La casona de las mareas altas Capítulo 20 Al otro lado de la puerta
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Capítulo 20 Al otro lado de la puerta

La pequeña caja metálica permaneció sobre la mesa y el cofre de madera estaba junto a ella.

Durante unos minutos, Margaret y Evelyn no hicieron nada; habían regresado del ático cansadas, con las manos cubiertas de polvo y la ropa impregnada del olor seco de los muebles antiguos.

La electricidad había vuelto, aunque las lámparas parecían algo más débiles que antes, Nell dormía junto a la chimenea y la casa había recuperado una tranquilidad casi completa.

—Deberíamos guardar esto —dijo Margaret.

Evelyn miró el cofre.

— ¿Dónde?

—En el estudio.

— ¿Otra vez?

—Es donde pertenece.

—No sabemos eso.

Margaret sonrió.

—Tienes razón.

Tomó la pequeña caja metálica.

—Entonces la guardaremos aquí hasta mañana.

Evelyn comenzó a ordenar algunos papeles que habían traído del estudio. No habían tocado el contenido del cofre ni tampoco habían intentado forzar la caja metálica; era suficiente por una noche.

— ¿Bajamos? —preguntó Evelyn.

—Sí.

Margaret tomó la lámpara eléctrica portátil que Daniel había dejado junto a la escalera y se dirigieron hacia la puerta. En el instante en que Margaret bajaba un pequeño escalón del rellano, la luz volvió a parpadear.

Evelyn levantó la cabeza.

—Otra vez.

La lámpara del techo se apagó y la casa quedó en completa oscuridad. Margaret intentó sostenerse apoyando una mano contra la pared, pero en el movimiento golpeó la puerta con el hombro y la hoja se cerró, haciendo que el ruido del pestillo fuera perfectamente audible.

—Oh.

Evelyn levantó la lámpara, pero no servía.

— ¿Se cerró?

—Sí.

Margaret tomó el pomo, lo giró y nada.

—Está bloqueada.

— ¿Con llave?

—No.

Volvió a intentarlo y nada. Evelyn se acercó.

—Déjame.

Probaron juntas, pero el pomo no cedía.

—Quizá se trabó.

—Eso parece.

Margaret empujó, pero la puerta no se movió. La oscuridad hacía que el espacio pareciera más pequeño y el único sonido era el de sus respiraciones, hasta que entonces escucharon a Nell: un ladrido, después otro, luego un tercero.

Evelyn se quedó inmóvil.

—Está abajo.

Margaret escuchó.

—Sí.

Nell volvió a ladrar, esta vez más fuerte, y el sonido llegó desde el piso inferior, deformado por la escalera y los corredores vacíos. Evelyn sintió que el corazón empezaba a latirle más deprisa.

— ¿Qué estará viendo?

—No lo sé.

— ¿Podría ser otro animal?

—Quizá.

Hubo otro ladrido y después silencio. Las dos permanecieron inmóviles.

—Nell no suele ladrar así —dijo Evelyn.

—Lo sé.

Margaret volvió a probar la puerta, nada.

—Tenemos que salir.

—Sí.

— ¿Puedes abrirla?

—No.

Evelyn apoyó las manos contra la madera.

—Está atascada.

Desde abajo llegó otro ladrido, más fuerte, luego otro, y el corazón de Evelyn golpeaba ahora con una velocidad que podía sentir en el cuello.

— ¿Y si hay alguien dentro de la casa?

Margaret no respondió y la pregunta permaneció entre ambas. Entonces alguien llamó a la puerta principal: tres golpes, claros, lentos. Evelyn levantó la cabeza y Margaret también; durante unos segundos ninguna habló.

— ¿Escuchaste?

—Sí.

Volvieron a llamar, esta vez dos golpes, y Nell comenzó a ladrar nuevamente, más rápido y más cerca.

—Es alguien —susurró Evelyn.

Margaret intentó abrir la puerta una vez más.

—No puedo.

—Tenemos que bajar.

—Antes debo conseguir abrir esto.

— ¿Y si es la familia?

—No regresarían antes de tiempo.

— ¿Y si cambiaron de plan?

Margaret negó.

