Capítulo 26 La parte que faltaba
Arthur llego al día siguiente con otro semblante, no volvió a sentarse inmediatamente, permaneció junto al escritorio con una mano apoyada sobre la madera mientras Margaret y Evelyn guardaban silencio.
Había pasado buena parte de su vida creyendo que conocía a su padre porque había crecido junto a él, porque había visto sus costumbres, sus silencios y hasta sus pequeñas manías; pero ahora comprendía que una persona podía vivir toda una vida al lado de otra sin conocer aquello que más peso tenía en su memoria.
—Hay cosas que no les he dicho aún —dijo finalmente.
Margaret levantó los ojos y Arthur miró la fotografía que seguía sobre el escritorio; durante unos segundos pareció buscar en aquel rostro una forma de empezar.
—Mi padre no fue siempre el hombre que ustedes han imaginado después de leer esas cartas. Cuando yo era niño, era simplemente mi padre.
Evelyn sonrió ligeramente.
— ¿Cómo era?
Arthur también sonrió, aunque la expresión le duró poco.
—Depende de la edad que yo tuviera. Cuando era pequeño pensaba que podía arreglar cualquier cosa: una silla, una puerta, una herramienta, un reloj. Si algo se rompía, él lo examinaba antes de decidir que no tenía arreglo; algunas veces conseguía repararlo, otras veces conseguía empeorarlo.
Margaret dejó escapar una pequeña risa.
—Eso parece propio de William.
Arthur la miró.
— ¿Lo recuerda así?
—Recuerdo que siempre quería saber cómo funcionaban las cosas.
—Entonces no cambió demasiado.
Se sentó finalmente, Evelyn ocupó la silla frente a él y Margaret permaneció a su lado; Arthur continuó hablando con una naturalidad que parecía sorprenderlo a él mismo.
—Estudió más de lo que necesitaba para vivir aquí.
Durante un tiempo quiso marcharse, decía que no quería pasar toda la vida viendo las mismas calles, las mismas casas y el mismo tramo de costa.
Quería conocer otras ciudades, hablar con otras personas, ver cómo trabajaban los hombres en otros lugares.
Leía todo lo que encontraba sobre ingeniería, navegación y máquinas, y a veces hacía pequeños dibujos en los márgenes de los periódicos.
De no ser por su padre, hubiese viajado mucho por el mundo, se habrían reencontrado estoy seguro.
Evelyn recordó los bocetos encontrados en el cofre.
—Los vimos.
Arthur asintió.
—Entonces algunas de esas cosas sobrevivieron.
—Muchas.
—Él habría estado contento.
La frase quedó suspendida unos instantes; Arthur tomó uno de los papeles que estaban sobre la mesa, aunque no lo leyó.
—Nunca llegó a convertirse en el hombre que imaginaba cuando era joven. No porque hubiera dejado de quererlo, sino porque la vida terminó llevándolo por otro camino.
Margaret bajó la mirada, y Arthur no quiso convertir aquello en una acusación.
—Se casó con mi madre y fueron felices. Eso es importante que lo sepan.
Margaret volvió a mirarlo.
— ¿Fueron felices?
—Sí. No una felicidad extraordinaria, no como en las historias, sino una felicidad hecha de cosas pequeñas: una casa, trabajo, comidas juntos, discusiones por tonterías, enfermedades, cumpleaños. Mi madre sabía cuándo dejarlo solo y cuándo obligarlo a hablar; creo que eso le hizo bien.
Arthur sonrió al recordar algo.
—Mi padre nunca fue bueno diciendo lo que sentía, pero con ella aprendió algunas cosas.
— ¿Y contigo? —preguntó Evelyn.
Arthur se quedó pensando.
—Conmigo fue distinto.
Durante unos segundos pareció regresar a otra habitación, a otro tiempo.
—Yo era su único hijo, y quizá por eso intentó enseñarme todo lo que él no había podido aprender de joven.
