La catarsis Zimmerman 34 #2
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34 #2

Hora y media después, encendimos la tele que me regaló la empresa Philips por ser el rostro de su campaña.

Entre sus funciones, podían rescatarse películas o series emitidas hasta tres meses atrás.

Así recuperé la película Brokeback Mountain .

Águeda se animó a verla porque no tenía sueño.

Para cuando Jack Twist abordaba a Ennis del Mar en la tienda de campaña, yo era su único espectador.

Asociaba la película con Hugo y con mi metamorfosis de Ennis a Jack, de verdugo a víctima, un cambio de roles cruel e inesperado.

Un cacareo de gallo me indicó una notificación en el móvil.

Telepatía: mensaje de Hugo. Comenzó una taquicardia que se detuvo en seco en cuanto lo leí.

Me pedía perdón por las horas, comentándome que había revisado las críticas de la película y que se alegraba mucho por mí.

Se despidió con un abrazo y yo agradecí su asepsia.

Con lo vulnerable que estaba, podría tirar por la borda el avance más significativo, Pablo incluido.

Me acordé entonces de las fotos que Úrsula me metió en el bolsillo de la chaqueta durante el preestreno.

Era raro olvidarme de una particularidad que en el pasado habría sido prioritaria.

Al abrir el sobre, allí estábamos los tres, en un selfi justo antes de remojarnos.

La segunda foto fue la culpable de que no viera el resto hasta minutos después.

Aparecíamos Hugo y yo de espaldas, sentados en la orilla del río.

Tenía buena calidad. Se notaba que Úrsula, consciente de lo excepcional del reencuentro, había tirado varias hasta dar con el ángulo y la luz precisa.

No pude contenerme, fui directo al portarretratos de la pared que seguía vacío y la coloqué con la lentitud de quien manipula material delicado.

El ansiado «siguiente momento importante».

Ahí decidí que aquella foto serviría de portada a la novela.

Eso sí, transformándola para evitar suspicacias.

Probablemente en un dibujo como los que hacía Hugo.

También sustituiré el fondo del río por aquella playa de Ereaga donde Hugo me esperaba al atardecer.

Será mi pequeño homenaje a lo que pudo ser.

Me preguntaba si tanta devoción me generaría conflictos con Pablo y eso que no era el típico amante inseguro y castrante.

Lo que está claro es que debo comprar más portafotos.

Pablo también merece un hueco en mi singular árbol genealógico.

Arropé a Águeda como quien da cobijo a alguien que ha sufrido grandes calamidades.

Me negaba a dejarla marchar, que permaneciera una noche más, una página más.

Que fuera espectadora de excepción del desenlace.

Con Hugo, las fantasías son tan recurrentes que parece que engaño a Pablo.

Según la doctrina católica, estoy condenado al fuego eterno, porque entre los pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión, ya he caído en los dos primeros.

Mientras, en la película, llegó la secuencia en la que Ennis del Mar se entera de que su amado Jack ha muerto, que ya nunca disfrutará de sus dos raquíticos encuentros al año en la montaña.

Apagué la televisión de inmediato. En un proceso de sanación, tampoco hace falta enfrentarse a todos los elementos nocivos de una tacada.

Encendí el ordenador para idear el último párrafo de mi historia.

No me notaba especialmente inspirado, tampoco torpón:

Apuesto a que encontraré la manera de convivir con mis fantasmas, de caminar a su lado sin estridencias.

Tengo razones de sobra para estar contento.

Las pesadillas han remitido y voy recolocando a mi padre en una zona alejada del miedo, también del odio.

Conchita me asegura que ninguna de las dos sensaciones solucionará mis conflictos, aunque no será fácil librarme de ellas.

Además, según la prensa especializada, encarno al protagonista de la mejor versión de la rebelión del predicado y lo cierto es que nunca un drama me trajo tantas alegrías.

Intento seguir los pasos de Senén, fraguar un predicado propio, aunque no sienta que abandere una rebelión.

Es más, puede que ni siquiera la haya empezado.

Debería estar expectante, pero creo que lo mejor será no obsesionarme con ella.

Es como mejor asumimos las rebeliones, cuando no somos conscientes de que están ocurriendo.

Ya contaba con un final. No era épico ni revelador, pero con la dosis justa de positividad para incitar al lector a experimentar su rebelión particular. Lo escribí del tirón, así que lo di por válido.

A las cinco de la madrugada, cuando ya creía que mi móvil se había enfriado, me llegó un mensaje de Luisa. Me sorprendió porque era de acostarse temprano.

«Acabo de terminar de leer tu novela. Se devora rápido. Podría llegar a apasionarme tu estilo en un futuro. Eso sí, se nota que apenas lees. Sobre lo de cómo rematarla, puedo proponerte un final».

Al instante me mandó un documento de Word.

Luisa se las gasta así, tarda en prestarte atención, pero cuando se centra, no para hasta rematar la faena.

Como intuía que sería muy puntillosa, preferí abrirlo cuando estuviera lúcido.

Total, si fui capaz de posponer la apertura de una prueba de paternidad, esto no iba a ser menos.

A quién quiero engañar, la curiosidad venció al sueño.

Deberíamos revisar nuestra tendencia a postergar decisiones, dejar de engalanarlas de esa falsa madurez que no se cree nadie.

Comenzaba pidiéndome perdón por la osadía, pero no había encontrado mejor oportunidad para reproducir una conversación que llevaba demasiado tiempo silenciada.

Prometió a su interlocutora que solo la haría pública si fuera estrictamente necesario y, a su parecer, había llegado la hora.

