La casona de las mareas altas Capítulo 2 Los días que se acortan
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Capítulo 2 Los días que se acortan

En los últimos días de octubre la ciudad comenzó a vestirse para el invierno, y no lo hacía de una sola vez.

Primero aparecieron los abrigos más gruesos en las calles, después los guantes, luego las bufandas, al principio llevadas de manera despreocupada sobre los hombros y, unos días más tarde, ajustadas alrededor del cuello.

Los vendedores de ropa sacaron a las aceras prendas que habían permanecido guardadas durante el verano, y en las ventanas de las tiendas comenzaron a verse botas oscuras, mantas y sombreros de lana.

Las bicicletas seguían siendo numerosas; nada parecía capaz de detenerlas, iban por las calles bajo la lluvia fina, entre carros, pequeños automóviles, tranvías y vehículos de reparto.

Los ciclistas pedaleaban con las cabezas inclinadas, protegiéndose de la humedad como podían; algunos llevaban cajas, otros cestas de verduras y algunos simplemente una cartera de cuero colgada al hombro.

Entre ellos, de vez en cuando, podía verse a algún extranjero.

Ámsterdam los recibía durante todo el año, pero en otoño tenían un aspecto particular: hombres con mapas doblados en las manos, mujeres con sombreros distintos a los que usaban las habitantes de la ciudad, pequeños grupos que se detenían frente a una fachada o junto a un puente y observaban el movimiento del agua con una atención que para los habitantes de Ámsterdam resultaba casi cómica.

Evelyn había aprendido a reconocer a los visitantes por la manera en que caminaban: los habitantes de la ciudad parecían saber siempre dónde estaban, mientras que los visitantes miraban; ella llevaba toda la vida haciendo ambas cosas.

Aquella mañana caminaba junto a Margaret hacia el mercado. La abuela llevaba un abrigo marrón oscuro y un sombrero negro adornado con una pequeña cinta que el tiempo había vuelto gris. Evelyn vestía uno azul, todavía relativamente nuevo, y llevaba las manos metidas en los bolsillos.

—No necesitas acompañarme —dijo Margaret.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué vienes?

—Porque quiero.

Margaret la miró.

—Eso no explica nada.

—No tiene que explicarlo.

—Aprendiste rápido de mí.

—Eres una maestra sin igual, abuela.

La respuesta provocó una sonrisa leve y continuaron caminando.

Las hojas se acumulaban en las esquinas; algunas todavía permanecían en los árboles, amarillas y ocres, moviéndose con cada golpe de viento, mientras otras se habían quedado atrapadas en las rejillas próximas a los canales y formaban pequeñas acumulaciones que parecían nidos.

Un perro olfateaba una de ellas mientras su dueño permanecía unos pasos más atrás, sujetando la correa con una mano y una cesta de verduras con la otra. El perro levantó la cabeza al pasar Evelyn y comenzó a seguirla con los ojos.

—Le gustas —dijo Margaret.

—No me conoce.

—Los animales no necesitan conocer a las personas tanto como creemos.

Evelyn se volvió hacia el perro.

— ¿Y cómo saben?

Margaret continuó caminando.

—A veces no saben. Solo tienen buen olfato.

Evelyn sonrió.

—Eso ha sonado menos poético de lo que esperaba.

—No todo necesita ser poético.

El mercado estaba más concurrido que de costumbre; había puestos de frutas, pescado, flores, telas, panes y pequeñas herramientas, y las voces de los vendedores se mezclaban con el ruido de los carros y el sonido de las ruedas sobre los adoquines húmedos.

Una mujer ofrecía crisantemos, otro vendedor había dispuesto manzanas y peras formando pequeñas montañas, y había cebollas, nabos, zanahorias y calabazas.

Evelyn se detuvo frente a un puesto de flores.

—Mira.

— ¿Qué?

—Estas.

Señaló unos ramilletes pequeños de flores blancas y amarillas.

—Parecen demasiado delicadas para octubre.

Margaret se inclinó.

—No todas las flores saben en qué mes están.

—Eso tampoco es muy poético.

—Yo no lo he intentado.

La vendedora, una mujer de edad avanzada con las manos enrojecidas por el frío, sonrió al escucharla.

—Son las últimas de la temporada —dijo.

Margaret compró dos pequeños ramos.

— ¿Para qué quieres dos? —preguntó Evelyn.

—Uno para la mesa.

— ¿Y el otro?

Margaret le entregó uno.

—Para ti.

Evelyn sostuvo las flores con cuidado; no eran espectaculares y precisamente por eso le gustaban: pequeñas, discretas, todavía capaces de conservar algo del verano.

Continuaron entre los puestos; Margaret compró pan, mantequilla y algunas frutas. En un momento, Evelyn se detuvo para observar una carretilla tirada por un caballo que avanzaba lentamente entre la gente; el animal tenía el pelaje oscuro y gotas de lluvia en el lomo.

—Está cansado.

Margaret miró al caballo.

