Capítulo 24 El hijo
Helen las acompaño hasta Regresar a la Casona de las mareas altas poco después del mediodía, con el viento aumentando durante el camino de vuelta.
Nell caminaba delante de ellas y, en los tramos más húmedos, se detenía para olfatear el suelo antes de continuar.
Margaret hablaba poco, pues la visita al mausoleo había dejado en ella una quietud diferente, y Evelyn tampoco necesitaba hablar demasiado, finalmente supo toda la historia: habían visto el nombre de William, habían confirmado el año de su muerte y habían recorrido juntos, aunque de manera desigual, una parte de su vida.
Cuando llegaron a la casa, Margaret abrió la puerta.
Todo parecía igual: la misma entrada, el mismo corredor, la misma escalera, pero Evelyn sintió que ya no miraba aquel lugar como al comienzo; ahora sabía que debajo de sus habitaciones existía una historia y que alguien había vivido allí hasta el final.
Subieron al estudio, donde la carta incompleta permanecía sobre el escritorio junto a los tres diccionarios, y Margaret encendió una lámpara.
—Tenemos que terminar la traducción, con eso ya estará todo en su lugar.
Evelyn asintió, se sentó frente al escritorio, abrió la carta y, como había palabras que todavía no comprendía, buscó en el diccionario correspondiente, anotó y volvió a leer.
—Esta palabra aparece dos veces.
Margaret se inclinó.
— ¿Qué significa?
—Creo que "culpa".
— ¿Estás segura?
—No.
—Entonces sigue.
Evelyn continuó, avanzando lentamente en la traducción. William hablaba de una noche, de una decisión, de Margaret, de una responsabilidad que no podía abandonar, y había frases que parecían personales y otras más difíciles de interpretar.
—Aquí menciona el mar otra vez.
Margaret miró la página.
—Sí.
—Y aquí habla de alguien que esperaba.
— ¿Quién?
—No lo sé.
La joven volvió a escribir, y fue entonces cuando llamaron a la puerta con tres golpes. Ambas se quedaron inmóviles, Nell levantó la cabeza desde el pasillo y Margaret miró a Evelyn.
—No esperaba a nadie.
Los golpes volvieron, esta vez más fuertes, y Nell corrió hacia la entrada, ladrando.
Evelyn cerró la carta y fueron al vestíbulo y lo vieron.
El hombre del tren estaba de pie al otro lado de la puerta, y esta vez Evelyn lo reconoció inmediatamente: era el mismo hombre alto que había visto en Waterloo, en el tren y en la estación de Alnmouth.
Llevaba el mismo tipo de abrigo oscuro y su rostro parecía más cansado que antes. Nell comenzó a ladrar.
—Tranquilo —dijo Evelyn.
Margaret abrió y el hombre la observó.
—Les dije que se fueran.
Margaret permaneció en silencio, esto fue algo inesperado.
—No lo hicieron.
—No —respondió Evelyn.
El hombre miró hacia el interior.
—Entonces supongo que tendré que hablar con ustedes.
— ¿Quién eres? —preguntó Evelyn.
El hombre tardó unos segundos.
—Arthur Bellamy.
Margaret pareció quedar inmóvil.
— ¿Bellamy?
—Sí.
Evelyn sintió una presión en el pecho.
— ¿Qué relación tienes con William?
Arthur la miró.
—Soy su hijo.
El silencio fue inmediato; Margaret bajó ligeramente la cabeza y Arthur la observó.
—Y usted es mi abuela, se supone.
Evelyn miró a ambos, mientras Nell seguía ladrando.
— ¿Fuiste tú quien dejó el mensaje? —preguntó ella.
—Sí.
— ¿Por qué?
Arthur respondió sin apartar los ojos de Margaret.
—Porque quería que se fueran.
— ¿Por qué?
—Porque no quería que ella volviera a esta casa.
Margaret preguntó:
— ¿Esta casa es tuya?
Arthur asintió.
—La heredé de mi padre.
Evelyn recordó las palabras de Daniel sobre que la familia había estado allí durante años; ahora entendía que había otra historia.
—Entonces Daniel...
Arthur interrumpió suavemente.
—Daniel es inquilino.
— ¿Inquilino?
—Sí.
— ¿No es el dueño?
—No, tiene un contrato conmigo.
Arthur miró la casa.
—Viene aquí algunas temporadas con su familia. Se ocupa de ella durante parte del año. Yo prefiero que alguien viva en la casa antes de dejarla vacía.
Margaret lo miró.
