Capítulo 5 Lo que debe hacerse
La tercera carta permaneció dos días sobre la mesa de Margaret; no la escondió ni tampoco la tocó.
Durante ese tiempo la vida de la casa continuó con una apariencia tan semejante a la de los días anteriores que Evelyn llegó a preguntarse si había imaginado la importancia que su abuela parecía conceder a aquella correspondencia.
Thomas seguía buscando trabajo, salía temprano y regresaba antes de que oscureciera cuando no tenía entrevistas o visitas que hacer; el periódico aparecía cada mañana doblado sobre la mesa del desayuno y, por las tardes, terminaba junto a una silla, abierto por las mismas páginas.
Evelyn había dejado temporalmente sus estudios, y aunque no había sido una decisión formal, simplemente había dejado de asistir.
Al principio pensó que la interrupción duraría algunas semanas, y después dejó de contar.
Margaret no hablaba del tema todos los días y Thomas tampoco, pero la ausencia de las clases se había convertido en una presencia dentro de la casa: los libros de Evelyn seguían sobre el escritorio, los cuadernos permanecían en una pila ordenada y una cinta azul que utilizaba para sujetarse el cabello durante las lecciones todavía descansaba junto a una pequeña caja de lápices; nada había sido guardado, todo parecía esperar.
Una mañana de febrero, Evelyn encontró a Margaret en la cocina preparando avena. La nieve había caído durante la noche, aunque no había cuajado más allá de ciertos tejados y bordes de los canales.
—Hace mucho frío —dijo Evelyn.
—Sí.
Margaret removía la olla.
— ¿Dormiste?
—Sí.
—Yo no.
Margaret se volvió.
— ¿Por qué?
—Escuché el viento.
—Eso no suele impedir dormir.
—Anoche sí.
Evelyn se sentó, notando que había algo en el tono de su abuela que no parecía relacionado con el clima.
— ¿Te pasa algo?
Margaret dejó la cuchara sobre la mesa.
—Tenemos que hablar.
Evelyn la miró.
— ¿Ahora?
—Después del desayuno.
Thomas apareció poco después. Tenía el cabello húmedo y llevaba la camisa mal abrochada.
—No encuentro mis guantes.
—Están en la entrada —dijo Margaret.
Thomas salió y regresó un momento después.
—No están.
Evelyn sonrió.
—Los dejaste ayer sobre el radiador.
Thomas volvió a marcharse y Margaret miró a su nieta.
—Siempre ha sido así.
— ¿Cómo?
—Puede perder una cosa aunque tenga los ojos puestos encima.
—Eso también es cierto.
Thomas regresó con los guantes.
—Estaban en el radiador.
—Lo sabía —dijo Evelyn.
—Entonces podrías haberlo dicho.
—Lo dije.
Thomas se sentó y durante unos minutos desayunaron como cualquier otra mañana, pero cuando terminaron, Margaret no recogió inmediatamente los platos y se quedó sentada.
—Tengo que volver a Inglaterra.
Thomas levantó la mirada y Evelyn permaneció quieta. Nadie habló, solo el viento golpeó una ventana.
— ¿Cuándo? —preguntó finalmente Thomas.
—Pronto.
— ¿Por qué?
Margaret respiró.
—Porque tengo que ir.
—Eso no responde.
—Es lo que puedo decirte.
Thomas dejó la cuchara.
—Mamá.
—Thomas.
—No puedes decir que tienes que marcharte sin explicarlo.
Margaret lo miró.
—No estoy pidiendo permiso.
—No he dicho que lo necesites.
—Entonces no hagamos de esto una discusión.
Thomas permaneció en silencio y Evelyn observaba a los dos; nunca había visto a su padre hablarle a Margaret de aquella manera, no era enfado, era preocupación.
— ¿Cuánto tiempo estarás allí? —preguntó.
—No lo sé.
— ¿Y dónde?
—Al norte.
Thomas frunció el ceño.
— ¿En qué parte?
Margaret no respondió, y aquello hizo que el silencio se volviera más pesado.
— ¿Es algo relacionado con la familia? —preguntó Thomas.
—Sí.
— ¿Con alguien enfermo, quien es, lo conozco?
