La casona de las mareas altas Capítulo 25 Lo que quiso decir
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Capítulo 25 Lo que quiso decir

Arthur permaneció junto al escritorio durante varios minutos.

La última carta seguía abierta delante de él y la fotografía de Margaret joven descansaba junto a sus manos.

No parecía el mismo hombre que había cruzado la puerta unas horas antes: había llegado con una decisión, había venido a preguntarle a Margaret por qué había abandonado a su padre, y ahora parecía no saber exactamente qué pregunta debía hacer.

Evelyn volvió a sentarse, mientras Margaret permaneció junto a la ventana; el cielo se había despejado un poco y sobre el estuario aparecía una franja de luz.

— ¿Quieres continuar? —preguntó Evelyn.

Arthur levantó la mirada.

—Sí.

Evelyn acercó los diccionarios.

—Entonces tenemos que terminar esta parte.

Arthur se sentó frente a ella, Margaret permaneció de pie unos segundos y finalmente ocupó el tercer asiento. Los tres quedaron alrededor del escritorio, y por primera vez no había una distancia verdadera entre ellos, solo un pasado que todavía no sabían compartir.

Evelyn señaló una palabra.

—Esta vuelve a aparecer aquí.

Arthur se inclinó.

—Mi padre la utilizaba cuando hablaba de una deuda.

— ¿De dinero?

—No.

— ¿Entonces?

Arthur pensó.

—Una deuda que uno tiene con otra persona.

Margaret miró el papel.

—Una responsabilidad.

Evelyn anotó la palabra y siguieron avanzando. Poco a poco la carta comenzó a adquirir sentido: William hablaba de una noche junto al estuario, de su padre, de su enfermedad, de Margaret, de la dificultad de mantener una vida construida alrededor de una ausencia y también de los viajes.

Evelyn encontró una frase.

—Aquí dice que compró los pasajes.

Arthur miró los documentos.

—Sí.

— ¿Para ir a Ámsterdam?

—Sí.

Margaret tomó uno de los billetes y lo observó durante varios segundos.

—Nunca los vi.

—Porque nunca llegó a utilizarlos.

— ¿Por qué no?

Arthur señaló una de las páginas.

—Su padre estaba cada vez peor.

Margaret asintió lentamente.

—Eso debió ocurrir antes de morir.

—Mucho antes —Arthur miró el documento—. Mi padre decidió quedarse.

Evelyn preguntó:

— ¿Por obligación?

—Al principio —Arthur bajó los ojos—. Después no sé.

Margaret intervino.

—Se quedó porque era su padre.

Arthur la miró.

—Aunque lo odiara algunas veces.

—Sí.

—Eso era muy propio de él.

Margaret sonrió débilmente.

—Sí.

Evelyn volvió al texto.

—Aquí también dice que intentó encontrar una dirección estable.

Arthur preguntó:

— ¿Porque ustedes se mudaban?, no entiendo, eso complico mucho las cosas.

Margaret asintió.

—Por el trabajo de mi esposo. Alemania, Bohemia, Francia... Y después Ámsterdam.

Arthur miró a Margaret.

—Mi padre nunca supo dónde estaba usted durante largos períodos, vivió angustia, más cuando mi mama murió.

—Yo tampoco sabía dónde encontrarlo.

Arthur guardó silencio; la frase parecía haberle cambiado algo.

—Entonces no fue solamente él quien no respondió.

Margaret negó.

—Ninguno pudo encontrar al otro.

Arthur se pasó una mano por la frente.

—Toda mi vida pensé que usted simplemente había decidido no volver, que lo odiaba.

Margaret bajó la mirada.

—Y yo pensé que él había dejado de esperarme, y que él me odiaba.

Arthur levantó los ojos y los dos permanecieron mirándose. Evelyn no intervino, pues era una conversación que llevaba demasiados años esperando.

Arthur se quedó quieto y mencionó:

—No le contó que había sido padre, un gran padre —y luego bajó lentamente la cabeza—. Tuvo un hijo, un muy buen hijo.

— ¿Tú?

—Sí.

Margaret cerró los ojos y la palabra pareció atravesarla.

—Entonces tengo otro nieto además de Evelyn.

Arthur sonrió por primera vez sin tristeza.

—Sí, esa es nuestra conclusión final de todo este encuentro.

Margaret lo miró.

—No sabía que existías, te pido perdón.

—Yo sí sabía que usted existía.

Hubo una pausa.

—Por mi padre y mi abuelo, nunca hablo bien de usted.

Margaret asintió.

— ¿Y qué te decía de mí?

Arthur tardó.

—No demasiadas cosas.

— ¿Buenas?

Arthur sonrió débilmente.

—Algunas.

— ¿Y malas?

—Muchas, que lo dejo por otra persona, mas apuesto con más dinero.

Margaret aceptó la respuesta.

—Es justo, nunca se vio a si mismo ser quien fue.

Arthur volvió a mirar la fotografía.

—Ahora entiendo por qué la guardó.

Evelyn preguntó:

— ¿Qué?

—La fotografía —señaló a Margaret joven—. Mi padre decía que había cosas que uno podía recordar de una persona sin recordar exactamente cuándo habían ocurrido.

