La casona de las mareas altas Capítulo 13 La casa por unos días
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Capítulo 13 La casa por unos días

Otro carruaje había llegado con el barro pegado a las ruedas y pequeñas gotas de lluvia sobre el techo, y dos caballos respiraban con fuerza delante de la casa.

Daniel se acercó a la ventana.

—Es el resto de mi familia.

Margaret permaneció sentada y Evelyn miró hacia fuera: una mujer bajó primero, era de unos cuarenta años y llevaba un abrigo oscuro y un sombrero sencillo; después descendieron dos niños, un muchacho y una niña, seguidos por una joven que parecía encargarse del equipaje, y el perro corrió hacia ellos.

Ahora lo pudo ver bien era grande y de pelaje oscuro, y Evelyn reconoció inmediatamente al mismo animal que había visto antes, Bram, que se acercó al corredor.

Nell levantó la cabeza y Bram respondió con un gruñido.

Daniel sonrió.

—Parece que ya están otra vez en desacuerdo.

La puerta principal se abrió y entraron la mujer, los niños y una criada joven que cargaba una cesta.

—Daniel.

—Charlotte.

La mujer lo besó brevemente, luego miró hacia la sala.

— ¿Quiénes son?

Daniel hizo un gesto.

—Margaret Bellamy y su nieta, Evelyn.

La mujer pareció sorprendida.

— ¿Y estas visitas en este momento?

—Fue inesperado.

—Se ve que están comodas.

Daniel miró a Margaret.

—Todavía estamos resolviendo algunas cosas.

El niño se acercó a Nell y el perro permaneció quieto.

— ¿Puedo tocarlo?

Evelyn sonrió.

—Si él quiere.

Nell olfateó la mano del niño y después permitió que lo acariciara, mientras Bram observaba desde el otro lado del corredor.

La criada dejó una bandeja sobre la mesa.

—Les traeré té.

—Gracias, Eliza —dijo Daniel.

La muchacha hizo una pequeña reverencia y Margaret aceptó una taza, Evelyn también; había galletas de mantequilla en un plato y el té era fuerte, cuyo calor parecía devolverle algo de normalidad a la habitación.

La esposa de Daniel se sentó.

—Lamento que hayan llegado en este momento.

Margaret levantó los ojos.

—No sabíamos que tenían previsto marcharse.

—Lo teníamos desde hace bastante tiempo.

Daniel intervino.

—Nuestro viaje estaba organizado mucho antes de que ellas llegaran.

— ¿A dónde van? —preguntó Evelyn.

La mujer respondió:

—Más al norte.

— ¿A Escocia?

—No esta vez.

Daniel sonrió.

—Pero estamos cerca.

El niño empezó a hablar de un lugar que Evelyn no conocía y su madre lo hizo callar suavemente, devolviendo la conversación al viaje.

—Partimos mañana temprano —dijo la mujer.

Margaret dejó la taza.

— ¿Mañana?

—Sí.

—Entonces no queremos causarles inconvenientes.

—No los causan.

Daniel se acomodó en la silla.

—Precisamente por eso tenemos que explicar algo.

Miró a su esposa y después a Margaret.

—Las cartas eran un malentendido.

Margaret permaneció inmóvil.

— ¿Lo creen?

—No sabemos quién las envió —respondió Daniel—. Pero no tenían relación con nosotros.

La mujer asintió.

—Nunca las esperábamos.

—Y nadie de esta familia las escribió.

Margaret respondió:

—Lo entiendo.

Daniel parecía menos incómodo que antes.

—La dirección es correcta. Eso está claro. Pero no sabemos cómo terminaron esas cartas en sus manos.

Evelyn intervino:

—Y ahora sabemos que fueron escritas hace muchos años.

La mujer la miró.

— ¿De verdad?

—La más reciente de las tres es de 1890.

Daniel asintió.

—Sí.

La esposa se quedó pensando.

—Entonces quizá todo esto sea aún más antiguo de lo que parece.

Margaret no respondió, la criada comenzó a recoger las tazas vacías y Daniel volvió a hablar.

—Nuestro problema es que el viaje no puede aplazarse.

—Lo comprendo —dijo Margaret.

—Y el tiempo tampoco ayuda.

La mujer asintió.

—El camino hacia la estación puede ponerse muy malo si llueve durante la noche.

— ¿Y cuándo habría otro transporte? —preguntó Evelyn.

Daniel pensó.

—No inmediatamente.

— ¿Cuánto?

—Dependerá del tiempo.

Su esposa intervino:

—Y del servicio de coches.

Evelyn miró a Margaret, que parecía pensar.

—Podríamos regresar a Londres cuando ustedes regresen —dijo Daniel—. Pero eso no será durante unos días.

Margaret asintió.

—Podemos arreglarnos.

Daniel se inclinó hacia delante.

—Hay otro problema.

— ¿Cuál?

—Nuestro coche no tiene espacio suficiente para llevarlas con nosotros.

La mujer miró el equipaje.

—No podríamos acomodar maletas, niños, servicio, equipaje y al perro.

Evelyn miró a Nell.

—No iba a dejarlo.

—Lo supuse —dijo Daniel.

Hubo una breve sonrisa que disminuyó un poco la tensión, y Daniel se quedó pensando.

—Tenemos una solución.

Margaret levantó la mirada.

— ¿Cuál?

—Pueden quedarse aquí.

La mujer lo miró.

—Daniel.

—No veo otra opción razonable.

Evelyn permaneció en silencio y Daniel continuó:

—La casa quedará vacía mientras estemos fuera. No tiene sentido que ustedes pasen días intentando encontrar transporte cuando aquí pueden estar cómodas.

