Capítulo 8 La ciudad al otro lado del agua
Londres apareció detrás de una cortina de lluvia; no fue una llegada grandiosa, pues no hubo sol entre las nubes ni una línea clara de edificios recortándose contra el cielo.
La ciudad surgió poco a poco, primero como manchas oscuras a través de la humedad, después como muelles, chimeneas, tejados, puentes y una sucesión casi interminable de construcciones que parecían extenderse más allá de donde alcanzaba la vista.
Evelyn permaneció junto a la baranda hasta que el barco hubo reducido suficientemente la velocidad, notando que el aire olía distinto: no era solamente el olor del mar, había carbón, madera mojada, humo, aceite, pescado y algo más difícil de reconocer, una mezcla de tantas actividades reunidas en un mismo lugar que hacía imposible distinguir cada una por separado. Nell olfateaba con atención.
—Parece confundido —dijo Evelyn.
Margaret sonrió.
—Probablemente piensa que hemos llegado demasiado lejos.
—Tal vez lo hemos hecho.
—Todavía no.
El barco se acercó lentamente al muelle, donde había hombres trabajando bajo la lluvia; algunos empujaban carros, otros cargaban cajas y barriles, mientras las voces se mezclaban con el ruido metálico de cadenas y poleas y las gaviotas volaban bajo, casi rozando el agua.
Evelyn miró el río, imaginando que el agua de Londres sería parecida a la de Ámsterdam, pero no lo era.
Los canales que conocía eran estrechos, contenidos entre fachadas, puentes y muros, y su superficie podía parecer tranquila incluso cuando había una corriente bajo ella.
El agua que tenía delante se movía de otra manera: era más ancha, más oscura, más pesada a la vista.
El Támesis parecía tener su propio cielo y las corrientes arrastraban manchas de espuma, restos de ramas y pequeñas cosas que Evelyn no alcanzaba a distinguir; el agua era de un marrón grisáceo que, bajo la lluvia, parecía casi negro.
—Está sucia —dijo.
Margaret observó el río.
—Sí.
—Los canales también lo están.
—De otra forma.
Evelyn la miró.
— ¿Cómo?
Margaret tardó en responder.
—En Ámsterdam el agua parece pertenecer a la ciudad —volvió la vista hacia el Támesis—. Aquí parece que la ciudad le pertenece al agua.
Evelyn guardó silencio, no sabía si era una buena comparación, pero le gustó.
Cuando bajaron del barco, la lluvia había aumentado, así que Margaret abrió su paraguas y Evelyn hizo lo mismo.
Nell caminaba entre ambas, desconcertado por la cantidad de personas y el suelo resbaladizo, hasta que un hombre señaló al perro.
— Good-looking fellow .
Evelyn volvió la cabeza.
—Gracias.
El hombre sonrió y continuó su camino, y la muchacha siguió andando, mirando después a su abuela.
— ¿Lo entendí bien?
Margaret la observó.
—Sí.
— ¿He hablado bien?
—Perfectamente.
— ¿Perfectamente?
—Tienes algo de acento.
— ¿Neerlandés?
—Un poco.
Evelyn hizo una mueca.
—Creía que hablaba inglés desde niña.
—Lo haces.
—Entonces ¿por qué tengo acento?
—Porque también hablas neerlandés desde niña.
Margaret se rio y la muchacha respondió en tono fingidamente ofendido:
—No es mi culpa.
—No he dicho que lo fuera.
— ¿Tú cuándo aprendiste neerlandés?
Margaret miró hacia la calle.
—Cuando llegué a Ámsterdam.
— ¿No lo sabías antes?
—No.
— ¿Y cómo sobreviviste?
—Aprendiendo.
—Eso no parece suficiente.
—Al principio sabía unas pocas palabras.
— ¿Cuáles?
Margaret pensó.
—Gracias. Pan. Agua. No. Sí. Buenos días.
Evelyn sonrió.
—Te faltaba una importante.
— ¿Cuál?
—"Ayuda".
Margaret la miró.
—Esa también la aprendí pronto.
Siguieron caminando y, a medida que se alejaban de los muelles, la ciudad cambiaba.
Las calles eran más anchas que las que Evelyn conocía en Ámsterdam, había más vehículos, carruajes, tranvías, bicicletas y algún automóvil que producía un estrépito todavía poco natural.
Los caballos parecían más numerosos y grandes, o quizá solo lo parecían porque las calles daban más espacio para verlos; también había personas extraordinariamente bien vestidas: caballeros con abrigos oscuros impecables y mujeres con sombreros elaborados y largos vestidos protegidos bajo capas y paraguas.
Algunas llevaban pequeños perros, y Evelyn no tardó en notar que incluso los perros parecían distintos: había uno blanco y de pelo largo que viajaba en brazos de una señora; otro, pequeño y nervioso, caminaba con un abrigo propio; y un terrier gris avanzaba con la seguridad de alguien que consideraba toda la calle de su propiedad.
Nell, en comparación, parecía un perro de puerto: pelaje áspero, patas demasiado largas y orejas siempre alerta.
—Los perros aquí se visten mejor que nosotros —dijo Evelyn.
Margaret miró al terrier.
—Algunos reciben más cuidados que ciertas personas.
— ¿Te gusta más alguno?
—No.
—Te gustan todos.
—No todos.
— ¿Cuál escogerías?
Margaret señaló a Nell.
—Ese.
Evelyn sonrió.
—Por supuesto.
La lluvia se convirtió en una llovizna intermitente y después volvió con más fuerza, pero Londres parecía acostumbrada: las personas abrían y cerraban paraguas sin detenerse, los vendedores cubrían sus mercancías, los conductores levantaban el cuello y la ciudad continuaba.
