Capítulo 12 Nadie la estaba esperando
Daniel permaneció junto a la puerta abierta mientras la lluvia comenzaba a caer con mayor fuerza y las gotas golpeaban las piedras del camino.
Margaret seguía inmóvil frente al umbral, y Evelyn miró a su abuela; no la había visto así antes, no era miedo, era desconcierto, como si hubiera llegado al lugar correcto y, al mismo tiempo, hubiera llegado a otro sitio.
Daniel volvió a hablar.
—Será mejor que entren.
No lo dijo con insistencia, simplemente parecía la única cosa sensata que podía hacer un hombre que encontraba a dos mujeres bajo la lluvia frente a su casa.
Margaret tardó unos segundos.
—Sí.
Entraron, Nell fue detrás de ellas, y Daniel cerró la puerta.
El sonido del cerrojo produjo en Evelyn una sensación extraña: habían cruzado un umbral y, aunque hasta ese momento podían marcharse, ahora estaban dentro; no significaba que estuvieran atrapadas, pero sí que ya no podían fingir que aquello era simplemente un viaje.
La entrada era amplia, aunque no lujosa, con un suelo de piedra gris, un perchero de madera oscura, un banco y una mesa estrecha con una lámpara.
No había retratos familiares, no había objetos antiguos expuestos, no había nada que Evelyn pudiera identificar como perteneciente a una familia que hubiese vivido allí durante generaciones.
Margaret miró alrededor y su expresión se hizo todavía más confusa.
—Esto no estaba aquí.
Daniel se volvió.
— ¿El qué?
—Nada.
Evelyn la observó; Margaret caminó unos pasos, miró la escalera, luego una puerta lateral, y luego volvió a la entrada.
—La escalera...
Se detuvo.
— ¿Sí? —preguntó Daniel.
Margaret negó.
—No importa.
Daniel parecía no entender y tomó el abrigo de Evelyn.
—Puedo dejar esto aquí.
—Gracias.
Margaret no se quitó el suyo y Daniel la miró.
— ¿No quiere dejarlo?
—No.
La respuesta fue automática, pues la mano de Margaret permanecía cerca del interior del abrigo; Evelyn sabía por qué, las tres cartas. Daniel señaló la sala.
—Pueden calentarse allí.
Entraron, y había una chimenea encendida, un escritorio, dos sillones, una estantería con libros, un reloj y una ventana hacia el jardín; Margaret se detuvo frente a la ventana.
—No había una ventana aquí.
Daniel respondió con naturalidad.
—Siempre la ha habido.
La mujer volvió la cabeza.
—No.
Daniel no discutió.
—Quizá recuerda otra habitación.
Aquella frase hizo que Evelyn mirara a uno y a otro, mientras Margaret se acercaba a la pared y pasaba la mano sobre la madera.
—La sala era más grande.
—No lo creo.
—Aquí había una mesa.
—Puede haber habido una mesa.
—Y una chimenea.
Daniel miró el fuego.
—Esta.
Margaret negó.
—Era diferente.
Daniel se encogió de hombros.
—La chimenea fue reconstruida.
— ¿Cuándo?
—Antes de que yo naciera.
Margaret se quedó quieta, y Evelyn sintió que algo no encajaba, no una cosa, sino varias. Daniel no parecía estar contradiciendo a Margaret por desconfianza, simplemente estaba describiendo otra casa, o la misma casa que alguien había transformado hasta hacerla irreconocible.
Pero entonces ocurrió algo más; Margaret miró hacia la puerta que daba al corredor.
—La cocina estaba allí.
Daniel respondió:
—Está al otro extremo.
La mujer lo miró.
—No.
—Sí.
—No estaba.
—Estoy seguro.
La seguridad de la respuesta hizo que Margaret callara, y Daniel pareció comprender que aquello estaba resultando desagradable.
—La casa ha cambiado mucho.
— ¿Cuánto?
—Más de una vez.
Margaret volvió a mirar alrededor.
—No sabía que tanto.
Evelyn sintió un pequeño escalofrío: su abuela había pasado el camino entero reconociendo árboles, senderos y muros, pero ahora estaba dentro de la casa y casi nada coincidía; la diferencia era demasiado grande para explicarla con unos pocos años de remodelaciones.
Daniel fue hacia una mesa.
— ¿Quieren té?
—Sí —respondió Evelyn.
Margaret no dijo nada. Daniel salió y Nell lo siguió con los ojos, hasta que después se oyó un ladrido desde otra parte de la casa, al cual Nell respondió inmediatamente y Evelyn se tensó. Daniel volvió con una bandeja.
—Ese es Bram.
