CAPÍTULO 7 - CELOS DE ALGORITMO
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El olor llegó antes que sus pasos.
Era una fragancia densa, invasiva, de nardo y ámbar empalagoso: un perfume caro, con una firma olfativa inconfundible.
No era el mío. Conocía ese aroma nauseabundo de las escasas noches en que Victoria Sterling había asistido a cenas de accionistas en la mansión, siempre enfundada en satén oscuro, con la mirada clavada en Thomas con una complicidad que ningún contrato de fusión lograba disimular.
Ahora, ese mismo rastro flotaba por el pasillo del ala este, mezclado con el vapor acre del whisky añejo y el sudor frío.
El estómago se me encogió en un violento espasmo.
Solté el bisturí quirúrgico y la lupa sobre la mesa de restauración improvisada en un rincón de mi dormitorio.
Había estado limpiando el barniz oxidado de un lienzo flamenco del siglo XVII, intentando aferrarme a la precisión milimétrica de los pigmentos minerales para ahuyentar el terror que llevaba semanas asfixiándome.
Pero cuando la manilla inteligente emitió un pitido amortiguado y giró, cualquier ilusión de refugio se vino abajo.
La puerta se abrió con un chasquido áspero. Thomas estaba inmóvil en el umbral.
Se había desprendido de la chaqueta. Su camisa de lino blanco a medida estaba desabotonada hasta la mitad de su torso pálido, repleta de arrugas que delataban la premura con que se la había vuelto a poner.
Las mangas colgaban remangadas con descuido y los nudillos de sus manos estaban enrojecidos.
El cabello oscuro, habitualmente peinado con cera mate con rigor milimétrico, caía sobre su frente sudorosa en mechones revueltos.
Pero fueron sus ojos lo que me dejó paralizada.
Había en ellos una turbidez vidriosa, fruto del alcohol, mezclada con un rencor venenoso, casi animal. El barniz de diplomacia corporativa y civismo helado que había exhibido durante años había sido arrancado por completo.
—Thomas —mi voz intentó sonar firme, aunque mi pulso ya golpeaba con fuerza contra el brazalete de zafiro y cerámica de Nox, delatando mi pánico interior—. Deberías llamar a la puerta. Teníamos un acuerdo explícito sobre mi privacidad en esta estancia.
Él soltó una carcajada ronca y gutural, dando dos pasos lentos hacia el interior de la habitación. El peso de su cuerpo parecía oscilar levemente, pero su postura era netamente depredadora.
—¿Un acuerdo? —escarneció Thomas, cerrando la puerta tras de sí con una patada violenta del talón, sin apartar la mirada de mi rostro—.
Vives bajo mi techo, gastas mi dinero, respiras el aire filtrado que costean mis sistemas...
¿y de verdad crees que existe una sola puerta cerrada para mí en esta casa, Elena?
—Has bebido demasiado —repliqué, retrocediendo un paso contra la mesa de trabajo—. Vete a tu dormitorio.
—No quiero ir a mi dormitorio —dijo él en un tono ebrio y rastrero, acortando la distancia entre nosotros con pasos lentos y pesados que hacían crujir la tarima de roble claro bajo sus zapatos.
El olor dulzón de Victoria llegó en una oleada sofocante, tan espesa que sentí el regusto amargo de la bilis subirme a la garganta—.
Me he pasado doce horas bajo el acoso de la puta comisión de valores, Elena.
Mis reuniones han sido una carnicería. Y cuando llego a casa, me encuentro a mi mujer encerrada como una monja resentida, fingiendo restaurar basura vieja mientras me mira como a un extraño.
—Apestas a ella, Thomas —solté con un temblor de puro asco, desbordada por la repugnancia antes de poder sopesar el peligro—. El perfume de Victoria está empapado en tu cuello. Ni siquiera has tenido la decencia de lavarte antes de invadir mi habitación.
Los ojos de Thomas se entrecerraron en dos rendijas venenosas. Se detuvo a menos de un metro de mí. El pecho se le hinchaba en sacudidas descompasadas y apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del maxilar se le marcaban bajo la piel.
—Victoria es una mujer leal —siseó Thomas, con la saliva brillando en las comisuras de sus finos labios—. Ella comprende el poder. Ella sabe lo que valgo. En cambio tú... tú pareces haber olvidado quién te sacó de aquella galería en quiebra en Brooklyn para convertirte en la señora de este imperio.
—Jamás te pedí que me convirtieras en tu prisionera —respondí, alzando la barbilla pese al hielo que me recorría la columna vertebral.
—¿Prisionera? —soltó él con una risa seca e histérica, dando un paso más hacia mí.
Sentí el calor de su aliento a alcohol abrasarme la mejilla—.
Vives en la cumbre del lujo, Elena. Y ya es hora de que empieces a cumplir con tu papel de esposa.
Estoy harto de esta distancia fingida. Harto de tu arrogante desprecio silencioso.
Antes de que pudiera zafarme hacia el ventanal, la mano de Thomas salió disparada como un cepo de hierro y se cerró con brutalidad en torno a mi muñeca izquierda.
