La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Lo que quiso conservar

La imagen de la gasolinera era mejor que la del aparcamiento. Rafael aparecía junto a la máquina de café con una bolsa oscura a los pies y la gorra metida en el bolsillo de la cazadora. En otro fotograma levantaba la cara para mirar hacia el surtidor donde acababa de detenerse un turismo.

Guillermo había dicho que lo recogió allí y el vídeo respaldaba su presencia.

Nuria nos había llevado los archivos conservados, el asiento de caja correspondiente al recibo de combustible de Guillermo y la comprobación del reloj del establecimiento.

El margen entre las referencias permitía ordenar la secuencia, aunque ninguna cámara mostraba a Rafael al volante de la furgoneta de Julián.

—La barrera registra la matrícula a las once y ocho —dijo Molina—. La gasolinera lo sitúa allí poco después, y Guillermo conserva su aviso para recogerlo. Falta el tramo que une las dos cosas.

—Y que él nos diga si quiere explicarlo.

El abogado de Rafael había solicitado entrevistarse con su defendido antes de cualquier declaración.

Cuando terminamos de organizar los documentos nos comunicaron que Rafael quería hablar, con su letrado presente.

Había transcurrido una noche desde la detención.

Su decisión y las garantías quedaron documentadas antes de que entráramos en la sala.

Rafael ocupaba la silla más próxima a la pared.

Llevaba la ropa del día anterior, sin la cazadora, y tenía delante un vaso de agua del que apenas había bebido.

A su derecha se sentaba la abogada, que colocó un cuaderno sobre la mesa y pidió que quedaran identificadas las personas presentes y el procedimiento de registro.

—Antes de empezar —dijo ella—, mi cliente quiere dejar claro que va a responder voluntariamente. Si necesita consultar conmigo, detendremos la declaración.

Rafael esperó a que terminara.

—Yo los ayudé durante años —dijo—. A Esther y a los pequeños. Había días en los que Nicolás se despertaba convencido de que su padre estaba detrás de la puerta. Lucía dejó de ir a actividades porque tenía miedo de que Óscar apareciera. Nadie puede decir que me inventé todo lo que les había pasado.

—Lo que Óscar hizo está documentado —respondí—. Queremos saber qué hizo usted después, en Aravaca. Empecemos por la alarma.

Rafael miró a su abogada y volvió hacia mí.

—Las primeras incidencias fueron reales.

O yo las interpreté como reales. Luego comprobé que podía activar un aviso de prueba desde la cuenta administradora sin que saltara un sensor.

Lo hice unas cuantas veces. Si Esther decía que buscaba otro piso o que quería salir sola, me entraba miedo de que dejara de tomar precauciones.

Enviaba el aviso y después la convencía de que esperáramos unos días.

Molina desplazó hacia él una copia del historial, sin ponerle delante todos los documentos de golpe.

—¿También escribió los mensajes que aparentaban proceder de Óscar?

—Escribí dos de los que me habéis enseñado.

Los preparé antes y luego los mandé desde otro teléfono.

El que decía que Rafael escondía a sus hijos y aquel otro que aseguraba que podían encontrarnos, aunque nos hubiéramos marchado.

Me pareció que, si estaban redactados como los escribiría Óscar, Esther me creería cuando le dijera que teníamos que extremar el cuidado.

—¿Quién tuvo acceso a ese terminal? —pregunté.

—Yo. Lo guardaba fuera de la casa cuando no lo utilizaba. La recarga la pagué con mi tarjeta; pensé que el número estaba lo bastante separado de mí. Sé cómo suena dicho ahora.

La abogada pidió que se precisara de qué mensajes hablábamos.

Revisamos con Rafael sus fechas y palabras, una a una, y dejamos pendiente el cotejo con los registros del operador y los accesos al respaldo donde Nuria había encontrado los borradores.

No quiso atribuirse todos los mensajes recibidos por Esther; dijo que algunos no los recordaba y que no se le mostrara una lista para que respondiera afirmativamente sin más.

—¿Por qué llamó a Julián? —pregunté.

A Rafael se le quedó la mano sobre el vaso.

—Porque Umbral no iba a pagar una central nueva sin un informe.

Julián conocía la instalación y me había ayudado antes.

Pensé que revisaría los sensores, vería las alertas y recomendaría sustituir una central antigua que daba problemas.

