La casona de las mareas altas Capítulo 10 El aire del norte
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Capítulo 10 El aire del norte

La estación y todo lo demás, quedó atrás en pocos minutos, mientras que el carruaje avanzaba por un camino húmedo que parecía buscar su propia dirección entre campos abiertos, pequeños grupos de árboles y muros bajos de piedra.

Alnmouth había quedado a sus espaldas, aunque Evelyn todavía podía distinguir algunas de sus casas en la distancia bajo un cielo cubierto.

No llovía, pero era una de esas mañanas en las que el aire parecía contener agua sin decidirse a dejarla caer.

Nell viajaba junto al carruaje, atado a una correa larga que Evelyn había sujetado a una de las partes laterales del vehículo; durante algunos tramos caminaba con entusiasmo, olfateando cada piedra y cada matorral, y después parecía cansarse y subía al pequeño espacio posterior del coche, donde permanecía unos minutos antes de volver a bajar.

El cochero no parecía preocupado.

—Conoce el camino —dijo.

Evelyn miró al perro.

— ¿El perro?

—Los perros siempre conocen un camino que nosotros no.

La muchacha sonrió.

Margaret iba sentada frente a ella y había permanecido en silencio desde que abandonaron la estación.

No parecía nerviosa, y aquello era lo que más llamaba la atención de Evelyn, pues en Ámsterdam, cuando algo importante ocurría, Margaret solía detenerse antes de tomar una decisión: consultaba, pensaba, calculaba, e incluso para comprar ciertas cosas parecía necesitar estar segura de que no estaba equivocándose.

Ahora era diferente: sabía qué camino tomar, qué tren correspondía, cuánto faltaba y dónde alquilar el carruaje; no parecía una mujer que estuviera llegando a un lugar desconocido, parecía una mujer que finalmente estaba regresando a un sitio que había esperado durante mucho tiempo.

Evelyn apoyó una mano sobre el borde de la ventanilla.

—Abuela.

— ¿Sí?

— ¿Estás contenta?

Margaret miró afuera y la pregunta pareció tomarla por sorpresa.

—Sí.

No añadió nada, así que Evelyn esperó.

—Mucho.

Aquella segunda respuesta fue todavía más sorprendente, ya que en Ámsterdam había pocas cosas que hicieran sonreír así a Margaret.

No era que hubiese vivido triste, no; había tenido una vida tranquila, y Evelyn la había visto cocinar, cuidar flores, remendar ropa, discutir con Thomas por cosas pequeñas, reírse de sus ocurrencias y envejecer con una serenidad que parecía propia de la casa.

Pero aquello era diferente: en los últimos meses, Margaret había parecido una mujer preocupada, con una sombra de inquietud que Evelyn no había sabido identificar desde que recibieron las cartas.

Ahora esa sombra seguía allí, pero debajo había otra cosa: seguridad.

Evelyn volvió a mirar el paisaje, pensando que tal vez no había sido Ámsterdam la que había cambiado a su abuela, tal vez había sido el tiempo, o quizá Thomas.

La idea apareció sin que quisiera formularla: Thomas nunca había sido un hombre cruel, jamás; había cuidado de ellas, había trabajado durante años, había intentado mantener la casa y había protegido a Evelyn incluso cuando ella consideraba que estaba siendo excesivo.

Pero también había sido él quien había construido gran parte de la vida que habían llevado: trabajo, casa, rutina, seguridad.

¿Podía aquella vida haber encerrado poco a poco a Margaret sin que ninguno de los dos lo hubiera comprendido?

Evelyn rechazó la idea casi inmediatamente porque no era justo; sin embargo, al mirar a su abuela allí sentada, tan segura del camino, no pudo evitar pensar que quizá existía una Margaret que ella nunca había conocido, una Margaret más libre, más joven, quizá más difícil, y que quizá esa mujer seguía existiendo en alguna parte.

