La casona de las mareas altas Capítulo 23 El muchacho que quedó aquí
83%

Capítulo 23 El muchacho que quedó aquí

La mañana siguiente amaneció despejada, aunque no completamente; todavía quedaban nubes sobre el mar, pero entre ellas aparecían franjas de un azul pálido que hacían que el invierno pareciera menos severo.

Evelyn fue la primera en salir de la casa, Nell corrió delante y Margaret llevaba un abrigo grueso y un paraguas cerrado.

No llovía, no lo necesitaba. Durante unos minutos caminaron sin hablar, mientras el camino descendía lentamente hacia el estuario.

El agua estaba más alta que el día anterior y había menos barro visible; las aves se desplazaban cerca de la orilla, algunas volaban bajo y otras permanecían inmóviles sobre pequeñas lenguas de tierra.

El viento era fuerte y Evelyn tuvo que acomodarse varias veces el cabello.

—Ahora —dijo finalmente.

Margaret la miró.

— ¿Ahora qué?

—Me dijiste que me contarías la verdad.

La anciana asintió.

—Sí.

Siguieron caminando.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio.

Margaret sonrió.

—Eso es lo que siempre haces.

— ¿Y esta vez?

—Esta vez también.

La mujer miró el mar.

—William nació en 1847.

Evelyn hizo la cuenta mentalmente.

—Entonces tenías...

—Catorce años.

La joven guardó silencio.

—Era muy joven.

—Sí.

— ¿Fue prematuro?

Margaret asintió.

—Llegó antes de tiempo. El médico pensó que no viviría.

Nell se detuvo para olfatear una planta y Margaret continuó.

—Era muy pequeño. Cabía casi entero entre mis brazos. Durante las primeras semanas todos hablaban en voz baja, como si cualquier ruido pudiera quitárnoslo.

Evelyn miró a su abuela; nunca la había imaginado a los catorce años.

— ¿Lo cuidaste tú?

—Sí.

— ¿Tu familia te ayudó?

Margaret tardó.

—No fue una familia sencilla.

— ¿Por qué?

La mujer siguió caminando.

—El padre de William era un hombre fuerte. Muy fuerte.

— ¿Cómo?

—Dominante. Protector hasta el exceso. Creía que proteger a los suyos significaba decidir por ellos.

Evelyn comprendió.

— ¿Y contigo?

—Conmigo siempre creyó que sabía qué era lo mejor.

— ¿Y con William?

Margaret miró hacia el agua.

—Lo quería.

La respuesta salió sin vacilación, y añadió:

—Pero también quería decidir qué clase de vida tendría.

Caminaron por la hierba húmeda, y más adelante aparecieron las primeras rocas.

—William creció aquí —dijo Margaret—. Durante sus primeros años estuvimos juntos prácticamente todo el tiempo.

— ¿Vivían aquí?

—Sí.

— ¿Los tres?

Margaret asintió.

—Él, su padre y yo.

— ¿Y cómo era William?

Margaret sonrió.

—Al principio, tranquilo. Después dejó de serlo.

Evelyn rio.

— ¿De verdad?

—Mucho.

— ¿De adolescente?

—Especialmente entonces.

Margaret miró un grupo de rocas.

—Tenía quince años cuando comenzó a escaparse por las noches.

— ¿A dónde?

—Al estuario.

— ¿Solo?

—A veces. Otras con otros muchachos, Ahí conoció a Helen.

— ¿Y su padre?

—Se enfadaba.

— ¿Mucho?

—Demasiado.

Margaret tocó una de las piedras al pasar.

—William odiaba que le dijeran qué debía pensar.

— ¿Y tú?

—Yo también.

Evelyn sonrió.

—Entonces ya eran parecidos.

Margaret no respondió, pero también sonrió. Llegaron a la formación de rocas que habían visto el día anterior, y la anciana se detuvo.

—Aquí se escondía.

— ¿De su padre?

—De él y de todo lo demás.

Evelyn miró el espacio entre las piedras.

— ¿Y tú lo buscabas?

—A veces.

— ¿Él te decía dónde estaba?

—No siempre.

—Eso explica por qué conocías este lugar.

Margaret asintió y continuaron. El camino bordeaba ahora una zona de hierba baja; más allá comenzaba el humedal, donde el agua reflejaba el cielo y un grupo de aves levantó vuelo. Nell corrió unos metros y regresó.

—No te alejes —dijo Evelyn.

El perro siguió caminando cerca de ellas, y Margaret respiró profundamente.

—Después conocí al hombre que sería tu abuelo.

Evelyn la miró.

— ¿Cómo?

Margaret sonrió.

—Por un accidente.

—Otra vez el accidente.

—Esta vez de verdad.

—Cuéntamelo.

