Capítulo 3 El invierno llega despacio
Noviembre llegó sin anunciarse. Una mañana el cielo parecía apenas más bajo que el día anterior y, al siguiente, los árboles de las calles habían perdido casi todas sus hojas.
Las que quedaban no tenían la confianza del verano: eran hojas amarillas, pardas y algunas todavía verdes en los bordes, aferradas a ramas que se movían con el viento, mientras que las demás habían formado pequeñas alfombras en los rincones donde la escoba municipal no alcanzaba, junto a las entradas, debajo de los carros estacionados y en las orillas de los canales.
Evelyn había descubierto que el invierno no empezaba cuando llegaba el frío, empezaba cuando la gente dejaba de sentarse afuera y los pequeños bancos de las plazas permanecían vacíos.
Los hombres que durante septiembre y octubre habían salido a conversar después del trabajo ahora regresaban directamente a sus casas, los niños jugaban menos tiempo en la calle, las terrazas de las cafeterías desaparecieron casi por completo y los vendedores cubrieron una parte de sus mercancías con lonas gruesas.
También había menos visitantes; todavía se veía algún extranjero detenido frente a un edificio o consultando un mapa, pero ya no parecían formar parte de las calles como unas semanas antes, y caminaban deprisa, con abrigos cerrados y sombreros inclinados contra el viento.
La ciudad seguía moviéndose, simplemente lo hacía más cerca de sí misma.
Evelyn sintió un lunes por la mañana que tenía frío incluso dentro de la casa.
—La ventana.
Margaret señaló el cristal.
—Está cerrada.
—Entonces entra por otro sitio.
—Las casas antiguas hacen esas cosas.
Evelyn se acercó a la ventana y pasó la mano por el borde del marco.
—Aquí.
— ¿Ves?
—Sí.
—Pon una tela.
La muchacha buscó un trozo de paño y lo colocó allí.
—Esto parece una reparación de barco.
—La casa sobrevivirá.
— ¿Cómo lo sabes?
Margaret continuó doblando ropa.
—Porque siempre ha sobrevivido.
No lo dijo con solemnidad, lo dijo como quien habla de una persona que conoce bien.
Aquellas semanas habían cambiado las rutinas de la casa; como Thomas estaba trabajando cada vez menos horas y pasando más tiempo en casa, Margaret volvió a preparar el almuerzo todos los días.
No eran comidas especiales: sopas, patatas, pan, verduras cocidas, algún pescado cuando el precio lo permitía o, a veces, un guiso que duraba dos días.
La cocina adquirió una importancia nueva y Margaret parecía encontrar en ella algo tranquilizador: pelaba las patatas con una lentitud constante, cortaba cebollas, lavaba hojas de repollo y preparaba masas sencillas para el pan.
Evelyn comenzó a ayudarla; no porque le gustara especialmente cocinar, sino porque le gustaba, en cambio, estar allí, ya que había algo en las tareas pequeñas que hacía que la casa pareciera más estable.
Mientras una removía una olla, la otra limpiaba una mesa, y mientras una lavaba platos, la otra secaba; a veces hablaban, a veces no.
Una mañana Margaret dejó caer una cuchara. No ocurrió nada extraordinario: la cuchara cayó al suelo y Evelyn la recogió.
—Estás distraída.
—Estoy vieja.
—No eres vieja.
—Tengo más de setenta años….
—Eso es grandioso, ¿cuantas personas conoces de esa edad?
Margaret levantó una ceja.
—Pregúntaselo a mis rodillas.
Evelyn se echó a reír y la risa llenó la cocina.
Margaret la miró y sonrió también; aquellos momentos se hicieron más frecuentes y Evelyn comenzó a descubrir que cocinar con su abuela no era una obligación, era una forma de acompañarse.
A veces Margaret hablaba de Inglaterra, no de manera deliberada, simplemente ocurría: una receta que había aprendido de niña, una flor que crecía en el jardín de la casa donde había vivido antes de llegar a los Países Bajos, una costumbre de invierno o una canción.
Evelyn escuchaba y no siempre preguntaba, pues había aprendido que las historias de Margaret eran mejores cuando la abuela las contaba sin sentirse interrogada.
La segunda carta llegó a principios de diciembre. Evelyn regresaba de una mañana fría en la ciudad, llevaba un pequeño paquete de harina y un manojo de puerros envueltos en papel cuando el cartero la llamó desde la entrada.
—Señorita Bellamy.
Evelyn se volvió.
— ¿Sí?
El hombre le entregó un sobre.
—Para su casa.
Evelyn lo tomó y, antes de guardarlo, miró el nombre; no era para ella, la dirección era la de la casa, pero en el centro del sobre estaba escrito con tinta negra: Mrs. Margaret Bellamy . Evelyn permaneció unos segundos observándolo.
— ¿Es para mi abuela?
—Eso parece.
El cartero se ajustó los guantes.
