Capítulo 17 El Refugio de William
La escalera descendía solo unos pocos metros y no llevaba a una gran cámara subterránea, sino que terminaba en un corredor estrecho, de paredes de piedra y techo bajo, donde el aire era más seco de lo que Evelyn había esperado.
Margaret caminaba delante, Nell iba detrás y la lámpara iluminaba apenas unos pasos.
Había polvo en el suelo, pero no tanto como para hacer pensar que aquel lugar llevaba completamente abandonado.
Evelyn observó las paredes y, en una de ellas, todavía podía verse el contorno de una antigua puerta que había sido tapiada.
— ¿Qué había aquí?
Margaret se detuvo.
—Cosas de él.
— ¿Nunca bajaste?
—No a este lugar sin compañía.
Siguieron y el corredor terminaba frente a una puerta de madera.
Margaret puso la mano sobre el picaporte, que no estaba cerrado, y abrió.
Evelyn esperaba encontrar otra bodega, pero encontró una habitación, diferente, inusual.
No era grande, pero tampoco pequeña; había un escritorio junto a la ventana, una estantería llena de libros, un armario, dos sillas, una mesa auxiliar, una pequeña chimenea apagada y, contra una de las paredes, un piano vertical cubierto por una tela que había conservado casi intacta la forma del instrumento.
Evelyn se quedó inmóvil.
— ¿Qué es esto?
Margaret no respondió y entró lentamente.
La habitación parecía haber sido abandonada sin haber sido realmente vaciada: había papeles sobre el escritorio, un vaso seco junto a una bandeja, lápices, plumas, cuadernos, una caja de madera, varias fotografías, un abrigo colgado de una percha, un par de zapatos y una camisa doblada.
Todo estaba cubierto por una fina capa de tiempo, no de abandono.
Evelyn se acercó al escritorio y notó que había hojas escritas a mano: algunas estaban llenas, otras tenían solo unas líneas, muchas habían sido tachadas y algunas mostraban palabras repetidas varias veces.
Eliza había mencionado que no debían tocar nada, y Daniel les había pedido que conservaran la casa como la encontraran, pero ninguna de las dos dijo nada.
Margaret permaneció frente al escritorio, miró los papeles, después el piano y luego un pequeño instrumento de madera colocado sobre una repisa.
—No sabía que tocaba.
Evelyn la miró.
— ¿William?
Margaret asintió.
—A veces.
— ¿Qué tocaba?
—Un poco de piano.
— ¿Y eso?
Evelyn señaló el instrumento.
—Creo que una flauta.
Margaret sonrió.
—Le gustaba la música.
— ¿Y escribir?
La anciana miró la pila de hojas.
—Le gustaba escribir, recuerdo sus cuentos y poemas.
Evelyn se sentó frente al escritorio y tomó una de las hojas. No había fecha, era un borrador con la descripción de la costa, después otra y después una frase tachada. Evelyn tomó otra que era diferente, un comienzo, y otra estaba escrita en la parte superior: Blackwater, invierno .
La muchacha alzó la vista.
—Escribía mucho.
—Sí.
—Muchísimo.
Margaret se acercó.
—No siempre terminaba.
Había una gran pila de borradores, algunos estaban atados con una cuerda y otros se habían quedado sueltos.
Había lápices de diferentes tamaños, algunos gastados hasta casi desaparecer, y uno había sido afilado repetidas veces.
Evelyn encontró una caja con fotografías y la abrió; había paisajes, el estuario, el acantilado, la playa escondida, el viejo establo, la casa, una mujer joven, un grupo de muchachos y una familia reunida en un jardín.
Margaret observó una fotografía y no dijo nada.
Evelyn encontró otra en la que aparecía William.
No era exactamente como lo había imaginado: era delgado, de cabello oscuro, con una expresión seria y unos ojos que parecían más atentos que alegres; estaba de pie junto a un árbol.
— ¿Es él?
Margaret asintió.
—Sí.
Evelyn tomó aire; durante toda su vida había sabido que había tenido un abuelo, parece que por fin era el momento de conocerlo, pero nunca había visto su rostro, y ahora, probablemente, estaba allí, en sus manos.
—Es extraño.
— ¿Qué?
—Conocer a alguien después de tantos años.
Margaret tocó la esquina de la fotografía.
—Sí.
Evelyn dejó la imagen sobre la mesa y volvió a las hojas, donde encontró un cuaderno que no era una bitácora, sino que parecía un cuaderno de trabajo.
Había notas, palabras, observaciones, pequeños dibujos, un croquis del estuario, un esquema del jardín y una lista de medidas.
Otro papel mostraba algo que parecía un plano incompleto, y Evelyn se inclinó.
—Hacía proyectos.
—Sí.
— ¿De qué?