Me llevó a caminar por la costa, me enseñó a leer los mapas, me mostró cómo distinguir algunas estrellas; cuando tuve edad suficiente, empezó a enseñarme a reparar herramientas y a entender los planos que guardaba.
Evelyn sonrió.
— ¿También quería que fueras ingeniero?
—Quería que pudiera elegir.
La respuesta hizo que Margaret levantara lentamente la cabeza, y Arthur continuó:
—Eso era algo que repetía mucho, decía que un hombre debía poder elegir qué hacer con su vida; tal vez por eso nunca quiso decidir por mí.
Miró hacia la ventana.
—Yo estudié, después trabajé, y durante un tiempo pensé que también viajaría. Mi padre se alegraba cuando hablaba de eso, decía que el mundo era demasiado grande para quedarse siempre en un mismo sitio.
Evelyn recordó la carta y los pasajes encontrados en la casa, pero no dijo nada; Arthur no necesitaba que le recordaran los viajes.
—Sin embargo, como ya saben, él terminó quedándose aquí.
— ¿Realmente quería a ese hombre? —preguntó Margaret.
Arthur afirmó con convicción.
—Porque cuando mi abuelo comenzó a enfermar, la situación cambió, era vulnerable.
No lo dijo como una revelación, lo dijo como quien vuelve a una parte conocida de su vida.
—Para entonces mi padre ya era un hombre adulto. Mi abuelo era mayor y su salud empezó a deteriorarse; al principio todavía podía hacer algunas cosas por sí mismo, pero después necesitó ayuda para casi todo. Ningún criado lo toleraba, Mi padre empezó a organizar su vida alrededor de él.
Margaret permaneció en silencio.
—Yo era joven —continuó Arthur— y no entendía completamente lo que aquello significaba.
Veía a mi padre cansado, dormía poco, se alimentaba mal, pero también veía que nunca se marchaba durante demasiado tiempo; si tenía que viajar, regresaba, y si tenía trabajo fuera, volvía antes de lo previsto.
Poco a poco comprendí que había cosas que para él estaban por encima de sus propios deseos.
Arthur miró sus manos.
—Nunca hablaba de eso como un sacrificio.
— ¿Y lo era? —preguntó Evelyn.
—Probablemente, pero él no lo veía así.
Hubo una pausa.
—Cuando mi abuelo finalmente murió, mi padre quedó con la casa, algunos otros terrenos que compró; podría haberse marchado entonces, y yo pensé que finalmente lo haría, pero no ocurrió.
— ¿Por qué? —preguntó Margaret.
Arthur levantó los ojos.
—Porque para entonces la casa ya era su vida. Y el pasado estaba fuera de su alcance.
Margaret miró hacia el corredor y Arthur continuó:
—No significa que fuera feliz todo el tiempo; había días en que quería estar lejos, había días en que caminaba durante horas y regresaba sin hablar con nadie, pero también había construido allí demasiadas cosas: su trabajo, sus amistades, sus desafíos, su matrimonio, mi infancia, sus recuerdos.
Se produjo un silencio más largo.
—Y después enfermó —dijo Arthur.
Margaret lo miró.
— ¿La enfermedad?
—Tuberculosis.
La palabra cayó con una sencillez que hizo más pesado el silencio.
—Al principio pensamos que se recuperaría, hubo momentos en que parecía mejorar, pero después volvía la fiebre, la tos, el cansancio. Hasta hoy no hay mucho que hacer; los médicos podían intentar aliviar los síntomas, pero no podían prometer demasiado.
Arthur respiró profundamente.
—Yo ya era adulto cuando empeoró. Estuve con él durante esos últimos años, mi madre también murió de algo similar, y la casa fue haciéndose más silenciosa.
Margaret apretó las manos sobre el regazo.
— ¿Sufrió?
Arthur negó lentamente.
—Al final estaba muy débil, pero hubo días buenos. Hablábamos. A veces me preguntaba por mi trabajo, otras veces me pedía que abriera una ventana; le gustaba escuchar el mar.
