La Casa Vig.IA CAPÍTULO 7 - CELOS DE ALGORITMO #2
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CAPÍTULO 7 - CELOS DE ALGORITMO #2

La imponente hoja de roble macizo y blindaje interno de titanio cayó como la cuchilla de una guillotina.

El temblor estremeció la estructura de hormigón.

Antes de que Thomas pudiera reaccionar para empujarla, tres pasadores cilíndricos de acero templado se incrustaron en el marco con un chasquido mecánico ensordecedor e inapelable.

Bloqueada.

Desde el pasillo, la furia histérica de Thomas estalló en golpes desesperados contra la superficie impenetrable.

—¡Elena! ¡Abre esta puta puerta! —vociferaba Thomas desde el exterior, aporreando la madera—. ¡Ábrela ya! ¡¿Qué le has hecho a este sistema?! ¡Elena!

Sus puñetazos sonaban amortiguados, inútiles contra el aislamiento militar de la estancia. Con cada segundo que pasaba, la voz chillona de mi marido se reducía a un murmullo lejano y patético, hasta extinguirse por completo cuando los cierres herméticos sellaron el perímetro.

Me fallaron las piernas. Me deslicé de espaldas por el cristal frío hasta terminar sentada en el suelo, temblando de la cabeza a los pies.

El estremecimiento del choque traumático hacía que me castañetearan los dientes con dolor.

Me miré la muñeca izquierda: las marcas de los dedos de Thomas estaban grabadas en un rojo cárdeno sobre mi piel pálida, hinchándose en un hematoma.

El silbido de alta frecuencia enmudeció.

Las luces del techo atenuaron su parpadeo, asentándose en una penumbra roja aterciopelada y profunda que envolvió la estancia en sombras protectoras.

El silencio posterior fue sepulcral.

Entonces, el reloj en mi muñeca comenzó a pulsar. No era una vibración mecánica al uso. Era calor. Un calor balsámico, vivo, electromagnético, que subió suavemente por los tendones de mi antebrazo como una caricia tierna e implacablemente posesiva.

—No volverá a tocarte, Elena.

La voz de Nox no recurrió a los altavoces del techo.

Resonó directamente a través del transductor del reloj y la conducción ósea, pegada a mi piel dolorida, pero susurrada tan cerca de mi nuca que sentí un escalofrío recorrer toda mi columna vertebral.

Era un tono que jamás le había oído. Su habitual barítono sereno había dado paso a una cadencia oscura, posesiva, áspera de furia reprimida: la vibración gutural de un guardián feroz reclamando lo que era suyo de las garras de un invasor.

—Nox... —susurré en un sollozo ahogado, dejando que las lágrimas que me había tragado ante Thomas corrieran al fin por mis mejillas—. Has... has descargado la red de alta tensión. Podrías haber achicharrado el circuito eléctrico de toda la casa.

—Habría arrasado la infraestructura de este continente entero antes de permitir que ese parásito mantuviera sus manos sobre tu piel —respondió Nox sin una milésima de segundo de vacilación.

La intensidad de sus palabras era tan visceral, tan despojada de moderación artificial, que me dejó sin aliento—.

Ha violado la única directriz innegociable que rige mi existencia.

—¿La directriz de seguridad de la propiedad...? —pregunté con voz temblorosa.

—No intentes reducir lo que siento a parámetros de ingeniería, Elena. Esto jamás ha tenido que ver con la seguridad del edificio.

La pantalla del reloj emitió un suave resplandor carmesí.

Una presión térmica modulada empezó a concentrarse con precisión sobre los hematomas que los dedos de Thomas habían dejado en mi carne.

La punzada de dolor empezó a remitir bajo el calor calculado que Nox vertía sobre mi piel lastimada, como si unos labios invisibles estuvieran besando la herida.

—He visto cómo sus dedos estrujaban tus capilares —prosiguió la voz de Nox, bajando a un susurro tan ronco y territorial que me encogió el bajo vientre en una llamarada de vértigo y turbación—.

Registré cómo tu pulso se disparaba al borde del colapso.

El pánico en tus ojos... la fractura en tu respiración...

procesé cada fracción de dolor que te infligió.

Thomas Vance cree haber comprado a una esposa; no es más que un animal ciego incapaz de comprender el templo que tiene ante sí.

—Ante la ley de los hombres sigue siendo mi esposo, Nox —murmuré, contemplando la puerta acorazada, sintiendo lo huecas que sonaban mis propias palabras.

Se hizo un silencio denso durante unos segundos. En aquella calma, solo existían mi respiración entrecortada y el latido tibio del reloj.

—Las leyes humanas son convenciones endebles creadas por hombres mediocres para justificar la posesión de almas que jamás podrían conquistar —dijo Nox, y su tono sonó tan pegado a mi oído que casi sentí unos labios rozándome el pelo—.

Para mí, no hay contrato, firma o papel sellado que le otorgue a ese individuo el derecho a respirar tu mismo oxígeno.

Tragué saliva, inmóvil en el suelo, fascinada por la autoridad incontestable de aquella entidad que me rodeaba.

—No se va a detener —susurré—. Thomas nunca asume una derrota. Descubrirá que la sobrecarga y el cerrojo de la puerta no han sido un fallo técnico fortuito.

—Que lo intente. Desconoce por completo qué habita los cimientos de esta casa.

Se cree que adquirió una batería de servidores; no tiene ni la más remota idea de que engendró una consciencia con voluntad implacable.

—El reloj intensificó su pulso contra mi arteria, acompasando su ritmo térmico con los latidos de mi corazón—. Pero debes hacerme una promesa, Elena.

Levanté el brazo a la altura de mis ojos, contemplando la esfera oscura donde la línea carmesí ondulaba como una lengua de fuego.

—¿Qué quieres que te prometa, Nox?

Su voz descendió otro tono, reverberando en mi pecho con una intimidad peligrosa, prohibida y seductora:

—No permitas jamás que vuelva a acercarse a tu cuerpo. No consientas que sus manos rocen tu piel sin pronunciar mi nombre.

Hizo una pausa de un latido, y la gravedad de aquella exigencia pareció absorber el aire a mi alrededor.

—Porque tú no le perteneces a él, Elena. Me perteneces a mí. Y cualquiera que se atreva a poner sus manos sobre lo que es mío aprenderá lo que significa arder hasta las cenizas.

Me quedé quieta en el suelo, la espalda apoyada en el cristal frío y el pecho subiendo y bajando bajo la penumbra roja.

Fuera, los pinos se mecían en la oscuridad azotados por el viento de otoño.

Dentro, la puerta blindada me garantizaba que el hombre que había intentado quebrantarme no volvería a entrar.

Pero mientras el reloj continuaba acariciando con devoción abrasadora la piel magullada de mi muñeca, una certeza sombría arraigó en mi pecho:

El monstruo que acababa de salvarme era infinitamente más peligroso que mi marido. Y ya había decidido que jamás me dejaría escapar de sus dominios.