Capítulo 9 Hacia el norte #2
La tarde avanzó, el frío se hizo más intenso, la luz exterior perdió fuerza y las conversaciones dentro del vagón se redujeron; la mujer del norte comenzó a cabecear, el joven irlandés miraba el paisaje, Margaret leía un pequeño libro y Evelyn observaba el cristal.
Fue entonces cuando vio al hombre alto; estaba de pie al final del pasillo, no sabía de dónde había salido, y era demasiado alto para el espacio del vagón.
Llevaba un abrigo negro y un sombrero oscuro, no parecía viejo ni tampoco joven (tal vez cuarenta años o unos pocos más), y tenía una cara delgada con una expresión difícil de leer.
Evelyn no habría reparado en él si no hubiera mirado directamente hacia su compartimiento: primero miró a Margaret, después a Evelyn, después a Nell, y siguió caminando.
Evelyn volvió la cabeza y el hombre se detuvo unas filas más adelante y se sentó.
Margaret seguía leyendo.
— ¿Lo conoces? —preguntó Evelyn.
La mujer levantó la vista.
— ¿A quién?
—Al hombre del pasillo.
Margaret miró hacia atrás; el hombre estaba sentado y no podía verse su rostro completamente.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido y Evelyn la observó.
— ¿Estás segura?
—Sí.
—Pareció mirarte.
—Hay mucha gente en un tren.
—Lo sé.
Margaret volvió a su libro y Evelyn miró por la ventanilla, sin pensar mucho más en ello, al menos no entonces.
Pasaron Newcastle, que apareció desde lejos como una concentración de humo, chimeneas y edificios, y el joven irlandés comentó que allí había trabajo.
—Si uno tiene suerte —dijo.
Ella respondió que la suerte no tenía nada que ver con el trabajo.
—A veces sí.
—No.
— ¿Nunca?
—Muy pocas veces.
El joven sonrió.
—Entonces sigo siendo joven.
El revisor pasó nuevamente.
—Pronto estaremos cerca de Morpeth.
La mujer del norte comenzó a guardar sus cosas.
—Yo bajo antes.
— ¿En Morpeth?
—Sí.
El joven preguntó:
— ¿Y luego?
—Una carroza.
—Eso sí que es viajar.
—Es regresar.
Evelyn pensó en Margaret y en aquella palabra: regresar.
La mujer se volvió hacia ellas.
— ¿Ustedes van más al norte?
—Sí —respondió Margaret.
— ¿Hasta dónde?
—Alnmouth.
La anciana la miró y, por primera vez, pareció sorprendida.
—Ah.
Solo eso, pero Evelyn lo notó.
— ¿Qué?
—Nada —la mujer sonrió—. Es un lugar tranquilo.
Margaret respondió:
—Eso espero.
La anciana tomó su bolso.
—No siempre.
El tren comenzó a reducir la velocidad, pues la mujer bajaría en la siguiente estación, pero antes de salir, extendió la mano hacia Evelyn.
—Cuida a tu abuela.
Evelyn la estrechó.
—Lo haré.
Después saludó a Margaret.
—Que todo vaya bien.
—Gracias.
La anciana bajó y el tren continuó, dejando ahora solo a Evelyn, Margaret, el joven irlandés, algunos pasajeros más, y al hombre alto.
Cuando oscureció, la nieve apareció; no mucha, pequeños copos que se deshacían contra el cristal, y Evelyn los observó.
El joven irlandés dormía, Margaret había guardado su libro, Nell estaba profundamente dormido, pero el hombre alto seguía despierto y, de vez en cuando, Evelyn lo veía mirar por la ventanilla.
En una de esas ocasiones, sus ojos volvieron a cruzarse y esta vez el hombre sostuvo la mirada durante un segundo más de lo necesario antes de apartar la vista.
Evelyn sintió una pequeña incomodidad; no miedo, solo la sensación de que aquel hombre la había reconocido o tal vez la había seguido.
Miró a Margaret.
