La casona de las mareas altas Capítulo 15 Donde todavía estaba el viento
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Capítulo 15 Donde todavía estaba el viento

La lluvia había disminuido durante la noche y, al amanecer, el cielo seguía cubierto, pero las nubes tenían menos peso y, entre ellas, aparecían algunos espacios claros por donde entraba una luz fría.

Margaret fue la primera en levantarse; la casa estaba silenciosa, y durante unos instantes olvidó que Daniel y su familia se habían marchado, pero después lo recordó.

Las habitaciones estaban vacías, no había voces en la cocina, no se escuchaban los pasos de los niños, tampoco estaba el ruido de Bram recorriendo los corredores, solo Nell permanecía allí, y el perro levantó la cabeza cuando Margaret bajó las escaleras.

—Buenos días.

Nell movió la cola.

La anciana preparó té, desayunó poco y después permaneció junto a la ventana, observando el estuario gris donde la marea había comenzado a bajar y dejaba al descubierto una extensión de barro oscuro que atravesaban pequeños canales de agua.

Margaret miró durante varios minutos, y finalmente se levantó, tomó un paraguas del perchero y luego se dirigió hacia una cómoda estrecha que pertenecía a la casa.

Abrió el primer cajón y encontró guantes; el segundo contenía pañuelos, algunas prendas dobladas y un par de botas de goma que parecían haber sido utilizadas recientemente, las cuales Margaret sacó y miró.

No eran de su talla exacta, pero servirían, así que se puso un abrigo grueso, después abrió la puerta y Nell quiso seguirla.

—No.

El perro se quedó quieto y Margaret lo miró.

—Volveré pronto.

Nell apoyó la cabeza sobre las patas, la puerta se cerró y Margaret comenzó a caminar bajo un aire frío y húmedo, con la hierba cubierta de pequeñas gotas.

El camino que salía de la propiedad era distinto de lo que recordaba y, al mismo tiempo, había algo en él que reconocía de inmediato: un muro, un grupo de árboles, una pequeña curva, un terreno bajo.

Caminó hasta el primer claro y allí se detuvo; a la derecha había un árbol grande que había crecido mucho, su tronco estaba inclinado ligeramente y una de sus ramas principales se extendía sobre una zona de hierba. Margaret sonrió.

—Todavía estás aquí.

Se acercó, puso una mano sobre la corteza y no recordó exactamente el día en que lo había plantado, pero recordaba, en cambio, que había sido pequeño, muy pequeño, había cabido entre sus manos, y ahora su copa era suficientemente grande para proyectar sombra sobre varias personas.

—Te hiciste enorme.

Una gota cayó desde una rama, Margaret apartó el rostro y siguió caminando.

Más adelante encontró una formación de rocas grande, un conjunto irregular de piedra gris que sobresalía del terreno como si alguien hubiera dejado allí los restos de una pequeña colina; Margaret se acercó y sonrió.

—Aquí nos escondíamos.

Miró alrededor y notó que había una hendidura entre dos rocas por la que a Evelyn le habría resultado difícil pasar, pero a Margaret, muchos años atrás, no.

Se inclinó y todavía podía recordar el olor de la tierra, el barro, las voces, el ruido de las olas cuando había viento, y durante unos segundos volvió a sentirse joven. Después escuchó una voz detrás de ella.

— ¿Qué haces?

Margaret se volvió; Evelyn se acercaba con un paraguas y Nell iba a su lado, avanzando con entusiasmo y olfateando el camino.

—Te busqué.

—No me has encontrado.

—Te vi desde la ventana.

Evelyn llegó hasta ella y miró las rocas.

— ¿Qué es esto?

—Un escondite.

— ¿De qué?

Margaret sonrió.

—De los adultos.

Evelyn se rio.

—Eso es muy propio de ti.

—No sabes cuánto.

Continuaron juntas y más adelante apareció un viejo columpio del que solo quedaba la estructura de madera, la cuerda de uno de los lados había sido sustituida varias veces y el asiento estaba torcido. Margaret se detuvo.

—No.

Evelyn la miró.

— ¿Qué?

—Sigue aquí.

Se acercó y pasó la mano sobre una de las piezas.

—Este era el columpio.

— ¿Tuyo?

—Nuestro.

— ¿De William?

Margaret no respondió y Evelyn la observó.

— ¿Aquí jugabas con él?

—No exactamente.

—Entonces ¿quiénes?

Margaret miró el columpio.

—Los que fuimos.

No era una respuesta completa, pero sí era una respuesta.

