Capítulo 6 El camino hacia el mar
La mañana de la partida amaneció más fría que las anteriores.
Durante la noche había vuelto a caer una helada ligera y los bordes del canal tenían una línea blanca que desaparecía poco a poco con la llegada de la luz.
Los tejados parecían cubiertos de polvo, las ramas desnudas de los árboles permanecían inmóviles y, en algunas ventanas, todavía se veían pequeñas luces detrás de las cortinas.
Evelyn se levantó antes de que la llamara su abuela; la casa estaba silenciosa, y por unos instantes no recordó por qué, hasta que vio la maleta junto a la puerta: el viaje.
Se vistió despacio, eligiendo uno de sus vestidos más gruesos, medias de lana y las botas oscuras que Margaret había insistido en revisar la noche anterior, y tomó su abrigo de la silla.
Antes de salir de la habitación miró alrededor, y como no sabía cuánto tiempo estaría fuera, aquello hizo que mirara las cosas comunes de otra manera: el escritorio, los libros, la pequeña planta que había quedado junto a la ventana, la caja de lápices y una cinta azul.
Nada había cambiado y, sin embargo, todo parecía pertenecer de pronto a una vida que acababa de quedar atrás.
Cuando bajó, Thomas estaba en la cocina, tenía ya puesto el abrigo y sobre la mesa había tres tazas.
—Buenos días.
—Buenos días.
— ¿Dormiste?
—Muy poco.
—Yo tambien.
Thomas empujó una taza hacia ella. Margaret apareció poco después, llevaba un vestido oscuro, un abrigo grueso y un paraguas cerrado bajo el brazo que la hacía parecer más pequeña dentro de aquella ropa.
Evelyn la observó.
— ¿Está todo?
—Sí.
— ¿Segura?
—Sí.
Thomas miró las dos maletas.
—No lleváis demasiado.
—Eso es bueno.
—No sabemos cuánto tiempo estaréis fuera.
Margaret tomó la taza.
—No.
Thomas no dijo nada. Había pasado parte de la madrugada contando dinero; no mucho, lo suficiente, y después de pagar el viaje y algunos gastos inmediatos, les quedaba una cantidad modesta que no debía desperdiciarse. Sacó un pequeño sobre del bolsillo.
—Toma.
Margaret lo recibió.
— ¿Qué es?
—Dinero.
—Ya lo sé.
—Es una parte de los ahorros.
Margaret negó con la cabeza.
—No necesito tanto.
—No sabes lo que vas a necesitar.
—Precisamente por eso no quiero llevarlo todo.
—No es todo.
—Thomas.
—Mamá.
Él la miró directamente.
—No sé cuánto tiempo estaréis fuera. Tampoco sé qué encontraréis allí. Quiero que tengáis suficiente para no preocuparos por cada moneda.
Margaret abrió el sobre y contó el dinero. No era una fortuna ni llegaba cerca de serlo; era, sencillamente, una cantidad que permitía afrontar transporte, comida y alguna emergencia sin tocar las últimas reservas de la casa.
—Te lo devolveré.
Thomas sonrió.
—No sé cuándo.
Margaret guardó el dinero.
—Haré lo posible para que no sea demasiado.
— ¿Cuánto es demasiado?
La mujer pensó.
—Más de lo necesario.
— ¿Y cuánto es lo necesario?
Margaret bajó los ojos.
—No lo sé.
Thomas no insistió.
Evelyn comprendió entonces algo que hasta ese momento no había pensado: su abuela no sabía realmente cuánto tiempo iba a durar el viaje. No había una fecha para volver, ni siquiera parecía haber una fecha aproximada. El billete de retorno no tenía el día exacto marcado.
— ¿No sabes cuándo volveremos? —preguntó.
Margaret la miró.
—No.
— ¿Ni siquiera unas semanas?
—No puedo darte una fecha.
— ¿Por qué?
La mujer sostuvo la mirada de su nieta.
—Porque no sé a qué voy.
La frase quedó suspendida en la cocina; Thomas la escuchó y no hizo ningún comentario, pero Evelyn sí.
— ¿Entonces cómo sabes que tienes que ir, dos cartas te dijeron esto?
Margaret tomó la taza.
—En realidad, son tres con ellas supe que algunas cosas no necesitan una explicación para ser necesarias.
Evelyn no encontró una respuesta. Afuera, alguien pasó en bicicleta, la campanilla sonó dos veces y después todo volvió a quedar quieto.
Cuando terminaron el desayuno, Thomas cerró la casa: revisó dos veces las ventanas, comprobó la puerta trasera y guardó las llaves.
