La catarsis Zimmerman 4
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Al día siguiente, madrugué para comprobar que el vídeo de mi palizón superaba los…

¡tres millones de visualizaciones! Le resté importancia de inmediato, pensando que en realidad serían cuatro descerebrados que lo habrían reproducido hasta la saciedad.

Después quise asegurarme de que la entrevista con aquel desalmado fue tan patética como sentí en directo.

Aunque en la página web de la cadena solo colgaron fragmentos plagados de publicidad, lo poco que vi confirmó mis predicciones.

La cámara captaba mi inseguridad a la legua y sí, se notaba que mentía.

Esa sonrisa etrusca, ese balbuceo, horrible.

A mi edad debería ser fiel a mi código deontológico.

Incluso mantuve silencio ante las insinuaciones sobre un posible consumo de drogas.

Me habría arrepentido por completo de mi decisión de no ser porque la productora cumplió el contrato: «La cantidad de cinco mil euros será abonada mediante transferencia bancaria al día siguiente de la emisión de la entrevista».

Hacía tanto que no veía ese dineral, que la circunstancia más bochornosa la habría asumido con normalidad.

Recién salido de la ducha, llamaron a la puerta.

Aunque no me apetecía relacionarme con seres humanos, que fuese Águeda complicaba mi objetivo.

Habría entrado con la llave que le obligué a mantener cuando dejó de trabajar en casa.

Todavía mojado, bajé las escaleras y abrí la puerta con mi albornoz de Versace, último vestigio del actor con posibles que un día fui.

—Buenos días, te hacía trabajando.

—Abrimos en un rato. La dueña tiene cagalera y esa no me deja sus llaves. ¿Tienes la cara mejor o son cosas mías?

—Está menos hinchada. La que tienes mala cara eres tú.

—Me he levantado intranquila, necesitaba tirarme a la calle.

—¿Qué te pasa?

No necesitaba respuesta. Cuando Águeda estaba mal, solo había una causa.

—Echo de menos a Rober, como me controlaba tanto…

—Igual la libertad es más beneficiosa para ti, ¿no crees?

—Supongo. Te he traído huevos y leche. He comprado de más.

—Ah, muchas gracias. ¿Viste la entrevista anoche?

—¿Esa en la que quedaste como un trapo delante de media España? Sí. Por cierto, estuve esperando a que me llamaras para venirme a dormir.

—Es que terminamos tardísimo —dije con la sonrisa cínica que tanto había practicado.

—¿No te ha dicho nadie que mientes fatal?

Águeda entró en la cocina. Cogió un plato, sacó dos huevos y los batió para hacer una tortilla francesa que nadie le había pedido. Estaba irreconocible, desplegando una sinceridad inaudita.

—Te voy a decir una cosa, prefiero ayudarte las veces que haga falta, antes que repetir lo de ayer, que fue de vergüenza ajena.

—Di lo que piensas, no te cortes.

—Alguien tiene que decírtelo. Daña tu imagen, Víctor.

—Yo no tengo imagen, así que no hay nada que dañar.

—Me da igual. Nadie querrá contratarte después de esa entrevista.

¿Qué es eso de que echas de menos a tu mujer?

Si a mí nunca me has hablado de ella, pero claro, como tu vida íntima es una incógnita.

O lo de las drogas, ¿cuándo te has drogado tú?

Que yo sepa, te inflas a buspirona desde la muerte de tu madre, fin.

Águeda sacó del congelador una bolsa de croquetas.

—No, esa no la abras, era de…

—Ah, es verdad, muerte que todavía no has superado.

¿Cuánto llevan estas croquetas sin abrir, dos años?

En fin, me pierdo. Solo te digo que acabo de apalabrar una boda kuwaití.

Peinaré a la novia y a doce damas de honor.

Dos mil euros en negro me cascan, así que, si tu ego te lo permite, yo te ayudo, pero no vuelvas a participar en un circo así.

—No hace falta, con el subsidio, la donación anónima y los cinco mil que gané ayer, puedo tirar tres meses sin problema.

—¿Cinco mil, por hora y media? Qué injusto, coño. ¿Y sigues sin averiguar quién te ingresa ese dinero?

—Ni idea, ¿no serás tú?

—Los que somos mileuristas no podemos permitirnos esas licencias.

De repente, otro número desconocido llamó a mi teléfono. Se repetía la secuencia del día anterior. Águeda llegaba, me instigaba por mis malas decisiones y me llamaban para hacerme un ofrecimiento. Al cogerlo, escuché la voz afrancesada de un hombre.

—Buenos días. ¿Víctor Zimmerman?

—Sí, soy yo.

Se presentó como Gerard Dunot y me explicó quién era.

No habría hecho falta. Gerard era un director de cine francés de setenta años, afincado en España desde hacía más de una década.

Se lio con una joven actriz soriana que pretendía relanzar su carrera camelando a un director de prestigio, aunque pudiera ser su abuelo.

Candidato a varios Goya, nunca ganó, porque la academia nomina a los extranjeros únicamente para alardear de espíritu cosmopolita.

La actriz, al comprobar que Gerard no contaba con ella para liderar proyectos, se lanzó en brazos de otro director que sí le ofreció papeles protagonistas, con la única pega que sus películas eran auténticos bodrios de serie B.

—Te llamo porque estoy buscando al protagonista de mi próxima película. Hemos barajado varios nombres y creemos que tú cumples el perfil. ¿Estás libre o tienes algún proyecto en el horizonte?

—Estoy libre, sí.

—Fenomenal. ¿Sería posible vernos hoy? El rodaje comienza en un par de semanas.

—¿Tan pronto?

—Seré sincero. Teníamos al actor, pero ha abandonado el proyecto para entrar en un reality de hacer camas.

—¿De hacer camas?

—Sí, ya no saben qué inventar. Quiso volver, porque a los dos días de concurso, se le cerró una cama abatible en la cara y le rompió la nariz. Pero claro, así no nos servía.

—Pues yo ayer tuve un problema similar y tengo la cara magullada.

—¿Pero está hinchada?

—Un poco. Supongo que para el rodaje estará bien.

—Entonces quedamos en mi estudio a las cinco. Te mando ubicación ahora.

En cuanto colgué, abracé con fuerza a una Águeda que participaba de mi alegría sin haber escuchado la conversación.

—¡Una película, me han propuesto hacer una película!

—¡Qué dices, eso es la leche!

—Seguro que me vio en televisión anoche. Lo ves, si no hubiera ido al programa, estaría comiéndome los mocos.

—Pues dice muy poco de él que se trague ese bodrio.

—Y fíjate cómo disimula. Me pregunta si estoy libre, cuando lo sabe de sobra por lo que dije ayer.

—Seguro que lo de la paliza le vendrá de perlas para la promoción, ahora que eres trending topic.

—Es verdad. Madre mía, qué nervios.

—Anda, piensa en lo que te vas a poner para la entrevista y, si lo tienes arrugado, te lo plancho antes de irme, que eres un desastre.

—Deberías venir más a menudo, me das suerte. Gracias.

—Dáselas a la telebasura. Corre, sube.

Hice caso a Águeda y subí las escaleras con una energía propia de mis años de juventud. Merecía la pena, estaba a punto de recibir una segunda oportunidad.