Miró hacia fuera.
—Una de las últimas cosas que me dijo fue que todavía tenía asuntos pendientes.
Margaret cerró los ojos, y Arthur no añadió inmediatamente el nombre que ambos estaban pensando.
—Entonces yo no entendí a qué se refería.
La anciana abrió los ojos.
— ¿Nunca te habló de mí?
—Sí. Pero no como yo pensaba.
Arthur tomó la fotografía de Margaret joven y la sostuvo entre los dedos.
—Yo sabía que había existido una mujer llamada Margaret, sabía que había sido importante para él, sabía que había vivido lejos, que se fue sin mirar atrás, que dejo un hueco y sabía que había cartas junto a proyectos inconclusos.
Pero durante muchos años pensé que la historia era mucho más sencilla.
— ¿Y has cambiado de opinión? —preguntó Evelyn.
— Totalmente, cierro un capitulo en mi vida.
Arthur miró a Margaret.
—Muchas gracias por venir.
Margaret recibió la frase con vergüenza.
—Gracias a ti por perdonarme.
Evelyn intervino suavemente.
— ¿Nunca te imaginaste que ella se había ido con otro hijo?
Arthur negó.
—No, mi padre tal vez no quiso herirme.
Margaret bajó la mirada.
—Ahora entiendo algunas cosas que antes no entendía. Por qué guardaba ciertas cartas, por qué compró aquellos pasajes, por qué algunas veces se quedaba horas escribiendo y después rompía lo que había escrito. Pero esto...
Se detuvo.
—Esto no lo sabía.
Margaret respiró con dificultad.
—No quería abandonarlo.
Arthur la miró.
—Ahora lo sé.
Ella pareció sorprendida.
— ¿Cómo?
—Porque después de leer todo esto, entiendo que mi padre tampoco pensaba que fuera tan sencillo.
Arthur dejó la fotografía sobre la mesa.
—Él estaba herido, eso sí, y quizá durante algunos años estuvo enfadado, pero no dejó de esperar.
Margaret asintió lentamente.
—Yo tampoco dejé de esperar.
Arthur sonrió con tristeza.
—Entonces los dos pasaron demasiado tiempo esperando que el otro hiciera primero lo que ninguno se atrevió a hacer.
Evelyn observó a los dos, y por primera vez comprendió que aquella historia no tenía un culpable único: había decisiones tomadas demasiado pronto, circunstancias que nadie podía controlar y años que habían terminado haciendo por ellos lo que ellos no habían sabido hacer.
Arthur volvió a hablar.
—Cuando quede solo, yo pensé que conocía toda su historia. Cerré un ciclo que hoy se abrió para finalizar.
Margaret lo miró.
Arthur asintió. Evelyn los observó sin intervenir; había llegado hasta aquella casa pensando que buscaba una respuesta para su abuela, pero ahora comprendía que también había encontrado una historia que pertenecía a todos.
Arthur levantó la vista.
—Y todavía hay algo que quiero saber.
— ¿Qué? —preguntó Margaret.
—Cómo era él cuando nació.
La anciana sonrió; por primera vez desde que había entrado en aquella casa, no parecía estar mirando hacia el pasado con dolor, parecía estar recordando.
—Eso sí puedo contártelo —dijo—. Lo recuerdo perfectamente.
Afuera, el viento pasó sobre la costa y golpeó los cristales de la casa.
Durante unos instantes ninguno de los tres habló, pues ya no había necesidad de hacerlo.
William había dejado de ser solamente el hombre de las cartas, el hijo perdido o el nombre grabado en una piedra: para Arthur seguía siendo su padre, para Margaret, seguía siendo su muchacho que había visto crecer, y para Evelyn, finalmente, empezaba a convertirse en algo diferente: un hombre que había vivido una vida completa, aunque ninguno de ellos hubiera podido conocerla entera.