CAPÍTULO 29
Una puerta abierta
Cuando Nuria llegó con los nuevos registros, Molina había extendido sobre mi mesa el plano del aparcamiento de Leganés. Repasábamos qué partes de la declaración de Rafael podían sostenerse fuera de aquella sala.
—La orden de alarma de después de las nueve salió de una sesión autenticada con la cuenta administradora —dijo Nuria, acercándonos el informe—.
El proveedor conserva la dirección desde la que se inició y hemos contrastado su asignación histórica con el operador de Internet.
En esa franja correspondía a la conexión de la vivienda de Aravaca.
Molina levantó el lápiz del plano.
—Entonces Rafael seguía dentro cuando provocó el último aviso.
—Sabemos que la orden partió de la conexión de esa casa.
El registro no identifica el aparato utilizado ni a la persona que pulsó el botón.
Su declaración encaja con el dato, pero no hace aparecer un ordenador que no hemos encontrado ni convierte los cuatro móviles del salón en instrumentos de esa operación.
Pilar también había ampliado su informe: uno de los paños recogidos en los útiles de limpieza de la cocina conservaba material biológico de Julián, junto a residuos compatibles con un producto doméstico utilizado en aquella vivienda.
La distribución de sangre en el carril del panel respaldaba un desplazamiento posterior a la agresión.
Ninguno de esos resultados podía establecer lo que Rafael había pensado al golpearlo.
—¿Y la furgoneta? —pregunté.
—La furgoneta de Julián quedó registrada en la barrera del aparcamiento y las imágenes de la gasolinera sitúan allí a Rafael poco después.
Guillermo también ha confirmado que lo recogió en ese lugar —respondió Molina—.
Todo eso encaja con la ruta que Rafael ha declarado, pero no tenemos reconstruido el trayecto completo desde Aravaca ni podemos identificar al conductor en las grabaciones.
Las llaves siguen sin aparecer y esa comprobación permanece abierta.
Sobre el otro extremo de la mesa permanecía la imagen del hombre con carpeta que había abierto tantas discusiones desde el segundo día.
—¿La descartamos? —preguntó Molina.
—La conservamos. Rafael ha declarado que salió a comprobar el portillo del vivero y que regresó por el camino de las parcelas con una carpeta.
Su explicación es compatible con la imagen, aunque seguimos sin una identificación facial y tampoco conocemos el desfase exacto del reloj aquel miércoles.
No podemos afirmar que sea él únicamente por su declaración.
Preparamos los nuevos resultados para la autoridad judicial. Las falsas alarmas, la evacuación de la familia y la escena alterada tenían ya una reconstrucción fundada. La intención con que Rafael golpeó a Julián y su responsabilidad penal definitiva quedarían sometidas al examen judicial.
Paula nos esperaba junto a Carla en un despacho donde habíamos pedido que estuviera también una profesional de atención a familiares.
Había dejado sobre la mesa una libreta pequeña, llena de teléfonos y nombres de clientes de su padre.
Desde que encontraron la furgoneta, Carla intentaba averiguar qué trabajos podían aplazarse y cuáles requerían enviar a otro técnico.
—Quería venir porque voy a tener que seguir atendiendo llamadas —dijo Paula—. Algunas personas todavía preguntan cuándo volverá mi padre. Se lo hemos explicado, pero otros tenían citas apuntadas desde hace semanas y llaman al móvil del taller como si nada hubiera pasado.
Le indiqué qué parte de los hechos podíamos confirmar y qué actuaciones seguían bajo investigación.
Paula escuchó sin interrumpirme cuando le expliqué que Rafael había reconocido golpear a Julián, mover su cuerpo y ocultarlo, y que existían resultados materiales concordantes.
Cuando llegué al supuesto forcejeo, alzó la mano.
—Esa es la versión de él, ¿verdad? Mi padre no puede contar la suya.
—Sí. El examen de las lesiones y del lugar se ha incorporado a las diligencias. Sobre la intención que declara Rafael tendrá que pronunciarse quien corresponda, con todas las pruebas.