—Todos lo estamos.

—No es lo mismo.

—No.

La abuela esperó hasta que el carro pasó.

—Tienes razón.

En el camino de regreso, Evelyn habló poco.

Había algo reconfortante en caminar al lado de Margaret; no necesitaban conversar constantemente porque la ciudad llenaba los espacios vacíos por ellas.

Pasaron frente a un edificio en construcción: la fachada antigua de una casa había sido derribada y en su lugar se levantaban nuevas paredes de ladrillo.

Hombres con gorros de lana trabajaban sobre estructuras de madera, mientras debajo, en la calle, se acumulaban piedras, tablas y pequeños montones de tierra.

—Están construyendo muy deprisa —dijo Evelyn.

—La ciudad cambia.

— ¿Te gusta?

Margaret levantó la vista hacia el edificio.

—Algunas cosas sí.

— ¿Y otras?

—Algunas casas tienen la dignidad de haber sobrevivido.

Evelyn miró la vieja fachada contigua.

— ¿Eso significa que no te gustan las nuevas?

—No.

— ¿Entonces?

—Significa que las nuevas todavía no han tenido oportunidad de demostrar nada.

Evelyn lanzo una risotada por las ocurrencias de su abuela.

De regreso a casa encontraron a Thomas en la entrada; llevaba el abrigo abierto y parecía más cansado que el día anterior.

Margaret se sorprendió.

— ¿Ya estás aquí?

—Sí.

—Pensé que estarías en el puerto.

—Yo también.

Thomas dejó el sombrero sobre una mesa pequeña.

— ¿Qué ocurrió? —preguntó Evelyn.

—Nada.

Margaret y Evelyn se miraron, y Thomas lo notó.

— ¿Qué?

—Todos decimos mucho "nada" últimamente —respondió Evelyn.

Thomas soltó una risa breve.

—Entonces quizá necesitamos encontrar otra palabra.

Pero su sonrisa desapareció pronto. Entró en la sala y se dejó caer en una silla, mientras Margaret ponía el ramo sobre la mesa.

— ¿Ha ocurrido algo?

Thomas no contestó inmediatamente; se quitó los guantes y los dejó uno al lado del otro.

—La compañía está en problemas.

Evelyn permaneció de pie y Margaret no se sentó.

— ¿Qué clase de problemas?

—Financieros.

La respuesta parecía demasiado simple, así que Thomas continuó:

—Han perdido dos contratos importantes. Uno de los barcos ha tenido retrasos, hay una deuda que nadie esperaba que venciera tan pronto y algunos clientes han empezado a cancelar pedidos.

— ¿Y tú?

—Yo sigo teniendo trabajo.

Margaret lo miró, y Thomas levantó una mano.

—Por ahora.

Aquellas dos últimas palabras quedaron suspendidas en la habitación. Evelyn caminó lentamente hacia la ventana; en la calle pasaba un pequeño vehículo de reparto, detrás de él iban dos bicicletas, un niño perseguía una pelota y una mujer llevaba un cesto cubierto por una tela; todo continuaba.

— ¿Pueden quebrar? —preguntó Evelyn.

Thomas tardó unos segundos en responder.

—Todavía no.

—Eso no significa que no.

—No.

Margaret se sentó.

— ¿Cuánto tiempo tienen?

Thomas la miró.

—No lo sé.

— ¿Días?

—Probablemente semanas, no ha pasado antes.

— ¿Y después?

Thomas bajó la vista.

—Después habrá que ver.

Evelyn se volvió.

— ¿Podrían cerrar?

—Sí.

— ¿Y tú perderías el empleo?

—Seguramente.

— ¿Y qué haríamos?

Thomas la observó.

—Seguir viviendo.

La respuesta era razonable y, sin embargo, no parecía suficiente.

Margaret fue hasta la cocina y regresó con una tetera.

—No es momento para pensar en lo peor.

Thomas asintió.

—Eso intento.

—Entonces no lo hagas.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es.

Evelyn se sentó frente a ellos y, por primera vez, comprendió que las preocupaciones de los adultos podían ser distintas de las de los niños sin ser necesariamente más graves.

Ella había pensado toda su vida que una casa era una cosa estable, que las personas tenían trabajos, que el dinero llegaba y se gastaba, y que al día siguiente siempre se volvía a hacer lo mismo.

Pero había descubierto que los adultos vivían sobre cosas que podían cambiar: una empresa podía desaparecer, un hombre podía perder su trabajo, una familia podía tener que cambiar de casa; y quizá lo peor era que nada de aquello requería una catástrofe, a veces bastaban unos números mal colocados.

Por la tarde, Thomas volvió a salir cuando el cielo había aclarado.

Evelyn se quedó en casa con Margaret, quien abrió las ventanas de la sala durante unos minutos para ventilar; desde allí podían verse los tejados, una parte del canal y los árboles de una pequeña calle cercana, los cuales tenían menos hojas que una semana antes.