Caminaron un poco más y detrás de un grupo de árboles aparecieron los restos de una construcción: un muro bajo, piedras oscuras, un techo desaparecido y dos columnas de madera, un antiguo establo. Margaret se acercó.

—Aquí estaban los caballos.

— ¿Los de la familia?

—Sí.

— ¿William sabía de caballos?

—Sí.

La respuesta fue inmediata y Evelyn la miró.

—Sabías que iba a preguntar.

—Lo imaginé.

—Entonces sabes que todavía quiero saber quién era.

Margaret no respondió y continuaron.

El terreno comenzó a bajar y apareció un humedal donde el agua ocupaba pequeñas depresiones entre los pastos, las plantas eran bajas y resistentes, y algunas aves caminaban lentamente junto a los canales. Un grupo de patos levantó el vuelo cuando Nell se acercó demasiado, y Evelyn sujetó al perro.

—Quieto.

Nell se detuvo, y Margaret observó el agua.

—Aquí se podía entrar.

— ¿Ahora?

—No.

— ¿Por qué?

—Porque la tierra cambia.

Evelyn miró el humedal.

— ¿Por la marea?

—También.

Continuaron, y el terreno se elevaba un poco, desde donde podían verse, en la distancia, un pequeño acantilado que no era alto, pero sobresalía del litoral.

Debajo de él, las olas golpeaban una zona de rocas y más lejos se distinguía una franja de arena, una pequeña playa escondida detrás de un arrecife. Evelyn se detuvo.

— ¿Eso está dentro de la propiedad?

—No.

— ¿Íbamos allí?

Margaret sonrió.

—A veces.

— ¿Con William?

Esta vez la mujer no respondió inmediatamente, sino que miró el mar.

—Sí.

Evelyn sintió algo diferente en el pecho: no era curiosidad, era algo más cercano a la certeza.

—Entonces él estuvo aquí.

Margaret bajó la mirada.

—Sí.

— ¿Mucho?

—Mucho.

— ¿Qué pasó?

La anciana respiró profundamente.

—Ésa es una pregunta demasiado grande para contestarla caminando.

Evelyn esperó, y Margaret siguió mirando el mar.

—William fue alguien muy importante para mí.

La muchacha permaneció inmóvil, pues aunque lo había sospechado, o quizá precisamente por eso, oírlo pronunciado por la propia Margaret produjo un efecto distinto.

— ¿Quién era?

Margaret tardó en responder.

—Alguien de mi pasado.

— ¿Y por qué nunca me hablaste de él?

—Porque durante muchos años intenté no mirar hacia atrás —Margaret miró el agua—. Porque no sabía cómo.

— ¿Qué significa eso?

—Que hay personas que forman parte de tu vida y después se convierten en una historia que no sabes contar.

Evelyn apretó el mango del paraguas.

— ¿Quién era?

Margaret permaneció mirando el mar.

—Lo descubrirás conmigo.

— ¿No podras ocultarlo para siempre  o si?

La anciana tardó en responder.

—Sí, aunque me duele.

— ¿Y por qué nunca me hablaste de él?

Margaret bajó la mirada.

—Porque durante muchos años intenté no mirar hacia atrás.

— ¿Funcionó?

Margaret sonrió tristemente.

—No demasiado.

Evelyn observó el acantilado.

— ¿Es por él que has regresado?

Margaret permaneció en silencio y el viento agitó el borde de su abrigo.

—Hay cosas que uno deja atrás creyendo que algún día dejarán de existir.

— ¿Ya me dijiste algo así antes, no desaparecen?

—No siempre.

Evelyn pensó en las tres cartas.

— ¿Él tiene algo que ver con ellas?

Margaret no respondió, pero tampoco negó la pregunta, y la joven comprendió que había llegado todo lo cerca que su abuela estaba dispuesta a permitirle. Nell se acercó a Margaret y la anciana le acarició el lomo.

—Vamos.

— ¿A dónde?

Margaret miró hacia el acantilado y después volvió la vista hacia la casa.

—A recordar.

Evelyn frunció ligeramente el ceño.

— ¿Qué?

Margaret empezó a caminar.

—Lo que todavía pueda.

Evelyn la siguió; no sabía exactamente qué buscaban, tampoco sabía quién era aquel hombre que pertenecía al pasado de su abuela, pero por primera vez comprendió que las cartas no habían llevado a Margaret hasta Inglaterra para entregarle una respuesta, la habían llevado hasta allí para obligarla a mirar algo que había pasado toda una vida intentando no ver.

Y mientras descendían hacia la costa, Evelyn tuvo la certeza de que la investigación acababa de comenzar.