El carruaje avanzó y pasaron junto a un campo donde varias ovejas se agrupaban alrededor de un árbol desnudo, custodiadas por un perro pastor unos metros más allá. Levantó la cabeza al ver a Nell y este respondió con un ladrido breve, pero el pastor ni siquiera se movió.

—Parece que ya lo conocen —dijo Evelyn.

—No lo conocen.

—Entonces quizá es muy sociable.

—O muy insistente.

El perro volvió a ladrar, Nell tiró de la correa y Evelyn tuvo que sujetarla con ambas manos.

—Oye, ya, quieto.

El animal obedeció.

Unos minutos después pasaron frente a una pequeña granja donde había gallinas junto a un cobertizo, dos caballos en un cercado, una mujer sacudiendo una manta sobre una valla y el humo de una chimenea dispersándose rápidamente sobre el tejado.

Evelyn observó todo, notando que el paisaje era menos domesticado que Ámsterdam: no había fachadas continuas, ni canales, ni puentes cada pocos cientos de metros, había espacio, mucho espacio, y el viento parecía moverse libremente por él.

A media mañana el camino comenzó a descender y aparecieron terrenos más bajos donde la vegetación cambió, dando paso a zonas de hierba húmeda, matorrales y pequeñas depresiones donde el agua permanecía acumulada.

Más lejos aparecieron aves agrupadas en el suelo.

Evelyn se inclinó.

— ¿Qué son?

El cochero miró.

—Avefrías.

— ¿Hay muchas?

—En esta época, sí.

Margaret abrió ligeramente la ventanilla y el aire entró de golpe, frío pero distinto, y Evelyn lo sintió inmediatamente: no olía como Ámsterdam, tampoco como Londres, había humedad, pero no la misma humedad urbana, había algo más...

sal, hierba, piedra, agua abierta, el viento.

Margaret cerró los ojos y respiró profundamente, mientras Evelyn la observaba.

— ¿Qué?

La anciana abrió los ojos.

—Nada.

—No.

Margaret sonrió.

—Muchos años sin respirar esto.

Aquella frase hizo que Evelyn mirara nuevamente el paisaje; el mar todavía no podía verse, pero ahora podía sentirlo, no como una presencia visible, sino como algo que modificaba el aire.

El carruaje siguió descendiendo y a la derecha aparecieron pequeñas extensiones de agua que reflejaban el cielo.

— ¿Es el estuario?

El cochero asintió.

—Algunas partes.

— ¿Y se llena completamente?

—Con la marea.

Margaret miró hacia afuera.

—Depende de la época y del lugar.

El hombre levantó una ceja.

—Conoce la zona.

Margaret respondió sin apartar los ojos del agua.

—Hace mucho tiempo que no vengo.

No hubo más preguntas.

El camino cruzó una pequeña elevación, y desde allí Evelyn pudo ver por primera vez una extensión mayor del estuario: el agua se abría entre bancos de barro oscuro y zonas bajas de vegetación, y más allá había una franja de mar.

No era grande, pero estaba, y Evelyn sintió algo parecido a una emoción que no sabía nombrar.

—Es hermoso.

Margaret asintió.

—Sí.

— ¿Venías aquí?

La mujer tardó unos segundos.

—A veces.

Evelyn se volvió.

— ¿Con quién?

Margaret volvió la mirada hacia el agua.

—Con personas.

—Eso es muy específico.

—Es lo que recuerdo.

La muchacha dejó escapar una pequeña exhalación; su abuela no era una mujer fácil de interrogar, lo sabía desde siempre, pero allí parecía todavía más difícil, no porque ocultara deliberadamente cada cosa, sino más bien como si algunas partes de su pasado estuvieran tan cerca de ella que no necesitara nombrarlas.

Continuaron, y el camino comenzó a estrecharse al pasar por un pequeño grupo de casas que no eran más que unas pocas edificaciones de piedra con techos oscuros.