— ¿Otro perro?
—Sí.
— ¿Es suyo?
—De la casa.
Puso las tazas sobre la mesa y en ese momento apareció un perro grande de pelaje oscuro que se detuvo al ver a Nell; Nell se incorporó, los dos se observaron, Bram gruñó y Nell respondió, obligando a Evelyn a sujetar el collar.
—Quieto.
Bram dio un paso y Daniel lo llamó.
—Bram.
El animal se detuvo, aunque Nell seguía tenso y Evelyn lo acarició.
—No pasa nada.
Bram olfateó el aire, pareciendo decidir si aquella presencia era aceptable, y finalmente se apartó.
—Es territorial —dijo Daniel.
—El mío también —respondió Evelyn.
—Eso explica muchas cosas.
La frase alivió un poco el ambiente y Margaret tomó su taza, pero no bebió.
Daniel la observó.
— ¿Puedo preguntar algo?
—Sí.
— ¿Por qué ha venido?
Margaret levantó los ojos.
—Recibí cartas.
—Eso lo entiendo.
—Me dijeron que debía venir.
— ¿Quién?
La mujer guardó silencio, y Daniel esperó.
—No lo sé.
— ¿No conoce al remitente?
—No.
— ¿Y aun así viajó desde Ámsterdam?
—Sí.
Daniel pareció sinceramente desconcertado.
— ¿Solo por eso?
Margaret sostuvo la taza.
—No solamente.
Evelyn miró a su abuela; aquella era una frase nueva, y Daniel también la escuchó.
— ¿Qué más hubo?
Margaret no respondió, y Nell se acercó a Evelyn mientras Bram volvía a desaparecer por el corredor.
La joven pensó en las tres cartas.
— ¿Puedo verlas?
Margaret la miró.
— ¿Para qué?
—Quiero comprobar la dirección.
La anciana se quedó inmóvil, después sacó los sobres y los dejó sobre la mesa, y Evelyn los tomó. El primero, el segundo, el tercero; todos tenían la misma dirección, la misma propiedad, la misma referencia. No había error, no había una palabra mal traducida, no había una ciudad equivocada.
—Es aquí —dijo.
Daniel asintió.
—Sí.
— ¿Está seguro?
—Completamente.
Evelyn levantó la vista.
—Entonces alguien nos ha enviado aquí.
—Eso parece.
— ¿Y usted no sabe quién?
—No.
— ¿Nadie?
Daniel negó.
—Nadie de esta casa.
Margaret tomó aire.
— ¿Quién vive aquí?
Daniel respondió:
—Yo.
— ¿Solo?
—No.
Antes de que pudiera explicar más, se escuchó una voz en el corredor y una muchacha apareció, más joven de lo que Evelyn esperaba, que no llegaría a los quince; llevaba un vestido gris y el cabello recogido, y detrás de ella venía un hombre de edad avanzada.
Ambos miraron primero a Daniel y después a las visitantes, y la mujer se detuvo.
— ¿Quiénes son?
—Margaret Bellamy y su nieta.
La adolescente observó a Margaret durante unos segundos y no hubo reconocimiento, ni sorpresa, solo cortesía.
—Buenas tardes, soy Phoebe.
Margaret respondió:
—Buenas tardes.
El hombre mayor inclinó la cabeza.
— ¿Tuvieron buen viaje?
—Sí.
La mujer miró a Daniel.
— ¿Son huéspedes?
Daniel dudó.
—Todavía no lo sé.
Evelyn sintió que aquella frase era extrañamente correcta: no sabían qué eran, no habían sido invitadas, no habían sido esperadas, solo estaban allí.
La jovencita se volvió hacia Margaret.
— ¿Buscan a alguien?
Margaret tragó saliva.
—Esta es la Casona de las mareas altas.
—Sí.
—Entonces...
Se detuvo, no sabía qué decir, y Evelyn intervino.
—Recibimos unas cartas.
La recién llegada miró los sobres.
— ¿Cartas de quién?
—No lo sabemos.
El hombre mayor se acercó, era un criado.
— ¿Puedo verlas?
Margaret se las entregó y él revisó cada una, negando luego con la cabeza.
—No conozco la escritura.
La joven hizo lo mismo.
—Tampoco yo.
Margaret estaba cada vez más pálida.
— ¿Nadie aquí las esperaba?
Daniel respondió:
—No.
— ¿Ni siquiera usted?
—No.
La chica negó.
—No sabíamos que vendrían.
El silencio se hizo incómodo, Evelyn miró a su abuela, y Margaret parecía buscar en el interior de la casa algo que pudiera confirmar que sus recuerdos eran verdaderos, pero no encontró nada.