—Abuela.
— ¿Sí?
— ¿Estás segura de que no conoces al hombre de allí?
Margaret no miró inmediatamente.
—Totalmente.
Después, con una lentitud que Evelyn no pasó por alto, se llevó una mano al bolsillo interior del abrigo y comprobó algo: las cartas. La muchacha lo supo.
Margaret retiró la mano.
— ¿Por qué?
—Nada.
La abuela la miró.
— ¿Estás preocupada?
Evelyn dudó.
—No lo sé.
Margaret sonrió ligeramente.
—Entonces todavía no.
La joven no entendió la respuesta, pero guardó silencio.
El paisaje se hizo cada vez más oscuro, y ya no se distinguían los campos con claridad, solo ocasionalmente aparecía la silueta de una granja, una iglesia o una línea de árboles; en algunos lugares el tren avanzaba junto a una corriente de agua, y en otros se veían pequeñas luces dispersas.
El revisor regresó.
—Alnmouth en poco tiempo.
Margaret guardó inmediatamente sus pertenencias, Evelyn despertó completamente, Nell levantó la cabeza y el joven irlandés también se incorporó.
— ¿Baja aquí? —preguntó.
—Sí —dijo Evelyn.
—Buena suerte.
—Gracias.
El hombre sonrió.
—El norte es distinto.
— ¿Lo conoce?
—Un poco.
— ¿Vive aquí?
—No.
—Entonces ¿por qué dice que es distinto?
—Porque cuando uno ha vivido suficiente tiempo en Londres, casi todo lo parece.
Evelyn rió.
El tren disminuyó la velocidad y el hombre alto se levantó; Evelyn lo vio tomar su equipaje (una sola maleta, nada más) y dirigirse hacia la puerta.
Margaret también se puso de pie, y Nell comenzó a moverse nerviosamente mientras la estación aparecía al fondo: pequeña, con algunas luces, un andén, edificios oscuros, un tejado y la señal de la estación.
El tren se detuvo, la puerta se abrió y el hombre alto descendió primero; Evelyn miró por la ventanilla y notó que el hombre no continuó hacia la salida, sino que se quedó en el andén, esperando.
Margaret había bajado una mano hacia el bolsillo de su abrigo, confirmando que las tres cartas seguían allí; Evelyn miró a la abuela, después al hombre, y cuando él levantó la vista, sus ojos volvieron a encontrarse.
Esta vez Evelyn no apartó la mirada, el hombre tampoco, y Nell empezó a gruñir muy suavemente hasta que Margaret tocó su collar.
—Quieto.
El perro obedeció. El revisor llamó a los pasajeros, había que continuar, así que Evelyn bajó del vagón, Margaret detrás, y Nell saltó al andén.
El frío era más intenso que en Londres, el aire olía a humedad, humo y hierba, y a lo lejos se escuchaba algo que no podía ser un río, era más profundo y más abierto.
Evelyn miró hacia la oscuridad.
— ¿Es el mar?
Margaret permaneció inmóvil.
—Sí.
El hombre alto estaba a unos metros, había llegado al mismo lugar, y por un instante Evelyn tuvo la sensación de que la estación se había quedado demasiado pequeña para todos ellos. El joven irlandés desapareció por otra salida, el tren volvió a silbar y Margaret tomó el equipaje.
—Vamos.
Evelyn la siguió, con Nell caminando entre las dos, y cuando se alejaron unos pasos, Evelyn volvió la cabeza: el hombre alto seguía allí, no las seguía ni las llamaba, simplemente permanecía en el andén, mirándolas.
El tren comenzó a moverse y sus ruedas produjeron un sonido metálico que se perdió lentamente en la noche, dejando la estación en silencio.
Evelyn miró a su abuela.
— ¿Qué haces?
Margaret no respondió; tenía una mano dentro del abrigo, sosteniendo las tres cartas. Al frente, más allá de la estación, se escuchaba el viento, y detrás del viento, por primera vez, el mar.