Capítulo 7 El mar entre dos orillas
El barco dejó atrás el puerto con una lentitud que a Evelyn le pareció deliberada; durante los primeros minutos apenas sintió que avanzaban.
Las cuerdas fueron retiradas, las voces de los hombres del muelle se hicieron más lejanas y el agua comenzó a separarlos de la costa.
Evelyn permaneció junto a la baranda: Ámsterdam había desaparecido, no de la memoria porque todavía podía ver los tejados, las calles húmedas, los puentes, la casa y a Thomas, pero ya no estaba delante de ella.
El mar ocupaba ahora todo el espacio, era gris y ancho, el viento levantaba pequeñas crestas sobre las olas y las nubes parecían extenderse hasta el horizonte sin dejar una zona de cielo completamente despejada.
Nell se mantenía cerca de Evelyn, mirando el agua con una mezcla de desconfianza y curiosidad.
—Creo que tampoco le gusta —dijo Evelyn.
Margaret, que estaba a su lado, sonrió.
—Es la primera vez que ve el mar.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque si lo hubiera visto antes, no lo miraría así.
Evelyn observó al animal; Nell tenía las patas rígidas y, cada vez que el barco se inclinaba ligeramente, abría más los ojos.
—Parece sorprendido.
—Los animales también descubren cosas.
La joven apoyó ambas manos sobre la baranda.
— ¿Tú estabas sorprendida cuando llegaste a Ámsterdam?
Margaret tardó en responder.
—Sí.
— ¿Mucho?
—Mucho.
El barco continuó avanzando; el puerto se volvió pequeño, después se convirtió en una línea y finalmente desapareció. Evelyn sintió una pequeña presión en el pecho, que no era miedo, sino la conciencia de haber cruzado una distancia que ya no podía recorrerse andando.
Un miembro de la tripulación pasó junto a ellas.
—Hace más frío arriba. Si tienen hambre, el comedor está abierto en unos minutos.
Margaret agradeció la indicación.
— ¿Has oído? —preguntó a Evelyn.
—Sí.
—Entonces entra.
—Todavía quiero mirar.
—Puedes mirar después.
Evelyn obedeció. El interior del barco era más cálido, aunque no por mucho, y había un olor mezclado de madera, carbón, metal, café y ropa húmeda.
Los pasajeros ocupaban pequeñas zonas del salón: una pareja de edad avanzada hablaba en voz baja, un hombre joven leía un periódico, dos mujeres compartían un paquete de comida y un niño dormía contra el hombro de su madre.
Había personas de distintos lugares; algunos hablaban neerlandés, otros inglés, y Evelyn oyó alemán en un rincón y francés en otro, una variedad que le produjo una curiosa sensación porque la ciudad había quedado atrás y, sin embargo, el barco parecía transportar una pequeña parte de ella.
Nell llamó la atención de un niño y el muchacho se acercó.
— ¿Es tuyo?
Evelyn miró a Margaret.
—Más o menos.
El niño se agachó.
—Yo tengo uno.
— ¿Dónde?
—En casa.
— ¿Cómo se llama?
—Biscuit.
El niño sacó de su bolsillo una pequeña fotografía en la que aparecía un perro blanco con manchas oscuras.
—Es muy gordo.
—Porque come demasiado.
Nell olfateó al muchacho y el niño le acarició el cuello.
—El mío haría lo mismo.
— ¿Qué?
—Seguirme a todas partes.
—Nell también.
El niño volvió junto a su madre y Evelyn observó la fotografía hasta que desapareció.
—Creo que ya tiene amigos —dijo Margaret.
—Es más sociable que yo.
—Eso no es difícil.
Durante la primera comida, Evelyn descubrió que el hambre podía presentarse con más fuerza en un barco. Había pan, sopa caliente, carne, patatas y algo de verduras, pero Margaret comió poco.
Evelyn le preguntó por qué.
—No quiero marearme.
— ¿Estás mareada?
—Todavía no.
—Entonces come.
—Tú siempre tienes una respuesta.
—Alguien tiene que tenerla.
Margaret sonrió.
—Quizá te he enseñado demasiado.
—O demasiado poco.
La mujer no respondió y Evelyn la observó, notando que había algo diferente en ella desde que habían abandonado Ámsterdam; no parecía más tranquila ni tampoco más nerviosa, era como si hubiera aceptado una decisión que ya no podía modificarse.
Después de comer regresaron a cubierta. El viento había aumentado y Evelyn tuvo que cerrar mejor el abrigo.
—Esto no parece el mismo día.
—El mar cambia rápido.
—En Ámsterdam sabíamos cuándo iba a llover.
Margaret levantó una ceja.
—No siempre.
—Sabíamos más o menos.
—Eso es distinto.
Un golpe de agua alcanzó el costado del barco y Nell retrocedió.
Evelyn rió.
