La catarsis Zimmerman 1
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La catarsis Zimmerman

La catarsis Zimmerman

Por Miguel ángel Maroto Negrete

© inepub.com

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Chispeaba. Fue el último recuerdo antes de quedarme dormido en el suelo.

Desde las siete de la tarde me mantuve en un extraño duermevela por el ansiolítico que me recetó mi nueva psiquiatra, que no calibró bien la dosis de benzodiacepinas a mi metro noventa.

Al menos, las pastillas evitaban que me recreara con mi lamentable situación, que tuvo su detonante con la muerte de mi madre hace dos años.

Su pérdida supuso, además de una tristeza crónica, la activación de bombas predestinadas al reposo.

Echo de menos esas conversaciones que me influían más de lo que demostraba.

A veces me las invento, pero el diálogo no fluye.

No encuentro ese equilibrio entre mojigatería y locura tan característico de ella.

Para colmo, su muerte me obligó a cuidar de Braulio, mi padrastro.

Como su pensión solo cubría veinte días al mes en aquella residencia concertada, me hacía cargo de él los días restantes.

No tenía trabajo, así que no me importó que me asignaran los fines de semana.

Al principio disimulaba delante de Braulio, aunque pronto no hizo falta: además de sordo, mi padrastro estaba perdiendo la cabeza.

No fue la muerte de mi madre lo que le enloqueció.

Sus antepasados arrastraban una amplia variedad de enfermedades mentales, pura genética.

Lo único que me salva de la bancarrota es un exiguo subsidio por desempleo y un ingreso anónimo de trescientos euros durante el último año.

Traté de averiguar quién estaba detrás de semejante acto de filantropía, pero la persona en cuestión se aseguró de mantener su anonimato intacto.

Podría ser un admirador oculto forrado de pasta, aunque nunca consideré que mi carrera pudiera provocar algún tipo de fenómeno fan.

A finales de mes me angustio, por si a mi benefactor se le acaba la caridad.

Menos mal que los únicos caprichos de mi padrastro consisten en portar una llave grifa que usaba cuando era fontanero y engullir bocadillos de chorizo a palo seco.

Está harto de los purés de la residencia.

Cada viernes se pregunta por qué Dios eligió llevarse a mi madre en vez de a él, que era el que no pintaba nada en este mundo.

Nadie lo esperaba, nadie lo quería —salvo yo, supongo— y no le quedaban objetivos por cumplir.

Es curioso, porque, si lo pienso, esta descripción también podría definirme a mí.

La lluvia no terminaba de hacerse presente; yo, tampoco.

Seguía mimetizado con el suelo y, cada vez que me espabilaba, el salón parecía más desangelado que la mirada anterior.

Y es que poco a poco me deshice del mobiliario selecto, piezas acordes a un estatus de actor exitoso que perdí sin despeinarme.

Solo conservé la mesa principal de Dareels , un par de sillas de Ton mal encoladas y un sillón orejero, herencia de mi madre.

El resto lo vendí por internet, y me da rabia.

Si no me hubiesen robado aquella lámina original de Picasso, tendría liquidez para pagar las facturas de los siguientes cuatro años.

Pequé de confiado con aquellos traficantes de arte que vendían sus obras en subastas oficiales para, justo después, asaltar la casa del comprador y revenderlas en el mercado negro.

Al menos no repararon en mi juego de tazas de plata, obsequio de la Unión de Actores por la nominación al mejor actor secundario de teatro, aunque tengan más valor sentimental que monetario.

Quién me iba a decir que me fundiría tan rápido el patrimonio de tres décadas.

Se me comían los demonios de imaginarme a mis compañeros incluyéndome en la lista de malgastadores de fortunas.

Lo sé porque yo formé parte de esas charlas donde se despellejaba sin piedad al fracasado.

Y es que, por mucho dinero que amasáramos, ninguno teníamos asegurado un futuro artístico.

A lo sumo, un presente, y la mayoría nos conformábamos con alimentarnos del pasado.

