CAPÍTULO 25
Lo que oyó Lucía
La dependienta de la papelería encontró el justificante antes que la imagen. Sacó una tira de papel de una carpeta donde guardaba las incidencias de la caja y se la entregó a Molina con cierta desconfianza.
—La compra está registrada el miércoles, a las cinco y veintisiete. Una carpeta, dos cuadernos y unos rotuladores. Que coincida con lo que busca no significa que fueran ellos. Estas cosas las compra medio barrio.
La grabación, obtenida mediante las gestiones correspondientes, mostró a Lucía ante un expositor de archivadores; después aparecieron una mujer y un niño con una bolsa de tela. La ropa y los movimientos eran compatibles con la familia, aunque las caras no permitían una identificación definitiva.
Lucía escogió una carpeta verde, la devolvió a su sitio y se decidió por otra de color rojo. Cuando la mujer se acercó al mostrador, el pequeño señaló un paquete de rotuladores y ambos permanecieron allí mientras la dependienta terminaba de cobrar.
—Esa cámara lleva la hora del grabador —advirtió Molina—. Hemos pedido al instalador que compruebe si el reloj conservaba el mismo desfase el miércoles. El justificante procede de la caja, que tiene otro sistema. Es una buena referencia, aunque todavía no voy a ponerle un minuto exacto a la salida.
Conservamos las imágenes originales y solicitamos las del segundo comercio donde, según Esther, buscaron un cuaderno para Nicolás. La salida a comprar ya tenía respaldo independiente.
—¿Vamos a enseñarles las imágenes a Lucía? —preguntó Molina al salir.
—A la profesional que va a entrevistarla, para que conozca lo que ya sabemos. Prefiero que la chica recuerde su tarde sin pedirle que encaje sus palabras en una grabación nuestra.
La entrevista con la profesional especializada estaba preparada con las garantías correspondientes. Esther y Lucía habían dado su conformidad; la adolescente, además, había pedido algo concreto: hablar de lo que vio sin tener que responder una y otra vez por qué no hizo algo distinto.
En la sala de observación había un monitor, tres sillas y un paquete de pañuelos sin abrir. Molina se quedó junto a la puerta y yo me senté al lado de la profesional encargada del registro.
Eva Soto, la entrevistadora, comenzó hablando con Lucía de su instituto y de los ensayos de teatro.
No le pidió que representara lo sucedido ni le enseñó fotografías de la estancia donde habían encontrado a Julián.
Le explicó que podía corregirla, decir que no recordaba algo o interrumpir cuando quisiera.
—Quiero volver al instituto de antes —dijo Lucía—. Allí tengo mis amigas. Sé que todavía hay un problema con la dirección, pero para la obra falta poco y nadie me ha explicado si puedo ir a un ensayo.
Eva le preguntó qué le preocupaba de volver.
—Que Rafael se entere. O que Óscar aparezca. Mi madre tiene miedo de los dos por razones distintas. Yo lo entiendo, pero también quiero saber qué podemos hacer en lugar de que me digan que no podemos hacer nada.
La entrevistadora dejó que eligiera por dónde empezar.
Lucía habló de la casa sin que nadie mencionara aún al técnico.
Contó que al principio Rafael les había ayudado de verdad, que consiguió una habitación donde Nicolás podía dejar sus juguetes y que durante un tiempo ella también se sintió tranquila.
Después empezó a pedir permiso para los ensayos, para quedarse con Alba a estudiar y hasta para volver andando por un camino que había utilizado otras veces.
—Siempre decía que era temporal —explicó—.
Mi madre quería buscar un piso y él respondía que primero teníamos que estar seguros.
Cuando preguntaba cuánto tiempo, me decía que yo no entendía lo que había pasado antes.
Claro que no lo entendía todo. Pero lo que me iba a pasar después también era mi vida.
Eva le pidió que le contara alguna conversación concreta que recordara.
—El martes mi madre habló de mirar otros alquileres.
Rafael se enfadó. No gritó todo el rato; eso sería más fácil de contar.
Primero le dijo que era una idea estupenda, que por supuesto podía irse cuando quisiera.
Después estuvo enumerando lo que costaban los pisos y las veces que Óscar había intentado encontrarla.
Mi madre acabó guardando el papel. A la mañana siguiente él se comportaba como si aquella conversación no hubiera existido.
Recordé el relato escolar que Marta Valcárcel había conservado y la consulta de Lucía sobre trasladar su expediente.
Había preguntado expresamente que, de ser necesario, el instituto llamara a Esther y no a Rafael.
Ahora tenía delante el motivo que ella misma quería explicar, sin necesidad de transformar su ejercicio de ficción en una confesión anticipada.
Cuando Eva la invitó a contar lo ocurrido el miércoles, Lucía comenzó por las compras.
Recordaba la carpeta roja porque su madre le había dicho que eligiera una barata, y que terminaron entrando en otra tienda por un cuaderno para Nicolás.
Dijo que, antes de salir, había visto llegar al técnico con una caja negra y una carpeta de cartón.
—Rafael llevaba una sudadera azul oscura.
Yo estaba buscando la bolsa de tela y escuché al hombre decir que quería comprobar las órdenes que se habían dado desde la aplicación.
Rafael respondió que ya se lo había explicado por teléfono.
Después se metieron hacia la despensa. No sé qué hicieron allí porque nos fuimos.
