La catarsis Zimmerman 2
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Al día siguiente me despertó la enésima pesadilla hiperrealista, una constante que me acompaña desde pequeño.

Dudaba ante el espejo entre enfundarme el disfraz de dinosaurio o el de Bob Esponja, menos desgastado por la falta de uso.

Me decanté por el primero, nunca tuve predilección por los iconos actuales.

Salí de casa sin desayunar, no por guardar la línea, sino por no tener nada que roer.

Debía ganarme el pan con el sudor de mi frente, en este caso literal, porque el traje de dinosaurio daba un calor espantoso.

Cada mañana elegía un lugar distinto para exponer mis escasas dotes de mimo.

Aunque había luchado por ejercer en exclusiva mi profesión, tuve que recurrir a otras opciones: teleoperador, quiromasajista, reponedor…

Nada. Mi currículum no engañaba a nadie.

Era un artista en busca de un plan «C» que abandonaría en cuanto asomaran las dos primeras letras del alfabeto.

Hasta probé a echar las cartas, a veinte euros por sesión, pero para triunfar en el ocultismo hace falta ser buen orador, tener descaro y creerse tus mentiras, características de las cuales solo dominaba la primera.

A mi edad estás desahuciado para cualquier trabajo.

Te limitas a interpretar el papel de despojo que te han asignado, papel que he bordado últimamente.

Mi intención era probar suerte en Plaza de España.

A menudo acudía una anciana que repartía bocadillos a los desfavorecidos.

Ya me había tocado uno de salchichón y otro de paté, mi favorito.

Lo único que, como la solidaridad no se estila, corrió la voz y la semana pasada se le amontonaron más de cuarenta indigentes.

Desde entonces, ha desaparecido. Supongo que, estresada, cambiaría de zona o se dedicaría a disfrutar de su vejez.

Aún mantengo la esperanza de que un día regrese y me ofrezca una cata en exclusiva de bocadillos gourmet .

Acabé en la Puerta del Sol, dando por válido el chivatazo de que Ricky Martin firmaría discos en un conocido centro comercial, forma neutra que usan los periodistas para evitar decir «El Corte Inglés» cuando no hay patrocinios de por medio.

Como era de esperar, la zona estaba atestada de niñatas histéricas —a pesar de ser vox populi que Ricky Martin es gay—, saltándose la escuela y acompañadas de sus padres, que igual también faltaban a sus trabajos.

Ay, los padres, esos grandes cómplices, esos grandes culpables.

Elegí bien el disfraz. Contabilicé dos Bob Esponjas, tres Doras Exploradoras y otro que no reconocí, aunque a los niños les resultaba familiar.

Se me ocurrió lanzar un rugido prehistórico para llamar la atención, pero solo sirvió para atemorizar a una niña paralítica que ya de por sí tenía cara de asustarse con facilidad.

Los padres, en vez de reforzar la autoestima de su hija, me obsequiaron con insultos variados.

Peor para ellos. Lo que no consiguieran solucionar ahora, tendrían que invertirlo en psicólogos a una media de cincuenta euros la hora. Que me lo dijeran a mí.

La competencia se endureció con la llegada a media mañana de Jacinto, el aviador, con su llamativo número de levitación.

Podría imitarlo, pero mi costado acusaría el estar cuatro horas apoyado en una peana.

Abandoné el lugar con cinco euros que guardé como un tesoro.

Antes, llevé a cabo mi ritual de reparto de octavillas:

«VÍCTOR ZIMMERMAN»

Reconocido actor, se ofrece para actuar en comuniones,

cumpleaños, despedidas de soltera/o, fiestas y funerales. Horario flexible. Interesados, contactad en este correo:

[email protected]

En mitad de la calle Arenal sentía que me asfixiaba.

Aguanté con la cabeza de dinosaurio puesta hasta el metro de Ópera, porque, según una estadística de mi cosecha, podría cruzarme con algún fanático de Parque Jurásico, como así ocurrió.

Conseguí cuatro euros más, poco si se compara con los sesenta mil que gané por el remake de Atraco a las tres , un fracaso rotundo de crítica y público producido por aquel magnate italiano podrido de dinero.

¿Fue a la cárcel? No lo recuerdo. En total nueve euros, que ya daban para comer y casi cenar.

Con el desayuno del día siguiente iba más apurado.

Tanto el dinero del subsidio como el de mi fan anónimo se iba en amortizar las financiaciones de caprichos precrisis y recibos varios. La luz ha vuelto a subir, qué desastre.

De regreso, pasé por el teatro Valle Inclán, que durante dos años fue mi segunda casa.

La última obra que representé allí fue Muerte de un viajante , en el rol de Charley.

Aguantamos solo cinco meses en cartel, lo que duró la presencia de un desmotivado Lucio Sacristán como Willy Loman.

Era la segunda vez que se metía en la piel del protagonista y, en cuanto saneó sus cuentas, se bajó del proyecto.

Me sorprendió que el teatro estuviera abierto en horario de mañana, casualidad que aproveché para entrar sin permiso.

El hall seguía desangelado, no habían invertido un duro en su remodelación.

Eso sí, el merchandising era más agresivo.

Si antes solo aparecíamos en la portada exterior, ahora cinco cartelas a todo color colgaban también del techo de la sala, con los protagonistas de la obra Cara de culo .

Actores salidos de plataformas digitales y con un guion predecible.

La moda manda. Me metí por el pasillo izquierdo, seguro de lo que iba a encontrarme.

