Capítulo 4 Un invierno más largo
Enero tuvo la honestidad de no parecerse a diciembre; mientras en diciembre todavía quedaban luces en las ventanas, gente que salía a comprar aunque hiciera frío y algunas flores resistiendo en jardineras protegidas del viento, enero llegó con menos paciencia.
Los árboles quedaron casi completamente desnudos, en las calles aparecieron ramas húmedas, hojas convertidas en una pasta oscura y pequeñas acumulaciones de agua que tardaban horas en desaparecer.
Los canales amanecían algunos días con una fina película de hielo en los bordes, demasiado débil para soportar peso pero suficiente para inmovilizar durante unas horas las hojas que flotaban cerca de las orillas.
Las bicicletas seguían allí; nunca desaparecían del todo, simplemente eran menos, y aquellos que las utilizaban llevaban abrigos más pesados, guantes gruesos y gorros que cubrían las orejas.
Los repartidores parecían avanzar contra una resistencia invisible y los caballos respiraban nubes pequeñas frente a los carros.
Ámsterdam continuaba funcionando, pero lo hacía más despacio.
En la casa de Margaret Bellamy también se había instalado un ritmo distinto: se levantaban más temprano para aprovechar la luz y la cocina se convertía en el centro de la casa durante buena parte del día; el fuego debía mantenerse, los paños tardaban en secarse, las ventanas se empañaban y el aire frío encontraba siempre alguna rendija.
Margaret se había acostumbrado a revisar dos veces las puertas por la noche, no porque temiera a alguien, sino porque solo quería evitar corrientes, o al menos eso decía.
Evelyn comenzó a descubrir que su abuela había adquirido pequeñas costumbres nuevas desde que llego la carta: comprobaba una ventana, volvía a comprobarla unos minutos después, miraba el nivel de leña, contaba las piezas, regresaba a contarlas y se detenía frente al armario de la despensa, permaneciendo allí unos segundos antes de cerrar la puerta.
Nunca explicaba por qué, y si Evelyn preguntaba, Margaret respondía con naturalidad.
—Estoy organizando.
Y, en cierto modo, era verdad, pero no era solamente organización; había una intranquilidad en ella que antes no estaba allí, que no era constante, que aparecía y desaparecía.
A veces la muchacha la encontraba perfectamente tranquila, leyendo junto a la ventana, y otras veces observaba a Margaret quedarse quieta con una taza en la mano, como si hubiera dejado de escuchar la habitación.
Una mañana, mientras preparaban el desayuno, Evelyn preguntó:
— Desde que llego esa carta te pasa algo.
Margaret siguió cortando pan.
—No.
—Eso dices siempre.
—Porque casi siempre es cierto.
—No últimamente, admitelo.
Margaret levantó los ojos.
—Últimamente estás muy pendiente de mí.
—Alguien tiene que hacerlo.
La mujer sonrió.
—Entonces espero que no tengas nada mejor que hacer.
Evelyn le devolvió la sonrisa.
—No demasiado.
Aquel día había pocas cosas que hacer, pues su padre había salido temprano, no porque tuviera trabajo, sino precisamente porque no lo tenía.
Desde el cierre de la empresa, Thomas había comenzado a dedicar las mañanas a buscar empleo; compraba los periódicos temprano y revisaba las páginas de anuncios mientras aún tomaba el café, marcando muchas cosas con lápiz al principio y después menos.
Para mediados de enero, los anuncios parecían haberse reducido, no porque hubiera menos letras en el periódico, ya que había muchas, pero muchas buscaban hombres con especialización concreta, experiencia que Thomas poseía solo parcialmente o puestos que implicaban mudanzas inmediatas.
En ocasiones se trataba de trabajos temporales; en otras, de empleos en almacenes, oficinas o pequeños negocios que ofrecían un salario insuficiente para mantener la casa sin tocar los ahorros.
Thomas salía con direcciones anotadas y volvía con las mismas hojas dobladas.
Una mañana regresó a la hora del almuerzo, mientras Evelyn estaba en la cocina con Margaret.
— ¿Nada? —preguntó la muchacha.
Thomas dejó el periódico sobre la mesa.
—He encontrado tres posibilidades.
—Eso es bueno.
—Una ya estaba ocupada.
— ¿Y las otras dos?
—Una paga muy poco.
— ¿Y la otra?
Thomas se quitó el abrigo.
—Quieren a alguien más joven.
Evelyn guardó silencio.
— ¿Cuánto es muy poco?
—Evelyn.
—Solo pregunto.
—No alcanza.
Margaret colocó una olla sobre la mesa.
—Come algo.
Thomas obedeció y durante la comida hablaron de otras cosas: una tubería, el frío, una vecina, el precio de las patatas y hasta de un perro que había aparecido dos veces en la misma esquina, pero el periódico permaneció sobre la mesa y Evelyn lo miró varias veces.
Esa tarde esperó a quedarse sola con su padre, y lo encontró en la sala, revisando otra vez los anuncios.
