Capítulo 8 La ciudad al otro lado del agua #2
—Entonces aprendía una palabra nueva.
— ¿Eso es todo?
—Eso es casi todo lo que se necesita para sobrevivir en un lugar nuevo.
Evelyn pensó en ello.
—Entonces yo no tendría que tener miedo de perderme.
Margaret dejó la taza.
—No.
— ¿Por qué?
—Porque si alguna vez estás sola en un lugar donde no puedas comunicarte, lo primero que debes hacer es buscar a alguien que parezca seguro y hablar con calma.
— ¿Y si no puedo hablar el idioma?
—Aprende una palabra.
— ¿Cuál?
—Ayuda.
Evelyn sonrió.
—Esa te la enseñó la vida.
—Sí.
La tarde terminó en Westminster, y cuando volvieron hacia la pensión, Londres estaba cubierto por una lluvia torrencial.
No era la misma lluvia tranquila de Ámsterdam; el agua cayó durante varios minutos con tal fuerza que las calles parecieron convertirse en espejos, las ruedas levantaban barro, los caballos resoplaban y los paraguas se inclinaban bajo el viento.
Margaret y Evelyn corrían tanto como podían sin perder a Nell.
—¡Por aquí!
—¡No veo nada!
—¡Sígueme!
Entraron bajo el toldo de una tienda, empapadas, al igual que Nell. Evelyn comenzó a reír, Margaret la miró y después también se rio.
— ¿Qué tiene tanta gracia?
—Que Inglaterra llueve igual.
Margaret levantó una ceja.
—Eso sí lo puedo confirmar.
Cuando la lluvia cesó, regresaron caminando y, antes de entrar en la pensión, Evelyn vio algo que hasta entonces no había visto de cerca: dos soldados permanecían uniformados junto a una zona de acceso.
No eran policías comunes, tenían una presencia más ceremonial, y un hombre que pasaba comentó que habían estado destinados durante horas.
Evelyn los observó.
— ¿Son los guardias del rey?
Margaret asintió.
—Forman parte de la guardia de la Corona.
—No tenemos eso en Ámsterdam.
—No de esa manera.
Evelyn miró hacia el palacio a lo lejos.
— ¿Y ahora tienen un rey?
Margaret la observó.
—Sí.
—Victoria murió hace poco.
—Sí.
—Y ahora Eduardo.
Margaret asintió.
—Ha cambiado el nombre de una época.
Evelyn miró a los soldados.
—Eso parece más importante aquí.
—Aquí lo es.
Evelyn pensó en Ámsterdam, en su casa, en los canales, en las bicicletas y en Thomas; aquella ciudad nueva estaba llena de cosas que no existían en la suya y, sin embargo, bajo todo aquello había diferencias más difíciles de nombrar: el idioma, la moneda, los edificios, la manera de vestir, la presencia de la Corona e incluso los animales.
Cuando pagaron la cena, Evelyn recibió unas monedas en la mano y las observó.
—Son distintas.
—Sí.
—Estas no son nuestras.
—No.
Margaret señaló una moneda.
—Libras, chelines y peniques.
Evelyn frunció el ceño.
—Es más complicado que el gulden.
—No necesariamente.
—Sí necesariamente.
Margaret sonrió.
—Te acostumbrarás.
Evelyn guardó las monedas.
—Quiero conservar una.
— ¿Por qué?
—Para recordar que aquí todo funciona de otra manera.
—Eso es una buena razón.
A la mañana siguiente prepararon de nuevo el equipaje; Margaret comprobó la documentación, Evelyn revisó las maletas y Nell parecía más tranquilo.
La ciudad estaba húmeda y fría, en los escaparates aparecían banderas, algunos periódicos todavía hablaban de los primeros meses del reinado de Eduardo VII y las calles tenían una actividad constante.
Evelyn volvió a mirar a Margaret y la vio sonreír al escuchar una conversación en inglés, sonreír de verdad, y entonces recordó las tres cartas: la primera que había llegado meses atrás, la cual no vio, la segunda y la tercera que si vio, y que produjeron este cambio repentino en su abuela.
Todas estaban en el equipaje, y Evelyn había visto a Margaret tocarlas varias veces; aquella mañana, antes de salir, la observó abrir un bolsillo interior del abrigo y comprobar que seguían allí.
Margaret levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
— ¿Qué?
—Nada.
La abuela cerró el bolsillo.
— ¿Estás segura?
Evelyn dudó.
—Sí.
No dijo que había visto las cartas, no dijo que se preguntaba quién las había enviado, ni dijo que desde que habían llegado a Inglaterra comprendía cada vez menos.
Margaret tomó el paraguas.
—Vamos.
King's Cross Station estaba en plena actividad: había andamios, trabajadores y pasajeros que atravesaban el movimiento constante del lugar mientras los trenes entraban y salían, haciendo que la estación pareciera demasiado grande para contener toda aquella actividad.
Evelyn se quedó mirando el techo.
— ¿Es aquí?
—Sí.
—Es enorme.
Margaret no respondió, había dejado de mirar los edificios y estaba observando los trenes; uno de ellos comenzó a moverse, otro llegó, un silbato atravesó el aire, los empleados gritaban instrucciones y las maletas pasaban de un lado a otro.
Evelyn tomó la suya.
— ¿Cuál es el nuestro?
Margaret miró el billete, después volvió a mirar el andén y, por primera vez desde que habían llegado a Inglaterra, pareció insegura.
Evelyn la observó.
— ¿Qué ocurre?
Margaret tardó en responder.
—Nada.
Pero esta vez la palabra sonó diferente. Miró las tres cartas dentro del bolsillo de su abrigo, solo durante un instante, y luego volvió a mirar el tren.
—Creo que es ese.
Evelyn siguió su mirada.
— ¿Crees?
Margaret no contestó.
Un empleado pasó junto a ellas y Evelyn preguntó:
— Excuse me, is this the train to the north ?
El hombre respondió algo rápidamente que Evelyn entendió solo en parte, por lo que Margaret intervino y hablaron brevemente. Cuando el empleado se fue, Evelyn miró a su abuela.
— ¿Es este?
Margaret asintió.
—Sí.
— ¿Estás segura?
Esta vez la mujer sonrió.
—Ahora sí.
Subieron, Evelyn pasó primero, Nell detrás y Margaret entró última.
Cuando el tren empezó a moverse, la muchacha miró por la ventana y Londres comenzó a retroceder.
Margaret permaneció en silencio, con una mano dentro del abrigo; no había sacado las cartas, pero Evelyn sabía que estaban allí, y por primera vez desde que habían llegado a Inglaterra comprendió que el viaje no había empezado en el puerto: había comenzado mucho antes.
Quizá el día en que Margaret abandonó Inglaterra, quizá el día en que una carta llegó a Ámsterdam, o quizá mucho antes de ambas cosas.
Evelyn no sabía cuál de las tres posibilidades era cierta. Todavía.
Cuando estaban a punto de cerrar la puerta del vagón, un hombre alto entró, avanzo unos pasos y se quedó contemplando a las dos aventureras, las miro desde lejos y luego tomo asiento en una butaca del tren en movimiento.