La casona de las mareas altas Capítulo 11 La casa que recordaba
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Capítulo 11 La casa que recordaba

El carruaje dejó atrás las últimas casas de Blackwater cuando la tarde comenzaba a inclinarse hacia el final y la luz había perdido fuerza, aunque todavía quedaba claridad suficiente para distinguir los árboles, los muros bajos de piedra y las pequeñas extensiones de pastizal que se abrían a ambos lados del camino.

El cielo estaba cubierto por nubes bajas, el viento había aumentado y Evelyn llevaba las manos dentro de los bolsillos del abrigo, mientras Nell caminaba junto al carruaje sujeto por una correa larga que le permitía alejarse algunos metros, desapareciendo cada cierto tiempo entre unos arbustos para olfatear el terreno antes de volver corriendo.

Margaret permanecía sentada frente a su nieta, en silencio desde que habían abandonado Blackwater, y Evelyn la observaba: no parecía cansada ni preocupada, parecía concentrada.

Era una diferencia pequeña, pero importante, porque en Ámsterdam, cuando debía tomar una decisión, Margaret acostumbraba detenerse, pensar, consultar y, a veces, incluso cambiar de opinión varias veces antes de decidirse; ahora no, miraba el camino como si lo conociera.

—Abuela.

— ¿Sí?

— ¿Falta mucho?

Margaret levantó la vista.

—No demasiado.

El cochero, que llevaba varios minutos escuchándolas, sonrió.

—Depende de lo que entiendan por mucho.

Evelyn rió y Margaret miró hacia delante.

—Unos veinte minutos.

—Eso dijiste hace un rato.

—Entonces serán veinte minutos más.

El cochero volvió a sonreír y Evelyn se acomodó en el asiento.

El paisaje comenzó a cambiar: había menos casas, más árboles desnudos y más terreno abierto, pudiéndose ver en algunos lugares ovejas agrupadas junto a los cercos y, en otros, pequeños grupos de aves buscando alimento entre la hierba húmeda.

Nell se detuvo de pronto y levantó el hocico, lo que hizo que Margaret abriera un poco la ventanilla, permitiendo que el aire entrara inmediatamente: frío, húmedo, salado.

La anciana respiró profundamente y cerró los ojos, y Evelyn la observaba.

— ¿Qué?

Margaret abrió los ojos.

—Nada.

—No.

Margaret sonrió.

—Muchos años sin respirar esto.

Evelyn volvió a mirar el paisaje, y aunque todavía no podía ver el mar, ahora podía sentirlo porque el aire había cambiado; ya no era la humedad cerrada de Ámsterdam ni el olor mezclado de humo, caballos y calles de Londres, era otra cosa: hierba, piedra, agua abierta, sal.

El carruaje siguió avanzando y pasaron junto a un grupo de árboles donde uno de ellos estaba inclinado por el viento, el cual Margaret señaló.

—Ese no estaba.

Evelyn la miró.

— ¿Qué?

—Ese grupo de árboles.

— ¿Había otra cosa?

—Un campo.

—Entonces ha cambiado bastante.

Margaret asintió.

—Mucho.

Unos minutos después pasaron junto a una pequeña granja con gallinas cerca de un cobertizo, dos caballos dentro de un cercado y una mujer sacudiendo una manta, mientras el humo de una chimenea se alejaba sobre el tejado. Evelyn observaba todo con atención.

— ¿Vivías por aquí?

Margaret tardó.

—En esta región.

— ¿Muy cerca?

—No siempre.

La respuesta fue deliberadamente imprecisa y Evelyn decidió no insistir.

El camino comenzó a descender, y a la derecha aparecieron pequeñas zonas de agua del estuario, y más allá, muy lejos todavía, el mar.

— ¿Es ahí?

—Parte de él.

— ¿Y se llena todo?

—Cuando sube la marea.

— ¿Siempre ha sido así?

Margaret miró el agua.

—Sí.

La respuesta fue inmediata, y después agregó:

—Algunas cosas cambian. Otras no.

El carruaje continuó y encontraron algunas viviendas más adelante que no eran más que unas pocas casas de piedra, una pequeña tienda y varios cercos; el cochero levantó una mano para saludar a un hombre que caminaba por el camino, el hombre respondió y todo parecía tranquilo.

Evelyn volvió a mirar a Margaret.

—Parece que recuerdas muchas cosas.

—No tantas.

—Más que yo.

—Eso es fácil. Tú acabas de llegar.

La joven sonrió y siguieron avanzando.

Fue entonces cuando el cochero redujo la velocidad, pues una mujer caminaba por el borde del camino con una cesta cubierta por un paño.

