La casona de las mareas altas Capítulo 19 El ático
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Capítulo 19 El ático

Durante unos minutos ninguna de las dos habló.

El papel seguía sobre la mesa de la entrada: VÁYANSE DE AQUÍ .

Evelyn había leído las cuatro palabras tantas veces que comenzaban a perder significado, pero Margaret, en cambio, parecía haberlas aceptado de una manera distinta: no se acercó nuevamente a la puerta ni intentó averiguar quién había dejado el mensaje.

—Podría haber sido la mujer que vimos antes —dijo Evelyn.

Margaret levantó la mirada.

— ¿Por qué?

—Fue la única persona, aparte de la familia de Daniel, que nos reconoció.

— No sabemos si fue Helen, lo dudo

—No.

Evelyn miró hacia las ventanas.

—O alguien que te reconoció mientras caminábamos.

Margaret permaneció pensativa.

—Podría.

—Pero tampoco tendría sentido.

—No.

—Ha pasado mucho tiempo, nadie más me conoce.

—Eso creemos.

Evelyn miró a su abuela.

— ¿Y Daniel?

Margaret negó.

—No.

— ¿Ni su familia?

—No.

Las dos sabían que aquello era cierto; Daniel se había marchado con su familia y no había razón para dejar una advertencia después de haberles permitido quedarse.

Evelyn tomó el papel, pensó en la familia que vio en la mañana, pero lo descartó.

—Entonces alguien sabe que estamos aquí.

Margaret respondió con tranquilidad:

—Sí.

—Eso debería preocuparnos.

—Me preocupa.

La joven levantó las cejas.

—No lo parece.

Margaret miró hacia el pasillo.

—Después de todo lo que hemos encontrado, ¿realmente crees que voy a marcharme ahora?

Evelyn sonrió ligeramente.

—No.

—Entonces tampoco tienes motivos para preguntarlo.

La mujer tomó el papel, lo dobló, no lo rompió y lo guardó dentro de un pequeño cajón de la mesa.

—Lo conservaremos.

— ¿Para qué?

—Porque alguien se tomó la molestia de escribirlo.

Evelyn pensó que aquella era una respuesta muy propia de su abuela: no destruir las cosas que aún no comprendía.

Durante el resto de la mañana no volvió a suceder nada y la casa permaneció silenciosa; Nell dormía junto al fuego y Bram ya no estaba para ladrarle.

Los corredores parecían más largos sin las voces de la familia, y a Evelyn le sorprendió cuánto podía cambiar una casa cuando desaparecían las personas que la habitaban.

Durante los días anteriores había parecido una propiedad ajena, pero ahora comenzaba a parecer un lugar que podían observar; no habitar todavía, pero sí observar.

Margaret caminó por distintas habitaciones, abrió ventanas, revisó la cocina, comprobó las reservas de carbón y miró el jardín desde una puerta lateral.

No hizo nada extraordinario, pero Evelyn notó que volvía continuamente hacia ciertas zonas, como si intentara comparar la casa actual con una imagen que solo existía en su memoria.

A media tarde se sentaron a tomar té. Margaret había encontrado galletas en una lata, y Evelyn sostuvo la taza entre ambas manos; durante varios minutos escucharon únicamente la lluvia, hasta que finalmente la joven habló.

—Quiero preguntártelo otra vez.

Margaret la miró.

—Ya sé qué.

— ¿Por qué regresaste?

La mujer no respondió, y Evelyn continuó:

—No me refiero a las cartas. Sé que recibiste las cartas. Sé que te hicieron venir.

Margaret permaneció quieta.

—Pero no entiendo qué esperabas encontrar.

—No lo sabía.

—Eso no puede ser verdad.

— ¿Por qué?

—Porque desde que llegamos has reconocido cosas.

Margaret observó la taza.

—Algunas.

—Y otras no.

—No.

—Entonces hay algo que no me estás contando.

La anciana respiró lentamente.

—Sí.

Evelyn dejó la taza.

—Hay más de una cosa que no entiendo.

Margaret levantó la mirada.

— ¿Qué cosas?

—William.

El nombre produjo un cambio casi imperceptible en la habitación.

— ¿Quién era realmente?

Margaret no respondió.

— ¿Qué relación tenía contigo?

Silencio.

— ¿Qué relación tenía con papá, o no me vas a contar nunca?

La anciana cerró los ojos.

—Cuando tenga más seguridad, hablaremos.

— ¿Y por qué ya no está aquí?

Margaret miró hacia la ventana.

—Mi corazón piensa que murió.

—Yo también.

—Entonces...

— ¿Qué buscamos?

Margaret bajó la mirada, y Evelyn sintió que la pregunta había llegado demasiado lejos, pero no retiró las palabras.

— ¿Qué queda de William?

Margaret permaneció callada durante un largo momento, y después dijo:

—Para eso estamos aquí.

Evelyn la miró.

— ¿Para descubrirlo?

—Para saber las respuestas.

— ¿Todas?

—Las que podamos.

— ¿Y si no te gustan?

Margaret sostuvo la mirada de su nieta.

—Entonces tendré que aprender a vivir con ellas, pero ya estamos aquí, ya estoy aquí.

La muchacha guardó silencio y Margaret tomó otro sorbo de té.

—Hay un lugar que no hemos revisado.

— ¿Cuál?

—El ático.

Evelyn levantó la cabeza.

— ¿Sabes que hay algo allí?

—Creo.

—Entonces ¿por qué crees que encontraremos algo?

—Porque William pasaba allí parte de su tiempo.

— ¿Es algo que recuerdas?

Margaret sonrió.

—Recuerdo que no me gustaba subir.

—Eso sí es una pista.

—No necesariamente.

—Para mí sí.

Margaret dejó la taza.