—Se están quedando desnudos —dijo Evelyn.

—Eso ocurre todos los años.

—Ya sé.

Margaret acomodó las cortinas.

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Porque cada año parece diferente.

La abuela la miró.

—Eso sí es verdad.

Más tarde caminaron juntas hasta una pequeña plaza donde había niños corriendo, un hombre paseaba dos perros, una pareja de visitantes consultaba un mapa mientras discutía sobre alguna dirección, y un anciano alimentaba palomas que descendían y volvían a levantarse en pequeñas ráfagas grises.

Evelyn se detuvo.

—Mira.

Una de las palomas tenía una pluma blanca en la cola.

—Es bonita —dijo.

Margaret siguió mirando.

—Es diferente.

—No es lo mismo.

—A veces sí.

Evelyn levantó una ceja.

— ¿Qué quieres decir?

—Nada.

La muchacha soltó una carcajada.

—Otra vez.

Margaret sonrió.

—Tendrás que acostumbrarte.

Siguieron caminando y, en una calle lateral, encontraron un gato atigrado escondido debajo de un carro.

Evelyn se agachó.

—Hola.

El animal salió lentamente y Margaret observó cómo la muchacha le ofrecía la mano.

—No lo toques.

—No voy a hacerle nada.

—No sabes qué puede hacer él.

El gato olfateó sus dedos y después permitió que Evelyn le acariciara la cabeza.

—No parece peligroso.

—Eso dicen todos antes de ser arañados.

Evelyn rió y el gato se sentó a sus pies.

Durante unos minutos la conversación fue únicamente sobre animales: un perro que la familia de una vecina había perdido, las palomas de la plaza, un caballo que Evelyn había visto caer de cansancio meses atrás y un zorro que, según un hombre del puerto, había aparecido una noche cerca de los almacenes; historias pequeñas, historias sin importancia.

Cuando regresaron a casa ya estaba oscureciendo. Margaret encendió las lámparas y Evelyn llevó las flores del mercado a un vaso de cristal, colocándolas sobre la mesa de la sala.

—No durarán mucho.

—Nada dura mucho —dijo Margaret.

—Eso tampoco es muy alegre.

—No intentaba serlo.

Cenaron temprano. Thomas no regresó hasta después de las nueve, traía el rostro serio y no quiso hablar del trabajo; Evelyn comprendió que era mejor no preguntarle y Margaret tampoco lo hizo.

Aquella noche había una tranquilidad extraña en la casa; no era silencio, pues la casa nunca estaba completamente en silencio (había madera que crujía, tuberías que golpeaban suavemente, el ruido distante de los vehículos, alguna bicicleta que pasaba frente a la ventana y el agua moviéndose en el canal).

Era, precisamente, una sucesión de pequeños sonidos.

Sin embargo, cuando Evelyn estaba a punto de subir a su habitación, se detuvo.

— ¿Oyes eso?

Margaret levantó la cabeza.

— ¿Qué?

—Nada.

La abuela sonrió.

—Tendré que enseñarte nuevas cosas.

Evelyn la miró, después también sonrió y se despidió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Margaret permaneció abajo y Thomas se dirigió a su habitación.

La joven subió las escaleras, cerró la puerta y pasó un rato leyendo; a través de la ventana pudo ver la calle, donde la neblina había regresado, una pareja caminaba deprisa hacia el puente y un vehículo pequeño pasó lentamente dejando sobre el pavimento el sonido húmedo de sus ruedas.

Un hombre montado en bicicleta llevaba una lámpara encendida en el manillar, y la luz avanzó y desapareció.

Evelyn cerró las cortinas y, cuando volvió al escritorio, encontró una de las flores del ramo caída sobre el suelo; la recogió, pequeña y delicada, la sostuvo entre los dedos y después la dejó junto al libro, sin pensar más en ella.

En la habitación de abajo, Margaret tampoco pensaba en la carta, o al menos no quería hacerlo; seguía dentro del cajón cerrado.

Ella había decidido no abrirla todavía, y no sabía cuánto tiempo podía seguir posponiéndolo, pero aquella noche no quiso hacerlo.

La vida cotidiana ya tenía suficientes preocupaciones: una empresa que podía quebrar, un hijo que podía perder su empleo, una nieta que crecía demasiado deprisa y un invierno que se acercaba; no necesitaba ninguna otra cosa.

Margaret apagó la lámpara y permaneció un momento junto a la ventana.

En la oscuridad, el canal parecía inmóvil, hasta que una hoja amarilla cayó desde algún árbol cercano y descendió lentamente hasta desaparecer en el agua.

Margaret la siguió con la mirada y después cerró las cortinas.

Aquella noche, por primera vez en muchos años, tuvo una inquietud que no consiguió atribuir a nada concreto; no era miedo, no era tristeza, ni siquiera era una preocupación definida.

Era simplemente la impresión persistente de que el tiempo, sin que nadie se lo hubiera pedido, había comenzado a avanzar en una dirección distinta.