Margaret negó.

—No podemos ocupar su casa.

—No estarían ocupándola.

—Es suya.

—Y nosotros estaremos fuera.

Charlotte intervino:

—Además, preferimos que haya alguien aquí.

Margaret la miró.

— ¿Por qué?

—Una casa vacía durante el invierno necesita atención.

Daniel asintió.

—Hay que mantener el fuego, revisar el agua, algunos pormenores y asegurarse de que nada se deteriore.

Evelyn intervino:

—Podemos hacerlo.

Margaret la miró y la joven continuó:

—Si nos explican cómo.

Daniel sonrió.

—Eso puedo hacerlo.

La esposa pareció estar de acuerdo.

—Solo hay una condición.

Margaret asintió.

— ¿Cuál?

—Cuando volvamos, la casa debe estar como ahora.

—Por supuesto.

—No muevan nada que no sea necesario.

—No lo haremos.

—Y antes de que regresemos deberán organizar su partida.

Margaret respondió:

—Así será.

Daniel se levantó.

—Entonces está decidido.

Fue hasta un pequeño armario, sacó un llavero con varias llaves y las separó.

—Estas son de la entrada —entregó una—. Esta de la cocina.

Otra.

—Esta abre el almacén.

Margaret observó las llaves.

— ¿Y esta?

Daniel sostuvo una más pequeña.

—La puerta lateral.

La mujer intervino:

—No necesitan entrar allí por ahora.

Daniel volvió a mirar la llave.

—No.

Guardó la que había señalado y dijo: "Con las demás será suficiente."

Evelyn tomó la llave de la entrada y la sostuvo un momento; era un objeto sencillo, sin embargo, significaba que aquella casa sería suya durante unos días, no una propiedad, no un hogar, pero sí un lugar en el que podían permanecer.

Daniel explicó las cosas necesarias: la cocina, la leña, la despensa, el pozo, el pequeño gallinero, dónde encontrar carbón, cómo encender la estufa, qué ventanas debían permanecer cerradas por el viento y qué parte del terreno se inundaba con la marea.

Evelyn escuchó cada indicación, Margaret también; Bram seguía en el corredor, Nell se había acostado junto al fuego y, durante un momento, la casa volvió a sentirse tranquila.

Más tarde prepararon la cena juntos; no era una despedida formal, simplemente una comida antes del viaje, donde hablaron del tiempo, de los caminos, de la próxima estación, de los niños y del perro.

Evelyn descubrió que la familia de Daniel llevaba años viviendo allí, y no parecía haber ninguna intención de ocultar nada, lo cual era casi tranquilizador.

La noche cayó pronto, y después de la cena, la familia comenzó a preparar su equipaje, llenando la casa de pequeños sonidos: puertas, maletas, pasos, la madera crujiendo.

Los niños discutían sobre dónde sentarse durante el viaje, la criada recogía platos, Bram seguía a Daniel y Nell observaba.

Evelyn se acercó a Daniel.

— ¿Bram se irá con ustedes?

—Sí.

— ¿Y no se quedará aquí?

—No, siempre nos acompaña.

—Nell tambien se quedaría conmigo.

Daniel sonrió.

—Eso parece.

El perro, como si hubiera entendido, levantó la cabeza.

Margaret estaba junto a la ventana, mirando el estuario donde la marea empezaba a subir; ya no se veía tanto barro y los canales pequeños comenzaban a llenarse.

Evelyn se acercó.

— ¿En qué piensas?

Margaret respondió:

—En nada.

Evelyn sonrió.

—Esa palabra otra vez.

La abuela volvió la mirada.

—Hay días en que es verdad.

La mañana siguiente llegó demasiado pronto: el equipaje estaba listo, los niños tenían los abrigos puestos, la criada y el caballero mayor llevaban una cesta, y la esposa de Daniel comprobó dos veces que no hubiera nada olvidado.

Bram esperaba cerca de la puerta y Nell permanecía junto a Evelyn mientras Daniel entregaba las últimas instrucciones.

—Si ocurre algo, pueden pedir ayuda en el pueblo.

—De acuerdo.

—Y la próxima vez que la marea sea especialmente alta, no intenten usar el camino del estuario.

Evelyn asintió.

—No lo haremos.

Daniel miró a Margaret.

— ¿Está segura de que esto está bien?

La anciana respondió:

—Sí.

—Entonces nos veremos a nuestro regreso.

Margaret lo miró.

—Sí.

La familia salió, siendo Bram el último en hacerlo; se detuvo un momento frente a Nell, los dos perros se miraron, no ladraron, y después Bram siguió a su dueño.

La puerta se cerró, el sonido de las ruedas del carruaje comenzó a alejarse, y Evelyn y Margaret permanecieron en la entrada, esperando hasta que dejó de escucharse.

La casa quedó en silencio: no había niños, no había pasos, no había voces, no había otro perro, solo ellas y Nell.

Evelyn miró las llaves que tenía en la mano, después miró la escalera, luego el corredor, las habitaciones, las ventanas y el fuego; la casa era grande, más grande de lo que había parecido cuando llegaron, y Margaret seguía mirando hacia la puerta cerrada.

Evelyn se volvió hacia ella.

— ¿Cómo no viste la fecha, abuela?

Margaret tardó en responder, miró a su nieta, después al interior de la casa, y sonrió apenas.

—Estoy mayor, Evelyn.

La joven no dijo nada, y Margaret bajó la mirada.

—Hay cosas que quizá ya no quiero ver.

Nell levantó la cabeza, afuera comenzó a llover, y por primera vez desde que habían llegado, la Casona de las Mareas Altas pertenecía temporalmente solo a ellas.