—La puerta principal no estaba aquí —dijo.
Phoebe frunció el ceño.
—Sí lo está.
—No.
—Siempre ha estado.
Margaret respiró.
—No era así.
El hombre mayor miró a Daniel.
—Quizá se ha equivocado de casa, señor.
La frase cayó como una piedra; Evelyn sintió que la habitación se había vuelto de pronto demasiado pequeña y miró a Margaret, pero su abuela no respondió, y Daniel fue quien habló.
—La dirección es correcta.
—Entonces quizá recuerda otra propiedad.
Margaret levantó lentamente la cabeza.
—No.
La mujer pareció incómoda.
—Señora Bellamy, no intento ofenderla.
—Lo sé.
—Solo trato de comprender.
—Yo también.
Evelyn sintió algo que nunca había experimentado con su abuela: duda, no la duda de una persona que no sabe qué hacer, sino la duda de alguien que empieza a desconfiar de sus propios recuerdos.
Margaret miró la ventana.
—Había un árbol junto a esa pared.
Daniel observó.
—No.
—Sí.
—Nunca lo hubo.
Margaret lo miró.
—Yo lo planté.
Daniel negó suavemente.
—No en esta casa.
Evelyn cerró los ojos un instante, pues la frase era terrible por su sencillez: no en esta casa. Entonces ¿dónde? ¿En qué casa había vivido Margaret? ¿A qué lugar había regresado realmente? Y si aquella era la casa correcta, ¿por qué ninguno de sus recuerdos parecía pertenecerle?
La mujer de gris señaló las cartas.
— ¿Han pensado que quizá las envió otra persona con el mismo apellido?
Margaret negó.
—No.
— ¿Por qué?
—Porque sé que son para mí.
— ¿Cómo?
Margaret no respondió y Evelyn la miró, siendo la primera vez que veía a su abuela quedar bloqueada por una pregunta que no podía contestar.
La joven comprendió que, si seguían esperando, quizá nadie iba a hacerlo por ellas.
—Hay algo que sí sabemos —dijo, y todos la miraron. Evelyn levantó el primer sobre—. La dirección es correcta.
Daniel asintió.
—Sí.
—La carta llegó a Ámsterdam.
—Sí.
—Mi abuela la recibió.
—Sí.
—Y ella vino.
—Sí.
—Entonces alguien quería que estuviera aquí.
Nadie respondió y Evelyn continuó:
—Aunque nadie de esta casa sepa por qué.
Daniel la observó.
—Eso es lo que parece.
— ¿Y si ustedes tampoco conocen a la persona que las envió?
—Entonces tendremos que descubrirlo.
Margaret miró a Evelyn, sorprendida, quizá orgullosa o quizá preocupada; no parecía saber cuál de las dos cosas sentir.
La joven tomó una de las cartas.
—Podemos leerla.
Margaret levantó la cabeza.
—No.
— ¿Por qué no?
La anciana no respondió, y Daniel tomó el sobre.
—Tal vez deberíamos.
—No.
Su voz fue más fuerte, y todos guardaron silencio. Evelyn miró a su abuela.
— ¿Por qué?
Margaret la miró y, durante un instante, pareció a punto de decir algo, pero no lo hizo.
Daniel sostuvo el sobre.
—Si la carta tiene información importante, no creo que podamos seguir ignorándola.
Margaret bajó los ojos y no volvió a protestar.
Daniel abrió el primer sobre, sacó la hoja, la desplegó y leyó unas líneas en silencio, haciendo que su expresión cambiara.
Evelyn se acercó.
— ¿Qué dice?
Daniel no respondió inmediatamente, miró la parte superior de la hoja, frunció el ceño y volvió a mirar.
—Hay una fecha.
Margaret levantó la cabeza.
— ¿Qué fecha?
Daniel acercó el papel hacia la luz.
—Esto no es reciente, ese es el problema.
La habitación quedó en silencio.
— ¿Cuándo? —preguntó Evelyn.
Daniel hizo una pausa.
—Hace años, muchos años atras.
Margaret no se movió. Daniel volvió a leer la fecha y después descendió lentamente por la página, leyendo algunas líneas más, hasta que sus ojos llegaron al final de la hoja y se detuvo. Margaret seguía inmóvil y Daniel leyó la firma en voz baja, casi sin intención de hacerlo frente a los demás.
—... Con mucho cariño...
Una pausa.
—William.
Margaret quedó completamente inmóvil, y Evelyn la miró, pues nunca había escuchado ese nombre.
—Abuela...
Margaret no respondió.
— ¿Quién es William?