CAPÍTULO 27
El hombre que faltaba
La furgoneta seguía precintada cuando llegué a las dependencias donde la habían trasladado.
Un técnico había extendido sobre una mesa las fotografías del habitáculo y la relación de objetos hallados durante el registro.
Entre ellos figuraban un recibo de estacionamiento, dos destornilladores y una botella de agua casi vacía.
Las llaves que Julián llevaba habitualmente continuaban sin aparecer.
—El asiento del conductor tiene marcas de una limpieza reciente —me explicó—.
Hemos recogido muestras de la tapicería y del volante, pero los primeros resultados no permiten atribuir el uso del vehículo a nadie.
En el compartimento de carga están la escalera y varias herramientas de la empresa.
Carla comprobará el inventario sin acceder a la zona precintada.
Molina llegó con las imágenes de las cámaras exteriores del aparcamiento.
Habían localizado a una persona que, después de que entrara la furgoneta, cruzaba a pie la salida lateral con una bolsa al hombro.
Se perdía junto a la carretera, en dirección a una gasolinera.
La figura era demasiado pequeña para identificarla y el reloj del vídeo no estaba sincronizado con el de la barrera.
—El encargado ha aclarado también el acceso —dijo Molina—.
No era un abono a nombre de Julián. El carril de vehículos de trabajo admite matrículas dadas de alta para estancias temporales.
Alguien introdujo la matrícula en el terminal y recibió un resguardo; el pago quedó pendiente.
Tenemos los asientos originales y la configuración del sistema para comprobar la hora que marca, las once y ocho.
—Entonces busquemos a quien salió caminando, sin convertir esa silueta en el conductor. Quiero las imágenes de la gasolinera y los movimientos de vehículos en su entrada.
En el pasillo encontré a Paula con Carla. Habían acudido a entregar una relación de herramientas de su padre y esperaban que alguien les dijera cuándo podrían recuperar la furgoneta. Paula llevaba el cabello sujeto con una pinza y sostenía una bolsa de papel doblada por arriba.
—En esa furgoneta están sus cosas —me dijo—. Carla ha encontrado el inventario del taller, pero yo quería saber si había dejado una chaqueta detrás del asiento. La llevaba siempre, incluso en verano. Era verde y tenía un bolsillo roto. Si aparece, me gustaría conservarla.
Le expliqué que el vehículo continuaba bajo examen y que podríamos atender su petición cuando se identificaran y liberaran los efectos personales. Paula no discutió la decisión. Me preguntó, en cambio, si las llaves seguían desaparecidas.
—Mi padre llevaba un llavero amarillo que le regalé cuando aprobé el curso —añadió—. Se reía porque se veía desde lejos. Quería saber si alguien lo había encontrado.
Anoté la descripción. Cuando Carla la acompañó hacia la salida, vi que Paula continuaba sujetando la bolsa vacía. No había ido a buscar una prueba, sino algo que pudiera llevarse a casa.
A media mañana, Adela nos avisó de que Guillermo Olmedo, el antiguo colaborador al que había intentado localizar, se había puesto en contacto con Umbral después de reconocer en las noticias la dirección de Aravaca.
Quería contar algo sobre Rafael, pero Adela le había pedido que hablara directamente con nosotros, sin entrar ella en los detalles.
Lo citamos en comisaría y le indicamos que conservara su teléfono y cualquier documento relacionado con lo que quería contarnos.
Guillermo llegó con una carpeta de facturas de su pequeña empresa de mantenimiento. Se sentó sin quitarse la chaqueta y empezó antes de que le formulara la primera pregunta.
—Lo recogí el miércoles por la noche, en Leganés. A Rafael. Hasta ayer pensaba que estaba huyendo de una amenaza. Después vi otra noticia sobre el hombre muerto y reconocí la dirección de Aravaca. No sé qué ha hecho, pero me pidió que guardara silencio y ya no podía seguir haciéndolo.
Le pedí que empezara por el contacto, no por la interpretación que había hecho después.
—Me llamó cerca de las once y media, desde un número que no tenía guardado.
Dijo que se había quedado sin coche y que necesitaba salir de una zona industrial.
Yo acababa de cerrar el almacén y no podía acercarme enseguida.
Me mandó la ubicación de una gasolinera y esperó allí.
Tenía una bolsa de deporte oscura, llevaba gorra y parecía agotado.
Cuando le pregunté qué pasaba, contestó que Óscar había localizado a Esther y que ahora también podía ir a por él.
Guillermo abrió la conversación en su móvil.
El mensaje de ubicación seguía allí, enviado desde una línea cuya titularidad comprobaríamos por separado.
También había dos llamadas. Guillermo conservaba, además, un recibo de combustible de aquella parada, con la hora de las once y cuarenta y uno impresa en el papel; tendríamos que contrastarla con el comercio.
—¿Le dijo de dónde venía o cómo había llegado a esa gasolinera? —pregunté.
—Que lo habían dejado cerca. No me dio el nombre de nadie.
Le pregunté si tenía que avisar a la Policía porque aquello sonaba serio, pero respondió que Esther y los niños estaban fuera de peligro y que llamar solo serviría para indicar a Óscar dónde buscar.
Yo había visto a Rafael conseguir alojamientos de emergencia otras veces; me pareció que sabía lo que hacía.
Molina le pidió que explicara qué ocurrió después.
—Quiso que le buscara un lugar donde nadie lo conociera.
Lo llevé a una pensión de Villaverde en la que había parado por trabajo.
Pagó en efectivo y presentó su documentación.
Yo me marché cuando el encargado empezó a rellenar el registro.
