Capítulo 21 Lo que Helen recordaba
Helen permaneció bajo el paraguas durante unos segundos, mientras Margaret seguía junto a la puerta, Evelyn estaba detrás de ella y Nell se había sentado sobre el umbral, observando a la visitante con una atención que parecía más tranquila que antes.
— ¿Quieres pasar? —preguntó Margaret.
Helen dudó y después cerró un poco el paraguas.
—Solo un momento.
Entró, sacudió las gotas del abrigo y dejó el paraguas junto a la puerta.
—No quería….. molestar.
—No molestas —respondió Margaret.
Helen miró alrededor.
—Hace mucho que no entraba aquí.
Evelyn observó su rostro: la mujer no parecía asustada, parecía sorprendida.
—Escuché ruidos —explicó—. Estaba en casa y pensé que alguien había entrado.
— ¿Cómo gritos? —preguntó Evelyn.
—Sí.
Helen miró hacia la escalera.
—Después escuché al perro.
Nell levantó la cabeza.
—Entonces vine a ver si estaba todo bien.
Margaret señaló una silla.
—Siéntate.
Helen lo hizo y Evelyn se sentó frente a ella. Por unos instantes ninguna habló, mientras Margaret preparaba té, pues la visita parecía demasiado extraña para acompañarla con una conversación trivial, pero la ceremonia de servirlo produjo algo de normalidad.
Helen recibió la taza.
—Gracias.
— ¿Conocías la casa? —preguntó Evelyn.
Helen asintió.
—Desde que era niña, vine un par de veces.
— ¿Siempre perteneció a la misma familia?
—No.
La respuesta llamó inmediatamente la atención de Margaret.
— ¿Qué pasó?
Helen sostuvo la taza entre ambas manos.
—Cuando yo era joven, William vivía aquí, con otra persona.
Margaret levantó los ojos.
—Sí.
—Lo recuerdo bastante bien.
Evelyn permaneció quieta; era la primera persona, fuera de su abuela, que hablaba de William como de alguien que realmente había conocido.
— ¿Cómo era? —preguntó.
Helen sonrió.
—Callado.
—Todos dicen eso.
—Porque era cierto.
— ¿Era amable?
—Sí.
— ¿Feliz?
Helen pensó.
—No siempre.
Margaret bajó la mirada.
— ¿Cuándo murió?
—Hace años —Helen miró hacia la ventana—. En la clínica de Blackwater.
— ¿Estuvo enfermo? —preguntó Evelyn.
—Con el tiempo.
— ¿Vivía aquí hasta entonces?
—Durante mucho tiempo —la mujer hizo una pausa—. Después de que Margaret se fue, la casa siguió siendo suya durante años.
Margaret no respondió y Evelyn la miró.
— ¿Y luego?
Helen dejó la taza.
—Cuando William murió, la casa quedó vacía.
La palabra pareció adquirir un peso especial.
— ¿Cuánto tiempo? —preguntó Evelyn.
—Bastante.
— ¿Nadie de su familia la cuidaba?
—No inmediatamente.
— ¿Y qué ocurrió?
Helen sonrió ligeramente.
—Vinieron personas a verla.
— ¿Compradores?
—Interesados.
— ¿Muchos?
—No tantos. La casona era vieja —añadió Helen—. Necesitaba reparaciones. Estaba demasiado cerca del estuario para algunas personas y demasiado lejos del pueblo para otras.
Margaret miró hacia una ventana.
—Siempre fue así.
—Sí.
Helen continuó:
—Finalmente apareció la familia de Daniel.
Evelyn levantó la cabeza.
— ¿Daniel Wren?
—Sí.
— ¿Ellos compraron la casa?
—Puede ser, no los conozco tanto.
Margaret preguntó:
— ¿Cuándo?
Helen pensó.
—Hace bastantes años.
— ¿Y desde entonces viven aquí?
—Sí. Han ido arreglando cosas. Cambiaron habitaciones, repararon parte del tejado, reconstruyeron la cocina, hicieron algunas mejoras. Es una familia grande.
Evelyn recordó la confusión de Margaret ante la casa.
—Eso explica por qué casi nada coincide con sus recuerdos.
Helen miró a Margaret.
—Imagino que debe ser extraño volver después de tanto tiempo.
La anciana respondió:
—Lo es.
Helen continuó:
—Daniel y su familia vienen aquí cada temporada.
— ¿Cada año?
—Sí.
— ¿En esta fecha? —preguntó Evelyn.
—Casi siempre.
— ¿Por qué?
—Tienen un pariente que cumple años por estos días.
La explicación era tan sencilla que Evelyn sintió una pequeña decepción.
— ¿Siempre viajan todos?
—Sí.
— ¿Y cuánto tiempo se quedan?
—No demasiado —Helen sonrió—. Unos días, a veces dos semanas o tres.
— ¿Luego regresan?
—Sí.
— ¿Y mientras están fuera?
Helen levantó la taza.
