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Me aseé un poco y llamé a Águeda al fijo de la peluquería para contarle la buena nueva y posponer nuestros planes nocturnos.
Ella fingió alegrarse. Los dos temíamos que el programa dejara un poso putrefacto en la opinión pública.
Mantuvo lo de dormir conmigo aquella noche, que la llamara cuando terminara, a la hora que fuera.
Las novedades eran poderosas y merecían una sesión de insomnio.
Le respondí que sí, aunque tenía claro que no lo haría.
Un palizón y una entrevista sensacionalista cubrían mi cupo de novedades con creces.
¿Y mi cara? ¿Cómo iba a presentarme magullado a un programa de máxima audiencia?
Pero claro, me habían contactado por eso.
Así era el show business . No tenía ni hielo.
Cuatro horas después, estaba en las instalaciones de la cadena, dispuesto a pisotear mi dignidad.
De entrada, me ofrecieron tres mil euros, pero tras regatear con el director del programa, subió a cinco mil y ya no pude negarme.
Dentro me esperaba un asistente con andares de pingüino emperador, que me acompañó a la planta donde se grababa el programa.
Una vez arriba, tomó el relevo Carolo, el redactor asquerosamente joven y estiloso que habló conmigo por teléfono.
Pertenecía a una nueva hornada de homosexuales hiperocupados y con una labia de la que esperaba sacar rédito con un proyecto en solitario.
—Víctor, enhorabuena. Tu vídeo lo ha petado, ¿estás contento?
—Lo estaría si no me hubieran metido una paliza.
—Uy, perdona. ¿Qué tal estás, te duele mucho?
Intenté camuflar esa mirada perdonavidas que tanto uso, pero no sé si lo conseguí.
—Molesto.
—Tengo ibuprofeno, por si lo necesitas. ¿Te has maquillado?
—Sí, me he dado una base.
—Pues que te la quiten y que te resalten las heridas del palizón. Te cuento, estas son las preguntas que te hará Jorge Manuel, ¿lo conoces?
—Personalmente no.
—Tiene tirón, pero está muy cascado y el formato se está quedando obsoleto. En fin, repásatelas y acuérdate de comentar las anécdotas más truculentas que tengas.
—Tampoco son tantas y esas no pueden contarse.
—Pues invéntatelas. No sé, que te han intentado secuestrar en una fiesta o que has estado cerca de morir en un helicóptero. Historias que enganchen a la audiencia.
—Lo de mentir no parece muy ético, ¿no?
—Aquí la ética nos la pasamos por el forro. Empezamos en dos horas. Siéntate aquí hasta que te llamen de maquillaje.
Pese a estar a punto de cometer un gravísimo error, me sentía ilusionado por volver a rodearme de focos y cables.
Echaba de menos esa frivolidad convulsa, tan inocua y dañina a la vez.
Escuchar historias rocambolescas de artistas que se creen indispensables, como si el destino les regalara constantemente anécdotas alocadas con las que deleitarnos.
Asimilaba sus mentiras con naturalidad. De hecho, iba a convertirme en su principal embajador.
Y casualidades de la vida, al entrar en maquillaje, me encontré con Candelita, una antigua compañera con la que coincidí en el remake de Atraco a las tres .
Qué falsa alegría nos dio a los dos. Conforme me desmaquillaba, me chismorreó que el asistente-pingüino de recepción tenía tres hijos de tres mujeres diferentes, recalcándome, acompañado de tres palmadas en mi pecho, lo de tres mujeres diferentes.
Que Carolo, el redactor trepa, había contraído el VIH por ser asiduo a orgías gais en saunas de Chueca y que no se enteró por él, sino por su hermana, que llegó un día con los retrovirales en una bolsa.
Al dejársela en el camerino, a Candelita le pudo la curiosidad y la abrió.
Como no reconocía su contenido, Google terminó de explicárselo.
De hecho, llegó a enseñarme una foto de los envases, con franjas en color azul y rojo chillón.
Alguien debería advertir a los diseñadores de envases (y a Candelita) de que hay enfermedades que, por su poder de estigmatizar al que las padece, requieren de mayor discreción.
De colofón, me obsequió con un chisme sobre Jorge Manuel, el presentador.