—Nos habrían avisado.

Los golpes volvieron, tres, y después silencio. Evelyn tragó saliva.

— ¿Y cómo? Quizá perdieron algún tren, nos encontraran acá husmeando, no me gusta esto.

—A mí tampoco.

Margaret pasó las manos alrededor de la cerradura, tocó el pomo y después la placa metálica, hasta que se detuvo.

—Espera.

— ¿Qué?

—Recuerdo algo.

Evelyn acercó el rostro.

— ¿Qué?

—El tornillo.

— ¿Qué tornillo?

Margaret palpó la placa.

—Hay uno flojo.

— ¿Aquí?

—Sí.

— ¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre se aflojaba.

Evelyn apenas podía distinguirla en la oscuridad.

—No tenemos herramientas.

Margaret señaló el pasador.

—Hay una moneda.

Evelyn buscó en sus bolsillos y sacó una pequeña moneda inglesa que había conservado desde Londres.

— ¿Esto?

—Sí.

— ¿Qué hago?

—Gírala.

Evelyn introdujo el borde de la moneda.

— ¿Hacia dónde?

—Despacio.

La moneda resbaló.

—No puedo.

—Otra vez.

Evelyn volvió a intentarlo y el tornillo cedió.

—Se mueve.

—Continúa.

El metal giró con dificultad y después cayó, soltando la placa parcialmente, por lo que Margaret metió los dedos en el espacio.

—Ahora empuja.

Evelyn apoyó el hombro, pero la puerta no se movió.

—Más.

Ambas empujaron, la madera crujió, el pomo se desprendió y cayó al suelo con un sonido metálico. La puerta se abrió unos centímetros, dejando que una corriente de aire frío atravesara el rellano.

Evelyn respiró.

—Lo lograste.

Margaret negó.

—Lo recordé.

Abrieron completamente y vieron que el corredor estaba oscuro porque la electricidad seguía cortada. Nell ladró nuevamente, pero esta vez parecía venir directamente de la planta baja. Evelyn tomó la mano de su abuela, y no se dio cuenta de que lo había hecho hasta que Margaret la apretó suavemente.

—Vamos.

Bajaron cada escalón, que parecía más profundo en la oscuridad, con Margaret avanzando delante y Evelyn sosteniendo la pequeña lámpara eléctrica inútil, dependiendo de una mínima cantidad de luz procedente de las ventanas. El perro volvió a ladrar.

—Nell —llamó Evelyn.

No hubo respuesta.

—Nell.

Hubo otro ladrido y Margaret se detuvo.

—Está cerca de la entrada.

— ¿Lo ves?

—Todavía no.

Bajaron el último escalón hacia el corredor vacío, donde las ventanas dejaban pasar una luz azulada y la puerta principal se encontraba al fondo. Nell estaba allí, de pie, mirando fijamente hacia ella; no hacia las mujeres, hacia la puerta. Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba todavía más.

— ¿Qué ocurre?

Nell gruñó y Margaret se acercó.

—Tranquilo.

El perro no apartó la mirada, lo que indicaba que alguien estaba del otro lado, y Evelyn lo comprendió, haciendo que la respiración de ambas se volviera más lenta.

No se escuchaba nada, pero entonces llamaron: una sola vez.

Evelyn dio un paso atrás, Margaret permaneció quieta y Nell lanzó un ladrido agudo.

— ¿Quién es? —preguntó Margaret.

No hubo respuesta y volvieron a llamar, esta vez suavemente. Margaret llegó hasta la puerta y puso la mano sobre el cerrojo, mientras Evelyn se quedó detrás.

—No abras todavía.

Margaret la miró.

—Tenemos que saber quién es.

Abrió, la puerta se movió lentamente y afuera había una mujer bajo un paraguas, cuyo rostro estaba parcialmente oculto por el borde del sombrero.

Durante un instante ninguna de las tres habló; Margaret la reconoció y la mujer también pareció reconocerla, por lo que Evelyn miró a su abuela.

Nell permanecía inmóvil junto a la puerta, mientras la lluvia caía detrás de la visitante, que levantó ligeramente el paraguas.

—Margaret...