Allí seguía el cartel enmarcado de la obra La taberna de los cuatro vientos , con mi imagen detrás de la actriz Cuqui Penella, en un tamaño considerable para ser actor de reparto.

Al observarlo, atraje el recuerdo de mi madre en el teatro.

Con la Penella hizo buenas migas. En el camerino, antes de la función de los martes, recordaban batallitas con los hombres.

Puede que a mi madre le sirviera para recuperar por unas horas ese espíritu macarra que perdió junto a mi padre.

Con esa nostalgia, regresé al hall para eludir regañinas por profanación de espacios.

De repente, del patio de butacas salió un grupo de niños de unos diez años, acompañados de una joven monitora desquiciada ante sus chillidos.

—¡Silencio, por favor! En el teatro no se dan voces —dijo gritando.

Su paciencia acabó cuando los niños me vieron vestido de dinosaurio. Se desató la histeria y la monitora cambió de registro sin mediar palabra.

—¡Que os calléis ya, me cago en la puta!

Uno de los niños se puso a llorar y yo me quedé aterrorizado ante la representante de la generación Z. Un choque generacional en toda regla.

—¿Y usted qué cojones hace así vestido?, que me asusta a los chiquillos.

—Creo que lo que sale por tu boca asusta más que mi disfraz.

—Me la suda, ya se está largando de aquí.

—¡Ordinaria!

—¡Cabrón!

Me retiré con uno de mis rugidos cutres de tiranosaurio, sembrando el caos suficiente para fastidiar a la monitora deslenguada.

Conforme me alejaba calle abajo, me di la vuelta y vi que una de las niñas se apoyó en el cristal de la puerta de entrada, dispuesta a despedirme.

Yo, ilusionado por llamar su atención, empecé a reproducir gestos propios de un ser extinto.

La niña seguía allí, impasible. Al introducir pasos de baile descoordinados, se obró el milagro: su mano ascendió lentamente por el cristal y su dedo corazón se elevó hasta alcanzar su máxima elongación, consiguiendo su principal objetivo, que no era otro que dedicarme una peineta.

Poco después, mi escenario cambió por completo.

Sentado en la terraza de un bar, reflexionaba sobre lo caprichoso del destino, las diferencias generacionales y la despedida de la jodida niña.

Se acercó Patricio, el jefe, con un bocadillo contundente de calamares por el módico precio de dos euros.

Le pagué y volvió a entrar sin dirigirme la palabra, extraño en él porque era de sus clientes preferidos.

Al comprobar que había una nueva camarera con ropa ajustadísima, intuí lo que ocurría, así que, en cuanto terminé de comer, me levanté y entré en el bar.

—Patricio, te quería comentar… ¿Tú no me prometiste que cuando se fuera tu camarero, me darías trabajo?

—¿Qué dices?, te lo diría de broma.

—Hablabas en serio; por eso te ha dado vergüenza sacarme tema de conversación. Joder, que sabes que llevo meses sin trabajar.

—Ya, pero tú no tienes ese cuerpo.

—Ah, es eso, quieres follártela. ¿Te quieres follar a esa cría, Patricio?

—Te estás pasando, vete a tu casa.

—¿A tu mujer le parece bien, te ha ayudado con el casting ? Eres un cerdo sin palabra.

—Y tú un fracasado de mierda.

Si mis afirmaciones ya le habían encendido, tirar con la cola del disfraz los platos de café lo terminó de enfurecer.

Patricio saltó la barra con una elasticidad impropia en alguien de su edad y comenzó a darme puñetazos.

Aunque el disfraz amortiguaba parte de los golpes, mi cara se llevó la peor parte.

En mitad de la pelea, dos adolescentes con acné inflamatorio grabaron la escena con su móvil desde una de las mesas.

Otra muestra de la evolución generacional, solo que en aquella ocasión no estaba para filosofar. Me estaban dando una paliza.

No recuerdo cuánto tardé en llegar a mi casa.

Las contusiones ralentizaron mi memoria geográfica.

Además, no dejaba de sangrar. «Qué escandalosa es la cabeza cuando sangra» , diría mi madre.

Me escondí en mi guarida con intención de no abandonarla jamás.

Y es que, cuando creía haber tocado fondo, ocurría algo que me recordaba que el fondo no tiene límites.

Y de remate, llamaron a la puerta. Era Águeda, la amiga del alma que me dio plantón el día de mi cumpleaños.

Su silueta exuberante tras el cristal contrastaba con mi cuerpo ensangrentado en el sillón orejero.

«Ya se marchará», pensé… No, no lo hizo.

Igual que yo había intuido su silueta, ella intuyó la mía.

—Víctor, abre, por favor. Perdóname, me acordé de tu cumpleaños, pero al salir de trabajar tuve bronca con Rober.

Le dije que era un vago maltratador y que su madre me odiaba porque cocinaba mejor que ella.

Fue nombrar a su madre y se puso agresivo.

Me metió una hostia y me estrelló el móvil contra el suelo, por eso no pude avisarte.

Acabo de conseguir otro de segunda mano…

Lo he dejado. Bueno, me ha dejado él. Quería denunciarme por haberle incitado a ser violento, tócate los pies. Víctor, Víctor…

—Abre tú, yo no puedo abrirte.

—¿Por qué? Joder, pues no sé si me he traído las llaves.

—Que me han pegado.

—¿Cómo?

Escuché a Águeda revolver su bolso, bastante alterada. Es lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento.