La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El hombre del coche

La libreta cabía en el bolsillo de una chaqueta. Teresa Villena la había dejado sobre una hoja de papel blanco, delante de Marta Seguí, y mantenía una mano cerca, como si alguien pudiera llevársela sin pedir permiso. En la sala de Alicante, una impresora seguía trabajando al otro lado de la puerta.

—Mi hermana encontró tres cajas en el trastero —explicó—.

Habían quedado detrás de un mueble cuando vaciamos el piso de mi madre.

Esta estaba dentro de una bolsa con otros cuadernos, recibos del alquiler y las garantías de dos electrodomésticos que ya no existen.

Antes de mover nada hicimos fotografías, como nos pidió usted.

Marta le enseñó las imágenes que había recibido la víspera. Se distinguían las cajas abiertas, el papel que envolvía los cuadernos y una agenda del año siguiente, con la cubierta azul. Teresa había anotado en el reverso de una de las fotos la fecha en que su hermana las encontró.

—¿La había vuelto a consultar desde 2014? —preguntó Marta.

—Que yo recuerde, no. Al principio buscaba cualquier cosa donde figurara el código de aquella casa. Después vi esta página y la llamé. No he arrancado hojas ni escrito nada nuevo.

Habían pasado varios días desde nuestra primera visita a Paterna.

Marta dirigía aquella diligencia desde Alicante y me había pedido que asistiera para cotejar las referencias de Alborán Patrimonial que yo había encontrado en los anexos.

El original sería examinado por su equipo; mi intervención seguía limitada a las comprobaciones que conocía.

Teresa abrió la libreta por una página de septiembre de 2014. El papel estaba amarillento en los bordes, y algunos números habían traspasado desde la hoja anterior. Había turnos, teléfonos sin nombre y cantidades pequeñas, casi siempre precedidas de una inicial.

—Aquí —dijo, señalando una línea—. Este es el código que usábamos para la casa de la entrada de atrás.

Marta colocó a su lado la copia de un parte de mantenimiento recuperado de la contabilidad de Alborán.

La referencia coincidía con la que figuraba en los pagos de Teresa, y aquella misma semana aparecía consignado un servicio en la finca.

Era una relación de trabajo comprobable, aunque el recibo no demostraba por sí solo en qué habitación había estado ella ni a qué hora.

La página recogía varias anotaciones de septiembre de 2014, aunque el apunte sobre el coche no llevaba una hora ni una fecha propia.

Todavía tendríamos que comprobar a qué jornada correspondía y si coincidía con la noche de la muerte de Irene.

Debajo de dos encargos, Teresa había escrito con una letra más apretada:

«Acceso servicio. Coche oscuro estorba. Hombre de calle con chica. ¿POLICÍA? Dice que enseguida se van».

Marta leyó la nota en silencio. Después me pasó una fotografía anterior de la hoja, tomada cuando Teresa la encontró, para que comprobara que la frase ya aparecía allí.

—¿Por qué escribió esa pregunta? —le dijo a Teresa.

—Porque el hombre llevaba algo en la cintura.

Me pareció una identificación, de esas que enseñan y vuelven a guardar, pero podría ser un teléfono o una cartera.

Creo que también tenía un aparato pequeño sujeto al cinturón.

Yo estaba pendiente de que apartara el coche; tenía que sacar el carro por la entrada.

—¿Le mostró alguna placa?

Teresa hizo una pausa antes de contestar.

—No sabría asegurarlo. Lo que recuerdo es haber pensado que quizá era policía. Por eso puse el interrogante. Si hubiera estado segura, lo habría escrito sin él.

Marta le pidió que explicara cómo había llegado al acceso y desde dónde los vio. Habíamos llevado un plano antiguo del perímetro, el mismo que Teresa reconoció en su cocina durante la primera entrevista. Esta vez fue ella quien buscó el pasillo de servicio con el dedo.

—Yo venía de dejar material en el cuarto de limpieza.

La puerta daba a este tramo. El coche estaba atravesado aquí, con parte del morro metido hacia la salida.

Un hombre hablaba con una mujer joven junto al lado del acompañante.

Les dije que necesitaba pasar y él respondió que se marchaban enseguida.

—¿Qué hizo la mujer? —pregunté.

—Me parece recordar que abrió la puerta y se sentó dentro. Pero eso no lo apunté, y han pasado doce años. Cuando vi la fotografía de Irene en las noticias empecé a pensar que podía ser aquella chica. Desde entonces he visto su cara muchas veces. Ya se lo conté en mi casa.

Marta mantuvo el plano donde estaba.

—¿Recuerda que alguien la obligara a entrar?

—No vi que la sujetaran. Tampoco me fijé en si discutían. Tenía un carro pesado y quería que apartaran el coche. Pudo subir porque quiso, porque tenía prisa o por cualquier otra razón que yo desconocía.

—¿Y el rostro del hombre?

—Llevaba ropa de calle. Oscura, creo. Puedo decirles que era adulto, pero si me ponen diez fotografías delante les haría perder el tiempo. No sería capaz de reconocerlo.

Al decirlo miró directamente a Marta, que apartó el plano para dejarle espacio. La inspectora había llevado el interrogatorio sin mostrarle retratos de sospechosos ni de antiguos agentes. Teresa parecía aliviada de poder dejar en blanco lo que no recordaba.

—Hay algo más —añadió—. Durante años pensé que aquello no merecía la pena.

Si hubiera visto una agresión, habría avisado.