—Buenos días, señorita.
—Buenos días.
Evelyn entró en la casa con el sobre en la mano y encontró a Margaret en la cocina, limpiando unas judías verdes.
—Abuela.
— ¿Sí?
—Ha llegado una carta para ti.
La mujer dejó de trabajar, solo durante un instante, pero Evelyn lo vio.
—Déjamela.
Evelyn se la entregó. Margaret miró el anverso, no abrió el sobre.
— ¿Quién la trae?
—El cartero.
—No me refiero a eso.
—No lo sé.
Margaret dio vuelta al sobre.
—No hay remitente afuera.
Evelyn se acercó.
— ¿La esperabas?
—No.
La respuesta fue inmediata, demasiado inmediata.
— ¿Entonces de qué trata?
—No lo sé.
— ¿Ni siquiera tienes una idea?
Margaret dejó el sobre sobre la mesa.
—No, Evelyn.
La muchacha observó a su abuela.
—Pareces preocupada.
—No estoy preocupada.
—Sí.
Margaret retomó las judías.
—A veces una carta es solamente una carta.
—Entonces ábrela.
Margaret no contestó, y Evelyn esperó; después tomó nuevamente el sobre y se lo acercó.
—Es tuyo, dice que es para ti, ni mas ni menos.
La abuela lo recibió.
—Gracias.
— ¿Quieres que salga?
Margaret levantó la vista.
— ¿Por qué tendrías que salir?
—Porque parece que no quieres abrirla delante de mí.
La expresión de Margaret cambió apenas.
—No es eso.
Evelyn guardó silencio, finalmente sonrió y dejó el sobre sobre la mesa.
—Lo abrirás cuando quieras.
Margaret asintió y Evelyn volvió a la harina y los puerros; no insistió, pero desde ese momento supo que la carta tenía alguna importancia para su abuela, una importancia muy distinta al resto de las cosas.
Y, aunque no podía explicar por qué, aquella certeza permaneció con ella durante el resto del día.
Mientras tanto, la situación de Thomas empeoró.
A mediados de diciembre la empresa redujo personal; dos hombres que Evelyn conocía de las visitas de su padre al puerto dejaron de trabajar, después fueron otros, y un empleado pasó varios días intentando conseguir información sobre un pago que no llegaba.
Los rumores se extendieron entre los comerciantes: unos decían que la empresa encontraría compradores y otros afirmaban que no duraría hasta Navidad.
Thomas seguía diciendo que todo podía solucionarse, pero cada vez lo decía con menos convicción.
Una tarde llegó a casa antes de que oscureciera. Margaret estaba arreglando unas prendas, Evelyn ordenaba unas hojas secas que había recogido para un trabajo y Thomas dejó el sombrero, pero no habló inmediatamente.
—Han cerrado.
Margaret dejó la aguja.
— ¿Qué?
—La oficina.
Evelyn levantó la cabeza y Thomas se sentó.
—No hay dinero para continuar.
Margaret respiró despacio.
— ¿Y los trabajadores?
—Algunos recibirán una parte de lo que les deben. Otros, no sé.
— ¿Y tú?
Thomas la miró.
—Ya no trabajo allí.
Nadie habló; afuera pasó un carro, después una bicicleta y un hombre gritó algo a otro desde la calle. El ruido siguió su camino, pero dentro de la casa, en cambio, todo pareció haberse detenido.
Evelyn bajó los ojos.
— ¿Cuándo lo sabías?
—Desde hace días.
— ¿Y por qué no dijiste nada?
Thomas respondió con cierta suavidad.
—Porque quería estar seguro.
Margaret se levantó, fue a la cocina, abrió un armario, sacó una lata metálica y contó algo que Evelyn no pudo ver qué era.
—Tenemos algunos ahorros —dijo.
Thomas permaneció sentado.
—Sí.
—Podemos vivir unos meses.
—Quizá.
— ¿Hasta cuándo?
Thomas se pasó una mano por la cara.
—No lo sé.
La palabra quedó allí; no era dramática, era peor: era sincera.
Los días siguientes fueron distintos, no de una manera espectacular, pero la vida continuó.
Margaret siguió preparando la comida, Evelyn siguió asistiendo a sus clases y Thomas empezó a recorrer la ciudad buscando trabajo.
Salía temprano con una carpeta bajo el brazo y regresaba a veces antes del mediodía; algunos días volvía caminando y otros utilizaba una bicicleta prestada.
Visitó almacenes, pequeños negocios, oficinas de transporte y dos compañías vinculadas al puerto, pero no encontró nada permanente.
El invierno había llegado en un momento poco conveniente para buscar empleo: había pocas vacantes, las personas que mantenían un puesto no tenían intención de abandonarlo y quienes podían contratar preferían esperar.
Thomas no se quejaba, pero cada noche parecía más cansado.