—Una carreta perdió una rueda en el camino. Yo iba con William.

— ¿Y?

—El conductor perdió el control. Un hombre que viajaba con él bajó para ayudar.

— ¿Era comerciante?

—Sí.

— ¿Viajero?

—Mucho.

— ¿Y te enamoraste?

Margaret la miró.

—Sí.

— ¿Muy rápido?

—Más rápido de lo conveniente.

Evelyn sonrió.

—Eso sí suena a ti.

—No me conocías entonces.

—Quizá te conozco mejor ahora.

Margaret continuó:

—Era un hombre que no pertenecía a este lugar. Viajaba entre ciudades y puertos. Compraba y vendía mercancías. Tenía amigos en distintos países y no parecía necesitar demasiado tiempo para sentirse cómodo en ninguno.

—Muy distinto al padre de William.

—Muchísimo.

— ¿Y él aceptó que te fueras con otro hombre?

Margaret soltó una breve risa.

—No, pero ya no era lo mismo,  estaba terminado.

—Claro.

—Mi relación con él se había vuelto cada vez más difícil. Cuando supo que quería marcharme, decidió que William se quedaría.

Evelyn se detuvo.

— ¿Decidió él?

—Sí.

— ¿Y podía hacerlo?

Margaret asintió.

—En aquella situación, sí.

— ¿Por qué?

—Porque William era menor y no podía salir de inglaterra sin la autorización que él controlaba.

— ¿Y nunca te la dio?

—Nunca.

— ¿Intentaste conseguirla?

—Muchas veces.

— ¿Y entonces?

Margaret miró hacia el mar.

—Tuve que elegir.

La joven guardó silencio.

— ¿Entre William y … mi papa?

Margaret asintió.

—Cuando decidí marcharme, Thomas era todavía un bebé.

—Y William estaba aquí.

—Sí.

— ¿Y elegiste llevarte a Thomas?

Margaret bajó la mirada.

—Elegí al niño que podía llevar conmigo.

Evelyn respiró despacio.

—Eso no significa que dejaras de querer a William.

—Nunca dejé de quererlo.

La frase salió tan firme que la joven no volvió a preguntar durante unos segundos, hasta que finalmente lo hizo:

— ¿Qué le dijiste?

—Que regresaría.

— ¿Y él?

—Que algún día vendría por mí.

— ¿Lo hizo?

Margaret negó.

—No.

— ¿Por qué?

—Porque la vida no siempre cumple las promesas que uno hace cuando todavía es joven.

Siguieron caminando mientras el viento arrastraba un olor salado desde el estuario.

—Al principio nos escribíamos —continuó Margaret—. Con bastante frecuencia.

— ¿Dónde vivías entonces?

—En distintos lugares.

Margaret enumeró lentamente:

—Alemania. Hubo temporadas en Bohemia. Después pasamos un tiempo en Francia. Otras veces permanecimos solo unos meses en distintos lugares.

—Por el trabajo de tu esposo.

—Sí.

—Entonces William no sabía dónde estabas.

—No siempre.

— ¿Cómo podía escribirte?

—A veces utilizábamos a personas conocidas. Comerciantes. Amigos. Direcciones que cambiaban.

Evelyn recordó los tres diccionarios del cofre:

—Alemán, neerlandés y checo.

Margaret sonrió.

—Sí.

— ¿Los aprendió por eso?

—Algunas palabras. Lo suficiente para intentar encontrarme.

— ¿William sabía que podías estar en Bohemia?

—A veces.

— ¿Y otras no?

—Muchas veces no.

Caminaron un trecho sin hablar.

—Durante años fue así —dijo Margaret—. Una carta llegaba. Después otra. A veces pasaban meses.

— ¿Y finalmente los Países Bajos?

—Finalmente nos establecimos allí.

— ¿En Ámsterdam?

—Sí.

— ¿Y ya entonces?

Margaret sonrió débilmente.

—Para entonces yo ya tenía más de cincuenta años.

— ¿Y William?

—También era un hombre adulto.

Evelyn miró el suelo.

—Nunca llegaron a reencontrarse.

—No.

— ¿Ni una sola vez?

—No, fue doloroso.

— ¿Por qué no fuiste tú?

Margaret tardó tanto en contestar que Evelyn pensó que quizá no lo haría.

—Porque después de muchos años, viajar de regreso no era solamente comprar un billete.

— ¿Qué era?

—Admitir que había dejado una parte de mi vida sin resolver.

Evelyn guardó silencio.

Margaret continuó:

—Y después llegaron otras obligaciones. Tu padre. La casa. El trabajo. El dinero. Los años.

—Hasta que dejaron de llegar las cartas.

—Sí.

— ¿Y nunca supiste por qué?

—No.

