La casona de las mareas altas Epílogo Después de la marea
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Epílogo Después de la marea

Ámsterdam parecía más pequeña cuando regresaron.

No era realmente más pequeña: los canales seguían allí, los puentes continuaban recibiendo bicicletas, los carruajes avanzaban por las calles, los comercios abrían a la misma hora y la lluvia seguía apareciendo cuando menos se la esperaba.

Pero Evelyn tenía la impresión de que la ciudad se había encogido durante su ausencia, como si hubiese sido capaz de contenerla únicamente mientras ella seguía siendo la muchacha que había salido de allí con su abuela.

Ahora había visto demasiado: había visto el mar del Norte, había conocido una casa que pertenecía a una parte de su familia que nunca había sabido nombrar, había conocido a Arthur, había visto la tumba de William, había sostenido en sus manos las palabras de un hombre que había muerto antes de que ella naciera, y había regresado.

La casa familiar seguía igual: Thomas había conservado la planta junto a la ventana, el escritorio de Evelyn estaba exactamente donde lo había dejado, los libros también, e incluso la pequeña cinta azul continuaba junto a la caja de lápices.

Nell volvió a reconocer cada rincón con la misma facilidad con que había reconocido los caminos de Northumberland, y durante los primeros días no hizo nada más que dormir y comer, pareciendo considerar terminada su aventura; Evelyn pensaba que quizá tenía razón.

Thomas encontró trabajo poco después, que no era el empleo que había imaginado ni tampoco era especialmente bien pagado, pero era suficiente para volver a comenzar.

Regresaba cansado, algunas noches hablaba poco y otras preguntaba por Inglaterra: no solamente por las ciudades, por la casa, por Blackwater, por Arthur y por William.

Al principio le costaba escuchar, no porque no quisiera hacerlo, sino porque durante muchos años había vivido sin necesitar aquella parte de la historia.

Una noche, después de cenar, preguntó:

— ¿Entonces realmente existe?

Margaret levantó la vista.

— ¿Qué cosa?

—La casa.

Evelyn sonrió.

—Claro.

—Y era de tu hijo, de tu otro hijo.

Margaret confirmó, y Thomas permaneció unos segundos en silencio.

—Nunca me dijiste que había vivido allí tanto tiempo.

—No me atreví.

—Ni que habías construido una familia.

—No quería recordarlo todo el tiempo.

—Ni que tenías a alguien esperándote.

Margaret bajó la mirada.

—No sabía lo que sucedería.

Thomas se quedó mirando a su madre.

— ¿Y cómo era tu nieto?

—Maravilloso, me recordó a su padre en algunas cosas.

La respuesta pareció bastarle, al menos por ese momento.

Unos días después, Thomas volvió a preguntar.

— ¿Arthur sabe quién soy?

Margaret asintió.

—Sí.

—Entonces tengo un sobrino, parece increible.

Evelyn levantó una ceja.

—Sí.

—Eso significa que tú tienes un primo.

—Sí.

—Y yo...

Thomas se detuvo, pues la palabra le resultaba nueva.

—Tengo un sobrino.

Evelyn sonrió con alegría.

—Parece que te cuesta, papa.

—Me costará un tiempo.

No había resentimiento en su voz, solo asombro. La vida de Thomas había sido construida sobre una familia pequeña y ahora acababa de descubrir que no lo era.

Una noche, mientras revisaba unos papeles, dijo:

—Cuando las cosas estén mejor, quiero ir.

Margaret levantó la mirada.

— ¿A Inglaterra?

—A la casa.

— ¿Para qué?

—Para conocerla —hizo una pausa—. Y para conocer a mi sobrino.

Margaret sonrió.

—Creo que a Arthur le gustará la visita.

Thomas negó con la cabeza.

—No lo sé, es raro, no hablamos el mismo idioma.

—Evelyn será la traductora.

El hombre dobló el papel que tenía delante.

—Pero quiero hacerlo.

Evelyn observó a su padre y no había esperado aquella reacción; durante años había pensado que Thomas consideraría todo aquello una carga del pasado, pero no, quería conocerla, tal vez porque finalmente comprendía que William no era una historia que perteneciera únicamente a Margaret, también formaba parte de él.