—Ahora sí tiene miedo.
—Tiene sentido.
— ¿Tú no?
Margaret miró el horizonte.
—No.
— ¿Nunca?
—No he dicho eso.
Se quedaron en silencio y, durante un largo rato, solo escucharon el ruido del agua y de las máquinas.
El mar tenía un sonido distinto al de cualquier ciudad: no parecía llegar desde un sitio concreto, rodeaba el barco, subía, bajaba, golpeaba, se retiraba y volvía.
Evelyn empezó a comprender que podían pasar horas sin ver nada más que agua, y aquella inmensidad le producía respeto; no exactamente temor, pero sí una sensación de pequeñez.
A media tarde comenzó a llover, los pasajeros regresaron al interior, las ventanas se cubrieron de gotas y el barco se balanceó un poco más. Evelyn encontró una mesa junto a una pared y se sentó; Nell se acomodó bajo sus pies y Margaret tomó asiento frente a ella.
—Cuéntame algo.
— ¿Qué cosa?
—De antes.
— ¿Antes de qué?
—Antes de Ámsterdam.
Margaret sonrió.
—No hay mucho que contar.
—Nunca te creo cuando dices eso.
La mujer miró por la ventana.
—Nací en Inglaterra.
—Eso sí lo sé.
—En una familia bastante corriente.
— ¿Dónde?
—En una ciudad pequeña.
— ¿Cuál?
Margaret tardó un momento.
—No importa.
Evelyn apoyó el mentón en la mano.
—Entonces no empezarás por el principio.
—Nunca me ha gustado empezar por el principio.
— ¿Por qué?
—Porque el principio casi nunca es el lugar donde las cosas comienzan realmente.
Evelyn sonrió.
—Eso parece una frase de libro.
—Entonces olvídala.
—No, abuela.
Margaret miró de nuevo hacia el mar.
—Mi padre trabajaba con barcos.
— ¿Mucho?
—Lo suficiente.
— ¿Te gustaba?
—Me gustaba el olor del puerto.
—Eso no responde….
—No todo necesita respuesta.
Evelyn suspiró.
—Tu generación dice eso demasiado.
Margaret se rio.
—Quizá.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Llegué a Ámsterdam siendo joven, con cosas que deje atras.
— ¿Por qué?
—Porque la vida encontró una manera de llevarme allí.
—Eso tampoco responde.
—Es la verdad.
Evelyn esperó.
—Conocí a personas.
— ¿Al hombre con el que formaste tu familia?
Margaret asintió.
—Entre otras.
— ¿Lo quisiste?
La pregunta salió con una naturalidad que hizo que Margaret sonriera.
—Sí.
— ¿Mucho?
—Mucho.
Evelyn miró sus manos.
— ¿Y después?
—Después hicimos una vida.
—En Ámsterdam, lo sé.
—Me alegra.
Margaret observó el reflejo de ambas en el cristal.
—Nunca pensé que pasaría tantos años allí.
— ¿Te arrepientes?
—No.
— ¿Ni un poco?
—No.
—Entonces ¿por qué sigues pensando en Inglaterra?
Margaret bajó la mirada.
—Porque una persona puede estar satisfecha con su vida y aun así recordar algo que dejó atrás.
Evelyn no preguntó por enésima vez qué había dejado, no porque no quisiera saber, sino porque reconoció que aquella era una de las pocas puertas que su abuela todavía no estaba preparada para abrir. Prefirió por el momento no continuar con el interrogatorio.
Después de un rato, Margaret continuó.
—Durante mucho tiempo pensé que algunas cosas podían esperar.
— ¿Esperar qué?
—El momento adecuado.
— ¿Y no llegó?
La mujer negó lentamente.
—Quizá llegó muchas veces. Yo fui quien no quiso verlo.
Evelyn permaneció en silencio.
—No me arrepiento de haber vivido en Ámsterdam —dijo Margaret—. Ni de haberte visto crecer allí. Ni de tu padre. Ni de nada de lo que construimos.
—Entonces...
Margaret respiró.
—Pero hay algo que dejé detrás.
La muchacha la miró.
— ¿Qué?
Margaret no respondió inmediatamente.
—Algo que debo resolver.
— ¿Es por eso que vamos?
La mujer asintió.
—Sí.
— ¿Es algo malo?
—No lo sé.
— ¿Te da miedo?
Margaret miró directamente a su nieta.
—Me preocupa.
—No parece lo mismo.
—No lo es.
Evelyn aguardó.
— ¿Y si cuando lleguemos descubres que no querías ir?
Margaret sonrió con cierta tristeza.
—Entonces al menos habré ido.
Aquella respuesta permaneció entre ellas.
Más tarde, cuando la lluvia cesó, Evelyn volvió a salir.
