CAPÍTULO 26
Antes de la cena
El dueño de la segunda papelería quería cerrar cuando llegamos. Tenía una persiana bajada hasta la mitad y una caja abierta sobre el mostrador, llena de cuadernos que había dejado de vender porque cambiaba el expositor.
—Ya se llevaron una grabación de la tienda de la esquina —dijo, mientras levantaba la persiana para dejarnos entrar—. Pensé que con eso bastaba.
Molina le explicó que necesitábamos reconstruir el recorrido de una mujer y dos menores, no encontrar una imagen parecida para incorporarla al expediente.
El hombre nos enseñó el cierre de caja del miércoles y buscó el comprobante de un cuaderno de tapa dura.
La operación figuraba a las cinco y cincuenta y dos.
—Recuerdo al niño —añadió—. Había elegido uno con una nave espacial, pero su madre le dijo que era demasiado caro. Al final se llevó este. La chica tuvo que explicarle dos veces que podía dibujar las naves en la primera página.
No le mostramos fotografías hasta que terminó de describirlos.
La cámara interior recogía a tres personas con ropa compatible con la de Esther y sus hijos.
Sus rostros seguían sin verse con suficiente claridad, pero el cuaderno, la bolsa de tela y la secuencia de compras encajaban con los recuerdos de ambas entrevistas.
El reloj del grabador estaba adelantado respecto del sistema de cobro.
Lo comprobamos en la grabación de una venta realizada minutos antes, comparando el momento del pago con su asiento de caja.
Anotamos la diferencia observada, sin aplicarla automáticamente al miércoles; solicitamos que el técnico revisara el historial de ajustes.
—Si salieron de aquí cerca de las seis, tuvieron tiempo de regresar a casa antes de que Rafael llamara a Vicente —comentó Molina cuando volvimos al coche.
—Eso sitúa un regreso posible, no uno demostrado. Esther dijo que caminaron. Que un equipo haga el recorrido desde aquí y compruebe cuánto se tarda sin detenerse. También quiero saber si alguna cámara los recoge entrando en su calle.
Molina miró la fotografía de la furgoneta de Julián que conservaba en el teléfono.
—Y, mientras tanto, alguien tuvo que ocuparse de esta. Llevamos demasiados días buscándola como si hubiera desaparecido por el mismo portillo que los niños.
Le pedí que retomara las comprobaciones de los aparcamientos y talleres de la ruta occidental. Yo tenía una cita con Pilar en Aravaca.
Pilar había vuelto a montar una reproducción del cierre sobre la mesa de trabajo de la habitación oculta. No había alterado el mecanismo original: utilizaba fotografías, una pieza desmontada durante la inspección y una sección de carril construida para comprobar cómo se desplazaba el panel.
—Lucía describió un chasquido y vio a Rafael empujar la estantería —le dije—. ¿El cierre funciona como ella contó?
Pilar movió la pieza hasta que se oyó un golpe metálico breve.
—Es compatible con el sonido que puede producir este sistema. También con muchos otros cierres. Pero había algo que queríamos comprobar desde que apareció sangre de Julián en la base del panel.
Colocó delante de mí dos ampliaciones. En una se apreciaba la mancha del borde inferior que ya conocíamos; en la otra, tomada antes de desmontar el carril, había una franja estrecha de material oscuro protegida en una hendidura.
—La muestra de esa hendidura también corresponde a Julián.
Hemos examinado su distribución y las señales de desplazamiento.
La sangre alcanzó la zona donde la hoja móvil roza al cerrarse; después hubo un movimiento que dejó un arrastre en dirección al marco.
En la cara exterior encontramos restos de un producto de limpieza doméstico, mientras que la zona protegida conserva material biológico que no llegó a retirarse.
—¿Lo cerraron cuando Julián ya estaba herido?
—La secuencia de manchas es compatible con que el panel se accionara después de que hubiera sangre en el acceso. No podemos decir quién lo hizo ni si Julián vivía todavía. Lo que sí podemos discutir con más fundamento es la hipótesis de una habitación cerrada y olvidada antes de que sucediera nada.
Miré la abertura. Había cruzado aquel umbral varias veces, pero entonces reparé en lo poco que se necesitaba para disimularlo: empujar una superficie, asegurarla y devolver unos muebles a su sitio. Era un trabajo sencillo para quien conociera el mecanismo.
Pilar abrió otra carpeta. Habían terminado una comparación preliminar entre la cuña metálica recogida cerca del armario y el traumatismo craneal descrito por el forense.
—Su forma y dimensiones permiten considerarla entre los objetos compatibles con el impacto.
Hay material biológico de Julián en uno de sus bordes, aunque queda por establecer cómo llegó allí.
El examen no individualiza el arma con certeza y no identifica a la persona que la manejó.