Aunque recién en su vida esta historia, tuviese un motivo para existir.

Margaret se recuperó lentamente del viaje.

No parecía más joven ni tampoco más ligera, pero había algo diferente en ella: ya no esperaba una carta, ya no miraba hacia la puerta cuando llegaba el correo, ya no se detenía demasiado tiempo frente a las ventanas durante las tardes grises y dormía mejor.

Algunas mañanas salía a caminar, volvió a ocuparse de sus plantas y recuperó pequeñas costumbres que Evelyn había creído olvidadas.

Una tarde, mientras arreglaba una maceta, la muchacha le preguntó:

— ¿Estás triste?

Margaret continuó trabajando.

—Sí.

— ¿Mucho?

—A veces.

— ¿Y feliz?

La anciana sonrió.

—También.

Evelyn se sentó junto a ella.

— ¿Cómo pueden ser las dos cosas?

Margaret siguió acomodando la tierra.

—Porque descubrí que mi hijo tuvo una vida, la vivió en compañia.

—Sí.

—No pude vivirla con él.

—No.

—Pero la tuvo.

La mujer dejó la herramienta.

—Tuvo una esposa.

—Sí.

—Tuvo un hijo.

—Arthur.

—Tuvo momentos felices.

—Sí.

—Tuvo una casa.

—Sí.

Margaret miró hacia la ventana.

—Y tuvo tiempo para convertirse en alguien distinto del muchacho que yo dejé.

Evelyn permaneció callada.

—Eso me hace feliz —dijo Margaret, e hizo una pausa—. Y me hace triste.

La joven tomó su mano.

—Quizá las dos cosas puedan quedarse, aquí y allá.

Margaret sonrió.

—Eso mismo pensaba yo.

La pequeña caja oxidada que Arthur había encontrado junto a Evelyn y Margaret entre las rocas no se había abierto en Inglaterra.

Después de extraerla, habían regresado a la casa con la intención de hacerlo más tarde, pero el tiempo, la despedida y el viaje habían pospuesto la decisión.

Evelyn la había llevado consigo, no se lo contó a Thomas ni a Margaret, y la había guardado entre sus pertenencias durante el trayecto.

Una noche, cuando la casa estaba en silencio, la sacó; era una pequeña caja metálica que había dejado sobre su escritorio, no parecía importante, solo antigua, con el metal cubierto por pequeñas manchas de óxido y sin adornos.

Evelyn la sostuvo durante varios segundos; pensó en Arthur, en William, en el estuario y en la marea retirándose lentamente de las rocas.

Después buscó una herramienta adecuada y el cierre cedió con facilidad, haciendo que la caja se abriera.

Evelyn se quedó completamente inmóvil: leyó, volvió a leer y después cerró los ojos.

No llamó a Margaret, no llamó a Thomas, permaneció sola en su habitación mientras afuera, Ámsterdam continuaba con su vida habitual, con una bicicleta pasando por la calle, una puerta cerrándose, alguien llamando a un vecino y el agua golpeando suavemente el borde del canal.

Evelyn volvió a mirar lo que había dentro, y su rostro no mostró miedo, tampoco alegría, solo una expresión que Margaret habría reconocido inmediatamente: la de alguien que acababa de comprender que una historia todavía podía contener una última pieza.

Guardó nuevamente el objeto, no dijo nada, al día siguiente tampoco, y con el paso de los años, aquella parte de la historia permanecería únicamente entre ella y aquello que había encontrado, no porque quisiera ocultarlo, sino porque algunas verdades pertenecen al momento en que una persona decide estar preparada para conocerlas.

Margaret, en cambio, había terminado su viaje, al menos por el momento.

Una tarde de comienzos de primavera se sentó junto a la ventana de la casa; la luz se había vuelto más clara, habían aparecido las primeras hojas nuevas en los árboles y en una maceta del alféizar una pequeña flor empezaba a abrirse.

Aunque hubiese tardado más de una década, aunque hubiese tenido que atravesar el mar, las estaciones, las ciudades y los años, y aunque su voz hubiese terminado llegando desde una caja, desde una carta, desde una tumba y desde la memoria de quienes lo habían conocido.

Margaret cerró los ojos, sonrió, y por primera vez en muchos años, no esperó nada más.