El aire era más frío, el cielo empezaba a oscurecer y el mar había cambiado de color, volviéndose casi negro en las zonas más alejadas donde algunas luces del barco se reflejaban sobre el agua.
Un perro pequeño perteneciente a una pareja que viajaba en otra sección había salido también a cubierta; era blanco, de orejas oscuras y mucho más nervioso que Nell.
Los dos animales se olfatearon, Nell movió la cola y el otro ladró, lo que provocó que la mujer que lo acompañaba se disculpara.
—Es la primera vez que viaja.
Evelyn sonrió.
—El mío también.
— ¿Es suyo?
Evelyn miró a Margaret.
—Parece que sí.
La mujer rió.
—Entonces tienen una historia parecida.
Los perros permanecieron cerca durante unos minutos y después el otro regresó con sus dueños. Nell se quedó mirando.
—Ahora estará esperando volver a verlo —dijo Evelyn.
Margaret se apoyó en la baranda.
—Los animales viven mucho más en el presente que nosotros.
— ¿Eso es bueno?
—Probablemente.
—Otra vez...
Margaret sonrió.
—No puedo evitarlo, me conoces.
Aquella noche cenaron temprano. La comida fue sencilla: sopa, pan, carne fría y fruta; Nell recibió un poco de patata de parte de Evelyn y fingió que llevaba todo el día sin comer.
Después se acomodaron para descansar en la habitación, que era pequeña y solo tenía dos camas, una mesa, una ventana redonda y un perchero, nada más.
Evelyn dejó su paraguas junto a la puerta, Margaret hizo lo mismo, pero las tres cartas permanecían guardadas dentro de su abrigo y no las había dejado en la maleta, algo que Evelyn notó pero de lo cual no dijo nada.
Por la noche el barco se movió de forma más intensa y Evelyn despertó una vez: oyó pasos en el pasillo, después una puerta, luego el ruido lejano de alguien hablando, y se volvió hacia la cama de Margaret, quien estaba despierta.
— ¿No duermes?
—Ahora no.
— ¿Estás bien?
—Sí.
Evelyn volvió a cerrar los ojos.
—Abuela.
— ¿Sí?
—Cuando lleguemos, ¿volveremos algún día?
Margaret tardó en responder.
—Sí.
— ¿Lo sabes?
—No.
Evelyn abrió los ojos.
—Entonces no digas que sí.
Margaret permaneció en silencio y finalmente respondió:
—Volveremos a algún lugar que nos resulte nuestro.
Evelyn no entendió completamente, pero no quiso preguntar y volvió a dormir.
La mañana llegó con menos viento y el mar estaba más tranquilo.
La temperatura continuaba baja, aunque el cielo se había despejado parcialmente, y en cubierta había menos pasajeros: algunos desayunaban y otros recogían sus pertenencias.
La actividad de los tripulantes había aumentado, escuchándose instrucciones, cuerdas, pasos y el sonido de máquinas trabajando.
Evelyn miró hacia delante y, a lo lejos, aparecía tierra: primero fue una línea, después sombras, luego edificios.
El barco avanzó entre otras embarcaciones y el agua se llenó de movimiento con gaviotas, pequeños barcos, veleros y humo.
Evelyn se acercó a Margaret.
— ¿Es Inglaterra?
Margaret miró el horizonte.
—Sí, míralo, es un paisaje distinto.
Solo dijo eso. Evelyn observó cómo la costa se hacía más visible; había edificios de ladrillo oscuro, muelles, almacenes, grúas y una hilera de chimeneas.
El cielo estaba cubierto, pero había una franja clara sobre el horizonte, y Nell permanecía de pie entre ambas, pareciendo haber olvidado el miedo del día anterior.
Un hombre pasó junto a ellas.
—Londres —dijo.
Evelyn volvió la cabeza, y la palabra le produjo una sensación extraña: habían llegado, pero el viaje no había terminado.
El barco entró lentamente en el puerto, las voces aumentaron y las gaviotas descendieron sobre el agua.
En los muelles se movían hombres, carros y pequeños vehículos; había personas esperando, otras se despedían y algunos pasajeros preparaban sus equipajes.
Margaret permanecía junto a la baranda y Evelyn la observó.
— ¿Qué estás pensando?
La mujer miró la costa inglesa.
—Que algunas cosas parecen iguales desde lejos.
— ¿Y de cerca?
Margaret tomó la mano de su nieta.
—Eso todavía tenemos que descubrirlo.
El barco redujo la velocidad y las amarras comenzaron a prepararse.
Evelyn miró hacia delante, Nell olfateó el aire y, mientras el primer sonido de una campana anunciaba la llegada, Margaret llevó una mano al interior de su abrigo, donde las tres cartas permanecían junto a ella.
No las sacó; no las necesitaba todavía. Habían llegado a Inglaterra y, por el momento, eso era suficiente, fue el inicio de algo irreversible.