Capítulo 18 La carta incompleta
Pasaron varios momentos donde ninguna dijo nada; la frase de Evelyn había quedado sobre la habitación como una cosa que nadie sabía cómo mover.
—Estoy segura, William es tu hermano, por eso vinimos.
Margaret seguía mirando los papeles y no parecía enfadada, tampoco sorprendida, parecía cansada.
— ¿Estás segura de lo que has leído? —preguntó finalmente.
—No completamente.
Evelyn volvió a mirar las hojas.
—Pero eso es lo que parece.
Margaret se acercó.
—Entonces quizá no deberíamos sacar conclusiones todavía.
—Eso dices siempre.
—Porque suele ser cierto.
Evelyn dejó las hojas sobre el escritorio.
—Pensé al principio que William era tu marido.
Margaret cerró los ojos y la muchacha permaneció esperando.
—Y que era mi abuelo.
—Es mejor que pienses eso por ahora.
— ¿Para dejarme tranquila?
Margaret asintió.
—En parte.
— ¿Y ahora?
La anciana miró el escritorio.
—Ahora eres mayor.
—Entonces dime la verdad.
Margaret tardó en responder.
—Hay cosas que no recuerdo bien —hizo una pausa y luego continuó—: Y hay otras que quizá prefiero no recordar.
La joven bajó la mirada; no le gustaba aquella respuesta, pero por primera vez comprendía que no podía obligar a su abuela a recuperar un pasado que quizá había pasado demasiado tiempo intentando olvidar. Después de todo, era una mujer mucho mayor, y arriesgada.
Margaret comenzó a ordenar las hojas.
—Será mejor que volvamos arriba.
—Todavía no.
— ¿Qué falta?
Evelyn observó el escritorio: la gran pila de borradores seguía allí, los cuadernos, las fotografías, los lápices gastados y un pequeño montón de sobres vacíos junto a una caja. La muchacha se acercó.
—No hemos mirado todo.
Margaret suspiró.
—No creo que debamos registrar las cosas de William.
—No las estamos registrando.
— ¿Qué hacemos entonces?
—Intentamos entender.
Margaret no respondió. Evelyn abrió un cajón donde había papeles, recibos, una cinta, dos plumas secas y varios sobres, pero no encontró nada; abrió otro que estaba vacío, y el último tenía algunos objetos pequeños: un reloj roto, una llave, una fotografía doblada y dos cartas. Evelyn las tomó.
—Abuela.
Margaret se acercó y notó que los sobres estaban amarillentos; uno era bastante pequeño y el otro más grande, doblado por haber permanecido durante mucho tiempo dentro del cajón. Evelyn miró la fecha del primero y se quedó inmóvil.
—Mira.
Margaret leyó, y la fecha coincidía con una de las cartas que habían recibido en Ámsterdam: 1890.
La joven volvió a mirarla.
—Es del mismo año.
Margaret extendió una mano.
—Déjame verla.
Evelyn se la entregó; la mujer reconoció la escritura pero no dijo nada.
El segundo sobre no tenía una fecha completa, solo un año parcialmente borrado; parecía anterior o quizá posterior, no podían saberlo.
Evelyn abrió la primera, que era corta y de pocas líneas, donde la letra de William ocupaba casi toda la página.
Margaret la leyó en silencio y después se la devolvió.
— ¿Qué dice?
—No mucho.
— ¿Nada importante?
Margaret guardó silencio y Evelyn tomó el segundo sobre. Era más largo, mucho más grueso, y había varias hojas dobladas; al desplegarlas, descubrió que la primera parte estaba escrita en inglés.
—Esto sí puedo leer.
Margaret no respondió y Evelyn empezó. La letra era menos ordenada que en los otros papeles, parecía escrita deprisa, con manchas de tinta, correcciones y palabras tachadas; algunos párrafos habían sido escritos nuevamente al margen.
Evelyn avanzó lentamente y notó que William hablaba de cosas que ella no comprendía del todo: de noches, del mar, de la casa, de las decisiones, del arrepentimiento, de una responsabilidad, de algo que no podía abandonar, de un lazo íntimo, y luego apareció el nombre de Margaret.
La joven continuó, pero la frase siguiente estaba escrita en un idioma que no reconocía, por lo que se detuvo.
— ¿Qué idioma es?
Margaret tomó el papel, lo miró y su expresión cambió.
—No sé.
— ¿No puedes leerlo?
—No lo entiendo.
Evelyn volvió a mirar.
—Pero tú sabes neerlandés.
Margaret negó.
—Esto no es neerlandés.
—Entonces ¿qué?
—No lo sé, parece ruso.
La joven pasó a la página siguiente y el idioma aparecía de nuevo durante varias líneas, hasta que después regresaba el inglés.