—A veces me piden que eche un vistazo a la casa.
Margaret la miró.
— ¿A ti?
—Sí.
— ¿Por qué?
—Porque vivo cerca.
Helen se encogió de hombros.
—Nos ayudamos.
— ¿Cómo?
—Cuando ellos viajan, yo miro la casa. Cuando yo me voy, ellos miran la mía, cuando están claro.
Evelyn sonrió.
—Eso parece razonable.
—Aquí las personas hacen esas cosas —Helen dejó la taza—. No somos muchos.
Margaret observó el fuego; la historia de la casa comenzaba a parecer menos misteriosa y más humana.
William había muerto, la propiedad había quedado vacía, después la familia Wren la compró y la usaba estacionalmente, y la comunidad cuidaba unas casas y otras.
Nada de aquello explicaba las cartas ni la memoria de Margaret, pero al menos una parte del presente comenzaba a ordenarse.
— ¿Entonces Daniel no le dijo que estábamos aquí? —preguntó Evelyn.
Helen negó.
—No, y no creo que lo hubiese hecho.
— ¿Por qué?
—Porque fue repentino supongo, si hubiera sabido que ustedes llegarían e iban a quedarse, probablemente me lo habría dicho.
Margaret permaneció callada, y aunque Evelyn recordó el mensaje de la puerta, no dijo nada y Helen tampoco preguntó.
La mujer miró hacia la ventana.
—La casa ha estado bastante tranquila desde que murió William.
Margaret volvió la cabeza.
— ¿Qué quieres decir?
—No pasó nada especial.
—Pensé que...
Helen la interrumpió suavemente.
—William era un hombre tranquilo. Tenía sus preocupaciones, pero no causaba problemas.
— ¿Y al final?
Helen bajó la mirada.
—Se quedó solo.
Margaret respiró hondo y Evelyn sintió que aquella palabra le dolía a su abuela, tenía que hacerla, necesitaba saber la verdad de una vez por todas.
— ¿Tenía familia? —preguntó la joven.
Helen tardó un instante.
—Sí.
Margaret levantó la cabeza.
— ¿Quién?
Helen miró primero a Evelyn y después a Margaret.
—Un hijo.
El silencio volvió.
— ¿William tenía un hijo? —preguntó Evelyn.
—Sí.
Margaret pareció sorprenderse.
— ¿Dónde está?
Helen negó con la cabeza.
—No lo sé.
— ¿Lo conociste? —preguntó Evelyn.
—Era pequeño cuando yo lo vi.
— ¿Y luego?
—Se marchó.
— ¿Con quién?
—No lo sé —Helen pareció incómoda—. No era algo que los vecinos supiéramos.
Evelyn miró a su abuela, que permanecía completamente quieta.
— ¿Y William nunca volvió a hablar de él?
—No delante de mí.
— ¿Sabes su nombre?
Helen pensó.
—Creo que sí —la mujer se quedó en silencio durante unos segundos—. No estoy segura de recordarlo.
Evelyn no insistió, pues todavía había demasiadas preguntas y una más inmediata.
— ¿Dónde está enterrado William?
Helen miró hacia la ventana.
—Muy cerca.
— ¿Cerca de aquí?
—A unos pocos minutos.
— ¿En Blackwater?
—Sí.
Margaret levantó la cabeza y Helen continuó:
—En el mausoleo de la comunidad.
Evelyn miró a su abuela.
— ¿Mausoleo?
Helen asintió.
—Es pequeño. Está detrás de la capilla vieja, cerca del cementerio.
— ¿Puedo verlo?
Helen sonrió.
—Claro.
Margaret no habló.
—Está a pocos metros de aquí —dijo Helen—. Detrás del muro.
Evelyn miró hacia la puerta, viendo que la noche había caído casi por completo.
— ¿Ahora?
Helen negó.
—Es mejor mañana.
Margaret finalmente habló:
—Mañana.
Helen se puso de pie.
—Entonces iré con ustedes.
La anciana la miró.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero —Helen tomó su paraguas—. Además, no conviene que anden solas por el terreno cuando la marea está subiendo.
Margaret asintió y acompañó a la mujer hasta la puerta, pero antes de salir, Helen se volvió.
—Margaret.
—Sí.
—Me alegra que hayas vuelto.
La anciana sostuvo su mirada.
—No sé si debería alegrarme.
Helen sonrió.
—Eso es algo que tendrás que decidir tú.
Abrió el paraguas, después caminó hacia la oscuridad y Evelyn cerró la puerta, mientras Nell se acercaba a sus piernas. Margaret permaneció junto al cristal.
—Mañana veremos a William.
Evelyn miró a su abuela.
—Sí.
Afuera, la lluvia empezaba nuevamente; muy cerca de la casa, detrás de un viejo muro, permanecía el lugar donde William había sido enterrado. Durante muchos años Margaret había pensado en él sin saber siquiera dónde descansaba, pero ahora estaba a pocos minutos de distancia.