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Mientras Águeda curaba mis heridas, me reafirmaba al incluirla en mi selecto grupo de imprescindibles.
La conocí hace cuatro años, tras publicar un anuncio solicitando asistenta de hogar a media jornada.
Me habían contratado como secundario fijo en una serie de época y eso era incompatible con la tarea casera más básica.
Participar en aquella serie de sobremesa fue exasperante.
Aunque alimentara mi vanidad de actor, verme a diario en la pequeña pantalla quemaba mi imagen.
Además, suponía un retroceso tras el éxito de los últimos años: nominaciones a premios, películas, obras de teatro…
currículum suficiente para optar a proyectos en prime time como mínimo.
Por entonces, Luisa Negrete —mi representante durante veinte años— ya mostraba su hartazgo por nuestras exigencias e indecisiones, así que zanjó mis dudas en una sola frase: «Si Carmina Maura ha trabajado las tardes, tú no vas a ser menos».
Hasta encontrar a mi ayudante hogareña, entrevisté a medio centenar de mujeres y solo dos hombres.
Y eso que el feminismo ya era un movimiento social con empuje.
Nunca había dirigido un casting y, además de sentir el poder que conlleva la toma de decisiones, supuso un experimento antropológico.
Había perfiles de lo más variopinto: un nini costalero, una prostituta desesperada por dejar la calle o una universitaria con dos carreras, un máster y tres idiomas, símbolo del fracaso de la cultura del esfuerzo.
Águeda se presentó de las últimas. Era peluquera y maquilladora, pero su jefa la contrató a media jornada para encargarse solo de permanentes y teñidos.
Quitando su apariencia de choni de barrio —vestida con dos tallas menos de lo que le correspondía—, se la veía resolutiva y lista, ya que por entonces no discernía si también era inteligente.
Aunque el primer año apenas coincidimos, cumplió con rigurosidad mis instrucciones.
Regresaba el orden que destila una cama recién hecha, comidas caseras en la nevera o el olor a lejía perfumada en cada estancia…
hasta que mi madre enfermó. Supuse que Águeda se limitaría a cumplir con sus labores, que no atendería a una enferma que, como mucho, aspiraba a cronificar su estado de salud. La subestimé.
Mi madre se trasladó a Madrid hace quince años, en cuanto mi estado civil pasó de casado a divorciado, para que no estuviera solo, repetía con insistencia.
No le dio pereza cambiar de entorno. Prefería estar cerca por si volvía a tropezar, aunque nunca fui de los hijos que se aferran a sus padres en las adversidades, nunca gasté ese cartucho.
Su marido Braulio tampoco puso impedimentos, como si su sordera lo anestesiara de los conflictos que conllevan las decisiones importantes.
Ellos organizaron su transición a la gran ciudad, un trasiego excesivo para dos personas que ya coqueteaban con la vejez.
Yo no fui de gran ayuda; no paraba de trabajar y, si contabilizaran las veces que fui a visitarlos, les habría compensado quedarse en Asturias.
Pero a mi madre le bastaba con coincidir bajo el mismo cielo que yo, según sus palabras.
Un día empezó con mareos, pero como tenía la tensión baja, era fácil sacar conjeturas benignas: la edad, la polución, el estrés de Madrid…
Nunca pensamos que estuviera desarrollando un cáncer de pulmón.
Cuando se encontraba peor, la obligaba a quedarse en mi casa a regañadientes, porque una cuidadora no soporta ser cuidada.
Aunque Braulio ayudaba en lo que podía, su sordera era un hándicap difícil de gestionar.
Con semejante panorama, Águeda evolucionó hasta convertirse en mis manos y pies.
Asistenta de hogar, enfermera y, a la postre, confidente, rol alimentado por los cientos de partes de salud telefónicos.
No sé si fue su carisma o que fuera de las pocas personas que conocían a mi madre en Madrid.
El caso es que se convirtió en mi mejor amiga, por no decir la única.
En el mundo artístico, tener un amigo es como encontrar un joven con buena dicción, complicado.
Además, Águeda fue testigo de mi decadencia laboral.
Eso une bastante. Por desgracia, el año pasado consiguió su ansiada jornada completa en la peluquería y tuvo que dejarme.
Aunque mis problemas económicos no me hubieran permitido un lujo como ella, nuestra relación personal no dejó de crecer.
De hecho, en los últimos meses me ha surtido de comida y otros productos de primera necesidad.
Lo hace esporádicamente, para que mi orgullo no reaccione a la contra.
Yo le doy las gracias con la boca pequeña y mantengo una ridícula pose desinteresada…
hasta que se va y me lanzo a la comida cual perro hambriento.
Si hago balance, he de decir que me siento en deuda con cada una de las mujeres que han pasado por mi vida.
Con mi madre, con mi ex, con Águeda y con la mujer que me ingresa trescientos euros cada mes.
Esto último no podía asegurarlo, pero la experiencia me ha enseñado a asociar la solidaridad con el universo femenino.
Y para colmo, Águeda retomaba conmigo sus dotes de enfermera.
—Menuda paliza te ha pegado ese hijo de puta. ¿Tú le has dado?
