La casona de las mareas altas
© inepub.com
Capítulo 1 Una mañana cualquiera
En Ámsterdam, el otoño no llegaba de golpe, sino que se instalaba poco a poco; primero en el color de los ladrillos mojados, después en el olor de las calles y, finalmente, en la manera en que la gente comenzaba a cerrar las ventanas antes de que anocheciera.
A finales de octubre, los canales reflejaban un cielo gris casi permanente y las hojas amarillentas se acumulaban junto a los bordes de las aceras, donde permanecían pegadas al suelo por la humedad.
La casa de Margaret Bellamy estaba en una calle estrecha, a poca distancia de uno de los canales menores que cruzaban la parte antigua de la ciudad.
No era una casa bonita en el sentido que empleaban los visitantes, pues era demasiado estrecha, sus escaleras eran empinadas y los suelos de madera crujían incluso cuando nadie caminaba sobre ellos.
Tenía tres pisos y una pequeña buhardilla que Margaret utilizaba para guardar cajas, ropa de invierno, documentos viejos y todo aquello que, según ella, podía resultar útil algún día.
La casa había pertenecido durante años a un comerciante neerlandés que la vendió cuando su negocio quebró; Thomas Bellamy la había comprado poco después de casarse y allí habían vivido desde entonces.
Para Margaret, sin embargo, nunca había sido del todo la casa de Thomas, ni tampoco de ella.
La casa pertenecía a todos por igual y, al mismo tiempo, parecía pertenecer un poco más al pasado que a sus habitantes.
Aquella mañana, Margaret se despertó antes de las seis.
No porque hubiera dormido mal; había dormido bien, y eso era lo extraño.
Abrió los ojos en la oscuridad y permaneció unos instantes sin moverse mientras desde la calle llegaba el rumor apagado de una rueda sobre los adoquines, más lejos alguien cerró una puerta, y una campana dio la hora con una resonancia que parecía venir de otra parte de la ciudad.
Margaret miró el techo, habiendo despertado con la sensación de que debía recordar algo, aunque no sabía qué.
Se incorporó, se puso la bata y abrió la ventana; el aire era frío y húmedo.
Debajo, la calle estaba casi vacía: una mujer atravesó la esquina con una cesta cubierta por un paño, dos hombres caminaban en dirección al puente, y un tranvía pasó a lo lejos dejando un sonido prolongado sobre las vías.
Margaret cerró la ventana, después volvió a abrirla, se quedó unos segundos mirando afuera y finalmente la cerró de nuevo.
—Ridículo —murmuró, sin saber a qué se refería.
Bajó a la cocina, donde la casa olía a café y a madera húmeda.
El fuego de la estufa había quedado encendido durante la noche y mantenía la habitación templada, así que Margaret puso agua a calentar y empezó a preparar el desayuno antes de que apareciera Evelyn.
La muchacha dormía en el segundo piso, en una habitación cuya ventana daba hacia el canal.
Tenía diecisiete años y había nacido en Ámsterdam; sabía que tenía raíces británicas porque su padre lo decía, porque su abuela insistía en ciertas costumbres y porque en los documentos familiares aparecía repetido el apellido Bellamy.
Pero cuando pensaba en su infancia no recordaba Inglaterra, recordaba bicicletas, canales, la nieve que una vez cayó sobre los puentes, las tardes en que su padre la llevaba al puerto, la voz de su abuela llamándola desde la cocina y el olor del pan recién hecho de una tienda de la esquina.
Para Evelyn, Inglaterra era un país que existía con la misma certeza que Francia o España: real, conocido y distante, mientras que Margaret hablaba de Inglaterra como si todavía pudiera escucharla.
A las seis y media, Evelyn apareció en la cocina; llevaba el cabello recogido de cualquier manera y tenía una manta sobre los hombros.
—Hace frío.
—Eso ocurre en octubre.
—No debería ocurrir dentro de la casa.
Margaret la miró por encima de la taza.
—La casa tiene más de cien años. Tiene derecho a tener frío.
Evelyn se sentó.
— ¿Dormiste?
—Sí.
Margaret respondió demasiado rápido y la muchacha la observó.
— ¿Qué pasa?
—Nada.
—Te he preguntado si dormiste.
—Y te he respondido.
Evelyn no insistió. Aquello era algo que había aprendido durante años: con Margaret, las preguntas tenían un límite; no porque la abuela se enfadara, pues rara vez levantaba la voz, sino porque simplemente encontraba una manera de cerrar una conversación sin que pareciera que la había cerrado.
Evelyn untó mantequilla en una rebanada de pan.
— ¿Papá ya se fue?
—Todavía no.
—Pensé que tenía que estar en el puerto a las siete.
—Hoy puede entrar más tarde.
— ¿Estás segura?
Margaret se detuvo.
—Casi.
En ese momento se escucharon pasos en el piso superior y Thomas apareció poco después, ya vestido para salir.
