Capítulo 9 Hacia el norte
El tren que las llevaría hacia el norte salió de Londres poco después de que amaneciera, bajo un cielo cubierto y una luz de un color grisáceo que hacía difícil distinguir si era todavía temprano o si el día había decidido comenzar cansado.
Evelyn se sentó junto a la ventanilla, Margaret ocupó el asiento frente a ella y Nell se acomodó a sus pies después de dar varias vueltas en busca de un lugar que considerara digno.
El compartimiento no estaba lleno: una mujer mayor ocupaba la esquina más próxima al pasillo, vistiendo de negro, con un sombrero pequeño y una bolsa de cuero sobre las rodillas; un joven de unos veintitantos años se encontraba junto a la otra ventanilla, con cabello oscuro, un abrigo de lana gastado y un rostro delgado, todavía juvenil, y había un cuarto asiento vacío.
Por unos minutos nadie habló, y el tren avanzó, atravesando primero una sucesión de edificios, patios ferroviarios, depósitos, chimeneas y pequeñas calles, pues Londres parecía no terminar nunca.
Después comenzaron a espaciarse las construcciones y aparecieron terrenos baldíos, huertos, pequeñas casas, almacenes y campos, haciendo que la ciudad retrocediera sin que Evelyn pudiera señalar exactamente el momento en que había dejado de verla.
—Ya no parece Londres —dijo.
La mujer mayor levantó los ojos.
—Eso es porque ya no lo es.
Su voz tenía un acento que Evelyn reconoció como distinto del inglés de Margaret.
Margaret sonrió cortésmente.
— ¿Viaja muy lejos?
—Hasta Berwick.
—Entonces sí.
La mujer volvió la mirada hacia la ventanilla.
—Bastante.
El joven soltó una pequeña risa.
—A algunos nos parece lejos incluso Newcastle.
La anciana lo miró.
—Eso es porque eres joven.
—También puede ser porque Newcastle no está especialmente cerca de nada.
La mujer sonrió.
—Eres irlandés.
El muchacho pareció sorprendido.
— ¿Cómo lo sabe?
—Por cómo hablas.
— ¿Se nota tanto?
—Lo suficiente.
Evelyn miró a Margaret, que parecía divertida.
— ¿Vive en Irlanda? —preguntó Evelyn.
—No. En Londres desde hace cuatro años.
— ¿Y ahora regresa?
—Un tiempo. Tengo trabajo en el norte.
— ¿Qué clase de trabajo?
El joven dudó.
—Construcción.
La mujer añadió:
—Todos los jóvenes trabajan en algo que los hace creer que son imprescindibles.
—Y todos los mayores creen que pueden reemplazarnos.
—No.
La anciana miró al muchacho.
—Los jóvenes cometen el error de creer que los reemplazos son rápidos.
El joven se echó a reír.
—Entonces tendré que volver a equivocarme.
Evelyn sonrió, pues le gustaba escuchar a personas que no conocía hablar entre ellas; había algo tranquilizador en descubrir que una conversación podía existir sin tener relación con las cartas, con Margaret, con Thomas o con el viaje que las había sacado de Ámsterdam.
Durante un tiempo hablaron del tiempo: la mujer del norte de Inglaterra —porque resultó ser de Berwick, aunque su familia tenía vínculos con Escocia— decía que el invierno había sido más húmedo de lo habitual, el joven aseguraba que eso se decía todos los años, y la anciana respondió que cuando uno vive suficiente tiempo termina descubriendo que casi todo el mundo exagera los inviernos pasados y minimiza los presentes.
Pasó el tiempo y Evelyn escuchó sin intervenir mientras, afuera, el paisaje seguía cambiando: los campos estaban desnudos, los árboles habían perdido las hojas, y algunos setos aparecían cubiertos de pequeñas gotas que brillaban cuando un rayo de luz atravesaba las nubes.
En ciertos lugares la tierra estaba tan oscura y húmeda que parecía casi negra, y había muchas ovejas blancas agrupadas en terrenos inclinados; algunas permanecían inmóviles, observando el paso del tren, y otras se acercaban a los cercos cuando el convoy reducía la velocidad.
Más adelante aparecieron vacas, caballos en pequeños campos y perros que corrían detrás de las vallas, e incluso una vez Evelyn creyó ver un grupo de ciervos a la distancia.
— ¿Qué estás mirando? —preguntó Margaret.
—No lo sé.
—Entonces quizá sea mejor que sigas mirando.
La muchacha sonrió.
El tren atravesó una estación pequeña donde personas subieron y bajaron: un hombre llevaba dos jaulas con aves, una mujer sostuvo a un niño dormido y un anciano cargaba una cesta llena de huevos. Nell levantó la cabeza al percibir el olor de comida, y el joven irlandés lo observó.
—Buen perro.
Nell movió la cola.
—No es exactamente nuestro —dijo Evelyn.
El muchacho sonrió.
—Eso dicen muchos propietarios.
Margaret fingió molestia.
—Ya es de ellas.
Evelyn miró a su abuela.
— ¿Ves?
—No he dicho nada.
Nell apoyó la cabeza sobre las botas de Margaret, y la anciana bajó la mirada.
—Eso es una declaración.
A media mañana el revisor pasó por el compartimiento; era un hombre de unos cincuenta años, de bigote gris y uniforme oscuro, que comprobó los billetes y se detuvo un poco más cuando llegó a Margaret.