—Qué va, solo me defendí.
—Lo denunciarás, imagino.
—No creo. Mi madre adoraba a Patricio.
—Pues él a ti no. ¿Hay más gasas?
—No, solo papel higiénico.
—Te pondré tiritas. Vas a rabiar cuando te las quites.
Águeda abrió su bolso de Mary Poppins y sacó un botiquín de viaje tan hortera como el bolso.
—¿Qué hiciste ayer? —me preguntó mientras me pegaba las tiritas.
—Nada especial. Me desperté y leí las felicitaciones cínicas de mis compañeros de profesión.
—Ya, cada trabajo tiene su parte oscura. Las peluqueras somos cotillas y los actores, hipócritas. Hay que asumirlo. ¿Y por la tarde?
—Vino Mónica, echamos un polvo y se fue.
—La misteriosa Mónica. Podrías presentármela, que no la conozco ni en fotos.
—Ya da lo mismo. Lo va a intentar de nuevo con su marido.
—¿Es cierto o es que no te fías de mí? Seguro que piensas que voy a airear tu relación igual que hago con las de mis clientas. Pues que sepas que, aunque me cueste, sé guardar secretos.
—Es solo que no me gusta hablar de estos temas.
—Vale. Y después del polvo de despedida, ¿qué hiciste?
—Me tomé una pastilla, me tumbé en el suelo y me desperté sobre las once de la noche.
—Ay, Víctor, de verdad, no puedes seguir así.
Nos interrumpió una llamada de teléfono.
Era su jefa, experta en hacerse presente justo cuando Águeda estaba a punto de aleccionarme: «Te voy a decir una cosa»…
Llamada. «Me tienes muy harta»… Llamada.
«No puedes seguir así»… Pues claro, llamada.
Pensé en distintas respuestas hasta que colgó.
Al final elegí la menos hiriente para ambos:
—Lo dices como si me encantara esta forma de vida.
—De entrada, deberías dejar de tomar pastillas, son el demonio —dijo, señalándome con su dedo inquisidor.
—El demonio es esta sociedad de mierda.
—Eso no está en tu mano cambiarlo.
—Tampoco lo que está en mi mano. Ay, que me duele.
—Normal. Esto no sé si es patada o puñetazo.
—Puñetazo, patadas no me dio, creo.
—Qué considerado.
Entonces me fijé en Águeda con el firme propósito de poner el foco en sus penurias.
—¿Y lo tuyo? Te he visto el moratón, por mucho que lo tapes con las gafas de sol.
—Mira que le dije a la de la óptica que eran pequeñas… Puñetazo, de mi novio. Últimamente cierra el puño.
—¡Qué cabrón! Tú sí que deberías ir a la policía.
—Estoy enganchada. Me atraen los tíos con un punto agresivo.
—Mujer, creo que este tiene punto y medio.
—Que yo le pegué más a él. En cuanto me toca se siente culpable y deja que se las devuelva. Pero ya no hay vuelta atrás, se ha terminado.
—Eso espero, si no, igual intervengo yo.
—No necesito salvadores, y como me tengas que defender tú, estoy apañada. Volviendo al tema, y por la noche, ¿qué? Me pondrías verde por dejarte tirado en tu cumpleaños.
Aproveché para beber, que se sintiera mal durante los siete segundos que duró mi trago.
—No, remoloneé un rato y acabé roque en el suelo de nuevo.
—Joder, qué triste, aunque no fue peor que lo mío. Cuando llegué a casa, puse la tele y vi el final de una película de vaqueros maricones.
—Se llama Brokeback Mountain .
—¿Esa es la que querías que viéramos juntos?
—Sí, pero como ya has visto el final…
—Había un hombre abrazando a una camisa, no me enteré de nada. Otro día la vemos. ¿Quieres que me quede contigo esta noche? Total, ya no me espera nadie en casa.
—No hace falta. Estoy dolorido, pero puedo moverme.
—No pienses que lo hago solo por ti.
—Entonces quédate. Nos han pegado a los dos, habrá que celebrarlo.
—Venga, pues cuando salga de currar, cojo algo para picar y vuelvo.
Fue marcharse Águeda y recibir la llamada de un número desconocido.
Dudé si descolgar. La agresividad de las compañías telefónicas para captar clientes ha modificado nuestros hábitos.
Para mi sorpresa, se trataba de un redactor del programa ¿Recuerdas quién soy?
Me comentó sin rodeos que les había llegado un vídeo en el que me daban una paliza.
Pretendía que acudiera en directo esa misma tarde a su programa, que en otras ocasiones ya habían barajado mi nombre y que el vídeo viral era el espaldarazo definitivo.
Mientras el redactor me informaba de las condiciones, puse el manos libres, me metí en tendencias de YouTube y comprobé que aquellos retrasados del bar habían colgado el vídeo.
Llevaba casi medio millón de visualizaciones en dos horas.
En cuanto me repuse del shock , cerré la boca y seguí escuchando.
En circunstancias normales, jamás habría aceptado acudir a un programa que se nutre de las desgracias ajenas. Insisto, en circunstancias normales.