Paula hizo una marca en el borde de la libreta con la uña.
—Julián le habría dicho que no iba a firmar una avería inventada. Era así hasta con los clientes que más le gustaban. Podía perder una mañana entera explicándote algo y después cobrarte menos de lo previsto, pero en un papel ponía lo que había visto.
Carla le recordó que quedaban contratos por resolver y se ofreció a encargarse de las llamadas difíciles. Paula negó con la cabeza.
—Las que preguntan por mi padre, sí te las voy a pasar. Pero la agenda la quiero revisar yo, aunque sea poco a poco. Hay gente que lleva años entrando en el taller y también querrá saber qué va a ocurrir con él.
Preguntó por la chaqueta verde que solía dejar detrás del asiento de la furgoneta.
Había prendas pendientes de identificación y examen, le expliqué, y todavía no podíamos confirmar que estuviera entre ellas.
El llavero amarillo tampoco había aparecido.
Preferí darle el contacto del funcionario que centralizaba los efectos personales a prometerle que recuperaríamos algo.
—Si encuentran cualquiera de las dos cosas, avísenme —dijo—. No necesito que me den todo lo que llevaba encima. Pero quiero poder elegir qué guardar.
Al salir, Carla se quedó unos pasos atrás para preguntarme por los accesos a la furgoneta y al taller.
Le expliqué que habría actuaciones posteriores y que su empresa tendría que recuperar la documentación y los vehículos por los cauces establecidos.
Cuando volví la cabeza, Paula estaba junto a la ventana, comprobando en la libreta la primera cita del día siguiente.
La reunión con Esther se celebró en una oficina municipal distinta del alojamiento protegido.
Rebeca estaba allí y había concertado previamente la presencia de una abogada de asistencia.
La dirección en la que dormían los niños no figuraba en la documentación que llevábamos para explicar las novedades del caso.
Esther escuchó la información sobre la declaración de Rafael con los brazos apoyados en la mesa. Me pidió que repitiera la parte de los mensajes y, después, que le aclarara si la Policía creía que Óscar había dejado de intentar localizarla.
—De Rafael hemos obtenido una admisión sobre dos amenazas concretas y datos que la respaldan —respondí—.
Eso no borra los antecedentes de Óscar ni permite garantizar que nunca vuelva a buscarla.
Las medidas de protección deben valorarse por sus riesgos propios, sin depender de la versión de uno u otro.
—Entonces quiero seguir con la solicitud de vivienda que inicié en el centro. Tengo una cita la semana que viene para estudiar las opciones y no pienso cancelarla porque Rafael esté detenido.
La abogada le explicó los pasos para mantener la asistencia y cómo solicitar que se revisaran las condiciones de contacto. Esther tomó notas en el reverso de una hoja que ya llevaba llena de preguntas.
—¿Ha pedido Rafael hablar conmigo? —preguntó.
—Ha planteado la posibilidad de enviarle una carta. Se le ha informado de que cualquier comunicación debe ajustarse a las medidas vigentes y a los cauces que correspondan. Usted puede expresar que no quiere recibirla.
—No la quiero ahora. Quizá algún día necesite leer lo que tenga que decirme, pero hoy tengo que decidir dónde van a estudiar mis hijos y cómo vamos a pagar nuestras cosas. Si llega alguna petición, que la tramite mi abogada.
Rebeca le acercó una copia del calendario de gestiones.
Sobre el instituto de Lucía habían avanzado: la orientadora mantenía el contacto directo con Esther y el centro buscaba una manera de que la adolescente participara en los ensayos sin difundir desde dónde se conectaba.
La vuelta presencial todavía requería una valoración de seguridad.
—Lucía quiere decidir si vuelve al mismo grupo —añadió Esther—.
Ayer habló con Alba de la obra. Le preguntó si podían ensayar una escena por videollamada y terminaron discutiendo porque una quiere cambiar el final y la otra dice que el director no las va a dejar.
Llevaba días sin oírla discutir por algo así.