—¿Escuchaste algo más de esa conversación? —preguntó Eva.
—Una frase. Rafael dijo que no hacía falta asustar a Esther con cosas técnicas. El hombre contestó algo sobre hablar con quien recibía los avisos. No recuerdo las palabras exactas. Estaba en el pasillo y mi hermano me preguntaba dónde tenía las zapatillas.
Eva le dio tiempo para ordenar el recuerdo. Lucía explicó que, cuando regresaron, Rafael estaba en la cocina con otra sudadera, de color gris claro. No recordaba si había cambiado también los pantalones. Le pareció extraño porque aquella tarde no hacía calor, pero tampoco le preguntó.
—Tenía las manos mojadas —añadió—. O acababa de lavárselas, porque se secó con un paño. Mi madre preguntó dónde estaba el técnico y él dijo que se había marchado. Nicolás quiso entrar en la despensa porque buscaba un juego que habíamos dejado en una caja. Rafael le dijo que esperara.
Eva no completó la frase por ella.
—¿Qué hizo Rafael después?
—Fue hasta el fondo de la despensa. Desde la puerta vi que una de las estanterías estaba un poco apartada.
Detrás se veía una franja que antes parecía una pared.
Él colocó una mano en el borde, hizo algo que sonó como un cierre de metal y volvió a empujar la estantería a su sitio.
Le dije que quería coger el juego yo misma, y me contestó que allí había herramientas y que no teníamos que entrar.
No sé si utilizó una llave. No la vi. Recuerdo el ruido porque Nicolás volvió a preguntarle por sus cosas.
Molina se acercó al monitor, pero permaneció callado.
La descripción era compatible con el panel deslizante que Pilar había descubierto detrás de los muebles de la despensa.
Nos ofrecía algo que hasta entonces faltaba: una persona que recordaba un movimiento en aquel cierre después de la salida de Julián, aunque no podía decir qué había detrás ni cuándo se había utilizado por última vez.
—¿Habías visto abrir esa zona antes? —preguntó Eva.
—Rafael decía que era un cuarto de instalaciones. Alguna vez había apartado las cosas para revisar algo, pero nunca me dejaba entrar. Yo no sabía que fuera una habitación de verdad. Pensaba que detrás estaban los tubos de la alarma.
Lucía pidió agua. Eva detuvo la conversación mientras se la acercaban. Cuando volvió a sentarse, preguntó si podía decir algo que no estaba relacionado con el miércoles.
—Mi madre cree que acepté llamar papá a Rafael para hacerle un favor.
A veces lo hice delante de gente que no conocíamos, porque él decía que sería más fácil explicar quiénes éramos.
Luego dejé de hacerlo. No quiero que nadie piense que engañamos a los vecinos para sacarles algo.
Yo quería que nos dejaran tranquilos y que Nico pudiera tener amigos.
Eva le preguntó si deseaba añadir alguna cosa sobre la tarde. Lucía dijo que no había visto al técnico marcharse ni había oído golpes. Tampoco había presenciado una pelea. Antes de terminar quiso saber a quién tendría que pedir permiso para volver a sus clases.
Al reunirnos con Eva revisamos lo obtenido: recuerdos sobre la ropa de Rafael y el cierre de la despensa, no una identificación del agresor. El diálogo oído desde el pasillo tendría que cotejarse con las anotaciones de Julián sin convertirlo en una transcripción literal.
Pedí a Molina que organizara la comprobación de la ropa y que consultara a Pilar si el mecanismo descubierto podía producir el ruido descrito. También teníamos que contrastar los horarios de las tiendas antes de atribuir a aquella salida la franja de la muerte.
Esther nos esperaba en un despacho del centro. Le expliqué que Lucía había colaborado y que cualquier nueva intervención con ella debía evitar repeticiones innecesarias. Después respondí a la pregunta que había quedado pendiente desde nuestra primera conversación.
—Estamos buscando a Rafael. Todavía no está localizado.
Existen indicios que lo relacionan con actuaciones sobre la alarma y con comunicaciones amenazantes, pero investigar esos hechos no permite decirle todavía quién mató a Julián.
La dirección donde están ustedes no se va a entregar a Rafael por nuestra iniciativa; también hemos solicitado que se revisen las medidas de protección y los contactos de los menores.
Esther permaneció unos instantes mirando la carpeta que tenía delante.
—Entonces quiero que conste otra cosa. Lucía puede hablar por sí misma, pero las decisiones sobre su seguridad tenemos que tomarlas con ella, no delante de ella como si no estuviera.
Le dije que estaba de acuerdo en escucharla y que los servicios correspondientes debían valorar cómo compatibilizar esa petición con el riesgo existente.
Con su autorización, coordinamos una primera comunicación protegida con el instituto.
La orientadora confirmó que podía trabajar en una solución para mantener el vínculo académico y la participación de Lucía en la obra sin revelar el alojamiento; lo que aún no podía prometer era una fecha de regreso a los ensayos.
Antes de marcharme vi a Lucía junto a una ventana del pasillo. Estaba escribiendo un mensaje para Alba desde un dispositivo facilitado por el centro, con ayuda de Rebeca para no compartir datos de localización. Al verme, levantó la pantalla para que leyera una sola frase antes de enviarla.
«Todavía quiero hacer la obra. Guardadme el papel».
Le devolví el teléfono sin corregirle nada.