Margaret empezó a economizar: compraba menos carne, utilizaba más verduras, guardaba cuidadosamente el pan, remendaba ropa y reutilizaba papeles; Evelyn aprendió a hacer algunas de aquellas cosas sin que nadie se lo pidiera.
La casa se volvió más silenciosa, no porque hubiera menos gente, sino porque todos comenzaron a pensar antes de hacer algo; hasta la leña parecía más importante.
Una tarde Evelyn encontró a Margaret contando monedas sobre la mesa.
— ¿Cuánto tenemos?
Margaret no levantó la vista.
—Lo suficiente.
—No te he preguntado eso.
—Y yo te he respondido lo necesario.
Evelyn se sentó.
— ¿Cuándo dejamos de preocuparnos?
Margaret la miró.
—No dejamos.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Seguimos, así es la vida.
Evelyn pensó un momento.
—Eso no parece una solución.
—La mayoría de las veces no hay una solución cuando uno quiere una.
La muchacha sonrió.
—Papá diría que estás siendo pesimista.
—Tu padre siempre cree que las soluciones aparecen si se las busca durante suficiente tiempo.
— ¿Y tú no?
Margaret recogió las monedas.
—Yo creo que primero hay que aceptar dónde se está.
Aquella tarde caminaron juntas hasta una tienda; la noche llegaba temprano y las ventanas tenían ya las primeras luces encendidas.
En una plaza, un árbol pequeño estaba casi completamente desnudo, con unas pocas hojas marrones en las ramas superiores y muchas más en el suelo, y Evelyn se agachó para recoger una.
—Mira esta.
Margaret la observó.
—Está seca.
—Sí.
—Entonces no te sirve para nada.
—No todo tiene que servir para algo.
Margaret sonrió.
—Empiezas a parecerte a tu madre.
Evelyn levantó la cabeza y Margaret pareció darse cuenta de lo que había dicho.
— ¿En qué?
La abuela tardó unos segundos.
—En eso.
— ¿En qué?
—En guardar cosas que no necesitas.
Evelyn observó la hoja.
— ¿Ella hacía eso?
—Muchísimo.
La muchacha guardó la hoja dentro del libro que llevaba y no volvió a preguntar.
Diciembre avanzó y el frío se hizo más persistente.
Las bicicletas seguían llenando las calles, aunque los ciclistas llevaban guantes y bufandas; los vehículos eran pocos y, en las horas más tempranas, algunos carruajes parecían más frecuentes que los automóviles.
En las mañanas podía verse vapor salir de las bocas de quienes caminaban, los canales parecían más oscuros y las plantas de los balcones habían desaparecido.
Algunas flores resistían todavía en determinados jardines, protegidas de las heladas, y Margaret tuvo especial cuidado con un pequeño geranio que crecía junto a una ventana.
Evelyn se burló de ella.
—Lo tratas como si fuera una persona.
—Las plantas saben cuándo alguien se ocupa de ellas.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo muchos años viviendo.
—Esa explicación no tiene sentido.
—A mi edad, algunas explicaciones no tienen que tenerlo.
Una noche, mientras preparaban la cena, alguien llamó a la puerta; era una vecina que traía un plato.
—Hice demasiado estofado.
Margaret aceptó el plato.
—Es usted muy amable.
Cuando cerró la puerta, Evelyn la miró.
—Nos tenía lástima.
—Nos tenía cariño.
—No es lo mismo.
—Es mejor.
Aquella noche comieron el estofado de la vecina con pan, y Thomas habló de una posibilidad de trabajo en un almacén; no era segura, pero podía ser algo. Evelyn escuchó, y por primera vez desde el cierre de la empresa, la idea de que las cosas pudieran mejorar dejó de parecer imposible.
Más tarde, cuando todos se acostaron, Margaret permaneció despierta.
La casa se había quedado en silencio, Thomas dormía y Evelyn también; Margaret encendió una pequeña lámpara, abrió un cajón, sacó el primer sobre, después tomó el segundo y los dejó juntos sobre la mesa.
Durante largo rato no hizo nada, observándolos como si fueran dos objetos que pertenecieran a épocas diferentes, y finalmente tomó la primera carta, deslizó un dedo bajo el borde del papel y la abrió.
No encendió ninguna otra lámpara, no llamó a Thomas y no despertó a Evelyn, simplemente leyó en silencio.
Después tomó la segunda y la abrió también; miró brevemente la parte superior de la hoja, pero no pareció ver algo que no supiera, y esta vez tardó más.
Al terminar, permaneció inmóvil: no lloró, no pareció sorprendida, simplemente se sentó frente a la ventana y miró la calle.
En algún lugar cercano sonó una campana, después pasó una bicicleta y la luz de su farol recorrió brevemente la pared de la habitación.
Margaret dobló las dos cartas con cuidado, volvió a guardarlas y permaneció despierta hasta mucho después de que la ciudad se hubiera quedado casi completamente a oscuras.