En mi caso, solía rememorar la ovación del público tras la última representación de Tres sombreros de copa en el teatro Calderón de Madrid.

Mantenía la ilusión de triunfar con otra obra, aunque ya no localizara a mi madre emocionada en el patio de butacas.

Estaba tan soliviantado que me desperté.

Mira que me di tres meses de plazo para abandonar el tratamiento por trastorno agudo de ansiedad que me diagnosticó el Dr. Cortázar, el primer psiquiatra al que acudí tras la muerte de mi madre.

Lo elegí sin referencias, me atrajo su apellido de escritor.

En la primera consulta, le insistí para que me mandara un tratamiento suave que me permitiera seguir con mi rutina.

Ni caso. Su orgullo de facultativo no consentía propuestas de sus pacientes.

Fue a partir de ahí cuando me gané la fama de actor problemático, pero es que me quedaba frito por los rincones.

Llegué a perder varios trabajos por este motivo: un anuncio de un seguro médico en el que solo tenía que gesticular, y otro en una compañía teatral amateur que buscaba un actor de renombre que les diera el espaldarazo definitivo.

Una lástima, los ingresos habrían servido para llenar mi nevera en más de una ocasión.

Entre mi pasividad inducida y los bandazos que di hasta encontrar un psiquiatra que estableciera contacto visual, pasó año y medio…

hasta que di con Concepción López. Tampoco me mira mucho, pero considera mi opinión y huele tan bien…

Llevo solo tres sesiones con ella y desde la primera me exigió que la llamara Conchita, que Concepción le sonaba a persona mayor sin carisma.

Bien, pues Conchita, además de mandarme drogas más sutiles, era partidaria de métodos menos invasivos.

Me sugirió que escribiera todo lo que se me pasara por la cabeza con el fin de ampliar información y analizarla en nuestras sesiones.

Aunque me pareció una estupidez que asociaba a los diarios ñoños que escribíamos de pequeños, pasé por el aro.

Y eso hago, escribir. Una o dos veces por semana, tampoco nos volvamos locos.

Ni noto mejoría ni voy a peor, que ya es un logro.

Eso sí, ya que hago el esfuerzo, he pensado en estructurar los escritos en capítulos con intención de publicarlos a medio plazo.

Tengo conocidos en varias editoriales que estarían interesados, aunque solo sea por el morbo que destila un personaje tan acabado como yo.

Nunca se me dio mal escribir, aun sin poseer ese estilo propio que valoran los entendidos.

De hecho, me tacharán de intruso. «Míralo, como no lo llaman de lo suyo, se dedica a contar sus mierdas», dirán cargados de razones. Me trae sin cuidado, necesito la pasta.

Me puse en pie sobre las once. No era de recibo pasarme el día de mi cumpleaños tirado como una colilla.

Mis extremidades luchaban por no desmoronarse.

«¿Y Águeda? Seguro que ha venido y no la he escuchado.

¡Qué desastre!», pensé en cuanto me empezó a regar el cerebro.

Me equivocaba. En el móvil no tenía ni llamadas perdidas ni mensajes.

Conclusión: Águeda había pasado de mí. Me acerqué a la mesa y descubrí que las velas de mi tarta, con forma de dos cincos, se habían derretido sobre la primera capa de chocolate, convirtiendo aquel manjar de diez euros en una plasta incomestible.

¡Cincuenta y cinco años! Se me ha ido la vida volando —debería haber reflexionado—, pero en mi caso el vértigo del paso del tiempo me acompaña desde los doce, por convivir con la ausencia de mi padre.

También puede que fuera un espíritu envejecido de nacimiento.

Al final, a base de eliminar capas, probé un trozo de tarta.

En la televisión emitían Brokeback mountain, película que siempre consigue revolverme.

Tocaba la secuencia en la que Ennis del Mar golpea con rabia una pared tras despedirse de su inesperado amante, Jack Twist. Este se aleja contrariado porque Ennis no fluía igual que auspiciado por el anonimato de las montañas.