— ¿Por qué no vives tú aquí?
La expresión de Arthur cambió.
—No puedo.
— ¿Por qué?
—Porque aquí vivió mi padre y mi abuelo y ahora sé que también vivió… mi abuela.
Silencio. Arthur añadió:
—Hay recuerdos que no me hacen bien.
Evelyn comprendió que aquello no parecía vergüenza, parecía cansancio y tristeza.
—Entonces la alquilas.
—A Daniel y a su familia, sí.
— ¿Ellos saben quién eres?
—Sí.
— ¿Y conocen la historia?
—Conocen una parte.
Arthur observó la entrada.
—Pero hay cosas que nunca les conté.
Evelyn recordó inmediatamente el estudio.
— ¿Sabías que había una habitación oculta debajo de la bodega?
Arthur frunció el ceño.
—No.
— ¿No la conocías?
—No.
— ¿Y el estudio?
Arthur negó.
—Pensé que la parte inferior de la casa era solo una bodega.
Evelyn miró a Margaret y después volvió hacia él.
—Tu padre tenía un refugio.
Arthur permaneció inmóvil.
— ¿Qué?
—Una habitación donde escribía y tocaba musica.
— ¿Dónde?
— Debajo de la casa, por decirlo de una forma elegante.
Arthur miró hacia la escalera y, por primera vez, parecía genuinamente sorprendido.
—No sabía nada de eso.
—Nosotras lo encontramos, hace poco.
— ¿Qué encontraron?
Evelyn respiró.
—Muchas cosas.
Arthur miró a Margaret.
— ¿Qué cosas, las tienes?
Margaret no respondió, Evelyn sí.
—Escritos, recuerdos, imágenes.
Arthur permaneció inmóvil.
— ¿De mi padre?
—Sí.
— ¿Cartas?
—Sí.
— ¿Para quién?
Evelyn miró a su abuela y después respondió:
—Para Margaret.
Arthur no supo que decir, Nell dejó de ladrar y la tensión en el cuerpo del hombre pareció cambiar.
— ¿Puedes enseñármelas?
Evelyn dudó, miró a Margaret y la anciana asintió. Subieron nuevamente al estudio, Arthur entró detrás de ellas y, al cruzar el umbral, se detuvo, mirando el escritorio, los libros, los lápices, las fotografías, el piano cubierto, la ropa y los papeles.
—Nunca había visto esto.
Evelyn se acercó a la mesa y tomó las cartas.
—Mi padre jamás me habló de esta habitación.
—Quizá no sabía que existía.
Arthur pasó una mano por el borde del escritorio, encontró un lápiz, lo tomó y lo observó.
—Reconozco esto.
Margaret lo miró.
— ¿Qué?
—Los lápices.
Los dejó sobre la mesa.
—Mi padre compraba siempre los mismos.
Arthur parecía menos tenso, y Evelyn le entregó una de las cartas.
—Estas llegaron a Ámsterdam.
Arthur la tomó.
— ¿Son las que llegaron?
Evelyn levantó la cabeza.
—Sí.
Arthur la miró.
— Al menos eso resultó
—Tú dijiste que las habías enviado.
—Sí, así fue.
— ¿Por qué?
Arthur respiró.
—Las encontré entre las cosas de mi padre un día.
— ¿Dónde?
—En otra parte de la casa.
— ¿En el estudio?
—No.
— ¿Entonces?
Arthur negó.
—No importa, ya no existe, Daniel lo cambió.
Evelyn insistió.
—Sí importa.
Arthur se quedó callado.
—Nunca encontré el estudio —admitió finalmente—. Solo algunas de sus pertenencias en otras habitaciones.
Miró la carta.
—Sabía que estas eran para usted.
Margaret habló por primera vez.
— ¿Cómo encontraste mi dirección?
Arthur respondió:
—Había documentos de mi padre como direcciones antiguas, nombres y una libreta.
Evelyn recordó el libro de cuentas y los mapas.
—Y decidiste enviarlas.
—Sí.
— ¿Las tres?
—Eran las tres que encontré, había una cuarta pero era ilegible.
Margaret bajó los ojos.
— ¿Sabías que me harían venir?
Arthur respondió:
—Esperaba que así fuera.
— ¿Por qué?
El hombre sostuvo la carta.
—Porque quería conocerla, saber los motivos, enfrentarla.
La palabra quedó entre ellos.
— ¿Enfrentarme por qué?
—Por mi padre, y su dolor, el cual me transmitió a mí.