—Northumberland.
—Sí.
— ¿A dónde exactamente?
Margaret dijo el nombre de una estación, y el hombre asintió.
—Alnmouth.
Evelyn escuchó por primera vez el nombre.
— ¿Es nuestro destino?
Margaret la miró.
—Una parte del camino.
El revisor sonrió.
—Es una buena zona.
El joven irlandés intervino.
— ¿Buena para qué?
—Para respirar.
Entonces ella bufó.
—Hace demasiado viento.
—Eso también es respirar —respondió el hombre.
Evelyn sonrió.
— ¿Hay mar?
—Sí —el revisor señaló la ventanilla—. Cuando lleguen más al norte comenzarán a verlo en algunos tramos.
— ¿Está cerca de Alnmouth?
—Bastante.
— ¿La estación queda junto al pueblo?
—No exactamente. Tendrán que continuar un tramo.
Margaret escuchaba con atención.
— ¿Hay alojamiento cerca?
El revisor pareció pensar.
—Sí. Algunas posadas.
— ¿Y transporte?
—Depende de a dónde vayan.
Margaret asintió.
—Gracias.
El hombre continuó por el pasillo y Evelyn miró a su abuela.
— ¿Por qué no me dijiste cómo se llamaba?
—Porque todavía no habíamos llegado.
—Ahora lo sé.
—Ahora sí.
La joven apoyó el hombro contra la ventanilla, probando el nombre Alnmouth ; no le resultaba desagradable, parecía una palabra que pertenecía más al lugar que a una persona.
La mujer intervino.
—Es bonito.
— ¿Lo conoce?
—Claro.
— ¿Cómo es?
—Depende del día.
El joven irlandés soltó una risa.
—Esa respuesta sirve para cualquier sitio.
—Y por eso funciona.
La anciana miró a Evelyn.
—Hay un estuario.
La joven levantó la cabeza.
— ¿Un estuario?
—El río entra al mar.
— ¿Es grande?
—No demasiado.
— ¿Y hay casas?
—Muchas.
— ¿Pueblo?
—Sí.
— ¿Y el mar está cerca?
La mujer sonrió.
—Siempre está cerca cuando estás en la costa.
Evelyn miró a Margaret, pero la abuela permanecía callada; no parecía sorprendida por la descripción, pero tampoco parecía tranquila, y la muchacha no supo cuál de las dos cosas le inquietó más.
El tren siguió avanzando y el paisaje cambió otra vez: las llanuras abiertas dieron paso a terrenos más ondulados, colinas bajas, árboles desnudos agrupados en pequeñas extensiones, muros de piedra, granjas, iglesias, pequeñas aldeas y chimeneas que dejaban escapar humo.
Algunas casas parecían haber sido construidas mucho antes de que existiera el ferrocarril, mientras otras eran nuevas y tenían ladrillos todavía limpios; en un campo un grupo de hombres trabajaba con herramientas, en otro unos niños corrían detrás de una pelota, y un perro pastor avanzaba con rapidez entre las ovejas.
Evelyn se quedó mirándolo.
—Ese sí sabe trabajar.
—Ese probablemente gana más que nosotros —dijo el joven.
Margaret lo miró.
—No creo que necesite dinero.
—Entonces tiene ventaja.
La conversación se fue apagando, y después de un rato, la mujer mayor sacó una pequeña bolsa de comida y le ofreció una manzana a Evelyn.
—No gracias.
—Toma.
Evelyn la aceptó.
—Gracias.
—Tu abuela no come mucho cuando viaja.
Evelyn miró a Margaret.
—Eso ya lo sé.
La anciana sonrió.
—Entonces cuídala.
—Lo intento.
—No —la mujer negó lentamente con la cabeza—. No se trata de intentarlo.
Evelyn la observó.
— ¿De qué se trata?
—De estar allí.
Margaret miró a la anciana y durante un momento pareció reconocer algo en aquella frase.
—Gracias —dijo.
La mujer asintió y luego volvió a mirar por la ventanilla.
Al llegar el mediodía, el revisor regresó.
—Señoras.
Margaret levantó la vista.
—Ya estamos cerca de York.
El joven irlandés se incorporó.
— ¿Bajará alguien?
—Algunos.
La señora del norte cerró su bolso.
—Yo sigo.
Evelyn miró hacia afuera, y la estación apareció entre edificios de ladrillo y vapor; había movimiento en los andenes, vagones, equipaje, hombres con carros y un grupo de militares.
Algunos pasajeros bajaron y otros subieron, llenando el compartimiento de voces durante unos minutos: uno de los nuevos pasajeros llevaba una caja con huevos, otro una cesta llena de flores cortadas, y una niña traía una pequeña muñeca.
El olor del humo entró por una puerta y Nell estornudó.
Evelyn rió.
—Está aprendiendo.
—Está aprendiendo demasiado —dijo Margaret.
El tren volvió a partir y la dama observó las flores.
— ¿Son para vender?
—Sí.
—Bonitas.
Evelyn miró la cesta.
— ¿Qué flores son?
—Prímulas.
— ¿Ya crecen?
—Algunas.
Evelyn recordó las flores pequeñas que había visto en Ámsterdam meses atrás y le pareció extraño que una flor pudiera reaparecer en distintas partes del mundo sin saber nada de los viajes humanos, pero no dijo nada.