En aquel momento, a Ennis le pudo el miedo y reprimió sus emociones, con la presión añadida de una sociedad que nunca ha dejado de dañar al diferente.

Cuánta razón tenía mi profesor de teatro, don Amador, cuando decía que en ocasiones podemos convertirnos en nuestros peores enemigos, ¡cuánta!

De haberme sentado en el sillón, la habría visto de nuevo, pero hay películas que no conviene revisar por los posibles paralelismos de su argumento con el nuestro.

Cambié de canal y recogí la mesa para que Sanidad no me multara por ambiente insalubre.

Al levantar la mirada, lo único que seguía en su sitio eran las dos hileras de marcos anclados en la pared, con fotografías personales de distintas etapas.

Así es la capacidad de síntesis del ser humano y la mía en particular, hasta el punto de resumir una vida en apenas dos metros cuadrados de superficie.

El último marco, con toda la intención del mundo, seguía vacío.

En el canal seis repetían el programa sensacionalista ¿Recuerdas quién soy?

, encargado de recuperar a famosos olvidados.

Lo dejé de fondo; da vergüenza ajena, pero entretiene.

Escuché un aviso en el ordenador. Un usuario de Wallapop, con alias Fran_cosasclaras, estaba interesado en la mesa de Dareels en la que me apoyaba.

Como aún me quedaba otra plegable, me lancé.

La puse a la venta por quinientos euros, pero me ofrecía trescientos y yo debía encargarme de los costes del transporte.

En el punto medio hallé la virtud. Cerré el trato por cuatrocientos y él se encargaría de recoger la mesa.

En el fondo, el tal Fran, desdiciéndose de su nick , no tenía las cosas tan claras.

¡Qué pena! Fue un regalo de mi abuela Alfonsa.

La voz de mi psiquiatra Conchita se hizo presente: «No te aferres a lo material, no tiene valor».

Para ella era fácil decirlo. A Conchita la vida nunca dejó de sonreírle: trabajo estable, marido cañón y dos hijos sanos, aunque el mayor era de corte bobalicón, casi lerdo.

Y, para colmo, eligió una profesión en la que, al escuchar los problemas de sus pacientes, minimizaba los propios.

Así sí se pueden dar consejos, Conchita, así sí.

Ni qué decir tiene que, antes de enviarle este escrito, eliminaré cada frase donde la nombre.

Me dieron las tres de la madrugada. Perdí la noción indagando por internet en los perfiles de compañeros de profesión, gracias a la conexión del vecino de enfrente.

Solo a mí se me ocurría empaparme de instantáneas felices, vídeos vacacionales o peloteos para conseguir trabajo.

Apagué el ordenador en un arrebato de amor propio y orgulloso de controlar el impulso de contactar con Ramón, un guardia jurado con el que me aficioné a practicar sexo en línea durante el último año.

Jamás quedábamos en directo, en parte porque nunca me atreví y porque Ramón se conectaba desde su trabajo, durante el turno de noche.

Solo nos tocábamos, nos ordenábamos y cortábamos sin despedirnos.

Nuevas rutinas que incorporé a raíz de la muerte de mi madre.

Era contradictorio. Saciaba mis pulsiones, pero al acabar me sentía la persona más sucia del planeta.

No por tener que rendir cuentas a nadie, sino por gastar los cartuchos tan a destiempo y con la persona menos indicada.

Pensándolo mejor, puede que la somnolencia fuera un efecto secundario aconsejable en mis circunstancias.

Era hora de acostarse si quería que me cundiese la mañana en busca de un trabajo que nunca llegaba.

En la tele, el presentador de ¿Recuerdas quién soy?

lanzaba la artillería pesada contra su invitado.

Por suerte, ya transitaba hacia un nuevo episodio de adormilamiento gracias a la dosis de medianoche.

Agarré una manta y regresé al suelo, que fue donde me quedé tras escuchar los últimos aplausos.