de mi cuerpo. Taquicardias, ahogo, más taquicardias.

Solo la química podía ayudarme, así que, primera pastilla extra que tomaba fuera del horario habitual.

El problema no solo estaba en mis reparos con las escenas de sexo.

Era la obra en general y los acontecimientos asociados a ella.

Es más, su título ya me recordaba que la rebeldía nunca fue mi punto fuerte.

La pastilla surtió efecto y mi cerebro ordenó dejar de hacerme daño.

Al retomar la lectura, recibí una llamada de Águeda que desatendí.

Mi ánimo no estaba para explicar procesos complejos, tampoco los simples.

Me daba igual comportarme como un divo cerca de recuperar sus privilegios.

No podía hablar con nadie, ni siquiera con ella.

Y así, entre intermitentes miradas de reojo a aquella foto, continué con la lectura, pese a que cada página me obligara a contestar a la pregunta que planteaba aquel programa sensacionalista en su título, me empujara a recordar quién era.

E L REGRESO DE LOS QUE NUNCA SE FUERON.