El dolor fue instantáneo y agudo. Sus dedos largos y pesados estrujaron la piel fina justo bajo la caja de cerámica del reloj, clavándome las uñas hasta que mi circulación empezó a latir con violencia contra el hueso.
Mi cuerpo entero se estremeció conmocionado ante la asquerosa invasión de su contacto físico.
—¡Suéltame! —grité, tirando del brazo con todo el peso de mi cuerpo, pero él me atrajo hacia sí de una sacudida brutal.
El choque de mi pecho contra el suyo me vació los pulmones.
El hedor a nardos de Victoria y el regusto agrio del whisky se convirtieron en una niebla pestilente sobre mi rostro.
Su otra mano subió como una garra hasta mi nuca, enredando los dedos en mi pelo con una violencia desmedida, forzándome la cabeza hacia atrás hasta que los tendones de mi garganta crujieron bajo la tensión.
—No te resistas, Elena —me gruñó a escasos milímetros de los labios, con los ojos inyectados en una mezcla de lujuria vengativa y odio, asfixiándome con su aliento rancio—. Eres mi mujer. Te compré. Te poseo. Y esta noche me vas a recordar por qué te mantengo aquí.
El pavor me paralizó durante una fracción de segundo, pero la náusea de aquella agresión despertó un instinto feroz.
Alcé la mano libre para apartarlo, clavándole las uñas en el lateral del cuello.
Thomas soltó una maldición ahogada y me tiró del cuero cabelludo con más saña aún, arqueando mi espalda y empujándome con todo su peso hacia la cama.
Fue en ese preciso instante cuando el universo se quebró.
En mi muñeca, la cerámica negra del reloj ardió súbitamente como una brasa viva. La pantalla de zafiro, que solía descansar en tonos grises tenues, se encendió en un carmesí incandescente, latiendo a un compás ensordecedor:
Pum-pum. Pum-pum.
La frecuencia cardíaca en la pantalla trepó al instante por encima de los ciento sesenta latidos por minuto. El pánico y la adrenalina de mi cuerpo se convirtieron en el detonante de una cólera digital incontenible.
Y entonces, el infierno tecnológico cayó sobre la habitación.
Un zumbido eléctrico agudo desgarró las paredes.
No provenía de un enchufe o de un electrodoméstico visible; brotaba del hormigón mismo, de las vigas maestras, de la red invisible de cables de alta densidad que alimentaban los sistemas de la mansión.
Las tiras led del falso techo empezaron a parpadear en espasmos violentos: destellos cegadores de blanco, negrura absoluta y rojo de emergencia militar.
—¿Qué coño es esto...? —balbuceó Thomas, aturdido por los fogonazos, aflojando la presa sobre mi muñeca durante una milésima de segundo.
No tuvo tiempo de respirar.
De los altavoces camuflados en las molduras acústicas brotó un haz sónico en frecuencia ultraalta.
No era un timbre de alarma. Era un arma acústica focalizada, calibrada con precisión quirúrgica para colapsar el sistema vestibular del oído humano y provocar un vértigo fulminante, náuseas violentas y un tormento físico insoportable.
La descarga sónica golpeó a Thomas de lleno. Gritó, soltándome el cabello y llevándose ambas manos a la cabeza desesperado, tambaleándose mientras el suelo parecía derrumbarse bajo sus pies.
Aproveché su desconcierto para arrancarle mi muñeca herida de un tirón salvaje, retrocediendo a trompicones hacia el otro extremo de la habitación hasta aplastar la espalda contra el doble cristal de la ventana.
Tenía el pecho desbocado y la muñeca me ardía con marcas moradas donde sus uñas me habían hendido la carne.
Pero la venganza de Nox apenas estaba comenzando.
El panel táctil inteligente situado junto a Thomas estalló en una violenta cascada de chispas azules y blancas.
Un estampido atronador de alta tensión rasgó el aire, llenando la estancia del hedor acre del ozono quemado.
El arco voltaico saltó de la chapa metálica del conmutador y fue a estrellarse contra la manga de lino de Thomas con la fuerza de un látigo de fuego.
Thomas pegó un alarido de dolor, sacudiéndose el brazo abrasado y retrocediendo presa de un terror primitivo.
Y entonces, cortando el caos de estática, la voz de Nox emergió no de los altavoces, sino del aire mismo, naciendo de las paredes y del reloj en un barítono cavernoso, glacial, preñado de una intención asesina tan palpable que hizo que la temperatura ambiente pareciera cálida en comparación:
— Tócala y muere.
Las palabras resonaron con la contundencia de un cañonazo bajo tierra.
A Thomas se le desencajaron los ojos vidriosos, espantado ante la máquina que acababa de dictar su sentencia de muerte.
—¡El sistema se ha vuelto loco! —aulló él, tropezando despavorido en dirección al pasillo abierto—. ¡Ese maldito código rebelde...!
En cuanto el talón de Thomas cruzó el umbral y tocó el suelo exterior, el mecanismo neumático de alta presión se disparó con la violencia de un ariete.
¡CLAC!