Capítulo 22 Las cosas que quedaron
Helen se marchó poco al anochecer. La lluvia había disminuido, aunque el cielo continuaba cubierto y el camino estaba oscuro; Margaret permaneció unos segundos bajo el marco de la puerta después de despedirse.
—Mañana —dijo Helen.
—Mañana.
La mujer levantó el paraguas y desapareció por el sendero, y Evelyn cerró.
La electricidad había regresado, y las lámparas iluminaban nuevamente la casa, por lo que, por primera vez desde que habían encontrado el cofre en el ático, pudieron mirarlo sin depender de una lámpara portátil.
Estaba sobre la mesa del comedor y la pequeña caja metálica permanecía junto a él, mientras Nell dormía en una esquina, aunque levantó la cabeza cuando Evelyn comenzó a mover una silla.
—Ahora sí —dijo la joven.
Margaret se sentó.
—Ahora sí.
Evelyn observó el cierre del cofre; no era una cerradura complicada, solo vieja.
Margaret sacó de un cajón un pequeño juego de herramientas que había encontrado aquella tarde y, después de unos minutos, consiguió abrirlo.
La tapa produjo un sonido seco y, dentro, había objetos cuidadosamente dispuestos: no parecía el escondite de alguien que hubiera querido ocultar sus pertenencias para siempre, parecía más bien una caja preparada para conservar una vida.
Evelyn no tocó nada al principio, solo miró: había una fotografía, después otra, un pequeño juguete de madera, una medalla, una cadena, dos anillos, un par de anteojos dentro de una funda gastada, un reloj pequeño que ya no funcionaba, un paquete de cartas atadas con una cinta, varios lápices, una libreta y, debajo de todo aquello, sobres y documentos.
—Es increíble —dijo Evelyn.
Margaret permaneció callada.
Evelyn tomó el juguete, que era un pequeño caballo de madera pintado muchos años atrás.
— ¿Era de él?
Margaret lo sostuvo entre los dedos.
—Sí.
— ¿De William?
—Sí.
—Lo recuerdas.
—Yo lo compré.
Evelyn sonrió con tristeza y dejó el juguete. Encontró entonces una pequeña caja de metal, dentro de la cual había una cadena y una medalla que Margaret tomó.
—Esta era mía.
— ¿Tuya?
—La llevaba cuando era joven.
— ¿William la guardó?
Margaret asintió y la volvió a colocar.
Luego aparecieron los anteojos; eran pequeños y de montura metálica. Evelyn los levantó.
— ¿Tuyos?
—No.
— ¿De William?
—Sí.
Margaret los miró durante largo rato.
—Los usaba para leer.
—Entonces sí le gustaba leer.
—Mucho.
Evelyn volvió a dejarlos. Debajo había hojas dobladas, que eran bocetos; algunos mostraban mecanismos y otras pequeñas estructuras.
Había dibujos de poleas, engranajes, cajas, soportes y piezas que Evelyn no sabía identificar: uno parecía un sistema para elevar una carga desde una embarcación, otro representaba una pequeña estructura sobre pilotes y otro mostraba una rueda hidráulica.
— ¿Era ingeniero?
Margaret observó los dibujos.
—No exactamente, quiso dedicarse a ello.
— ¿Entonces?
—Le gustaba inventar.
—Eso parece bastante serio.
—Nunca terminó la mayoría de las cosas. —dijo la anciana riendo.
Evelyn hojeó varias páginas donde había ideas sin desarrollar, anotaciones, medidas, flechas y preguntas. Una de las hojas mostraba una pequeña estación meteorológica improvisada y otra contenía un mecanismo para registrar la altura del agua. Evelyn la miró.
—La marea.
Margaret asintió.
—Siempre le interesó.
—Entonces no solo escribía.
—No.
Encontraron una pequeña carpeta llena de borradores: historias, descripciones, comienzos de cartas, fragmentos, notas sobre el estuario, ideas para construir una pasarela y diseños para reparar parte del embarcadero.
Una hoja tenía escrita una única frase: Cuando la marea baja, el lugar recuerda otra forma de sí mismo.
Evelyn la leyó dos veces.
—Escribía cosas bonitas.
Margaret sonrió.
—A veces.
— ¿A veces?
—A veces solo escribía tonterías.
La muchacha rió y, por un momento, la casa pareció menos pesada.
Después encontró un sobre grueso que dentro tenía varios documentos de viaje, y Evelyn extendió uno.
— ¿Qué es?
Margaret se inclinó; era un billete de barco, no reciente, sino mucho más antiguo.
—Amsterdam.
Evelyn levantó la cabeza.
— ¿Iba a ir allí?
Margaret tomó el documento; la fecha era posterior a algunas de las cartas. Había otro billete, y otro.
—Tres —dijo Evelyn.
Margaret los examinó.
—Parece que nunca llegó a usarlos.
—Pero compró los pasajes.
—Sí, un descubrimiento que me pesa.
Evelyn extendió sobre la mesa un pequeño mapa, era un mapa de Ámsterdam que tenía varios círculos marcados con lápiz: canales, una estación, un puerto, una calle.
—Conocía la ciudad.
Margaret levantó la vista.
—La estudió.
— ¿Por qué?
—No lo sé.
Evelyn tomó otro papel más pequeño que tenía anotaciones sobre precios, hospedajes y rutas.
—Pensaba viajar.
Margaret permaneció callada.
—A verte —dijo Evelyn.
La anciana no respondió, pues aquello no era una certeza, pero se parecía demasiado a una.
Bajo los mapas había tres pequeños libros, y Evelyn tomó el primero.
—Alemán.