Pero tampoco estamos ya ante una pieza de metal cualquiera sin relación material conocida con el fallecido.
Le pregunté por las prendas que, según Lucía, Rafael había cambiado aquella tarde.
—En la documentación inicial aparecen varias sudaderas, pero ninguna fue atribuida a quien las usó por su posición en el armario.
Estamos revisando qué se recogió, qué se fotografió y qué sigue dentro de las zonas precintadas.
Que Lucía recuerde un color nos da una pregunta para hacer; no una prueba de limpieza.
—Habrá que comprobar también el paño que vio —añadí.
—Los textiles recogidos de la cocina tienen sus propias muestras. Si hay un resultado útil te lo comunicaré con su procedencia. Prefiero eso a buscar la prenda que nos gustaría encontrar.
Fuimos hasta la cocina. Las encimeras estaban despejadas y la olla se conservaba ya como evidencia. Pilar me recordó que el estudio anterior de los platos había descartado señales de consumo y que el pequeño residuo alimentario de la funda del móvil de Nicolás no permitía situar cuándo se manchó.
—Esther preparó la sopa —dije—, pero asegura que no sirvió los platos. Si alguien lo hizo más tarde, quiso que encontráramos una mesa con cuatro lugares ocupados en apariencia.
—Los análisis te dicen que nadie comió allí aquella cena —respondió Pilar—. Lo que quisiera contar esa mesa se lo tendrás que preguntar a quien la dispuso.
Sonó mi móvil antes de que pudiera contestarle. Era Molina.
—Hemos localizado la furgoneta de Julián.
La matrícula coincide y ya hay agentes custodiándola.
Está en un aparcamiento de superficie de un polígono de Leganés.
El encargado conserva un registro de entrada del miércoles por la noche y una imagen de la barrera.
El conductor lleva una gorra y el parabrisas devuelve los focos; no se le reconoce.
—¿Cómo ha aparecido ahora?
—Uno de los aparcamientos a los que pedimos comprobar matrículas estaba pendiente de contestarnos.
Su encargado había buscado en las entradas ordinarias, pero la furgoneta accedió por el paso de abonados que dejan vehículos de trabajo durante varios días.
Revisó ese registro después de que le enviáramos una segunda fotografía con el distintivo de Seguridad Soria.
La matrícula aparece completa y el vehículo sigue allí.
Me despedí de Pilar y salí al jardín. La noticia no resolvía el crimen, pero ya podíamos dejar de tratar el vehículo como un vacío imposible de llenar.
Encontramos la furgoneta junto a una nave de persianas verdes.
Tenía polvo en los cristales y una hoja seca atrapada bajo el limpiaparabrisas.
El distintivo de Seguridad Soria seguía en la puerta y la matrícula coincidía con la documentación facilitada por Carla.
Científica había acordonado el espacio alrededor.
El encargado del aparcamiento, un hombre de manos agrietadas por el frío de la oficina de vigilancia, nos enseñó el registro de acceso.
La entrada se había producido a las once y ocho de la noche del miércoles.
La barrera había leído la matrícula y generado un asiento que no dependía del reloj de la cámara.
—La furgoneta quedó ahí y no ha salido —explicó—. Nosotros no preguntamos quién conduce si la matrícula está autorizada para estacionamiento temporal. La inscripción se hizo aquella misma noche desde el terminal de entrada. El vehículo podía quedarse unos días pagando después en caja.
—¿Quién solicitó la autorización? —pregunté.
—Se introdujo una matrícula y se marcó una estancia de hasta una semana. Tengo los datos del ticket, no los de una persona. Si alguien pagó o utilizó una tarjeta, aparecerá cuando revisemos el terminal. De momento el importe figura pendiente.
La cámara mostró la furgoneta detenerse, una mano salir por la ventanilla para recoger el resguardo y, después, el vehículo avanzar hasta perderse entre las naves. Había una figura al volante, pero el rostro quedaba oculto por el reflejo y la visera. No identificamos a Rafael ni a otra persona.
Uno de los técnicos señaló que el interior parecía haber sido limpiado recientemente.
Pilar, informada del hallazgo, había ordenado documentar primero la superficie del volante, los asientos y el compartimento de carga antes de buscar otros indicios.
No se sabía aún si había sangre, fibras o materiales relacionados con la vivienda.
—¿Veis las consecuencias para nuestra cronología?
—preguntó Molina mientras examinábamos el plano del aparcamiento—.
La familia había salido antes de las nueve, y este vehículo terminó aquí pasadas las once.
Quien lo trajo pudo regresar a casa por otra vía, pero también pudo dejarlo después de preparar la cena.
—Las dos posibilidades siguen abiertas. Lo importante es que movieron la furgoneta del hombre que había desaparecido durante una visita profesional. Eso exige una explicación distinta de la que Rafael dio a Esther, que fue simplemente que el técnico se había marchado.