En cambio, solo tenía un coche mal aparcado y dos personas que se fueron.

Cuando me preguntaron por Irene después de la noticia, ni siquiera estaba segura de haber visto a esa muchacha.

—La utilidad de sus apuntes no depende de que usted reconozca a nadie —respondió Marta—. Necesitamos saber qué observó entonces y qué ha podido incorporar después a su recuerdo. Son cosas distintas.

Teresa volvió a pasar unas páginas. Había apuntado cambios de turno y una reparación de persianas, además de varios códigos de inmueble que Marta ya había localizado en otras facturas.

Uno de los números de teléfono coincidía con el de un antiguo encargado citado en el expediente.

Comprobé el dato en los anexos que había llevado; era el mismo número, escrito con dos grupos de cifras separados de forma distinta.

Aquella coincidencia no acreditaba lo ocurrido junto al coche, pero permitía situar la libreta dentro de una rutina de trabajo real.

Marta pidió que se fotografiaran las páginas contiguas y las cubiertas, y que constara cómo había aparecido el cuaderno.

Teresa aceptó entregar voluntariamente el original para su examen después de recibir una copia y el resguardo correspondiente.

—Necesito que se conserve entero —dijo cuando una agente preparó la funda de protección—. Ahí también hay cuentas que le debía a mi madre y turnos que cambiaba con otras mujeres. No quiero que desaparezca otra vez en un almacén sin saber qué ha pasado.

Marta le explicó el depósito y dejó anotado el modo en que podría solicitar información sobre su devolución. Después de firmar, Teresa se guardó la copia de las primeras páginas en el bolso, junto a sus gafas.

Cuando salió acompañada por la agente, Marta extendió el plano sobre la mesa. Señaló el acceso de servicio y después la carretera que discurría detrás de las propiedades administradas por Alborán.

—En la investigación original se habló mucho de quién podía entrar en la vivienda —dijo—. Aquí tenemos a una trabajadora que anotó un incidente en un acceso que apenas aparece en las declaraciones. Merece que volvamos a comprobarlo.

—Y que averigüemos qué significa exactamente la fecha. Un apunte del trabajo puede hacerse al terminar el turno, no necesariamente en el minuto en que ocurre algo.

—Por eso quiero recuperar las hojas de servicio de aquella semana y los cambios de turno.

También preguntaremos por los registros de vehículos de las fincas contiguas, si queda alguno.

Las cámaras de entonces probablemente ya no existan, pero puede haber documentación de proveedores o incidencias en el paso.

Abrió su cuaderno y escribió tres encargos.

El primero se refería a los accesos de servicio y a las personas que trabajaban allí en 2014.

El segundo, a la procedencia y las fechas de los pagos de Alborán.

En el tercero anotó que debían comprobar, por los cauces correspondientes, si había algún servicio policial documentado en aquel entorno, sin tomar la pregunta de Teresa como prueba de que lo hubiera.

—También puede ser un empleado de seguridad privada —comenté—. O alguien con una funda en el cinturón. Si empezamos buscando solo policías, terminaremos viendo una placa donde ella dejó una duda.

—Lo sé. Lo que me interesa es que lo escribió entonces. No recuerda su cara, pero dejó una pregunta que nadie le había sugerido todavía.

Miré la copia de la anotación. Durante la revisión de la condena de Damián Rueda habíamos tenido que separar declaraciones posteriores, recuerdos condicionados y documentos cuyo origen no estaba claro.

La transferencia de ciento cincuenta mil euros autorizada por Gabriel Lozano seguía necesitando una explicación contrastable; también la llave que aparecía en el antiguo expediente y las circunstancias de aquella confesión que ahora examinaban de nuevo.

La libreta no resolvía ninguno de esos asuntos. Aportaba una persona en un lugar, una franja que había que precisar y una observación escrita antes de que Teresa conociera el rumbo de nuestra investigación.

—¿Quieres que pida desde Madrid otra copia de los anexos de las propiedades? —pregunté.

—Sí. Sobre todo la relación de encargados y contratistas que aparece junto al código del acceso. Yo voy a pedir la documentación que siga conservándose aquí. Después cruzaremos las listas y veremos a quién merece la pena escuchar.

Marta recogió la funda con la libreta y la entregó para su registro.

Antes de despedirnos volvimos a abrir el plano, esta vez por el lado donde figuraban los caminos de servicio y las parcelas vecinas.

Ella marcó una salida que llevaba a una calle secundaria; yo busqué en el anexo el nombre de la empresa que se ocupaba del mantenimiento de aquel tramo.

Quedamos en intercambiar las referencias por el conducto oficial. Cuando salí del despacho, Marta seguía comparando el plano con la página de septiembre. Antes de marcharme copié la referencia del acceso de servicio, que hasta entonces había ocupado un lugar secundario en la investigación.

Ya en la calle llamé a Molina y le pedí que recuperara los contratos de mantenimiento de Alborán correspondientes a septiembre de 2014.

—¿Habéis identificado al hombre? —preguntó.

—Todavía no. Ni siquiera sabemos si aquella muchacha era Irene. Pero tenemos un acceso que nunca examinamos como debíamos.

—¿Por dónde empezamos?

—Por las personas que trabajaban allí. Quiero saber quién podía entrar por esa puerta y quién tenía motivos para utilizarla.

Molina me pidió la referencia. Saqué el papel que había preparado y le dicté el código de la finca mientras él abría el expediente en Madrid.