Ayer volví a llamarlo para preguntarle qué había pasado, pero el número ya no respondió.
Esta mañana hablé con Adela, que me dijo que debía venir directamente aquí.
La primera comprobación se hizo sin salir de la sala: Guillermo señaló la dirección y el nombre comercial de la pensión, y Nuria recibió una copia documentada de la conversación para preservar sus datos.
El testigo aceptó facilitar las facturas y que se solicitara el vídeo de la gasolinera por los cauces correspondientes.
Después repasamos el recorrido sobre un plano; fue él quien corrigió un giro que Molina había marcado hacia la carretera de Toledo.
—Si Rafael está allí, ¿van a detenerlo? —preguntó al terminar.
—Vamos a comprobar primero dónde se encuentra y a actuar conforme a las diligencias del caso.
Guillermo tardó en levantarse.
—Si hubiera sabido que un hombre estaba muerto en aquella casa, no lo habría llevado. Pero tampoco quiero que penséis que toda la gente a la que Rafael ayudó participó en sus decisiones. Había familias que confiaban en él, y muchas tenían motivos.
Le respondí que sus actos serían examinados por lo que él acababa de contar y por los registros, no por su antigua relación con Rafael.
La pensión confirmó, mediante los trámites de identificación pertinentes, que Rafael Cobo se había alojado allí con su propio documento desde la madrugada del jueves.
La comunicación reglamentaria de hospedaje existía; nuestra solicitud de contraste con diferentes establecimientos todavía estaba en curso cuando recibimos el aviso de Guillermo.
El encargado añadió que seguía ocupando la habitación, aunque había salido a comprar algo para comer.
Pedí que dos agentes comprobaran discretamente los accesos mientras Molina y yo nos desplazábamos hasta allí.
La información facilitada por Guillermo, el registro del alojamiento y las imágenes pendientes de la gasolinera quedaban incorporados a una misma línea de investigación.
La detención se fundamentaría en el conjunto de indicios comunicados a la autoridad judicial: la última visita de Julián, las contradicciones de Rafael sobre su marcha, la alteración de la habitación, las amenazas y su ocultación posterior.
Ninguno de esos elementos necesitaba presentarse como una confesión.
La pensión ocupaba la primera planta de un edificio estrecho, entre una panadería y una tienda de repuestos.
Desde un coche estacionado al otro lado de la calle vi salir a un hombre con una bolsa de plástico.
Llevaba una cazadora oscura y había adelgazado respecto a las fotografías que teníamos.
Al acercarse al portal levantó la cara hacia el letrero y reconocí a Rafael.
Cruzamos antes de que entrara. Molina se identificó a su derecha y yo le pedí que dejara la bolsa sobre el suelo.
Rafael miró nuestras acreditaciones y después las ventanas de la pensión.
No intentó correr. Le comuniqué que quedaba detenido en relación con la investigación de la muerte de Julián Soria y le informé de sus derechos, incluida la asistencia letrada y la posibilidad de no declarar.
—¿Están los niños bien? —preguntó cuando uno de los agentes empezó a comprobar que no llevara objetos peligrosos.
—Están a salvo —respondí—. Su alojamiento está protegido y no vamos a facilitarle la dirección.
—Esther debe de pensar que los he abandonado. Necesito hablar con ella. Que alguien le explique que yo no quería que acabara así.
—Podrá tratar las cuestiones relativas a su declaración con su abogado. Ahora vamos a trasladarlo.
Rafael observó la bolsa que seguía junto al bordillo: contenía pan, una botella de leche y un envase de fruta.
Preguntó si podía llevársela. El agente le explicó que se documentarían sus efectos personales y se le facilitaría lo necesario durante la custodia.
Después solicitó expresamente un abogado y dejó de responder a nuestras preguntas sobre sus movimientos.
En comisaría se verificó su identidad, se formalizaron las actuaciones y se informó por los cauces correspondientes a la autoridad judicial y a su defensa.
El contenido de la habitación de la pensión quedaría pendiente de las diligencias legalmente autorizadas; nadie iba a registrar sus pertenencias por el simple hecho de haberlo encontrado allí.
Molina se acercó cuando terminaba de revisar el acta.
—Llevábamos días preguntándonos dónde estaba Rafael y ahora está en la sala de custodia. Todavía nos falta demostrar qué hizo el miércoles, pero al menos ya podemos confrontar los movimientos que nos ocultó.
—Y escuchar su versión cuando decida darla —respondí—. La furgoneta, la cena y Julián siguen siendo hechos que hay que explicar, con él o sin él.
Antes de marcharme pedí que se comunicara a Esther, a través de su profesional de referencia, únicamente la detención y las medidas de protección pertinentes, sin trasladar a Rafael su ubicación ni exigirle una respuesta inmediata.
También encargué que Paula recibiera una información proporcionada por el servicio que ya atendía a su familia.
Cuando llegué a casa, Elena estaba revisando unos papeles escolares sobre la mesa del salón. Daniel había llevado una circular que necesitaba nuestra firma y que debía entregar al día siguiente.
—Te la dejé ayer junto a las llaves —me dijo—. Pensé que la habrías visto.
Busqué la hoja entre los documentos y empecé a leerla. Había una autorización para una salida y una casilla donde debíamos indicar quién recogería a Daniel.
—Puedo ir yo —respondí después de comprobar la fecha.
—Asegúrate antes. No quiero tener que cambiarlo todo esa misma mañana.
Consulté mi agenda, anoté la recogida y escribí mi número en la casilla correspondiente. Elena siguió revisando los demás papeles mientras yo terminaba de rellenar los datos de Daniel.