Había llamado tantas veces para preguntar por el equipo que estaba convencido de que aquello terminaría en un presupuesto.

—¿Y los avisos manuales?

—Pensé que no iba a mirar tan atrás. O que, si los veía, entendería por qué los había provocado. Le pedí a Carla que el informe viniera a mi correo porque yo gestionaba la casa. Me parecía una petición normal hasta que Julián empezó a discutir conmigo.

Molina abrió la fotografía del parte recuperado. Rafael reconoció la pantalla donde Julián había anotado que los avisos procedían de una cuenta administradora y que debían explicarse a quienes los recibían. No discutió que su nombre figurara como responsable de esa cuenta.

—Dijo que no había una avería que justificara el cambio —continuó—.

Quería contarle a Esther que los avisos se habían enviado desde dentro del sistema, con credenciales de administración.

Le dije que ella tenía bastante con lo suyo y que podíamos resolverlo sin hacerla pasar por otra crisis.

Entonces me contestó que los que recibían las alertas tenían derecho a saber qué estaban viendo en sus teléfonos.

Habíamos escuchado ya esa última idea a Carla y, de manera menos precisa, en el recuerdo de Lucía. Rafael siguió hablando sin que se la repitiéramos.

—Le pedí que borrara esa observación y pusiera que convenía revisar o sustituir el equipo. Se negó. Cogió la carpeta y dijo que se iba a llevar los datos para terminar el informe en el taller. Yo le agarré la carpeta para que se quedara. Él tiró de ella, me apartó y me llamó mentiroso.

Rafael separó las manos, como si quisiera mostrar a alguien la distancia que había entre dos personas.

—Había una cuña de metal junto a los muebles. Se utilizaba cuando había que sujetar abierto el panel. La cogí. Julián se volvió y le pegué. Una vez. No pensé que fuera a matarlo.

La abogada intervino antes de que Molina preguntara otra cosa.

—Quisiera que mi cliente consultara conmigo un momento.

Salimos y dejamos constancia de la interrupción.

En el pasillo, Molina repasó en voz baja la descripción del golpe.

La autopsia había identificado un impacto principal y los análisis habían encontrado material de Julián en la cuña, pero todavía era necesario confrontar la posición y el movimiento que Rafael describía.

La ausencia de señales de una pelea prolongada tampoco demostraba que el golpe hubiera sido inevitable.

Cuando nos llamaron para continuar, Rafael había bebido el agua.

—¿Qué hizo después? —pregunté.

—Le hablé. Le pedí que se levantara, pero no reaccionaba. Cuando vi la sangre, fui a buscar algo para limpiar. Dejé el panel como estaba.

—¿Dejó a Julián donde había caído? —preguntó Molina.

—Eso creo. Todo pasó muy deprisa.

Coloqué delante de él una fotografía del carril interior del panel. Rafael la miró y después levantó los ojos hacia mí.

—Encontramos sangre de Julián en una zona protegida de la guía —le expliqué—. Los resultados son compatibles con que el panel se desplazara después de que la sangre llegara hasta allí. Necesito que nos cuente qué hizo realmente.

Rafael volvió a mirar la fotografía. Su abogada le recordó que podía consultar con ella antes de continuar, pero él permaneció sentado.

—Lo arrastré hacia dentro —admitió finalmente—. Lo agarré por debajo de los brazos porque no sabía qué otra cosa hacer. Aparté la carpeta, cerré el panel y limpié la parte de fuera de la despensa. Después me cambié la sudadera. Esther y los niños llegaron cuando todavía estaba guardando el paño.

—Lucía recuerda que volvió a accionar el cierre delante de ellos.

—Nicolás quería entrar por un juego. La estantería se había quedado desplazada y tuve que empujarla otra vez. Les dije que el técnico se había marchado. Lo único que podía pensar era que Esther iba a abrir aquello y ver a Julián.

—A las seis y doce se registró una llamada desde su teléfono a Vicente —intervino Molina.

—Le pedí que me consiguiera un traslado.

Le dije que Óscar había encontrado la casa.

Nadie me había llamado para advertírmelo; me lo inventé.

Después salí por la parte trasera para comprobar el acceso al portillo del vivero.

Quería asegurarme de que podrían recoger a Esther y los niños por allí.

Regresé por el camino de las parcelas, con una carpeta que había apartado junto a Julián.