La casa parecía diferente sin ellos, no porque hubiera cambiado, sino porque todos sabían que iba a quedar vacía de una parte importante de su vida.
Nell apareció justo cuando iban a salir, sentado junto a la puerta.
—No —dijo Thomas.
Nell levantó las orejas.
—Tú te quedas.
El animal no se movió y Evelyn recogió una pequeña bolsa.
—No puedes venir.
Nell movió la cola.
—No le hables como si entendiera —dijo Thomas.
—Entiende más que algunos hombres.
Thomas la miró.
—No voy a discutir con un perro a estas horas.
Margaret abrió la puerta y Nell salió detrás de ella.
—Volverá cuando se canse —dijo Thomas.
El perro siguió caminando; la calle estaba helada y las botas producían un sonido seco sobre los adoquines.
Evelyn se volvió una vez: la fachada de la casa permanecía igual que siempre, las ventanas, la puerta, la pequeña maceta vacía, la esquina...
todo estaba allí. Thomas permanecía bajo el marco de la entrada y Nell se había adelantado unos metros.
—¡Nell!
El perro se detuvo. Evelyn volvió a llamarlo pero no regresó, se limitó a observarlas.
Margaret suspiró.
—Ya parece haber tomado una decisión.
Thomas se pasó una mano por el rostro.
—No podemos llevarlo al tren.
—Entonces tendrás que convencerlo.
Nell siguió a las dos durante las siguientes calles y Thomas permaneció atrás, hasta que al llegar al puente, levantó una mano.
—Seguid.
Evelyn se volvió y su padre parecía de pronto más pequeño.
—Nos vemos pronto —dijo ella.
Thomas asintió.
—Pronto.
Margaret levantó una mano, después ambas continuaron y Nell las siguió.
El trayecto hasta la estación fue más lento de lo que Evelyn había imaginado.
La ciudad estaba activa, pero el invierno la hacía parecer más contenida: los comercios acababan de abrir, los vendedores descargaban cajas, los caballos resoplaban en el aire frío y los pequeños vehículos avanzaban con cuidado sobre el pavimento húmedo.
Las bicicletas aparecían una detrás de otra, la mayoría con lámparas encendidas; los hombres llevaban abrigos hasta las rodillas, las mujeres se protegían con bufandas gruesas e incluso los niños parecían llevar una capa adicional de ropa.
En un puesto de periódicos, Evelyn vio los titulares de la mañana; no necesitó acercarse demasiado, una palabra aparecía repetida: WERKLOOSHEID.
Desempleo. Había artículos sobre despidos en los muelles, cierres de pequeños talleres y reducción de jornadas en empresas relacionadas con el comercio.
Thomas había dejado de hablar del asunto con tanta frecuencia, pero el periódico lo hacía por él; otro titular mencionaba las dificultades de algunas familias para pagar el carbón durante el invierno y, más abajo, había una noticia sobre una colecta destinada a proporcionar comida caliente a trabajadores sin empleo.
Evelyn disminuyó el paso.
—Mira.
Margaret se detuvo.
—Ya lo sé.
—Papá no es el único.
—No.
—Entonces quizá tenga más dificultades para encontrar algo. Espero que al regresar tenga buenas noticias
—Las tendrá probablemente.
—Eso me preocupa, ese “probablemente”.
Margaret siguió caminando.
—A mí también, pero es lo que tocó.
Aquella respuesta fue suficiente y no hablaron más del tema, tardando todavía un buen rato en atravesar la zona comercial hasta llegar a la estación.
La estación estaba llena de viajeros: había hombres con maletas, mujeres acompañadas por niños, empleados que corrían de un andén a otro y trabajadores cargando equipaje.
Evelyn observó los carteles, donde el inglés aparecía entre nombres que conocía poco, y se escuchaban diferentes acentos; durante unos minutos tuvo la impresión de que Ámsterdam estaba abriendo una puerta hacia lugares que hasta entonces solo había imaginado. Margaret consultó los billetes.
—Es este.
Evelyn miró el tren, que era más grande de lo que esperaba.
— ¿Y después?
—Después seguiremos hacia el puerto.
No dijo más. Subieron. Nell tuvo que ser introducido discretamente, y Evelyn pasó el resto del embarque intentando mantenerlo tranquilo.
Cuando finalmente estuvieron sentados, la joven observó por la ventanilla cómo la ciudad comenzó a deslizarse lentamente: los canales, los puentes, las fachadas estrechas, las bicicletas, los carros, los patios...
todo retrocedía. Margaret permaneció sentada frente a ella y no parecía querer mirar, pero Evelyn sí.