—No.
— ¿Alguien ha muerto?
Margaret negó con la cabeza.
—Entonces, ¿qué?
La mujer miró hacia la ventana.
—Hay cosas que una persona no puede seguir dejando para después.
Thomas se levantó.
—Eso sigue sin ser una explicación.
Margaret también se levantó.
—Es la única que tengo.
Evelyn intervino.
—Papá.
Thomas se volvió.
— ¿Qué?
—Déjala.
—No sabes lo que estamos hablando.
—No. Pero sé que ha decidido ir.
Thomas cerró los ojos un instante.
— ¿Y tú qué piensas?
Evelyn no respondió inmediatamente.
—Creo que no debería ir sola.
Margaret la miró.
—Evelyn.
—No he terminado.
—No tienes que ir conmigo.
—No he dicho que tengas que llevarme.
—Entonces ¿qué dices?
—Que si vas, voy.
Margaret negó con la cabeza.
—No.
— ¿Por qué?
—Porque tienes cosas que hacer aquí.
Evelyn soltó una pequeña risa.
— ¿Qué cosas?
—Tus estudios.
—Los dejé.
—Temporalmente.
—No sabemos cuánto durará.
Margaret guardó silencio y Thomas se acercó a su hija.
—Tú no vas a ninguna parte.
Evelyn lo miró.
— ¿Por qué?
—Porque no es un viaje que necesites hacer.
—Tampoco es un viaje que ella quiera hacer.
—No sabemos eso.
Margaret habló entonces.
—Sí lo quiero.
Los dos la miraron, la voz había sido tranquila pero no había duda en ella.
—Quiero ir —repitió.
Thomas frunció el ceño.
—Eres una persona mayor, no tiene sentido.
—No necesito que lo tenga para los demás.
—Sí lo necesitas si afecta a todos, a mí me afecta.
Margaret se quedó callada y Thomas caminó hasta la ventana.
—No tenemos demasiado dinero.
—Lo sé.
—Yo todavía no he encontrado trabajo.
—Lo sé.
—Y tú quieres gastar una parte de los ahorros en un viaje cuyo motivo no quieres explicar.
Margaret no respondió.
—Mamá.
La mujer se sentó.
—No es una cuestión de dinero.
—Para nosotros sí.
—Para mí no.
Thomas se volvió.
—Eso no es justo.
—No he dicho que sea justo.
—Entonces dime qué ocurre.
Margaret bajó la mirada.
—No puedo.
— ¿No puedes o no quieres?
La mujer tardó unos segundos.
—Las dos cosas.
Thomas salió de la habitación, Evelyn esperó hasta escuchar la puerta de la entrada y después se sentó junto a Margaret.
— ¿Tienes miedo?
La pregunta sorprendió a la abuela.
—No.
— ¿Estás preocupada?
Margaret pensó antes de responder.
—Sí.
—Entonces yo también debería estarlo.
—No.
—No puedes decidirlo por mí.
Margaret la miró y durante unos segundos pareció mucho mayor; no frágil, solo cansada.
—Hay cosas que he hecho durante toda mi vida porque eran las correctas.
— ¿Y ahora?
—Ahora hay una cosa que debo hacer porque es necesaria.
— ¿Y qué es?
Margaret miró sus manos.
—Ir.
Evelyn esperó.
— ¿Por qué?
—Porque si no voy, pasaré el resto de mi vida sabiendo que pude haberlo hecho y no lo hice.
La muchacha comprendió entonces que la conversación no llegaría más lejos, no todavía, y se levantó.
—Entonces voy contigo.
—No es necesario.
—Sí, es necesario, punto.
—Evelyn.
—No quiero que viajes sola.
Margaret suspiró.
—No sabes lo que significa ir conmigo.
—Tampoco sé lo que significa dejarte ir sola.
Aquel día no volvieron a hablar del asunto, pero al día siguiente Evelyn comenzó a hacer una lista; no era una lista de viaje, era una lista de posibilidades: qué ropa podían llevar, cuánto dinero necesitarían, qué podía quedarse en la casa, qué cosas tendrían que guardar, qué necesitaba Thomas y qué podía dejar ella.