— ¿Pensaste que estaba enfadado?

—Muchas veces.

— ¿Que había decidido olvidarte?

—También.

Evelyn se acordó del pasaje hacia Ámsterdam que habían encontrado en el cofre.

—Pero él llegó a pensar en ir a verte.

Margaret asintió.

—Eso parece.

—Ahorró dinero.

—Sí.

—Compró pasajes.

—Sí.

—Tenía mapas.

Margaret miró hacia el mar.

—Sí.

—Entonces lo intentó.

—Quizá.

Evelyn la miró.

—No deberías decir "quizá" cuando sabemos que dejó todo eso.

Margaret sonrió con tristeza.

—Algunas personas pasan tanto tiempo dudando que incluso cuando encuentran la verdad necesitan aprender a pronunciarla.

Continuaron.

—William también tuvo un hijo —dijo Margaret.

—Helen dijo eso.

—Sí.

— ¿Lo crió?

—Eso creo.

— ¿La madre?

—No lo sé.

— ¿Y después?

Margaret caminó unos pasos.

—El hijo creció.

— ¿Se quedó aquí?

—Supongo.

— ¿Y William?

—Siguió viviendo con su padre.

Evelyn se volvió.

— ¿Con el mismo hombre que te impidió llevártelo?

—Sí.

La respuesta fue tranquila, y añadió:

—Su padre siguió viviendo en la casa durante muchos años.

— ¿Y William se quedó con él?

—Sí, eso creo, o al menos, eso es lo que una vez me escribió.

— ¿Incluso después de todo?

Margaret asintió.

—Cuando su padre envejeció, enfermó.

— ¿De qué?

—No lo sé con exactitud. Era una enfermedad que fue avanzando poco a poco. Al principio necesitaba ayuda. Después ya no podía hacer casi nada sin William.

— ¿Y William lo cuidó?

—Hasta el último de sus días.

Evelyn guardó silencio, notando que el viento parecía más frío.

—Eso debió ser difícil.

—Lo fue.

— ¿Para William?

—Para los dos.

Margaret se detuvo junto al borde del humedal.

—Pero William no lo abandonó.

Evelyn miró a la anciana.

—Aunque él había impedido que tú te llevaras a tu hijo.

—Sí.

— ¿Nunca lo odió?

Margaret pensó.

—Probablemente sí.

— ¿Y aun así lo cuidó?

—Sí.

— ¿Por qué?

Margaret miró el agua.

—Porque era su padre.

La respuesta permaneció entre ambas; no necesitaba otra.

—Cuando el padre murió —continuó Margaret—, William heredó la Casona de las mareas altas.

Evelyn miró hacia el manor, viéndolo ahora de otra manera: la propiedad había pasado del hombre que la separó de su madre al hijo que permaneció allí.

— ¿Y siguió escribiéndote?

—Sí.

—Hasta el final.

—Eso creo.

— ¿Sabes cuándo murió?

Margaret negó.

—No exactamente.

Evelyn recordó la fecha de las cartas.

—Lo sabremos.

Caminaron hacia el pequeño cementerio de la comunidad; la capilla se veía a poca distancia y, detrás, estaba el mausoleo que Helen las esperaba.

—Pensé que ya no llegarían.

Margaret asintió y las tres caminaron hasta la piedra, donde el nombre estaba grabado con claridad:

WILLIAM BELLAMY

Debajo aparecían dos fechas, que Evelyn leyó, haciendo la cuenta.

—Cincuenta años.

Margaret levantó la vista. William había nacido en 1847 y había muerto en 1899; ella tenía entonces sesenta y seis años, ahora tenía setenta. Evelyn miró a su abuela. Margaret permaneció delante de la piedra, no lloró, y puso una mano sobre el nombre.

—Cincuenta y dos años —murmuró.

Evelyn se acercó.

—Murió hace cuatro años.

Margaret asintió.

—Sí.

La mujer cerró los ojos.

—Yo todavía lo recuerdo como fue.

Evelyn no dijo nada, y Margaret siguió acariciando la piedra.

—Un muchacho.

El viento movió las ramas desnudas sobre el mausoleo y, a lo lejos, se escuchaba el mar.

—Lo vi crecer —dijo Margaret—. Lo vi enfermar cuando era pequeño. Lo vi aprender a leer. Lo vi correr. Lo vi enfadarse. Lo vi convertirse en un muchacho, y eso es lo último que hay de él, en mí.

Tragó saliva.

—Y nunca tuve la oportunidad de verlo convertirse en un hombre.

Evelyn tomó la mano de su abuela y Margaret la sostuvo.

—Eso es lo que hemos venido a descubrir —dijo finalmente—. No dónde estuvo William.

Miró la piedra.

—Sino quién llegó a ser.