Margaret observó el dibujo.
—No lo sé.
— ¿Nunca te lo contó?
—Algunas cosas.
— ¿Cuáles?
—Que quería construir una pequeña habitación junto al agua.
Evelyn miró el plano.
— ¿Para qué?
—Para trabajar.
— ¿Cómo esto?
Margaret negó.
—Más cerca del estuario.
Evelyn continuó buscando y encontró un segundo proyecto, después un tercero, y ninguno estaba terminado.
Había ideas para una caseta, una pasarela, un pequeño embarcadero y una estructura que parecía destinada a almacenar herramientas.
En una esquina de una hoja, William había dibujado una sección del terreno cuando la marea estaba alta, y en otra, la misma zona durante la bajamar.
Evelyn empezó a comprender algo: William no escribía solamente historias, sino que registraba el lugar, lo estudiaba, lo observaba y lo convertía en palabras, dibujos y medidas.
—William estaba obsesionado con este lugar.
Margaret miró las paredes.
—Esta casa inspira.
— ¿A cualquiera?
—A algunos.
Evelyn sonrió.
—A él, seguro.
Volvió a las hojas.
—Hay historias aquí.
Margaret respondió:
—Hay historias que ni siquiera yo conocí bien.
La frase quedó suspendida y Evelyn siguió leyendo, encontrando varias páginas que hablaban de la marea, de la costa, de los cambios del terreno, de personas mencionadas solo por nombres y de fechas.
Algunas notas parecían completamente personales, mientras otras eran casi técnicas; en una hoja había una frase que había sido tachada tres veces, y al leer Evelyn la cuarta versión, se quedó inmóvil.
— ¿Qué?
Margaret se acercó.
—Nada.
—No.
Evelyn miró otra hoja, después otra, y su expresión había cambiado.
— ¿Qué encontraste?
La joven sostuvo los papeles.
—Hay nombres.
Margaret esperó.
—Y edades.
— ¿De quién?
Evelyn seguía leyendo.
—No lo sé.
—Evelyn.
—Espera.
La joven levantó una segunda hoja.
—Aquí habla de una mujer.
Margaret no dijo nada.
—Y aquí de un niño.
Pasó otra página.
—Y aquí...
Se detuvo.
— ¿Qué?
—No sé.
Margaret acercó una silla y se sentó, mientras Evelyn tomó varias hojas y comenzó a ordenarlas.
No era sencillo, pues había textos escritos en diferentes momentos: algunos parecían cartas, otros borradores y otros simples notas.
La muchacha los fue colocando por fechas, y de pronto encontró una referencia que se repetía: William.
Otra: Margaret. Y una tercera persona cuyo nombre aparecía varias veces.
La joven siguió leyendo en silencio mientras Margaret la observaba.
— ¿Qué dice?
Evelyn no respondió y continuó; al cabo de unos minutos levantó la vista.
— ¿Por qué te fuiste?
Margaret permaneció callada.
— ¿Por qué no lo acompañaste?
La anciana cerró los ojos.
—No lo sé, creeme, me lo pregunto una y otra vez.
— ¿Pero sabías que quería que volvieras?
Margaret abrió los ojos.
—Sí, soñé con esto desde antes de que nacieras.
—Entonces ¿por qué no?
—Porque las cosas no son tan sencillas.
Evelyn bajó la mirada hacia los papeles.
— ¿Dónde está?
Margaret la miró.
— ¿Quién?
—William.
—Veo igual que tú, que ya no está aquí.
—No.
Evelyn negó y señaló la casa.
—No te pregunté dónde está en la vida. Te pregunto dónde está aquí.
Margaret permaneció inmóvil.
—Eso vinimos a descubrir.
Evelyn continuó leyendo; había mucha escritura, demasiada para una vida entera.
William había escrito historias que nadie parecía haber publicado, notas que quizá nunca terminó, cartas que no había enviado, fragmentos, recuerdos y observaciones; todo permanecía allí.
Evelyn tomó dos hojas y las leyó en silencio: una hablaba de Margaret y la otra de alguien que, según el texto, tenía un vínculo con ella que Evelyn no comprendía.
Volvió a leer, y después una tercera vez.
Margaret observaba su rostro.
— ¿Qué dice?
Evelyn levantó la vista, pareciendo confundida.
—William...
Se detuvo y miró nuevamente las hojas.
— ¿Qué?
Evelyn tragó saliva, sintió por un momento decepción, no era quien ella pensaba.
—Ya sé quién es, William es tu hermano.
Margaret no respondió, el viento golpeó la ventana, el piano permaneció cubierto con su tela y las hojas de William siguieron sobre el escritorio. Y por primera vez, Margaret pareció tener tanto miedo de un recuerdo como Evelyn de descubrirlo.