En la tarde encontró a su padre leyendo el periódico.
—Voy con la abuela.
Thomas no levantó la cabeza.
—No.
—Sí.
—Evelyn.
—No pienso cambiar de idea.
—No puedo permitirlo.
— ¿Por qué?
—Porque eres mi hija.
—Eso no responde.
Thomas dejó el periódico.
—Porque no sabes adónde vas.
—Tú tampoco.
—Precisamente.
—Entonces acompáñanos.
Thomas se quedó callado y Evelyn supo por su expresión que aquella posibilidad no era tan sencilla.
—No puedo —dijo él.
— ¿Por qué?
—Porque si me voy ahora, pierdo las pocas oportunidades que tengo.
— ¿Estás seguro?
—Sí, la persona a cargo me dijo que esta semana decidirá a los que empiecen a trabajar, si no estoy perderé semanas de espera.
La honestidad de la respuesta la hizo callar. Thomas continuó:
—Además hay dos personas que me dijeron que quizá podrían contratarme. Una quiere que vuelva la próxima semana, la otra necesita que espere; si abandono la ciudad, perderé las tres.
—Entonces quédate.
—Eso es lo que quiero hacer.
—Pero no quieres que vaya.
—Claramente no, no te parece razonable.
— Ya soy mayor, y responsable
—Y eres mi hija.
—Ya lo dijiste.
—Y porque no sé qué está ocurriendo.
Evelyn bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Thomas se levantó.
— ¿Tu abuela te ha explicado algo?
—No.
— ¿Nada?
—Nada que cambie lo que sé.
—Entonces no deberías ir.
Evelyn respiró.
—Quizá precisamente por eso.
Thomas la miró, no dijo nada durante largo rato y finalmente se sentó.
— ¿Confías en ella?
—Sí.
— ¿Mucho?
—Más que en nadie.
Thomas cerró los ojos y, cuando los abrió, parecía más cansado.
—Entonces supongo que no puedo decirte que no.
Evelyn sonrió apenas.
— ¿Eso significa que sí?
—Significa que hablaré con tu abuela.
Margaret estaba en la sala y Thomas entró solo, así que Evelyn permaneció en el pasillo y no escuchó todo, solo algunas palabras.
—...no me gusta.
—Lo sé.
—...no puedo acompañarlas.
—Lo sé.
—...prométeme que volverás.
Hubo una pausa larga.
—No puedo prometerte cuándo.
—Mamá.
—Pero volveré.
Después silencio. Evelyn no quiso seguir escuchando y se retiró.
Aquella noche, por primera vez, comenzaron a preparar el equipaje; no fue una actividad alegre, tampoco triste, fue práctica. Margaret sacó dos maletas, una necesitaba reparación y la otra estaba en mejor estado, aunque una de las hebillas estaba oxidada, y Evelyn extendió la ropa sobre la cama.
— ¿Cuántos vestidos?
—Tres.
—Cuatro.
—Tres.
—Uno para viajar, uno para usar y uno por si el otro se moja.
Margaret la miró.
—Cuatro.
Evelyn sonrió.
—Lo sabía.
Prepararon abrigos, botas, guantes, bufandas, ropa interior, un pequeño botiquín, documentos, dinero, un peine y dos libros para el viaje. Margaret llevó consigo una caja de costura y Evelyn quiso llevar la planta.
—No.
— ¿Por qué?
—No sobrevivirá.
—Entonces la dejaremos con papá.
Thomas, que estaba en la puerta, intervino.
—Yo puedo cuidarla.
—Tú no sabes cuidar plantas —dijo Evelyn.
—Aprenderé.
La pequeña planta terminó quedándose. Nell, entretanto, observaba todo desde la entrada, pues había seguido durmiendo algunas noches allí y se había acostumbrado demasiado a que alguien le pusiera comida. Thomas lo señaló.
—Ese animal no va, ni se queda.
Evelyn miró al perro.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Quizá.
Margaret cerró una maleta.
—No sabemos siquiera si podremos llevarlo.
Nell movió la cola.
—Parece que él sí tiene una opinión —dijo Evelyn.
Margaret sonrió.
—Los perros siempre tienen opiniones.