Era notablemente menor a Margaret, con el cabello aún negro pero con mechones gris, y llevaba una chaqueta, botas resistentes y un pañuelo alrededor del cuello; al pasar frente al carruaje, levantó la vista y se detuvo, igual que Margaret.

Durante unos segundos ninguna dijo nada, hasta que la mujer pronunció un nombre.

—Eres…Margaret Bellamy?

La anciana permaneció inmóvil.

—Si, y tu Helen Oakley.

Evelyn miró a las dos y Helen se acercó al carruaje.

—El tiempo y el destino nos sorprenden, no esperaba verte.

Margaret sonrió.

—Yo tampoco esperaba volver.

Helen observó a Evelyn y después a Nell.

—Qué bonita compañía.

—Gracias.

— ¿Tu nieta supongo?

—Exacto.

Evelyn bajó del carruaje y Helen extendió la mano.

—Encantada.

—Igualmente.

Helen volvió a mirar a Margaret, y había algo extraño en la expresión de ambas: no era exactamente alegría ni tampoco tristeza, era el reconocimiento de dos personas que pertenecían a una época que la otra no podía tocar.

—Pensé lo que la mayoría pensó, que habías formado una familia y os habíais marchado —dijo Helen.

Margaret bajó la mirada.

—Lo hice.

—Entonces era cierto.

—Sí.

Helen sonrió débilmente.

—De todos modos, bienvenida nuevamente.

Evelyn sintió que aquella palabra tenía más peso del que Helen parecía concederle; "nuevamente", como si Margaret no hubiera desaparecido unos pocos años, como si hubiera desaparecido de una vida entera.

Helen preguntó:

— ¿Te quedarás?

Margaret tardó.

—No lo sé.

—Entonces has venido por algo, puntual.

La anciana la miró.

—Sí.

Helen no insistió.

—No tienes que contarlo.

—Gracias.

La mujer miró nuevamente a Evelyn.

— ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—Entonces eres casi de la edad que tenía Margaret cuando...

Helen se detuvo, Margaret la miró y la mujer comprendió que había llegado demasiado lejos.

—Cuando era joven —terminó.

Evelyn sintió curiosidad.

— ¿La conoció cuando era joven?

Helen sonrió.

—Algo.

— ¿Vivía por aquí?

—Desde que nací, siempre por esta zona.

— ¿Y era muy distinta?

Helen miró a Margaret.

—No tanto como ella cree.

Margaret soltó una pequeña risa.

—No empieces, por favor.

—Solo digo la verdad.

Evelyn observó a ambas; era una conversación sencilla, pero había partes que no comprendía.

— ¿Vas hacia la Casona de las Mareas altas? —preguntó Helen con total seguridad.

Margaret asintió.

—Sí.

Helen quedó en silencio unos instantes.

—Hace mucho que no vas.

—Lo sé.

—La casa ha cambiado.

Margaret miró hacia el camino.

—Eso parece.

—La última vez que entre allí fue hace bastante tiempo.

La mujer acomodó la cesta que llevaba.

—Tengo que seguir.

—Claro.

Helen dio un paso atrás, luego volvió a mirar a Margaret.

—Me alegra que hayas vuelto.

La anciana asintió.

—Gracias.

—Y esta vez avisa antes de desaparecer.

Margaret sonrió.

—Lo intentaré.

Helen comenzó a caminar y Evelyn subió nuevamente al carruaje, pero antes de hacerlo, volvió la cabeza y vio que Helen se había detenido unos metros más allá, mirando hacia ellas antes de continuar por el camino. El carruaje volvió a ponerse en marcha, Evelyn esperó.

— Era muy joven para ser amiga tuya, ¿o era otra cosa?

—Vecina.

— ¿De verdad?

—Sí.

—Sabía mucho de ti.

Margaret miró por la ventanilla.

—Conocía una parte.

— ¿Qué parte?

—La que existía aquí.

Evelyn aguardó.

— ¿Y qué dejó de existir?

Margaret tardó.

—Todo lo demás.

La muchacha entendió que no obtendría más, nuevamente, no todavía, no era el momento.

El camino comenzó a estrecharse, aparecieron pequeños muros de piedra cubiertos de musgo y un viejo establo, parcialmente derrumbado, apareció a un lado.

Margaret lo señaló.

—Eso estaba mejor.

— ¿Era tuyo?

—No.

Más adelante apareció un grupo de árboles.

—Ese árbol sí.

Evelyn miró; era grande, de tronco grueso y ramas extendidas.