Había ropa colgada, un carro, dos niños jugando con un palo y una mujer llevando una cesta; nadie parecía conocerlas, y el cochero saludó a un hombre que respondió de vuelta, haciendo que todo pareciera normal antes de dejar atrás las casas mientras la comunidad volvía a dispersarse.

— ¿Cuándo llegaremos? —preguntó Evelyn.

—Una hora, quizá menos —dijo el cochero.

Margaret no dijo nada y Evelyn la observó: su abuela parecía reconocer cada curva, cada elevación, cada pared, cada árbol, y no era posible que recordara todo aquello después de tantos años, o quizá sí, quizá la memoria guardaba los lugares de una manera distinta.

Pasaron junto a un grupo de árboles donde uno de ellos había crecido inclinado por el viento, con sus ramas apuntando hacia el interior, como si durante décadas hubieran intentado apartarse del mar.

Nell olfateó el aire, pero esta vez no ladró, se quedó quieto, y Evelyn le acarició el cuello.

— ¿Qué ocurre?

El animal miró hacia el agua y después continuó.

A mediodía hicieron una breve parada cerca de una pequeña posada, no porque estuviera prevista, sino porque el cochero quería que el caballo descansara.

Entraron en un interior que olía a sopa, madera y carbón, donde había tres hombres junto a una mesa; uno de ellos miró a Margaret, pero no pareció reconocerla, así que Evelyn se sentó junto a la ventana y Margaret pidió té, que volvió a ser diferente del que habían tomado en Londres, más fuerte y más oscuro.

— ¿Lo ves? —dijo Evelyn.

— ¿Qué?

—El té también cambia.

Margaret sonrió.

—El mundo cambia incluso cuando crees que estás bebiendo lo mismo.

Nell recibió un pequeño trozo de pan y después se tumbó junto al fuego, mientras Evelyn observaba a los otros clientes que no parecían prestarles atención, lo cual agradeció, hasta que una mujer entró.

Era un poco menor que Margaret, llevaba un abrigo verde oscuro y un pañuelo alrededor del cuello, y habló con el propietario antes de volver la cabeza. Se quedó inmóvil, miró a la anciana, luego volvió a mirar, y Evelyn percibió el instante exacto en que la mujer reconoció a su abuela.

—Margaret?

La taza quedó quieta entre las manos de la anciana.

—Sí.

La mujer se acercó.

—Dios mío.

No llegaron a abrazarse, se tomaron de las manos.

—Vaya, que sorpresa, pensé que no volverías nunca más.

Margaret sonrió.

—Yo también lo pensé.

La mujer la miró de arriba abajo.

—Has envejecido... bastante.

Margaret soltó una risa.

—Tú también.

—Mucho menos que tú.

—Eso es imposible.

La mujer se volvió hacia Evelyn y la observó.

—Y esta debe ser...

Margaret habló:

—Mi nieta. Evelyn.

La mujer sonrió.

—Claro.

Evelyn se puso de pie.

—Mucho gusto.

—Soy Alice, El gusto es mío.

La mujer volvió a mirar a Margaret y durante unos segundos permaneció en silencio.

—Ok Pensé que habías formado una familia y os habíais marchado.

Evelyn sintió que algo había cambiado, no en la habitación, sino en su propia manera de escuchar.

Margaret permaneció tranquila.

—La vida tomó otro camino.

La mujer asintió lentamente.

—Ya veo.

Luego sonrió.

—De todos modos, bienvenida nuevamente.

Evelyn miró a su abuela, notando que la mujer había dicho "nuevamente" como si Margaret hubiera estado allí ayer, como si la distancia no hubieran sido décadas, como si aquella ausencia hubiese sido solo una interrupción.

La mujer preguntó:

— ¿Te quedas mucho?

Margaret tardó un momento.

—No lo sé.

— ¿Y vienes sola con ella?

Margaret miró a Evelyn.

—Sí, es un viaje de reencuentro.

La mujer sonrió.

—Claro.