— Nunca busque eso.
Arthur levantó los ojos.
—Porque toda mi vida escuché hablar de una mujer que se fue y nunca volvió.
Margaret cerró los ojos.
—No fue tan sencillo.
—Para él tampoco.
Arthur miró el suelo.
—Por eso dejé el mensaje.
Evelyn intervino:
— ¿Y cómo supiste que vendríamos?
Arthur guardó silencio unos segundos.
—Mi esposa trabaja en el puerto.
— ¿En qué?
—En la oficina que lleva parte del movimiento de pasajeros y embarques.
Evelyn comprendió.
— ¿Ve los cronogramas?
—Sí.
Arthur asintió.
—Cada cierto tiempo revisaba los registros. Cuando vi el trayecto correspondiente, vi el nombre de Margaret Bellamy.
— ¿Y supiste que era ella?
—El apellido no era suficiente —miró a Evelyn—. Pero también recordaba las fotografías de mi padre.
—Entonces esperaste.
—Sí.
—En Londres.
—Sí.
—Nos viste.
—Sí.
—Y nos seguiste.
Arthur asintió.
—Quería saber si realmente eras tú.
Margaret permanecía sentada sin decir nada, y Arthur la miró.
—No esperaba que Daniel las dejara quedarse.
Evelyn respondió:
—Daniel pensaba que la casa estaba a su disposición durante su estancia.
—De eso se trata el contrato.
—Sí.
Arthur negó suavemente.
—No sabía que ustedes buscarían cosas del pasado.
—Gracias a eso pudimos explorar el estudio de la bodega.
Evelyn sostuvo la carta.
—Entonces no sabes todo lo que dejó tu padre.
Arthur la miró.
—No, y no lo esperaba tampoco.
La joven le entregó otra, ya cerca de ser traducida.
—Lee.
Arthur la abrió y vio que la primera línea estaba dirigida a Margaret. Sus ojos se movieron lentamente, después llegaron a una frase más larga, se detuvo y volvió al principio. Evelyn observó su rostro, notando que la dureza comenzaba a desaparecer. Arthur tragó saliva.
—Esto...
No terminó, leyó otra parte y su respiración cambió; Margaret lo observó, mientras Arthur continuaba leyendo en silencio hasta que en un momento cerró los ojos.
—No sabía esto.
Evelyn preguntó:
— ¿Qué?
Arthur no respondió inmediatamente, se sentó y volvió a leer.
—Mi padre nunca me dijo que había seguido escribiéndole.
Margaret habló:
—Intentó hacerlo.
Arthur negó.
—No entendía cuánto.
Evelyn le pasó otra página.
—También dejó esto.
Arthur miró los papeles, donde había notas, borradores, mapas y una fotografía de Margaret joven. Arthur la sostuvo y se quedó mirándola.
—Es ella.
Margaret no dijo nada y Arthur bajó la fotografía; por primera vez desde que había llegado, parecía haber perdido la certeza con la que había entrado.
—Creí que él había pasado toda su vida esperando una respuesta que nunca quiso darle.
Margaret miró al suelo.
—Yo también pensé que había dejado de esperarme.
Arthur apretó los labios.
—Yo nunca te perdoné.
Margaret asintió.
—Lo sé.
—No.
Arthur levantó la vista.
—No podías saberlo.
La joven intervino.
—Y tú tampoco sabías toda la historia.
Arthur miró a Evelyn.
—No.
—Tampoco ella —señaló las cartas—. Por eso estamos aquí.
Arthur bajó la mirada. Nell se acercó a él, lo olfateó, y Arthur permaneció inmóvil. El perro no gruñó, solo olfateó su mano y después se sentó; Arthur le pasó los dedos por la cabeza.
—Parece que él confía antes que yo.
Evelyn sonrió.
—A veces es más inteligente.
Arthur casi sonrió, casi. Margaret tomó aire.
—Arthur.
El hombre levantó la cabeza.
— ¿Qué quieres?
—Quiero terminar de leer lo que tu padre escribió.
Arthur miró la carta y después a Margaret.
—Yo también.
Evelyn observó a ambos; por primera vez desde que habían llegado a Inglaterra, la habitación no parecía dividida entre el pasado y el presente, parecía haber espacio para los dos.
Arthur se quedó junto al escritorio, la lluvia volvió a golpear las ventanas y, alrededor de las hojas que William había dejado atrás, tres generaciones de una familia que apenas comenzaba a reconocerse empezaron a reconstruir la historia que durante años había quedado sin terminar.