Le pedí que encargara la conservación de las cámaras de las calles de salida y los transportes que conectaban el polígono con el centro. Si el conductor había abandonado el lugar a pie, un recorrido posterior podía ofrecer más información que aquella cara cubierta por un reflejo.
Antes de regresar llamé a Carla. Confirmó la identificación del vehículo mediante las fotografías y el número de bastidor que constaba en la documentación, aunque pidió que no se le permitiera acceder hasta que terminara la inspección. Me preguntó si habíamos encontrado las llaves de Julián.
—Todavía no lo sabemos. Acabamos de asegurar la furgoneta y nadie ha registrado el interior.
—Paula llevaba días preguntando por ella. Le preocupaba que alguien estuviera conduciendo con las cosas de su padre dentro. Yo puedo avisarla de que ha aparecido, si me decís exactamente qué información puedo darle.
Le expliqué que podía comunicarle el hallazgo, sin adelantar resultados periciales ni atribuir la conducción a una persona. Carla se quedó callada un instante antes de responder.
—Gracias. A Julián le molestaba dejar una reparación a medias, pero no tenía la costumbre de abandonar a su hija sin llamar. Que aparezca su vehículo al menos termina con una parte de esta espera.
La última visita del día fue a Umbral. Adela estaba revisando la relación de antiguos colaboradores de Rafael por si alguno sabía dónde podía haberse refugiado.
Me habló de Guillermo Olmedo, que había coordinado repartos con él antes de dejar la asociación para montar una pequeña empresa de mantenimiento.
Todavía no habían conseguido localizarlo y, de momento, era otro nombre más de aquella lista.
Adela también había encontrado, a petición nuestra, la comunicación en la que Rafael solicitaba una nueva central de alarma. Para aprobar aquel gasto, Umbral exigía un presupuesto y una justificación técnica, no únicamente los avisos que él decía recibir.
—No estaba previsto sustituir la instalación —me explicó Adela—.
Rafael insistía en que la situación de Esther era excepcional.
Le contestamos que podíamos pagar una revisión urgente, pero que nadie firmaría una compra sin saber qué estaba fallando.
Cuando nos dijo que Julián conocía la casa, pensé que elegiría a alguien que terminaría antes.
Molina le mostró la fecha del correo del martes que Carla había facilitado, en el que Rafael pedía recibir el informe solo él. Adela lo leyó dos veces.
—A nosotros nos prometió remitir la conclusión técnica en cuanto la tuviera. Nunca llegó. Si pretendía controlar quién recibiría ese papel, tenía que contar con que Julián aceptara enviárselo solo a él.
—¿Cree que buscaba una recomendación favorable para comprar equipos nuevos? —pregunté.
—Lo solicitó por escrito. Lo que creyó que haría Julián cuando examinara los registros, no lo sé. Rafael confiaba mucho en él. Quizá precisamente por eso pensó que podía convencerlo.
—Y Julián ya conocía la instalación de ese cuarto oculto —añadió Molina—. Otro técnico habría tenido que pedir que se la mostraran. Es una razón para elegirlo, aunque fuera también el hombre menos dispuesto a firmar una avería que no encontraba.
Salimos con copias preservadas de aquella correspondencia y una diligencia para contrastar sus encabezados.
La razón administrativa de la visita estaba mejor documentada: existía un gasto que Rafael quería justificar y un técnico que había dejado por escrito que no encontraba avería suficiente para cambiar la central.
La distancia entre ambas cosas podía explicar un enfrentamiento.
Todavía no nos contaba qué palabras se dijeron ni cómo recibió Julián el golpe.
En el coche llamé a Elena. Claudia tenía ensayo aquella tarde y yo había prometido ir a buscarla. Le dije dónde estaba y que no llegaría.
—Se lo digo yo —respondió—. Pero mañana habla con ella tú. Lleva dos días preguntando si has leído las páginas que te dejó, y no quiere que le digas que son muy buenas sin haberlo hecho.
Le pedí que las dejara en la mesa de la cocina.
Después llamé a Molina, que seguía gestionando las cámaras del aparcamiento, y le indiqué que ordenara los nuevos indicios en tres expedientes de contraste: la secuencia de compras y regresos, la alteración de la habitación de Julián y los movimientos de su furgoneta.
Necesitábamos saber quién se había movido entre esos lugares antes de pedir una explicación a Rafael.
Cuando llegué a casa, Claudia había dejado el libreto abierto por la mitad. Había marcado dos frases con un lápiz y escrito en el margen: «Aquí la protagonista decide entrar sola». Me senté a leer desde la escena anterior, que era la que siempre me había saltado al preguntarle cómo le iba.