Rebeca hizo pasar a los niños. Lucía entró con una carpeta roja bajo el brazo y se quedó cerca de su madre; Nicolás se aproximó a la mesa para enseñarle a la abogada un dibujo de una nave espacial.
Había repartido las habitaciones de su futura casa alrededor de ella, según explicó, aunque todavía no sabía en cuál pondría sus juguetes.
—No tenemos casa nueva todavía —le recordó Esther, examinando el dibujo—. Estamos mirando dónde podremos vivir.
—Ya, pero yo quiero elegir el sitio de la nave. En la otra casa se quedó a medias.
Esther le dijo que preguntarían cuándo podrían recuperar las pertenencias que no fueran necesarias para la investigación. Le expliqué que se haría una relación, con las autorizaciones procedentes, sin pedirles que regresaran a una vivienda que no querían pisar.
Lucía me preguntó si había que volver a contar todo lo sucedido cuando empezaran las gestiones judiciales. Le respondí que podían surgir nuevas diligencias, pero que se utilizarían las declaraciones registradas y se procurarían evitar repeticiones innecesarias, especialmente en su caso.
—Vale. Porque el jueves tenemos una lectura por vídeo y me gustaría llegar sin estar pensando en lo que me van a preguntar al día siguiente.
Rebeca le señaló en el calendario la hora acordada. Nicolás había empezado a dibujar otra nave al lado de la primera, con una ventana redonda más grande. Su madre le dejó terminar mientras ella guardaba los papeles de la cita de vivienda.
Antes de volver a casa pasé por Umbral. Adela me mostró el borrador de un nuevo procedimiento: las personas alojadas tendrían un contacto alternativo al responsable de cada vivienda, y las decisiones sobre cambios de domicilio y comunicaciones de seguridad exigirían que la entidad hablara directamente con ellas.
También habían abierto una revisión de accesos, llaves y permisos de administración en las instalaciones.
—Rafael resolvía demasiadas cosas sin que nadie comprobara cómo —dijo—. A la asociación le resultaba cómodo que los problemas desaparecieran de nuestra mesa. Hemos tardado demasiado en preguntarnos qué significaba eso para quien vivía en aquellas casas.
Le dije que remitiera la documentación por el conducto establecido. El trabajo de la asociación con otras familias debía continuar; también tendría que aprender a no dejar la seguridad en manos de una sola persona.
En casa encontré a Daniel intentando convencer a Elena de que una tortilla podía considerarse cena completa, aunque llevara un lado mucho más tostado que el otro.
Claudia tenía la mesa a medio poner porque había salido de su habitación para buscar un rotulador y se había quedado hablando con una amiga.
Yo llevaba pan y tomates, dos encargos que Elena me había hecho por la mañana y que, esta vez, había recordado.
—Falta un vaso —dijo Daniel cuando dejé la bolsa sobre la encimera.
—Pues trae uno del armario —le respondió Elena, señalando con la espátula—. Y que tu hermana ponga los cubiertos antes de que se enfríe esto.
Claudia apareció con el móvil en la mano y empezó a protestar por la distribución de las tareas, pero acabó guardándolo para colocar los platos.
Uno tenía una pequeña grieta junto al borde, así que lo aparté y busqué otro.
Daniel quiso saber si al día siguiente lo acompañaría al entrenamiento.
Le dije que sí y saqué las llaves del coche para dejarlas junto a su mochila, donde pudiera verlas al salir.
Durante la cena Claudia se quejó de que el director había adelantado el próximo ensayo y necesitaba que alguien fuera a buscarla. Elena consultó el calendario, yo me ofrecí a recogerla y Daniel aprovechó para coger el último trozo de tortilla mientras decidíamos la hora.
Cuando terminamos, cada uno se levantó con algo distinto en las manos: Elena recogió la sartén, Claudia llevó los vasos al fregadero y Daniel se quedó peleando con una miga que no conseguía sacar del mantel.
Me acerqué a ayudarlo, aunque no quería que le quitara el trapo porque insistía en terminar él.