Los últimos días en Ámsterdam pasaron rápidamente: la ciudad seguía en invierno, el hielo desaparecía de las orillas al mediodía y reaparecía durante la noche, los árboles permanecían desnudos y las flores eran escasas.
En las calles se veía menos gente, los pequeños vehículos de reparto avanzaban con lentitud y las bicicletas llevaban luces encendidas incluso antes del anochecer.
En una plaza, un vendedor recogía sus mercancías antes de lo habitual y, en otra, unos trabajadores reparaban una fachada.
La ciudad no parecía estar despidiéndose de ellas, y eso fue lo más extraño: todo continuaba, algunas personas reían, los animales buscaban comida, las mujeres compraban pan, los niños corrían cuando el frío lo permitía y los caballos seguían tirando de sus carros.
Ámsterdam no sabía que Margaret y Evelyn iban a marcharse, y a Evelyn aquella indiferencia le produjo una sensación inesperadamente triste.
Una tarde acompañó a Margaret hasta el puente donde meses atrás había observado el agua baja y se detuvo allí.
— ¿Recuerdas?
— ¿Qué?
—Nada.
Margaret la miró.
—Ya estás usando mi palabra.
Evelyn sonrió.
—Quizá aprendo demasiado de ti.
Permanecieron unos minutos contemplando el canal.
— ¿Vas a echar de menos esto? —preguntó Evelyn.
Margaret miró las fachadas.
—Sí.
— ¿Mucho?
—Mucho.
— ¿Entonces por qué te vas?
La mujer respondió después de un largo silencio.
—Porque hay ocasiones en que uno debe abandonar algo que ama para hacer algo que debe.
Evelyn observó el agua.
—No me gusta esa respuesta.
—A mí tampoco.
Volvieron a casa y la última noche Thomas preparó la cena; no era un buen cocinero, la carne quedó demasiado hecha y las patatas estaban frías, pero ninguno se quejó. Después de cenar permanecieron juntos en la sala y no hablaron del viaje durante un rato, hasta que finalmente Thomas preguntó:
— ¿Qué día?
—Pasado mañana.
— ¿A qué hora?
Margaret dijo la hora y Thomas asintió. El había conseguido los billetes y la compañía naviera ya tenía informado a los pasajeros en su registro, lo que se tenía que decir, se dijo sin mas no preguntó nuevamente por qué; Evelyn supuso que había comprendido que no obtendría una respuesta.
Más tarde, cuando Margaret subió a su habitación, Evelyn se quedó con su padre.
— ¿Tienes miedo?
Thomas sonrió con tristeza.
—Sí.
—Yo también.
—Eso no significa que sea una mala idea.
—No.
—Solo significa que es importante.
Evelyn lo abrazó y Thomas la sostuvo durante unos segundos.
—Cuida de ella.
—Lo haré.
—Y cuídate tú.
—También.
Subieron las escaleras. La casa estaba casi a oscuras y las maletas esperaban junto a la puerta; en su habitación, Margaret se sentó frente a la mesa.
Las tres cartas estaban allí: las dos primeras habían sido abiertas y la tercera todavía permanecía cerrada.
La mujer la tomó, la sostuvo entre los dedos y durante unos segundos pensó en guardarla nuevamente, pero no lo hizo; abrió el sobre, leyó y después permaneció sentada durante largo rato, sin cambiar de expresión.
Cuando finalmente se levantó, caminó hasta el armario y colocó las tres cartas dentro de una pequeña carpeta, la guardó en la parte interior de su equipaje y no tomó ninguna otra cosa.
Apagó la lámpara y, antes de cerrar la puerta, miró la habitación, luego miró la casa.
Durante muchos años había pensado que volver a Inglaterra sería una posibilidad remota, algo que algún día ocurriría si las circunstancias fueran las adecuadas, pero ahora sabía que nunca existirían circunstancias adecuadas: solo había llegado el momento.
A la mañana siguiente abandonarían Ámsterdam y Margaret todavía no sabía cuánto tiempo estaría fuera, pero ahora sabía que no podía seguir aplazándolo.
Y, por primera vez, la decisión dejó de parecerle una elección: era simplemente algo que debía hacerse, sin explicaciones para nadie.