— ¿Lo reconoces?

—Sí.

— ¿Por qué?

—Porque lo planté.

Evelyn la miró.

— ¿Tú?

Margaret sonrió.

—Hace mucho tiempo.

Siguieron, y la vegetación se volvió más húmeda con zonas de pastizales bajos y un humedal cercano; a la distancia apareció el pequeño acantilado y, más allá, se veía una playa escondida y un arrecife contra el que rompían las olas.

Evelyn abrió ligeramente la boca.

—Es hermoso.

Margaret no respondió y miraba el paisaje.

— ¿Venías aquí?

—Sí.

— ¿Con quién?

La mujer tardó.

—Con personas.

Evelyn casi sonrió.

—Eso no dice mucho.

—Es lo que recuerdo.

— ¿Y qué hacías?

—Caminábamos.

— ¿Nada más?

Margaret la miró.

—A veces era suficiente.

El carruaje avanzó por una última curva y la Casona de las Mareas Altas apareció detrás de unos árboles: primero el tejado, después una pared de piedra y luego una hilera de ventanas.

Evelyn levantó la cabeza y vio que la casa era más grande de lo que había imaginado; no era un palacio, no era una mansión ostentosa, era un manor antiguo, construido en piedra, con dos plantas principales y un ala lateral.

El tejado oscuro descendía sobre ventanas altas, había una chimenea, un jardín protegido del viento y un muro que se perdía hacia la parte posterior de la propiedad.

Había humo saliendo de una de las chimeneas, lo que indicaba que alguien vivía allí.

El cochero disminuyó la marcha, Margaret se inclinó ligeramente hacia delante y no habló, y Evelyn la observó, notando que la expresión de su abuela había cambiado: no parecía estar recordando una imagen, parecía estar comparando dos realidades.

— ¿Es esta?

Margaret tardó en responder.

—Sí.

— ¿Es igual?

—No.

El carruaje se detuvo, el cochero bajó para ayudar con las maletas y Margaret permaneció sentada unos segundos, para finalmente descender seguida por Evelyn y Nell, que saltó al suelo. La anciana dio unos pasos, miró el jardín y señaló una zona de tierra junto a un árbol.

—Aquí había un columpio.

Evelyn observó.

— ¿Dónde?

—Ahí.

—Ya no está.

—No.

Margaret caminó unos metros y se detuvo junto a una formación de rocas.

—Eso tampoco estaba así.

— ¿Lo recuerdas?

—Sí.

— ¿Y esa pared?

—No estaba.

—Entonces ¿qué cambió?

Margaret miró la casa.

—Casi todo.

Evelyn sintió un pequeño escalofrío.

—Pero sabías dónde estaba.

—Sí.

—Y sabías el camino.

—Sí.

— ¿Cómo?

Margaret miró hacia el mar.

—Hay lugares que uno puede olvidar y, sin embargo, reconocer cuando vuelve.

Evelyn no respondió.

Caminaron hacia la casa con Nell por delante, el viento se había calmado un poco y las primeras gotas comenzaron a caer; Margaret llegó hasta la puerta principal y se detuvo, no parecía asustada, pero tampoco tranquila. Levantó la mano y Evelyn se acercó.

— ¿Quieres que llame yo?

—No.

Margaret volvió a mirar la puerta.

—Yo.

Alzó la mano, pero antes de que pudiera golpear, algo se movió detrás de la madera, la cerradura giró y la puerta comenzó a abrirse, haciendo que ambas mujeres retrocedieran ligeramente.

Un hombre apareció en el umbral; era alto, de unos cuarenta años, llevaba una camisa celeste y zapatos oscuros junto a un cabello ligeramente húmedo por la lluvia.

Miró primero a Evelyn, después a Margaret, y no había reconocimiento en su rostro; Margaret tampoco pareció reconocerlo.

El hombre sostuvo la puerta, durante unos segundos los tres permanecieron inmóviles, Nell se colocó junto a Evelyn y finalmente el desconocido habló.

— ¿Puedo ayudarlas?

Margaret no respondió y Evelyn miró a su abuela; nunca la había visto quedarse sin palabras de aquella manera. El hombre abrió un poco más la puerta.

— ¿Buscan a alguien?

Margaret continuó mirándolo; detrás de él estaba la Casona de las Mareas Altas, frente a ella el paisaje que había recordado durante décadas, y entre ambas cosas, un desconocido que no pertenecía a ninguno de sus recuerdos.

Evelyn sintió que el viaje acababa de cambiar de naturaleza, pero ninguna de las dos dio un paso hacia el interior.