Se comentaba en la cadena que había firmado un contrato privado que incluía el servicio de una prostituta cada jueves, antes de empezar el programa en directo.
La mujer diría en el control la frase «vengo a entregar unos documentos a Jorge Manuel» y se dirigiría a su camerino donde el presentador haría realidad sus fantasías sexuales durante cuarenta minutos.
Aun a riesgo de que se me tachara de mala persona, me sentí aliviado de que la sordidez llamara a otras puertas que no tuvieran que ver conmigo.
A media hora del directo, irrumpió Jorge Manuel en el set, bastante relajado.
Mientras repasaba con Carolo la escaleta, me escaneó con la mirada y me dedicó una sonrisa, limitada por el ácido hialurónico de sus labios.
No era el único retoque que se había hecho: nariz, pómulos, pelo, glúteos…
, un completo. No entendía esta nueva tendencia.
Mi generación se operaba cuando nos veíamos decrépitos y, sin embargo, esta juventud evitaba la arruga antes de que apareciera.
Prefería pensar en banalidades con tal de no preguntarme por qué estaba allí. Habría salido corriendo.
Las preguntas se clasificaban en estúpidas, impertinentes o morbosas. ¿Qué debía decir para no defraudar a la audiencia? ¿Cuántas mentiras podría asumir sin que se me notase? Solía exagerar datos en mis entrevistas, pero en esa ocasión me pedían dar un salto mortal. Mi mente no estaba tan ágil.
—Víctor Zimmerman, por favor, a plató —gritó Carolo.
Acudí obediente y enseguida me regañaron al sentarme por error en el asiento del presentador. Jorge Manuel saludó al público con su simpatía forzada y después a mí, como si conociera cada uno de mis secretos.
Me fijé en el título del programa, fabricado con unas luces de neón que remarcaban el tono casposo del formato.
¿Recuerdas quién soy? De inmediato, mi cabeza conjugó el verbo recordar en primera persona sin que yo se lo ordenara.
«¿Recuerdo quién soy, recuerdo quién soy?
». Aunque fuera una pregunta plagada de aristas, mi respuesta se acercaba peligrosamente a un «no».
Carolo volvió a gritar: «En el aire en cinco, cuatro, tres, dos, uno… ».
—Muy buenas noches y bienvenidos otra semana a ¿Recuerdas quién soy ? Esta noche nos acompaña, entre otros, un actor que alcanzó un notable éxito a finales de los noventa, llegando a estar incluso nominado a un Max. Víctor Zimmerman, buenas noches.
El público arrancó a aplaudir. Jorge Manuel me invitó a que me sintiera como en casa y pidió atención a los espectadores para tragarse un vídeo resumen de tres minutos sobre mi trayectoria artística.
El reportaje carecía de precisión. No fue en los noventa, sino a principios del 2000 cuando encadené los mayores logros.
Mi crispación iba en aumento. Vale, mencionaron películas en las que participé y el reconocimiento de mis compañeros en las tablas, pero me molestó que me presentaran como un actor secundario que nunca llegó a explotar en la gran pantalla.
Eso y que fueran tan exhaustivos con los últimos acontecimientos de mi carrera en la que, según los redactores, participé en obras menores y series de televisión rancias.
Además, rescataron vídeos con mi exmujer y con mi madre que ni siquiera sabía que existían.
Habría hecho un esfuerzo por emocionarme de no ser por el olor a carnaza fresca que rezumaba cada esquina del plató.
—Y este ha sido nuestro resumen, Víctor. ¿Te ha gustado?
—Sí… —carraspeé—. Sí.
—Nos alegramos. Antes de entrar en faena, debemos aclarar que la cara de Víctor está hecha un cuadro porque esta mañana ha recibido una brutal agresión en un bar por parte de un camarero. ¿Te gustaría dar el nombre del bar para saber a qué atenernos?
—Eh, creo que no. Ha sido un incidente sin importancia.
—Hombre, sin importancia no. Te han destrozado, Víctor. De hecho, alguien que presenció la agresión, ha subido el vídeo a YouTube y en pocas horas se ha hecho viral, pero eso os lo contaremos más adelante.