—Puedo trabajar.
Thomas no levantó la cabeza.
—No.
—Todavía no sabes qué iba a decir.
—Sí sé.
—Puedo buscar algo por las tardes.
—No.
—No tendría que dejar de estudiar.
—Sí tendrías.
—Quizá.
Thomas dobló el periódico.
—No.
—Pero si no hay suficiente dinero...
—Hay suficiente.
— ¿Cuánto tiempo?
Thomas la miró.
—No lo sé.
—Entonces...
—Entonces no vas a trabajar.
La firmeza de su voz la sorprendió.
—Papá.
—No.
—Tengo diecisiete años.
—Lo sé.
—Puedo ayudar.
Thomas suavizó la expresión.
—Ya ayudas.
—No con dinero.
—No todo tiene que convertirse en dinero.
Evelyn apartó la mirada.
—Eso es fácil decirlo cuando soy yo quien no puede hacer nada.
Thomas se levantó.
—No quiero que tengas que preocuparte por eso.
—Ya me preocupo.
Él permaneció callado.
—Tu trabajo desapareció —continuó Evelyn—. La casa cuesta dinero. La comida cuesta dinero. Todo cuesta dinero.
Thomas se acercó a la ventana.
—Escúchame.
Evelyn levantó la vista.
—No voy a permitir que abandones tu vida porque las cosas se hayan puesto difíciles durante unos meses.
La muchacha no respondió.
— ¿Me entiendes?
—Sí.
Thomas respiró despacio.
—Tu madre quería que siguieras estudiando.
Aquello hizo que Evelyn callara. Thomas volvió a sentarse.
—Y yo también.
La conversación terminó allí; no porque Evelyn estuviera convencida, sino porque comprendió que su padre no iba a ceder.
Durante los días siguientes el asunto de la educación se volvió más concreto.
Evelyn tenía previsto continuar sus estudios durante el siguiente período, y hasta entonces había asistido con regularidad a una institución privada para muchachas donde había estudiado lenguas, literatura, historia y algunas materias prácticas.
No era una escuela especialmente prestigiosa, pero Margaret había hecho un gran esfuerzo para mantener aquellas clases durante años.
El problema no era solamente el dinero del siguiente período; también había llegado el momento de decidir si Evelyn continuaría con una formación más avanzada que implicaba desplazarse, pagar nuevas tasas y comenzar una etapa que podía conducirla posteriormente a una ocupación o a una preparación profesional.
Thomas había confiado hasta entonces en que tendría tiempo para decidirlo, pero el cierre de la empresa había eliminado ese tiempo.
Una noche, mientras cenaban, Evelyn preguntó:
— ¿Volveré a clases el próximo mes?
Thomas no respondió y Margaret dejó el cuchillo.
— ¿Qué pasa?
Thomas miró a su hija.
—No estoy seguro.
—Eso significa que no.
—Significa que tenemos que esperar.
— ¿Hasta cuándo?
—Hasta que encuentre trabajo y sea de calidad.
— ¿Y si tarda?
Thomas bajó los ojos.
—Entonces veremos, no puedo decir otra cosa en este momento.
Evelyn miró a Margaret, pero la anciana no habló, y aquello fue peor que cualquier respuesta, porque Evelyn comprendió que su abuela estaba pensando lo mismo.
Podía perder un año, quizá más; no era una tragedia inmediata, pero era un cambio, y, por primera vez, la muchacha comenzó a sentir que su futuro podía quedar suspendido sin que nadie hubiera decidido realmente suspenderlo.
Ese domingo acompañó a Margaret al mercado. La gente era menos numerosa, había puestos vacíos y algunos comerciantes habían reducido las cantidades expuestas; las frutas eran más caras y la carne, según Margaret, debía comprarse con mayor cuidado.
— ¿No vamos a llevar naranjas?
—Hoy no.
— ¿Por qué?
—Porque no necesitamos naranjas.
—Eso no es lo mismo.
Margaret la miró.
—Para enero, sí.
Evelyn terminó riéndose.
Compraron manzanas, nabos, cebollas, pan y un pequeño pescado. De regreso encontraron otra señal del invierno: una floristería había reducido el tamaño de su puesto y quedaban pocas flores, las que resistían estaban dentro. Margaret entró y Evelyn la siguió.
— ¿Qué buscas?
—Nada.
—Otra vez.
—Un día de estos tendremos que prohibir esa palabra.
Margaret eligió una pequeña planta verde en una maceta de barro.
— ¿Eso es todo?
—Sí.
— ¿Una planta?
—Necesitamos algo que siga creciendo.
Evelyn la tomó; era una planta sencilla, sin flores.
—No sabemos si crecerá.
Margaret abrió la puerta.
—Entonces habrá que cuidarla.
A poca distancia de allí, un perro pequeño olfateaba las cajas detrás de un puesto. Era de color marrón claro, de patas delgadas y pelo áspero; no parecía completamente abandonado porque llevaba una cuerda vieja alrededor del cuello.