Evelyn continuó leyendo y, aunque no podía entender todos los detalles, sí entendía el sentido general: William hablaba de algo que no podía olvidar, de acontecimientos que seguían persiguiéndolo, de Margaret, de una responsabilidad que se había vuelto demasiado pesada, de noches largas frente al mar y de respuestas que nunca llegaban.
Una frase quedó grabada en Evelyn: No consigo dejar atrás lo ocurrido .
Siguió y más adelante aparecía: Quizá algún día yo pueda comprender porque tú, Margaret...
La frase terminaba abruptamente y la página siguiente estaba escrita nuevamente en el idioma desconocido. Evelyn avanzó, y luego otra vez aparecía el inglés con la letra más pequeña.
—Aquí dice algo de la casa.
Margaret se acercó.
— ¿Qué?
—Que la casa conserva más de lo que parece.
La anciana levantó la mirada.
—Continúa.
Evelyn obedeció y leyó una referencia a la marea, otra a una noche, otra a una decisión, y después apareció una frase: No sé cuánto tiempo podré seguir cargando con esta responsabilidad.
Evelyn tragó saliva y leyó más abajo: He pasado demasiadas noches frente al mar esperando una respuesta. Y luego: Tal vez no llegue nunca.
La última parte estaba nuevamente escrita en el idioma que ninguna de las dos podía comprender.
Evelyn levantó la vista.
—Está incompleta.
Margaret miró las hojas.
—Sí.
— ¿Falta una página?
—O nunca fue terminada.
Evelyn volvió a revisar; la última hoja terminaba en mitad de una frase, no había firma, solo una línea interrumpida, y la joven la dejó sobre el escritorio.
— ¿Qué responsabilidad tenía?
Margaret no respondió.
— ¿Qué había ocurrido?
Silencio.
— ¿Por qué escribió en otro idioma?
Nada. Evelyn miró a su abuela.
— ¿Abuela, por favor, dime, sabías que hacía esto?
—No.
— ¿Sabías que tenía problemas, que problema tenía tu hermano?
—Sabía que estaba preocupado.
— ¿Por qué?
Margaret cerró los ojos.
—Nunca me lo dijo.
La joven volvió a mirar la carta.
—Pero te escribió.
Margaret respondió:
—Sí.
—Entonces quizá quería decírtelo.
—Quizá.
Evelyn se calmó, tomó las dos cartas: una había sido enviada y la otra nunca, o al menos eso parecía. La primera coincidía con una de las cartas que Margaret había recibido más de una década después, pero la segunda parecía contener algo mucho más importante y estaba incompleta.
—Tenemos que averiguar qué idioma es.
Margaret asintió.
—Sí.
—Y qué significa.
—Sí.
—Y quién era la persona a la que se refería.
Margaret la miró.
—Sí.
Evelyn guardó silencio y después devolvió las hojas al mismo lugar: la fotografía, los lápices, la caja, los sobres, todo. Margaret comprobó el escritorio.
—Nada debe quedar fuera.
—Lo sé.
Volvieron a colocar los papeles exactamente como los habían encontrado, Evelyn cerró el cajón y Margaret tomó la pequeña lámpara. Salieron y la joven cerró la puerta del estudio con cuidado.
— ¿Crees que volveremos?
Margaret miró la puerta.
—Sí.
Caminaron por el corredor y salieron de la bodega, Nell, que esperaba cerca de la escalera, se levantó al verlas.
Todo parecía tranquilo, la casa estaba en silencio y afuera seguía lloviendo, hasta que entonces llamaron a la puerta principal con tres golpes, no fuertes, pero claros.
Las dos se detuvieron y Evelyn miró a Margaret.
— ¿Volvieron?
Margaret pareció pensar lo mismo.
—Quizá.
Avanzaron rápidamente, Nell corrió delante y los golpes se repitieron, esta vez más suaves.
Margaret tomó la llave y abrió, pero no había nadie; el porche estaba vacío, la lluvia caía sobre el camino y el viento movía las ramas de los árboles.
Evelyn salió un paso, miró hacia un lado y luego hacia el otro: nada.
No había carruaje, no había caballo, no había persona escondida, solo barro, agua y la oscuridad creciente.
— ¿Quién llamó?
Margaret no respondió. Nell olfateaba el suelo y Evelyn miró hacia abajo; había algo junto al umbral, un pequeño papel doblado que recogió y que no estaba mojado. Lo abrió y vio que solo había cuatro palabras con una letra diferente de la de las cartas: VAYANSE DE AQUÍ.
Evelyn levantó la mirada, mientras Margaret seguía junto a la puerta.
—Abuela, alguien está cerca.
La mujer leyó y no dijo nada. Cerró lentamente la puerta, esta vez pasó el cerrojo, y Nell continuó mirando hacia afuera. Y en algún lugar, más allá de la lluvia y de los muros de la propiedad, alguien sabía que ellas estaban allí.