Luego hablé con los de la furgoneta. Creía que, si Esther y los niños salían de aquella casa, tendría tiempo de pensar qué hacer con el cuerpo.

—¿Y qué pensaba hacer?

Rafael no respondió hasta que la abogada le indicó que podía tomarse su tiempo.

—Al principio pensé que podría avisar a la Policía sin que pareciera que habíamos discutido. Luego empecé a pensar en marcharme. Cuanto más tiempo pasaba, peor era cualquiera de las dos cosas.

Recordé a Esther colocando los tres teléfonos junto al móvil de Rafael, aún conectado al cargador. Le pregunté por la mesa, no por los teléfonos.

—La sopa estaba en la olla —dijo—. Yo serví los cuatro platos cuando ellos ya se habían ido.

Puse el pan, la jarra y los vasos. Después alineé mejor los móviles.

Quería que quien entrara creyera que algo nos había interrumpido durante la cena.

Que nos buscaran a los cuatro y pensaran primero en Óscar.

Después de las nueve activé otro aviso desde la cuenta administradora.

Quería dejar también esa señal en el historial, aunque los teléfonos ya estaban allí apagados.

—Pero usted mismo había enviado a Esther y a los niños fuera de la casa, a través de otras personas. Podían explicar lo sucedido.

—Contaba con que permanecieran escondidos y con que nadie supiera dónde estaban.

Ni siquiera me detuve a pensar en las compras de aquella tarde.

Si encontraban la cena, quizá tardarían más en revisar la habitación del fondo.

Necesitaba unas horas. Me decía que después podría arreglarlo, aunque ya no sabía qué significaba arreglarlo.

La explicación describía un montaje precipitado, construido para desviar la primera búsqueda hacia cuatro supuestas víctimas de una amenaza exterior. Le había servido de poco: la familia había buscado ayuda por su cuenta y los técnicos encontraron el cadáver detrás de la despensa.

—¿Cómo salió de Aravaca? —pregunté.

—Con la furgoneta de Julián. Cogí sus llaves cuando estaba en el suelo.

Antes de marcharme, dejé la puerta trasera entornada y la cancela del jardín sin cerrar del todo.

Quería que pareciera que habíamos salido precipitadamente.

Dejé los coches de la casa donde estaban, conduje hasta Leganés, entré en un aparcamiento de camiones y furgonetas y fui andando a una gasolinera.

Llamé a Guillermo con el teléfono de los mensajes y le dije que alguien me había dejado allí.

—¿Dónde están las llaves y ese teléfono?

—Tiré el teléfono en un contenedor después de que Guillermo me recogiera. Las llaves las arrojé cerca del aparcamiento, junto a una valla. No sé si seguirán allí.

Señalamos sobre los planos los lugares a los que se refería, sin aceptar como exacta una indicación hecha varios días después.

El registro de la barrera, la presencia de Rafael en la gasolinera y la declaración de Guillermo apoyaban partes del recorrido; todavía debíamos comprobar la conducción y buscar los objetos mencionados.

La abogada hizo constar que Rafael no estaba en condiciones de precisar la hora exacta de cada movimiento.

Antes de terminar, Rafael pidió una cosa que yo no podía concederle.

—Quiero que Esther sepa que no pensaba hacerles daño. ¿Puedo escribirle una carta?

—Cualquier comunicación tendrá que examinarse por los cauces y las medidas de protección establecidos. Ella decidirá lo que quiera recibir cuando pueda hacerlo con seguridad.

—No quiero que los niños me recuerden así.

Su abogada le habló en voz baja. Rafael dejó de preguntar y confirmó que no deseaba añadir nada más.

Después de cerrar el registro de la declaración, Molina empezó las solicitudes para contrastar los lugares señalados.

Yo pedí a Pilar que examinara la versión del golpe y del cierre frente a las lesiones y las manchas ya documentadas; Nuria tendría que cotejar la llamada a Guillermo con la línea de amenazas.

Ninguna comprobación requería que Rafael volviera a contarnos lo mismo.

En la mesa quedó la copia de la fotografía del comedor.

La aparté para abrir el expediente de Julián Soria y preparar la información que correspondía trasladar a su familia.

Paula había preguntado por una chaqueta verde y un llavero amarillo.

Ahora había una versión de lo ocurrido; también había una hija que tendría que escucharla.