Evelyn se agachó.
—Hola.
El perro se acercó y Margaret esperó.
—No lo toques todavía.
Evelyn extendió la mano, el animal olfateó sus dedos y retrocedió.
—Tiene frío.
—Todos tenemos frío.
—No es una buena respuesta.
—Es la verdad.
El perro volvió a aproximarse y esta vez dejó que Evelyn le acariciara el cuello.
—Quizá no tenga dueño.
—Quizá sí.
Una mujer que estaba comprando pan intervino.
—Lo he visto por aquí desde hace varios días.
Evelyn levantó la cabeza.
— ¿Nadie lo busca?
La mujer negó.
—Pregunté en el puesto de pescado. Nadie sabe.
Margaret observó al perro.
—No podemos llevarnos animales sin pensar.
—No he dicho que vayamos a llevárnoslo.
El perro se sentó junto a Evelyn y la muchacha lo miró.
—Aunque podría.
Margaret sonrió.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Finalmente siguieron caminando y el perro no las siguió, pero Evelyn miró hacia atrás dos veces; en la esquina, todavía estaba allí.
El lunes apareció otra vez, el martes también y el miércoles esperaba frente a la misma calle, hasta que al cuarto día, Evelyn llevó un poco de comida.
Margaret protestó por el gasto, pero después fue ella misma quien añadió un pequeño trozo de carne al plato.
—Solo hasta saber si alguien viene a buscarlo.
—Claro.
—No significa que vaya a quedarse.
—Por supuesto.
—No pongas esa cara.
— ¿Qué cara?
—Esa.
El perro estaba sentado entre ambas y Evelyn lo acarició.
—Necesita un nombre.
—No.
—No puede llamarse "perro".
—Entonces llámalo como quieras mientras esté fuera.
Evelyn pensó.
—Nell.
Margaret la miró.
—Es un nombre de persona.
—Tiene cara de llamarse Nell.
—Los animales no tienen cara de llamarse nada.
Nell, como si quisiera intervenir en la discusión, se sacudió; el agua de su pelaje salpicó las botas de Margaret y la anciana bajó la mirada.
—Perfecto.
Evelyn se rió.
No adoptaron al animal aquella semana, pero empezó a dormir algunas noches en la pequeña entrada de la casa, y Margaret dejó una manta allí; no explicó de dónde había salido y Evelyn tampoco preguntó.
El final de enero se acercaba. Las noches seguían largas, Thomas todavía no encontraba un empleo estable y la escuela de Evelyn no podía esperarla indefinidamente.
Una tarde llegó una nota con las fechas del siguiente período; Evelyn la dejó sobre la mesa, Margaret la leyó pero no dijo nada y el papel permaneció allí durante horas.
Al caer la tarde, Evelyn se acercó a su abuela.
—Creo que voy a dejar de estudiar por un tiempo.
Margaret levantó la cabeza.
—No.
—No es una decisión tuya.
—Evelyn.
—No quiero que papá siga sintiéndose mal.
—Tu padre no quiere eso.
—Lo sé.
—Entonces no debes convertir una dificultad temporal en una decisión para toda tu vida.
Evelyn se sentó.
— ¿Y qué hacemos?
Margaret miró hacia la ventana.
—Todavía no lo sé.
Era una frase sencilla, pero por primera vez Evelyn percibió que su abuela realmente no lo sabía, y aquella falta de certeza la inquietó más que cualquier respuesta.
Esa tarde Thomas se quedó leyendo el periódico.
Margaret preparó el fuego, Evelyn escribió algunas notas y Nell dormía junto a la puerta de la cocina.
Nadie habló durante un largo rato y la casa parecía pequeña, más pequeña que unas semanas atrás; no había cambiado, pero ahora todos sabían cuánto costaba mantenerla.
Cerca de las seis, llamaron a la puerta y Thomas fue a abrir. Había un muchacho del servicio postal que le entregó un sobre.
—Para la señora Bellamy.
Thomas miró el nombre y después volvió la cabeza hacia Margaret, que estaba de pie al otro lado de la habitación y no se movió.
— ¿Es para ti, mamá?
Margaret extendió la mano.
—Sí.
Tomó el sobre, que era distinto de los otros: más grueso y el nombre era el mismo. Evelyn lo observó desde la mesa, pero no dijo nada. Thomas cerró la puerta, el muchacho del correo desapareció calle abajo y Margaret permaneció con la carta entre las manos antes de guardarla en el bolsillo.
—Voy a subir.
Nadie preguntó nada. Ella subió lentamente, Evelyn la siguió con la mirada y Nell levantó la cabeza.
Las tablas de la escalera crujieron una vez, después otra, y luego la casa volvió a quedarse en silencio.
Margaret cerró la puerta de su habitación, dejó la tercera carta sobre la mesa y no la abrió; todavía no.