Tenía treinta y nueve años y un rostro cansado, aunque no parecía especialmente mayor.
Trabajaba para una compañía de transporte marítimo que gestionaba mercancías procedentes de Inglaterra, Alemania y el norte de Europa, y su trabajo hacía que conociera los muelles mejor que muchas personas nacidas en la ciudad.
—Buenos días.
Besó a Margaret en la frente y a Evelyn le revolvió el cabello al pasar.
—No me toques el pelo.
—Está imposible.
—Ya estaba imposible antes de que llegaras.
Thomas sonrió, y Margaret dejó una taza delante de él.
—Hay café, té y prepare un jugo.
—Gracias.
Se sentó y durante unos minutos solo se escuchó el ruido de los cubiertos, en un silencio que era agradable o que lo habría sido cualquier otro día.
Evelyn levantó la mirada y notó que Margaret estaba mirando a Thomas. No era extraño que lo hiciera, pero aquella mañana lo observaba con una atención que no parecía corresponder a nada que él estuviera haciendo.
— ¿Qué? —preguntó Thomas.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Puedo mirar.
—Nunca he dicho que no.
Margaret sonrió apenas.
—Entonces no hay ningún problema.
Evelyn bajó los ojos hacia su plato, pensando que aquella conversación había sido absurda. Un minuto después, sin embargo, volvió a mirar a su abuela; Margaret ya no observaba a Thomas, sino que miraba la ventana. El cielo seguía gris y una gota de agua descendió lentamente por el cristal.
— ¿Va a llover? —preguntó Evelyn.
—Probablemente.
—Siempre dices probablemente.
—Porque el tiempo no pide permiso antes de cambiar.
Thomas se levantó.
—Hoy volveré tarde.
Margaret alzó la cabeza.
— ¿Muy tarde?
—No lo sé.
— ¿Después de las nueve?
—Puede ser.
Hubo otra pausa.
—Contáctanos si sucede algo —dijo Margaret.
Thomas frunció ligeramente el ceño.
— ¿Qué podría suceder?
Margaret pareció sorprendida por su propia frase.
—Nada. Solo digo que si llegas tarde, avises.
—Lo haré.
Se puso el abrigo y, antes de salir, regresó a la mesa.
— ¿Estás bien, mamá?
Margaret lo miró, y durante un instante pareció a punto de decir algo.
—Sí.
Thomas asintió.
—Bien.
Cuando cerró la puerta, Evelyn esperó.
—No estás bien.
Margaret se volvió.
— ¿Perdón?
—Le dijiste que te llamara si sucedía algo.
—Es una cosa normal.
—No lo dices normalmente.
—La gente cambia de costumbres.
Evelyn sonrió.
—No tú.
Margaret sostuvo la mirada de su nieta y después empezó a recoger la mesa.
—Termina el desayuno.
—Ya terminé.
—Entonces ayuda.
Aquello zanjó la conversación.
Más tarde, cuando Evelyn salió de casa para terminar unos asuntos, la lluvia había comenzado.
Era una lluvia fina y persistente que parecía haber hecho que la ciudad perdiera parte de su ruido.
Evelyn caminó por las calles húmedas con el abrigo cerrado hasta el cuello, pasó junto a una fila de bicicletas apoyadas contra una pared, cruzó un puente y siguió por una calle donde las ventanas tenían pequeños cristales empañados.
Ámsterdam le parecía distinta cuando llovía: los colores desaparecían, los edificios se volvían más oscuros y el agua de los canales parecía mezclarse con el cielo.
Durante la mañana intentó no pensar en Margaret, pero no lo consiguió; a media mañana recibió una nota de una compañera y, al levantar la mirada, descubrió que llevaba varios minutos leyendo la misma línea sin entenderla.
La sensación no era de miedo ni tampoco de tristeza, era algo más difícil de nombrar, una especie de incomodidad, como cuando uno sabe que ha olvidado algo pero no consigue averiguar qué.
Al regresar a casa, encontró a su abuela en la sala; Margaret estaba sentada junto a la ventana con un libro cerrado sobre las rodillas, pero no estaba leyendo. Evelyn dejó el abrigo.
— ¿Desde cuándo estás así?
Margaret miró el reloj.
—No lo sé.
— ¿No sabes desde cuándo estás sentada?
—Estaba pensando.
— ¿En qué?
—En muchas cosas.
—Eso tampoco es una respuesta.
Margaret sonrió.
—Vas aprendiendo demasiado rápido.
Evelyn se acercó.
— ¿Te encuentras mal?
—No.
— ¿Te duele algo?
—No.
— ¿Es papá?
—No.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Margaret miró hacia la ventana.
—Nada, hija no te preocupes.
Evelyn siguió la dirección de sus ojos; al otro lado del cristal, una barca avanzaba lentamente por el canal.
— ¿Qué miras?
—El agua.