Margaret sonrió.

—Eso suena a él.

Arthur se quedó mirando la imagen.

—Nunca te imaginé así.

— ¿Cómo?

—Joven.

Margaret soltó una pequeña risa.

—Todos fuimos jóvenes alguna vez.

—Yo no sabía nada de esta parte.

—Ahora la sabes.

Arthur levantó la mirada.

—Quizá no quiera saberlo todo.

Margaret respondió suavemente:

—No tienes obligación.

Arthur permaneció callado y luego preguntó:

— ¿Volverás o este es el final?

La pregunta sorprendió a Margaret.

—No lo sé.

La mujer pensó y miró alrededor.

—Quizá no.

Arthur no respondió.

—Pero me gustaría conocerte mejor —continuó Margaret—. Si tú quieres.

Él la observó.

— ¿A mí?

—A ti.

Margaret respiró.

—Y me gustaría conocer a tu hijo.

Arthur bajó los ojos.

—Mi hijo?.

—Mi bisnieto.

Arthur tardó unos segundos.

—Eso tendrás que hablarlo con mi esposa.

—Lo haré.

Evelyn sonrió.

—Yo también quiero conocerlo.

Arthur la miró.

—Entonces somos tres.

La frase fue pequeña, pero algo se había roto; no una barrera completa, solo una grieta, la suficiente para que pudiera pasar algo de luz.

Margaret extendió una mano sobre la mesa, Arthur la miró y durante unos segundos no hizo nada, pero después apoyó la suya encima.

No se abrazaron, no era el momento, pero era un comienzo.

Evelyn desvió la mirada porque no quiso interrumpir aquel instante.

Pensó en todo lo que había ocurrido desde Ámsterdam: había viajado pensando que acompañaba a una abuela preocupada por unas cartas, había conocido una casa, había descubierto un pasado que no conocía, había encontrado fotografías de un hombre que nunca había visto, había aprendido que su familia contenía silencios que habían durado décadas, y ahora tenía un primo, uno al que no sabía todavía cómo llamar.

Sonrió para sí misma; cuando regresara a Ámsterdam tendría mucho que contarle a su padre.

No solo sobre el viaje, tendría que contarle quién había sido realmente su hermano, qué había ocurrido con él, quién era Arthur, que la familia era más grande de lo que habían pensado y que la Casona de las mareas altas había conservado durante años cosas que nadie se había atrevido a mirar.

La reflexión le produjo una gratitud inesperada.

No estaba segura de querer regresar todavía, pero sí estaba segura de que se alegraba de haber venido.

La casa, el mar, la costa, las cartas, su abuela, su primo, William; todo formaba ahora parte de su propia historia.

Arthur volvió a mirar la carta.

—Hay otra parte que está muy difícil de traducir.

Evelyn se acercó.

— ¿Cuál?

Arthur señaló el párrafo escrito en checo.

—Mi padre aprendió algunas palabras para poder mantener correspondencia con gente que podía ayudarlo a localizarla.

— ¿Y qué dice aquí?

Arthur pensó.

—Habla de esperar.

— ¿A Margaret?

—Sí.

— ¿Solo eso?

Arthur continuó leyendo.

—También dice que no quiere que ella vuelva por obligación.

Margaret levantó la mirada y Evelyn siguió:

— ¿Entonces qué quería?

Arthur permaneció un momento en silencio.

—Que volviera porque todavía quisiera conocerlo.

La habitación quedó en silencio y Margaret miró la carta.

—Yo quería conocerlo.

Arthur la observó.

—Pero nunca vino.

—No.

La anciana bajó la cabeza.

—Y ahora es demasiado tarde.

Arthur negó.

—Para conocerlo, sí —señaló la habitación—. Pero no para conocer lo que dejó.

Margaret lo miró, y Evelyn sintió que aquella frase encerraba algo.

— ¿Qué queda?

Arthur volvió a examinar los papeles y encontró una pequeña anotación; no era una carta, solo unas palabras escritas en un margen: Después del acantilado.

Evelyn reconoció la expresión.

—Es la misma que encontramos antes.

Arthur asintió.

—Mi padre iba allí.

— ¿A la playa?

—Sí.

— ¿Para qué?

Arthur sonrió.

—Cuando necesitaba estar solo.

Margaret se levantó lentamente.

—Entonces iremos allí.

Arthur la miró.

—La marea está subiendo.

—Podemos esperar.

Evelyn se puso de pie.

— ¿Mañana?

Arthur asintió.

—Mañana.

Arthur tomó el abrigo y, antes de salir de la habitación, miró una última vez el escritorio: los papeles, los lápices, los anteojos, la fotografía, el piano.

—Durante todos estos años pensé que esta historia había quedado atrás —dijo.

Margaret preguntó:

— ¿Y ahora?

—Ahora entiendo que nunca dejó de avanzar.

La lluvia empezó a golpear nuevamente los cristales. Los tres permanecieron un momento en silencio Arthur se despidió y se marchó por donde llego.

En algún punto más allá del acantilado, donde el mar ocultaba y descubría la costa según la hora del día, todavía quedaba algo de William que ninguno de ellos había encontrado.