El segundo:
—Neerlandés.
El tercero:
— ¿Qué es este?
Margaret lo miró.
—Checo.
— ¿Sabía checo?
—No que yo supiera.
Evelyn abrió unas páginas y notó que había algunas palabras subrayadas, aunque no muchas.
—Quizá quería aprender.
—William siempre quería aprender algo.
— ¿Hasta de idiomas que no necesitaba?
Margaret sonrió.
—Era un inquieto, nunca cambió.
Evelyn la miró.
—Eso parece algo que realmente lo definió.
Margaret no contestó.
Encontraron también un pequeño libro bancario que Evelyn abrió; había depósitos periódicos de cantidades modestas, que no eran una fortuna, pero sí suficientes para mostrar que William había guardado dinero durante años.
—Una cuenta de ahorro.
Margaret observó las anotaciones.
—Sí.
— ¿Para qué?
La joven encontró una fecha, y después otra; había una regularidad de pequeñas cantidades durante años, y no retiraba casi nada.
—Estaba ahorrando.
—Sí.
— ¿Para el viaje?
Margaret no respondió, y Evelyn abrió otro documento, un certificado cuya tinta se había vuelto ligeramente marrón. Leyó lentamente y después volvió a leer.
—Abuela.
Margaret la miró.
— ¿Qué?
Evelyn dejó el papel sobre la mesa.
—Aquí dice William Bellamy.
La anciana acercó la silla y Evelyn continuó.
—Y aquí hay otro nombre.
Margaret leyó y se quedó inmóvil.
—Su esposa.
Evelyn levantó la mirada.
—William se casó.
Margaret asintió muy lentamente.
—Sí.
— ¿La conocías?
—No, pero no me sorprende, era encantador.
La respuesta parecía difícil para ella. Evelyn volvió al documento, un certificado de matrimonio donde el nombre de la mujer aparecía claramente; no era un nombre que ninguna de las dos hubiera escuchado antes.
—Entonces tuvo una familia.
Margaret bajó la vista.
—Sí.
—Helen dijo que tuvo un hijo.
—Sí.
Evelyn dobló el documento con cuidado.
—Entonces ese niño es...
No terminó, y Margaret no la ayudó. Durante unos segundos solo se escuchó el fuego.
Evelyn buscó entre los documentos y encontró una pequeña fotografía que dio vuelta; detrás aparecía una fecha y tres iniciales, nada más, por lo que no podía saber quiénes eran.
—Hay demasiadas cosas —dijo.
Margaret permaneció mirando la mesa.
—Sí.
—Y nosotras sabemos demasiado poco, me parece que es el momento abuela, ¿no crees?
—Sí, estamos más cerca que antes.
Evelyn recogió una de las cartas, la que habían encontrado en el estudio, la que estaba incompleta; la letra de William parecía distinta allí, más cansada.
La joven recordó algunas frases: las noches frente al mar, la responsabilidad, Margaret, las cosas que nunca pudieron resolverse, la posibilidad de viajar a Ámsterdam, los pasajes, el dinero ahorrado, los mapas, los diccionarios.
Todo comenzaba a formar una figura, pero todavía faltaban demasiadas piezas.
—Abuela.
—Sí.
— ¿William intentó venir?
Margaret miró los billetes.
—Eso parece.
—Y tú nunca lo supiste.
—No.
— ¿Por qué?
Margaret tardó en responder.
—Porque las cartas dejaron de llegar, tal vez algo fallo.
— ¿Cuándo?
—No lo recuerdo exactamente.
— ¿Y después?
—Pasaron los años.
— ¿Y no intentaste averiguar qué había ocurrido?
La anciana levantó los ojos.
—Al principio sí.
— ¿Y luego?
—La vida siguió.
Evelyn apretó los labios, pues no era una respuesta suficiente, pero aquella noche no quiso presionarla.
Ya habían descubierto bastante, y aunque no lo preguntara, creía saber finalmente la razón de todo.
Las dos comenzaron a guardar nuevamente los objetos, aunque no todos; algunos quedaron sobre la mesa: la fotografía, los mapas, el certificado, los pasajes, la libreta, los anteojos, los dibujos, el pequeño caballo de madera, el libro de cuentas, las tres cartas que habían recibido y la carta incompleta.
Parecía demasiado para una sola noche, pero no suficiente para una vida entera.
Más tarde se sentaron frente al fuego; Nell dormía cerca de las piernas de Evelyn, la lluvia había vuelto, la casa estaba tranquila y las llamas iluminaban el rostro de Margaret. Durante un largo rato Evelyn no habló, hasta que después dijo:
—Quiero saber la verdad.
Margaret la miró.
—Lo sé.
—No solo quién era William, ya lo sospecho.
—Lo sé, es obvio.
—Quiero saber por qué te fuiste.
Margaret permaneció callada.
—Por qué él se quedó.
Silencio.
Evelyn la observó.
— ¿Qué?
La anciana levantó los ojos hacia el fuego.
—Quizá lo intentó.
—Entonces quiero saberlo, no esperare más.
Margaret respiró lentamente, miró las cartas, después el certificado de matrimonio, luego los pasajes a Ámsterdam y, por último, miró a su nieta. Su rostro había cambiado, ya no parecía querer evitar la conversación, parecía cansada de evitarla.
—Está bien.
Evelyn no se movió.
— ¿Qué?
Margaret tomó aire.
—Te la contaré.
— ¿Toda?
La mujer permaneció unos segundos en silencio.
—Toda la que pueda recordar.
Y afuera, mientras la lluvia seguía golpeando los cristales, la casa pareció escucharla.