Se trataba de un diálogo. Mal, yo no quería acabar mi novela con un diálogo.

Prefería un párrafo contundente sobre predicados, sobre rebeliones.

Un final con enjundia, con una frase que invitara a la reflexión: «Es como mejor se viven las rebeliones, cuando no somos conscientes de que están ocurriendo».

Era perfecto, joder, una sentencia universal. Hasta que empecé a leer…

—Me estoy muriendo, Luisa.

—Lo siento mucho, Matilde.

—Solo me preocupa mi hijo, está desorientado.

—Le costará horrores verte así.

—Esto viene de largo, guarda mucho dentro.

—La verdad es que nunca he terminado de verlo feliz.

—Yo tuve parte de culpa. Le animé a que estuviera con Úrsula, pero Víctor no estaba enamorado de ella.

—Entonces…

—Se enamoró de un amigo suyo, Hugo.

—¿En serio?

—Sí. Cuando hablaba de él, se le iluminaba la cara. Me temo que Víctor no supo gestionar sus emociones. Y no me extraña.

—Matilde, no te entiendo.

—Su padre hizo algo muy feo, abusó de él. Me enteré un día que volví antes de tiempo del supermercado, pero… no supe reaccionar. Me quedé bloqueada. Ay, me ahogo…

—Tranquila…

—Es que es muy duro. Me volví loca, quería matarlo. Pensé en vaciar mis pastillas para la tensión y ponérselas en la comida. Como sufría del corazón, a nadie le extrañaría.

—Y fue eso lo que pasó, ¿no? Murió de un ataque al corazón.

—Sí, justo al día siguiente.

—Ah…, vale… Pobre Víctor, no tenía ni idea.

—Es muy vulnerable, Luisa, y está lleno de demonios. Lo que siento es que le tocará sacarlos cuando yo no esté. Por eso te pido que lo ayudes.

—Claro, ¿qué crees que puedo hacer?

—Solo quiero que estés cerca de él, en la forma que decidas.

—Por supuesto. Quédate tranquila.

—Muchas gracias.

—No, Matilde, gracias a ti. Dejé de ser actriz porque me cansé de esperar personajes de mujeres inteligentes y abnegadas. Y mira por dónde, apareces tú y descubres que ya no necesitas interpretar a esas mujeres. Es mucho mejor haber conocido a una de ellas en persona. Descansa, Matilde.

A los pocos minutos, me llegó un segundo mensaje de Luisa, como si me observara desde algún recoveco de la casa y pautara mis tiempos:

«A grandes rasgos, esta fue mi conversación cuando me despedí de tu madre. Intenté estar cerca, a modo de trescientos euros al mes. Ni se te ocurra devolvérmelos. Creo que podría servirte de final, se lo merece».

Me quedé estático, como un maniquí condenado a adoptar la misma postura en su escaparate.

Debería haber esperado mucho más de mis dos mujeres favoritas.

Me prometí no indagar más en ciertas casualidades.

Probablemente nunca terminaría de asimilar tanto titular.

Me faltó esa conversación de tú a tú, pero, por suerte, eligió a Luisa para suplir mis carencias, una Luisa que permaneció en la retaguarda, a golpe de ingreso bancario y de llamadas convincentes.

Nunca le podré devolver lo que ha hecho, será siempre una deuda pendiente.

Quise despertar a Águeda para contarle lo ocurrido, pero al levantar la manta, había desaparecido de mi salón, de mi trama.

Aquella prolongación incondicional de la mujer más importante de mi vida se marchó sin despedirse, en busca de alguien que la tratara con la dignidad que se merecía.

Su partida, además de convertir mi doble duelo en triple, sonaba a punto y aparte.

Ya no podría recuperarla para cobijarme entre sus alas.

No me visitaría ni me exigiría que me abriera en canal para ella.

Tocaba caminar sin red, al menos hasta que mi inmadurez se impusiera de nuevo.

Así que, como se dice en las despedidas que aspiran a no serlo, no es un adiós, sino un hasta pronto. Hasta la siguiente aventura, doña «A».

Solo me alumbraba la luz oblicua de una lámpara de pie Charlotte.

En la mesilla, la revista Fotogramas , abierta por la página de mi ansiado artículo: «La catarsis Zimmerman».

La redactora no imaginaba la precisión de su título, aunque aún no haya completado ninguna transformación interior.

Luisa acertó al ofrecerme este final. Esta novela no debería hablar de mi liberación.

Convendría desprenderme de mi ego y ofrecer el protagonismo a tantas personas anónimas que, como mi madre, se sobrepusieron a los ingredientes podridos que les tocaron en el plato.

Es lo justo. La redactora modificó sus preguntas conforme avanzaba la entrevista.

¿Por qué elegiste ser actor? Por una vez, dejé que mis respuestas me representaran.

«No lo sé, debería replanteármelo, ahora que todo está desordenado».

¿No te importaría dejar de actuar?, insistió.

«En una catarsis, lo que era, deja de ser.

Puede que sea cuestión de acostumbrarse», fue mi última respuesta.

Volví a encender la televisión y conseguí terminar la película de Brokeback Mountain .

Me emocioné cuando Ennis del Mar encontró en el armario de Jack una camisa manchada con su sangre.

Acompañé a Ennis en su duelo y él en el mío, porque los cambios, por mucha envidia que generen alrededor, conllevan su penitencia.

Por suerte, mi madre me había trazado la senda, la más irreverente de todas.

Y como no podía ser de otra forma, plagada de predicados imperecederos, de los que se alejan, sin remedio, del arrepentimiento.