Evelyn esperó una explicación, pero no llegó. Al cabo de unos segundos, Margaret levantó la vista.
— ¿Quieres té?
—Sí, porfavor.
En la cocina, Evelyn observó a su abuela mientras preparaba la tetera.
Margaret se movía con la misma precisión de siempre: ponía las hojas en el recipiente, esperaba, vertía el agua y añadía la leche; todo era normal.
Y, sin embargo, Evelyn no podía librarse de la impresión de que algo había cambiado, aunque no sabía qué.
Tal vez nada había cambiado y tal vez solo estaba prestando demasiada atención; esa posibilidad le pareció la más probable, y también la menos tranquilizadora.
La tarde pasó sin acontecimientos; Margaret cocinó, Evelyn estudió y la lluvia se detuvo. Thomas llamó poco después de las seis para decir que tendría que quedarse trabajando más tiempo. La conversación fue breve y, cuando Margaret colgó, dejó el auricular sobre la mesa con demasiado cuidado.
—Dice que llegará mañana.
— ¿Todo bien?
—Sí.
Evelyn la observó.
—Otra vez.
— ¿Otra vez qué?
—Dices que sí demasiado rápido.
Margaret la miró durante unos segundos y finalmente sonrió.
—Eres una muchacha difícil, estoy acostumbrada.
—Lo dices como si fuera malo.
—No necesariamente.
Esa noche cenaron las dos solas y hablaron de cosas pequeñas: de una profesora, de los precios del carbón, de una vecina que había discutido con su marido y de un gato que llevaba tres días entrando en el jardín de otra casa.
La normalidad regresó, y quizá por eso Evelyn dejó de preocuparse.
Después de cenar, Margaret subió a ordenar una de las habitaciones y Evelyn lavó los platos.
Cuando terminó, apagó la lámpara de la cocina y se quedó unos segundos en la oscuridad; no había nada extraño, se escuchaba el agua del canal, una bicicleta pasó por la calle y un caballo golpeó con una pezuña los adoquines.
Todo estaba exactamente donde debía estar.
Subió y encontró a Margaret en el pasillo.
— ¿Qué haces?
La anciana sostuvo una pequeña caja de madera.
—La encontré en la buhardilla.
— ¿Qué hay dentro?
—Nada importante.
—Entonces, ¿por qué la llevas?
Margaret miró la caja.
—No lo sé.
Evelyn sonrió.
—Eso empieza a ser tu frase favorita, sin contar tus frases breves.
Margaret no respondió, guardó la caja en un armario y se despidió.
—Buenas noches.
— ¿Ya?
—Estoy cansada.
Evelyn se acercó y besó a su abuela en la mejilla.
—Buenas noches.
Margaret la sostuvo un momento por el brazo.
—Evelyn.
— ¿Sí?
La mujer pareció querer decir algo, pero no lo dijo.
—Nada.
—Otra vez nada.
Margaret sonrió.
—Ve a dormir, mañana hablamos.
Evelyn subió y se durmió como siempre. Margaret permaneció en el pasillo y escuchó los pasos de su nieta hasta que dejaron de oírse, y después volvió a la sala y meditó hasta perder la consciencia
A primera hora al día siguiente, la casa estaba completamente en silencio cuando llamaron a la puerta; no fue un golpe fuerte, solo dos golpes breves.
Margaret se quedó inmóvil y esperó. Volvieron a llamar.
Se acercó a la entrada pensando que, durante un instante, podía ser Thomas, aunque todavía era demasiado temprano.
Abrió y no había nadie; la calle estaba vacía, solo quedaba una bicicleta apoyada contra la pared de enfrente y una farola encendida bajo la neblina.
Margaret miró hacia ambos lados, después bajó los ojos y vio que había un sobre en el suelo.
No tenía sello, no tenía nombre de remitente, solo el suyo: Margaret Bellamy.
La mujer lo recogió y permaneció unos segundos bajo el marco de la puerta, con la carta entre las manos; no parecía sorprendida, parecía preocupada.
Cerró la puerta y no abrió el sobre. Subió lentamente al segundo piso; Evelyn seguía durmiendo, así que Margaret se detuvo frente a la puerta de su nieta y después siguió hasta su propia habitación, donde cerró con llave.
Se sentó junto a la ventana, dejó el sobre sobre la mesa y lo observó durante largo rato.
Finalmente pasó un dedo por el borde del papel y entonces, por primera vez aquella noche, su expresión cambió.
No fue miedo ni tampoco tristeza, fue reconocimiento, como si, después de muchos años, alguien hubiera pronunciado en voz baja un nombre que ella había conseguido no escuchar durante mucho tiempo.
Margaret encendió la lámpara y el sobre permaneció sobre la mesa, blanco y silencioso.
Afuera, el agua del canal siguió moviéndose en la neblina; la casa no cambió y nada más ocurrió aquella mañana, pero Margaret tardó mucho en despertar.