Capítulo 27 El regreso
Regresaron a la casa antes del atardecer.
Arthur llevaba consigo la pequeña caja que habían encontrado entre las rocas, pero ninguno de los tres había intentado abrirla todavía porque no era necesario: habían llegado mucho más lejos de lo que cualquiera de ellos había imaginado al principio.
Las cartas tenían una fecha, William había existido, Margaret había conocido finalmente la verdad sobre los años que siguieron a su partida, Arthur había descubierto que la historia que había heredado de su padre tampoco estaba completa, y Evelyn había encontrado una familia que no sabía que tenía.
Había todavía preguntas, siempre las habría, pero ya no eran preguntas que exigieran una respuesta inmediata.
Cuando entraron, Nell recorrió la casa como si quisiera comprobar que nada había cambiado mientras ellos estaban fuera.
Evelyn sonrió.
—Creo que la conoce mejor que nosotros.
Arthur dejó la pequeña caja sobre la mesa.
—Probablemente.
Margaret se quitó el abrigo.
— ¿Cuándo regresaria Daniel?
—No lo se, no nos conocemos tanto para saber eso.
—Entonces tenemos que irnos antes.
Arthur asintió.
—Así es.
La frase no produjo tristeza inmediata, solo una sensación de final.
Evelyn miró alrededor y la Casona de las mareas altas ya no parecía el mismo lugar que habían visto al llegar; seguía teniendo los mismos muros, las mismas ventanas, la misma escalera y el mismo estuario al otro lado del jardín, pero ahora podía recordar lo que escondía: el estudio, la bodega, el ático, el árbol, las rocas, la playa, la tumba y a William.
—Parece extraño —dijo.
Arthur la miró.
— ¿Qué?
—Que hace unos días esta casa me parecía completamente ajena.
— ¿Ahora no?.
—Ahora tampoco siento algo haya cambiado, soy alguien que está en la mitad de la historia.
Arthur sonrió.
—Eso está bien.
— ¿Por qué?
—Hay lugares que no necesitan pertenecernos para formar parte de nosotros, este es el ejemplo.
Margaret miró a su nieta.
—Eso es algo que aprenderás con los años.
Evelyn sonrió.
—Ya lo estoy aprendiendo.
Pasaron la última hora revisando las habitaciones sin mover nada que perteneciera a la casa.
Guardaron los objetos que habían encontrado y que Arthur les permitió conservar temporalmente: algunas copias de documentos, una fotografía y una de las cartas que Margaret había recibido.
El resto quedó en el estudio, las herramientas volvieron a la bodega, el cofre que habían encontrado en el ático quedó donde Arthur indicó y la puerta secreta fue cerrada nuevamente.
Evelyn comprobó dos veces que nada hubiera quedado sobre las mesas y Margaret revisó la cocina, donde habían aprendido a mantener el fuego y utilizado parte de la leña sin hacer ningún daño; era exactamente como Daniel les había pedido.
Al salir, Margaret cerró la puerta principal y la llave de visitas permaneció en su mano durante unos segundos antes de entregársela a Arthur.
—Aquí.
El hombre la recibió.
—Gracias, yo se la devolveré a Daniel en su nombre.
Margaret miró la casa y dijo en voz alta.
—Un viaje inolvidable, pero creo que no podría regresar.
Arthur guardó la llave.
—Cuando vengas, si vienes, serás bienvenida.
Evelyn intervino:
—Yo sí prometo volver.
Arthur la miró.
— ¿Sí?
—Algún día.
Él sonrió.
—Eso dicen todos.
—Yo lo cumpliré.
—Quizá.
—No confías en mí.
—No es eso —Arthur miró el estuario—. Es que las promesas de regresar parecen más fáciles cuando uno todavía está aquí. Pero desde otro país, las dificultades estarán.
Evelyn comprendió la frase y no discutió.
—Entonces volveré cuando no sea difícil.
Arthur soltó una pequeña risa.
—Eso sí suena más serio.
Nell esperaba junto al coche, un vehículo cerrado y sencillo tirado por un caballo fuerte y tranquilo. Arthur ayudó con el equipaje.
—El próximo tren sale por la tarde —dijo—. Tenemos que marcharnos pronto.
Margaret subió primero, Evelyn después, Nell encontró un espacio junto a ellas y Arthur ocupó el asiento del conductor.
El camino desde la casa hasta la estación parecía distinto al de la primera vez; Evelyn reconocía algunos muros, el árbol, el humedal, una parte del estuario y la carretera por donde habían llegado, pero ahora todo parecía más tranquilo, no porque el lugar hubiera cambiado, porque ellas sí.
Margaret miraba por la ventanilla y no dijo nada, Arthur tampoco, y Nell se quedó dormido.