El tren continuó hacia el sur. Más tarde, cuando el paisaje urbano quedó atrás, aparecieron campos de tierra húmeda, granjas, hileras de árboles desnudos y canales menores, así como animales protegidos del frío, vacas agrupadas cerca de los establos y caballos que levantaban la cabeza al escuchar el tren.
En algunos lugares quedaban pequeñas capas de nieve y en otros la tierra era completamente oscura; Evelyn observaba todo, Nell dormía a sus pies y Margaret también cerró los ojos durante un rato.
El viaje era largo y no hablaban demasiado.
Cuando llegaron al puerto, ya había transcurrido buena parte del día y el aire cambió antes de que Evelyn viera el agua: era más húmedo, más abierto, más frío.
Después aparecieron las primeras construcciones portuarias (almacenes, grúas, carros, muelles, hombres descargando cajas, cuerdas, madera, barcos) y, finalmente, el agua.
Evelyn se detuvo: el mar se extendía delante de ellas y no era como el agua de los canales, no parecía pertenecer a una ciudad, era amplio, oscuro y en movimiento permanente.
Nell olfateó el aire y comenzó a inquietarse.
Margaret permaneció quieta.
—Hace muchos años que no veo esto —dijo.
Evelyn la miró.
— ¿El mar?
Margaret asintió.
—El mar.
El barco esperaba más adelante; no era enorme, pero a Evelyn le pareció suficiente para cruzar una distancia que hasta entonces solo había existido en los mapas.
Había hombres transportando equipaje, trabajadores que gritaban instrucciones, cuerdas tensas, metal mojado, madera oscura, gaviotas y el sonido de una sirena. Evelyn sostuvo el asa de su maleta.
— ¿Tienes las tres cartas?
Margaret levantó una mano hacia el abrigo.
—Sí.
Las llevaba en un bolsillo interior, dobladas dentro de una pequeña funda de tela; Evelyn no sabía por qué le había preguntado, tal vez porque ya formaban parte de todo aquello, pero Margaret no las había vuelto a mencionar ni tampoco había abierto la tercera delante de ella, así que Evelyn dejó de preguntar.
El viento aumentó. Margaret abrió el paraguas durante unos segundos para protegerse de la lluvia fina y luego tuvo que cerrarlo porque el viento amenazaba con invertirlo; Evelyn hizo lo mismo.
La lluvia parecía venir de todas partes y Nell comenzó a ladrar, no hacia el barco, sino hacia las personas que se movían por el muelle.
Un trabajador se acercó.
— ¿Es suyo?
Evelyn miró al perro.
—No exactamente.
El hombre rió.
—Pues parece creer lo contrario.
Nell se había sentado junto a ellas y Margaret le acarició la cabeza.
— ¿Qué hacemos con él?
Evelyn miró al perro.
—No sé.
El trabajador señaló la entrada del embarcadero.
—No puede subir sin más, pero haremos una excepcion.
Thomas no estaba allí para devolverlo. Evelyn se agachó.
—Nell, vuelve.
El perro no se movió.
—Nell.
Nada. Margaret observó a su nieta, después al animal, y finalmente tomó una decisión.
—Ven.
Nell levantó la cabeza.
— ¿Abuela?
—Si ha llegado hasta aquí, no creo que piense quedarse en Ámsterdam.
Evelyn sonrió.
— ¿Eso significa que viene?
Margaret suspiró.
—Significa que tendremos que averiguarlo.
La hora de embarque se acercaba y Evelyn miró una última vez hacia tierra.
Ámsterdam estaba ya lejos y no podía ver la casa, solo el puerto y algunas construcciones que comenzaban a desaparecer entre la bruma; aun así, durante unos segundos imaginó la ventana de su habitación, la pequeña planta, la cocina, la silla de su padre, las flores secas sobre la mesa... todo aquello quedaba atrás.
Margaret se acercó.
— ¿Lista?
Evelyn respiró.
—No.
La abuela sonrió.
—Yo tampoco.
Tomó el paraguas, Evelyn hizo lo mismo y Nell se colocó entre ambas.
El barco dejó escapar una bocanada de vapor, una campana sonó y los pasajeros comenzaron a avanzar; Margaret metió la mano dentro de su abrigo, comprobó una vez más que las tres cartas seguían allí y después miró hacia el horizonte.
No había nada especial en él, solo agua, cielo gris, lluvia y una línea oscura donde ambos parecían tocarse.
—Vamos —dijo.
Evelyn la siguió, Nell también, y mientras subían a bordo, la costa quedó detrás de ellas sin que ninguna de las dos supiera todavía cuánto tiempo tardarían en volver a verla.