Después preguntó, con la naturalidad de alguien que no esperaba una respuesta incómoda:

— ¿Y qué sucedió con él?

Margaret no respondió, y la mujer pareció comprender demasiado tarde.

—Perdona.

—No importa.

—Creí que...

Margaret la interrumpió suavemente.

—Han pasado muchos años.

La mujer asintió.

—Sí.

No volvió a preguntar, y hablaron unos minutos más sobre personas que Evelyn no conocía: algunos nombres, una casa, un invierno muy duro, un matrimonio que había terminado y un hombre que había enfermado.

Nada parecía importante y, sin embargo, Evelyn escuchaba cada palabra, por lo que cuando la mujer finalmente salió, Evelyn esperó a que Margaret tomara su taza.

— ¿Quién era él?

La abuela levantó la mirada.

— ¿Quién?

—El hombre.

— ¿Qué hombre?

—El que ella esperaba que estuviera contigo.

Margaret permaneció callada.

— ¿Era mi abuelo?

La mujer no respondió, y Evelyn esperó.

Finalmente Margaret dijo:

—Tu abuelo fue tu abuelo.

La respuesta era cierta, pero no contestaba la pregunta, y Evelyn lo supo inmediatamente, por lo que no volvió a insistir.

Salieron de la posada poco después con el viento en aumento, mientras Nell estaba despierto y movía la cola y el cielo comenzaba a aclarar por el oeste.

Volvieron al carruaje, Evelyn subió primero, pero Margaret se quedó un momento afuera, mirando hacia la puerta de la posada donde la mujer seguía dentro, y después subió.

El cochero continuó el viaje y, durante varios minutos, ninguna de las dos habló.

Finalmente Evelyn rompió el silencio.

—No quiero hacerte preguntas que no quieras responder.

—Lo sé.

—Pero necesito entender algo.

Margaret la miró.

— ¿Qué?

— ¿Por qué nunca me hablaste de esta parte de tu vida?

La anciana volvió la mirada hacia el camino.

—Porque no estabas preparada.

—Tengo diecisiete años.

—Lo sé.

— ¿Y ahora sí?

Margaret tardó en responder.

—Ahora has venido conmigo.

Aquello no era exactamente una respuesta, pero Evelyn comprendió algo: su abuela no estaba evitando solamente el pasado, tal vez estaba intentando decidir cuánto de ese pasado podía entrar en la vida de su nieta.

El carruaje continuó, las casas comenzaron a ser más escasas y el camino se elevó, mostrando a la izquierda una extensión de árboles desnudos y a la derecha el estuario, donde el viento era más fuerte.

Nell volvió a olfatear y Evelyn levantó el rostro para sentir el aire impregnado de sal, mientras Margaret cerró los ojos un instante.

—Falta poco.

Evelyn miró hacia delante.

— ¿Cómo lo sabes?

La abuela sonrió.

—Lo recuerdo.

Por primera vez la muchacha no sintió que aquella respuesta fuera evasiva, era una afirmación, una certeza, y entonces entendió que había estado interpretando mal una cosa desde que habían llegado a Inglaterra: Margaret no se había vuelto más segura porque Inglaterra fuera más cómoda, se había vuelto más segura porque sabía dónde estaba.

El camino descendió una última vez y a lo lejos aparecieron más casas, un pequeño campanario, cobertizos, chimeneas y algunos barcos muy pequeños, acercándose a la comunidad que detrás ocultaba el estuario tras una elevación de terreno.

Margaret levantó ligeramente la cabeza, Evelyn siguió su mirada y, aunque no vio todavía la casa, comprendió que estaba cerca; el cochero chasqueó suavemente las riendas, Nell se incorporó y, por un momento, mientras avanzaban hacia el pequeño conjunto de casas, Evelyn tuvo la impresión de que no eran ellas quienes estaban llegando a aquel lugar, era aquel lugar el que llevaba mucho tiempo esperando que Margaret regresara.