Evelyn observó el paisaje, pensando en Ámsterdam, en Thomas, en los primeros días de preocupación, en las cartas, en el barco, en Londres, en el hombre del tren, en la estación, en Blackwater, en la casa, en la vecina Helen, en la tumba, en Arthur y en William; no podía creer cuánto había ocurrido en tan poco tiempo.
Cuando llegaron a la estación el tren estaba ahí, Arthur bajó del coche, abrió la puerta, ayudó a Margaret, después a Evelyn, y Nell saltó al andén, mirando alrededor y pareciendo reconocer el lugar.
—Nos vemos —dijo Evelyn.
Arthur asintió.
—Buen viaje, y gracias por todo.
Margaret permaneció frente a él y durante unos segundos no dijo nada, hasta que finalmente habló.
—Gracias a ti, nieto querido.
Arthur negó.
—Insisto, yo debería darte las gracias a ti.
— ¿Por qué?
—Porque ahora sé más de mi padre, de mi abuelo y las respuestas a mis preguntas.
Margaret miró sus ojos.
—Y yo sé más de él por ti.
Arthur sonrió.
—Entonces estamos en paz.
El silbato del tren sonó y Evelyn tomó la mano de su abuela.
—Tenemos que subir.
Margaret asintió y, antes de entrar, Evelyn volvió la cabeza: Arthur permanecía en el andén y Nell se había quedado mirando hacia él.
Arthur le hizo una pequeña señal, el perro movió la cola, Evelyn subió y Margaret fue detrás; Arthur permaneció allí hasta que las puertas se cerraron, el tren comenzó a moverse y la estación quedó atrás.
Evelyn se sentó junto a la ventanilla y el paisaje empezó a desplazarse lentamente: primero casas, después campos, muros, árboles desnudos, ovejas, pequeñas granjas y agua.
Más tarde, cuando el tren avanzó hacia el sur, la costa desapareció, pero Evelyn siguió mirando, no quería dejar de hacerlo todavía.
Había llegado a Inglaterra acompañando a una mujer que decía tener un deber pendiente, preguntas sin respuestas, indirectas y había pensado que el viaje consistía, solamente, en descubrir qué contenían tres cartas, y ahora sabía que había sido algo mucho mayor.
Había conocido a un hombre que había muerto antes de que ella naciera, había encontrado la vida que su abuela había perdido, había conocido a un primo que hasta unos días antes no sabía que existía, y había aprendido que las familias no siempre están hechas únicamente de las personas que viven bajo el mismo techo: algunas forman parte de nosotros aunque pasen décadas sin pronunciar sus nombres.
También había aprendido algo sobre las promesas: su abuela había prometido volver, William había prometido ir, y ninguno había cumplido, pero, sin embargo, de alguna manera, ambos habían terminado regresando al mismo lugar.
Evelyn miró a Margaret, que dormía con una mano sobre el abrigo donde estaban las cartas, no todas, solo las que podían llevarse, pues las demás permanecerían con Arthur.
La joven volvió a mirar por la ventana y pensó en el mar, en las mareas, en la playa escondida, en el camino que desaparecía bajo el agua, en William escribiendo de noche, en Margaret esperando durante décadas y en la Casona de las mareas altas cerrando sus puertas detrás de ellas.
No sabía si volvería pronto, quizá tardaría años, pero sabía que algún día regresaría, no porque alguien se lo hubiera pedido, sino porque ahora aquel lugar también pertenecía a su historia.
El tren continuó avanzando, el paisaje cambiaba, las nubes se abrían lentamente, y mientras Evelyn observaba Inglaterra alejarse detrás del cristal, comprendió que acababa de vivir una aventura que no se parecía a ninguna de las historias que había leído: no había encontrado un tesoro, no había descubierto una maldición, no había derrotado a nadie, había encontrado algo más difícil: una parte de su propia familia que había permanecido oculta durante toda su vida.
Margaret abrió los ojos.
— ¿En qué piensas?
Evelyn sonrió.
—En todo.
—Eso es demasiado.
—Entonces en la mitad.
Margaret miró por la ventana.
— ¿Extrañas Ámsterdam?
Evelyn observó el paisaje.
—Todavía no.
— ¿Por qué?
La joven pensó.
—Porque siento que una parte de mi hogar, esta aquí.
Margaret sonrió y no respondió; el tren siguió su camino hacia el sur, dejando detrás de ellas Blackwater, el estuario y la Casona de las mareas altas.
La marea subiría y bajaría, el viento cambiaría, las estaciones pasarían y la casa permanecería, y en algún momento, quizá dentro de muchos años, Evelyn volvería a verla, pero esta vez no llegaría buscando respuestas, llegaría simplemente para recordar.