—Vamos.

El ático ocupaba buena parte del último nivel de la casa; la escalera era estrecha, el techo descendía en los extremos y las vigas quedaban expuestas.

Había cajas, muebles cubiertos con telas, cestos, objetos de jardinería, piezas de madera y algunos cuadros que habían sido retirados de otras habitaciones, mientras una pequeña ventana dejaba entrar una luz gris.

Evelyn levantó una lámpara.

—Aquí hace más frío.

—Sí.

— ¿Siempre fue así?

Margaret miró alrededor.

—No recuerdo.

— ¿Qué sí recuerdas?

La mujer señaló una zona junto a una pared.

—Había un arcón.

— ¿Dónde?

—Por aquí.

Se acercaron y no había ningún arcón, solo varias cajas. Margaret siguió caminando.

—Aquí estaba la mesa.

—No hay mesa.

—No.

—Entonces quizá...

—Sí.

— ¿Quizá esta casa es muy distinta?

Margaret no respondió.

Se escuchó un pequeño golpe, luego otro, y las luces de la lámpara eléctrica parpadearon. Evelyn levantó la cabeza.

— ¿Qué fue eso?

Margaret miró hacia la pared.

—No sé.

La luz volvió a parpadear y después se apagó, dejando el ático completamente a oscuras; Evelyn sostuvo la lámpara, pero tampoco funcionaba.

—Abuela.

—Estoy aquí.

—No veo nada.

—Espera.

Nell ladró desde abajo y el sonido llegó amortiguado por la escalera. Evelyn se quedó quieta.

— ¿Se cortó la luz?

—Sí.

Margaret avanzó con las manos extendidas.

—Despacio.

— ¿Dónde vas?

—Más allá.

Caminaron a oscuras, pues la luz que entraba por la pequeña ventana era insuficiente. Evelyn chocó contra una caja.

—Perdón.

—No pasa nada.

Siguieron unos pasos y Margaret se detuvo.

—Aquí.

— ¿Qué?

—Hay una pared.

Evelyn extendió la mano y tocó madera.

— ¿Un panel?

—Sí.

Margaret recorrió la superficie con los dedos.

—No estaba aquí.

— ¿Entonces?

La anciana siguió palpando, encontró una pequeña moldura, después otra.

—Esto se mueve.

Evelyn se acercó.

—No veo nada.

—Yo sí recuerdo esto.

— ¿Qué?

—William escondía cosas, lo descubrí un par de veces.

La joven sintió que el corazón le latía más deprisa.

— ¿Aquí?

—No exactamente aquí.

Margaret presionó una parte de la madera, nada; luego otra, y un pequeño ruido seco resonó dentro del muro.

—Eso sonó bien —dijo Evelyn.

Margaret sonrió.

—Eso espero.

Presionó nuevamente, algo cedió, y una sección del panel se desplazó unos centímetros, revelando detrás un espacio estrecho. Evelyn acercó la lámpara apagada, como si todavía pudiera servir.

—Hay algo.

Margaret introdujo la mano y tocó madera.

—Sácala.

Evelyn se arrodilló, y entre ambas consiguieron retirar una caja; era un pequeño cofre antiguo, de madera oscura, reforzado con bandas de metal. No parecía pesado, pero sí antiguo.

Margaret lo sostuvo.

— ¿Tiene cerradura?

Evelyn encontró una pequeña pieza de metal que estaba oxidada.

—Sí.

—No hay llave.

—Entonces necesitamos otro de tus trucos.

Margaret sonrió y miró el cierre.

—No aquí. Esta vez tendremos que encontrar una llave.

Evelyn examinó el cofre.

—Quizá no tenga llave.

—Todo tiene una.

—Eso es algo que dices cuando quieres creer que existe una.

Margaret la miró.

—Y tú estás empezando a parecerte demasiado a mí.

La joven sonrió en medio de la oscuridad que continuaba alrededor.

— ¿Qué hacemos?

Margaret pasó la mano por la tapa.

—Lo bajamos.

— ¿Por qué?

—Porque no podemos abrirlo aquí.

— ¿Y cómo veremos si no hay luz?

Margaret levantó la cabeza y, por primera vez, pareció escuchar algo más allá de ellas.

—La electricidad volverá.

— ¿Estás segura?

—No.

—Entonces seguimos aprendiendo.

Margaret se rió suavemente. Entre las dos levantaron el cofre, pero Evelyn se detuvo porque había algo detrás: dentro del hueco todavía quedaba un objeto, que no era otro cofre, sino una pequeña caja metálica plana, cubierta por un paño.

Evelyn la tomó.

— ¿Y esto?

Margaret la miró; el objeto tenía una forma rectangular y un cierre sencillo, y al tocarlo, Evelyn sintió algo en el interior que no parecía papel. Lo agitó ligeramente y un sonido seco respondió desde dentro.

—Hay algo aquí.

Margaret lo sostuvo, no reconoció la caja y dijo:

—Llévala también.

Bajaron con ambos objetos y la electricidad regresó antes de que llegaran al segundo piso, encendiendo nuevamente las lámparas mientras Nell aparecía corriendo por el corredor.

Evelyn dejó el cofre sobre una mesa y la pequeña caja metálica quedó junto a él.

Margaret permaneció mirándolos; habían encontrado algo que William había escondido, pero todavía no sabían qué.

Evelyn puso una mano sobre el cofre.

—Mañana lo abrimos.

Margaret asintió. Afuera, la lluvia había disminuido y en algún lugar distante se escuchó el mar.

La Casona de las mareas altas volvió a iluminarse y, por primera vez, Evelyn tuvo la sensación de que la casa no solo conservaba recuerdos, también conservaba decisiones que alguien había tomado cuidadosamente para que fueran encontradas mucho después.