Capítulo 16 Debajo del suelo
Regresaron a la casa antes del mediodía. La lluvia había comenzado de nuevo, ligera al principio y luego más insistente. Margaret dejó el paraguas junto a la entrada, Evelyn hizo lo mismo, y Nell se sacudió con fuerza dejando una pequeña constelación de gotas sobre el suelo.
—No hagas eso —dijo Evelyn.
El perro pareció no comprender, y Margaret sonrió.
—Tendrás que aprender a vivir con él.
—Ya lo he intentado.
Subieron a la habitación donde habían dejado parte de su equipaje. Margaret se quitó el abrigo y después se quedó pensando.
— ¿Qué hacemos ahora?
Evelyn la miró.
—Me dijiste que íbamos a buscar a William.
Margaret asintió.
—Sí.
—Entonces empieza.
La anciana sonrió.
—Eres impaciente.
—Llevamos años de retraso.
Margaret la observó.
—Eso es verdad.
La respuesta hizo reír a Evelyn. Bajaron nuevamente y Margaret condujo a su nieta hacia un corredor lateral.
—Aquí había una puerta.
Evelyn miró; en efecto, había una puerta.
—Eso sí está.
—No esta puerta.
Margaret se acercó y notó que había un espacio entre dos paredes, donde al fondo se veía otra entrada.
—La bodega.
— ¿Qué guardaban allí?
—Herramientas.
— ¿Y algo más?
—Probablemente.
Evelyn tomó una pequeña lámpara. La puerta tenía una cerradura antigua; probó una de las llaves que Daniel les había dejado y nada, probó otra y nada, la tercera tampoco.
—No funciona.
Margaret tomó el llavero.
—Déjame.
Probó otra y nada.
—No hay ninguna.
Evelyn miró el cierre.
—Quizá necesitamos pedirle la llave a Daniel.
Margaret negó.
—No.
— ¿Por qué?
—Porque no era así.
La mujer se agachó y observó la cerradura.
—No recuerdo esta.
—Entonces ¿cómo piensas abrirla?
Margaret sonrió.
—Con paciencia.
Sacó una pequeña horquilla del cabello y Evelyn levantó una ceja.
— ¿Qué haces?
—Algo que aprendí hace mucho.
— ¿A abrir puertas?
—Sí.
— ¿Quién te enseñó?
—No importa.
—Claro.
Margaret introdujo la horquilla y movió algo dentro de la cerradura una vez, dos, tres, hasta que hubo un pequeño chasquido. Evelyn abrió los ojos.
—No puede ser.
Margaret sonrió.
—Las cerraduras viejas tienen memoria.
Empujó y la puerta se abrió. El interior olía a madera húmeda, tierra y aceite; era una bodega pequeña donde había herramientas colgadas, palas, rastrillos, tijeras, macetas, cestos, cuerdas, un viejo banco de trabajo, algunas cajas y un armario. Nada parecía extraordinario, así que Evelyn entró.
—No hay nada.
Margaret observó las paredes.
—Todavía no.
— ¿Qué buscas?
—No lo sé.
—Eso ayuda mucho.
Margaret se agachó y tocó el suelo.
—Aquí.
— ¿Qué?
—Está diferente.
Evelyn se acercó y notó que el suelo era de piedra, pero una de las losas tenía un borde ligeramente distinto.
— ¿Una reparación?
—No.
Margaret pasó los dedos por la línea.
—Esto se abre.
Evelyn se agachó.
— ¿Dónde?
Margaret señaló.
—Aquí.
La muchacha intentó levantar la losa, pero no pudo.
—Es pesada.
—Otra vez.
Evelyn se apoyó mejor, pero nada. Margaret la observó.
—Pon los dedos debajo.
—No caben.
—Sí caben.
Evelyn volvió a intentarlo y esta vez encontró un pequeño borde metálico.
—Es metal.
Margaret asintió.
—Una puerta.
La muchacha levantó la vista.
— ¿Cómo lo sabías?
La anciana tardó en responder.
—Porque recuerdo haberla visto.
Evelyn sonrió.
—Entonces en esta sí tienes razón.
Margaret respondió:
—No he olvidado todo.
—Empiezo a creerte otra vez.
La anciana la miró pero no dijo nada. Evelyn volvió a sujetar el borde.
—Ayúdame.
Margaret se agachó, las dos tiraron y el metal protestó, pero la puerta no se movió.
—Otra vez —dijo Margaret.
Tiraron con fuerza y la hoja se levantó unos centímetros, dejando salir un olor diferente: más seco, más viejo. Evelyn retrocedió.
— ¿Qué hay ahí?
Margaret miró la abertura.
—No lo sé ahora, pero era su lugar favorito.
— ¿Nunca bajaste?
—No, sin él.
— ¿Entonces como sabias que aún existía?
Margaret bajó la mirada.
—Porque hay cosas que no pueden desaparecer aunque quisiese.
Volvieron a tirar y la puerta se abrió completamente; debajo había una pequeña escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.
Evelyn sostuvo la lámpara, cuya luz apenas alcanzaba los primeros peldaños, y Margaret permaneció junto a ella, en un silencio que duró unos segundos. Luego Evelyn preguntó:
— ¿Quieres bajar?
Margaret miró la oscuridad y después asintió.
—Sí.
Evelyn tomó la lámpara con ambas manos y Margaret puso una mano sobre su hombro.
—No te alejes.
—No pensaba hacerlo.
La joven dio el primer paso; la piedra estaba fría y el segundo peldaño estaba húmedo. Nell apareció detrás de ellas.
—No —dijo Evelyn.
El perro movió la cola, y Margaret suspiró.
—Déjalo.
Nell bajó y las tres sombras desaparecieron poco a poco por debajo del suelo de la casa. Arriba, la lluvia siguió golpeando la puerta de la bodega, y en algún lugar bajo la Casona de las mareas altas, algo que había permanecido oculto durante muchos años esperaba todavía en la oscuridad.