Evelyn miró hacia una gran plaza que no supo reconocer inmediatamente, con una columna enorme en el centro y, alrededor, edificios imponentes.
— ¿Qué lugar es?
—Trafalgar Square.
Evelyn se detuvo; había visto el nombre en libros y ahora estaba allí.
—Es más grande de lo que imaginaba.
Margaret sonrió.
—Eso pasa con muchas cosas.
Evelyn observó la columna, las fuentes y el movimiento de personas alrededor, y después pensó en Ámsterdam.
—Tenemos plazas.
—Sí.
—Y monumentos.
—Sí.
—Pero no así.
Margaret siguió mirando.
—Cada ciudad quiere parecer única.
— ¿Y lo consigue?
—Algunas veces.
Continuaron, y más adelante apareció el reloj; Evelyn lo reconoció antes de que Margaret dijera nada.
— ¿Es...?
—Sí.
El Big Ben se elevaba sobre Westminster, y Evelyn permaneció en silencio.
Había visto dibujos y había leído sobre él, pero nada de aquello preparaba realmente para verlo: la torre parecía pertenecer a una escala diferente de la de las calles.
Una campanada llegó hasta ellas y Nell levantó la cabeza.
—No creo que le guste —dijo Evelyn.
—A los perros no les gustan las campanas grandes.
— ¿Cómo sabes?
Margaret sonrió.
—Porque yo tampoco las quería cuando era niña.
Evelyn volvió la cabeza.
— ¿Estuviste aquí?
—Sí.
— ¿Con quién?
Margaret siguió caminando.
—Con mi familia.
Era la primera respuesta concreta que daba en mucho tiempo, y Evelyn esperó.
— ¿Tus padres?
—Sí.
— ¿Y qué hacíais aquí?
—Lo mismo que todos. Mirar.
La muchacha la observó de reojo, notando que había algo en la expresión de Margaret que no estaba allí unos días antes: no era solamente nostalgia, parecía feliz, verdaderamente feliz.
Se detenía para mirar edificios que para cualquier otra persona eran solo edificios, sonreía al escuchar el inglés de los vendedores y respondía en su idioma con una naturalidad que a Evelyn le parecía distinta a la que usaba en Ámsterdam; allí su abuela parecía más joven, no más vieja.
Aquello despertó en Evelyn una pregunta que no había sabido formular: ¿por qué se había marchado, no solamente de Londres, sino de Inglaterra?
¿Por qué alguien que parecía tan contenta de estar allí había decidido un día cruzar el mar y vivir durante décadas en otro país?
¿Con quién se había ido, qué había querido dejar atrás y, sobre todo, había querido realmente dejarlo atrás? No preguntó, todavía.
Por la tarde encontraron la pensión. La propietaria era una mujer de rostro ancho y cabello gris que, cuando abrió la puerta y vio a Margaret, tardó un momento en reconocerla.
— ¿Margaret?
La abuela sonrió.
—Sí.
La mujer dejó escapar una pequeña exclamación.
—Muchos años, increíble.
—Yo tampoco esperaba volver.
Se abrazaron brevemente, y Evelyn observó la escena: era la primera vez que veía a su abuela comportarse con alguien como una persona perteneciente a una vida anterior, no como madre, no como abuela, no como la mujer que preparaba el desayuno, solo como Margaret.
La propietaria miró a Evelyn.
— ¿Tu nieta?
—Sí.
—Es preciosa.
—Ya lo sé —respondió Margaret.
Evelyn sonrió.
La habitación era pequeña pero limpia, con dos camas, una mesa, una cómoda y una ventana desde la que se veía una calle estrecha. Nell se instaló junto a la puerta, Evelyn dejó su abrigo y Margaret se quitó el sombrero.
— ¿Quieres descansar?
—No.
—Llevamos horas viajando.
—Quiero salir.
Margaret sonrió.
—Entonces saldremos.
Antes de hacerlo tomaron té, pues la propietaria insistió en que no podían venir a Inglaterra y rechazar un té en su primer día. Margaret aceptó; Evelyn dio el primer sorbo y se detuvo.
—Es diferente.
Margaret sonrió.
—Sí.
— ¿Por qué?
—No lo sé.
Evelyn volvió a beber.
—Sabe más fuerte.
—Puede ser la leche.
—O el agua.
—También.
— ¿El té de Ámsterdam sabe mejor?
Margaret levantó una ceja.
—No te atrevas a preguntarme eso en Inglaterra.
Evelyn rió, y el calor de la taza le devolvió algo de comodidad.
Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas: de la lluvia, del viaje, de Nell, del precio de las habitaciones y de la cantidad de personas que habían visto en la calle. Después Evelyn miró por la ventana.
—Abuela.
— ¿Sí?
— ¿Cómo conociste este lugar?
—Era donde me traía mi familia, al venir a Londres, la hija del dueño es quien nos recibió, me agradaba, tiene una gran hospitalidad.
— Otra pregunta.
— ¿Sí?
— ¿Cómo aprendiste inglés?
Margaret la miró como si la pregunta fuera inesperada.
—Era mi idioma.
—Ya lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
— ¿Cuándo aprendiste neerlandés?
—Te lo he dicho.
—Cuando llegaste.
—Sí.
—Entonces al principio no podías hablar con nadie.
—No fácilmente.
— ¿Y si te hubieras perdido?
Margaret sonrió.
—Me perdí.
— ¿De verdad?
—Varias veces.
— ¿Y qué hacías?
—Preguntaba.
— ¿En inglés?
—Al principio.
Evelyn soltó una pequeña risa.
— ¿Y si nadie te entendía?
Margaret tomó la taza.