CAPÍTULO 24
La madre y los niños
—Quiero saber si mis hijos podrán quedarse aquí —repitió Esther.
Había acercado su silla a la de Nicolás, que seguía dando vueltas a una pieza del rompecabezas. Rebeca, la trabajadora social, se sentó junto a ella antes de que yo respondiera.
—Esta noche tenéis alojamiento y mañana también —le dijo—. Después revisaremos vuestra situación contigo. Hablar con la Policía no cambia eso, y lo importante ahora es que los niños sepan qué va a ocurrir.
Lucía dejó la caja sobre la mesa.
—Ayer nos dijisteis que podíamos ir al instituto cuando estuviera arreglado lo de la dirección. Si viene la Policía, ¿eso significa que tenemos que volver a aquella casa?
—Nadie os está pidiendo que volváis —respondí—. Hemos venido porque llevamos días intentando encontraros. Ahora que sabemos que estáis bien, necesitamos hablar con vuestra madre y comprobar qué medidas de protección hacen falta. Tu colegio y el de Nicolás serán parte de esas gestiones.
Lucía me observó unos segundos antes de volverse hacia Esther.
—Yo me quedo con Nico mientras hablas. Pero quiero que me cuentes después lo que te hayan dicho.
Su madre la miró un momento y aceptó. Rebeca preparó una sala contigua para los dos hermanos; una educadora permanecería cerca, y las puertas quedarían abiertas. Nicolás se llevó el rompecabezas, aunque antes recogió del suelo la pieza que no conseguía encajar.
Esther esperó a que se alejaran. Solo entonces apartó su bolso del regazo y lo puso junto a la silla.
—Sé que Óscar es su padre —dijo—. No voy a fingir que no existe. Pero si van a decirle dónde estamos, quiero saberlo antes. Lo mismo con Rafael. Una de las razones por las que me marché de Parla fue que ya había demasiada gente que conocía nuestro recorrido.
Le expliqué que la dirección no se facilitaría en una comunicación ordinaria y que las cuestiones de contacto parental y protección exigirían las decisiones de las autoridades competentes. No podía prometerle qué resolvería un juzgado.
—Bien —contestó—. Porque hasta ahora todo se decidía por nuestro bien y casi nunca me preguntaban si estaba de acuerdo.
Molina abrió su cuaderno mientras Rebeca le ofrecía coordinar asistencia jurídica. Esther aceptó explicar lo que recordaba para orientar las diligencias urgentes; cualquier declaración formal se recogería con las garantías correspondientes.
—Empecemos por el miércoles —dije—. ¿Recuerda a Julián Soria, el técnico que fue a revisar la alarma?
—Recuerdo que entró un hombre con una caja de herramientas y una carpeta.
No sabía cómo se llamaba. Rafael dijo que era de confianza y que iba a dejar el sistema arreglado de una vez.
Yo llevaba semanas pidiendo que alguien nos explicara por qué sonaba aquello.
Nos llegaban avisos y luego Rafael decía que había sido un intento de entrar, pero cuando yo preguntaba qué puerta habían tocado, siempre terminábamos discutiendo por mi manera de hacer preguntas.
Esther continuó, mirando la mesa.
—Aquel hombre saludó desde la cocina. Le pregunté si necesitaba algo y me dijo que primero iba a comprobar los registros.
Rafael lo acompañó hacia la despensa. Yo tenía que salir con los niños.
Nicolás necesitaba unas cosas para el colegio y Lucía quería comprar una carpeta.
También cogimos algo de comida. Nos fuimos andando, como otras veces.
—¿Rafael permaneció en la casa cuando salieron? —preguntó Molina.
—Sí. Al menos, cuando cerré la puerta estaba allí, con el técnico. Después no puedo decirles si salió o si volvió a entrar; yo estaba en la calle. Nos entretuvimos más de lo previsto porque Nicolás no encontraba el cuaderno que quería y acabamos entrando en otro comercio.
Recordé que Rosa Pastor vio salir a Lucía y Nicolás con una bolsa, pero no distinguió a Esther. Tendríamos que contrastar los comercios.
—¿Y cuando regresaron? —pregunté.
Esther llevó una mano al borde de la mesa y la dejó allí.
—Rafael estaba en la cocina. Le pregunté por el técnico porque había dejado un vaso de agua preparado y seguía encima de la encimera.
Me dijo que ya se había ido, que no había encontrado nada grave y que harían otra revisión cuando pudiera.
Yo me enfadé. Si todo estaba bien, quería saber por qué nos hacían cerrar las persianas cada vez que llegaba un aviso.
—¿Le dijo algo sobre la furgoneta del técnico?
—Vi una blanca aparcada cerca de la casa cuando salimos, con letras en un lateral. No sé si era suya. Al volver llevaba las bolsas y estaba pendiente de que Nicolás entrara; ni siquiera miré hacia donde aparcaban. ¿La están buscando?
—Sí. Todavía no sabemos qué ocurrió con ese vehículo.
Esther miró hacia la puerta por donde habían salido sus hijos.
—Yo no vi marcharse a ese hombre. Eso es lo único que puedo decirles. Rafael me aseguró que ya se había ido y le creí, aunque me molestó que una vez más nadie me explicara nada.
Le pedí que continuara, sin mencionar todavía los resultados de las alarmas.
—Poco después Rafael me dijo que Óscar había encontrado la casa.
Que alguien lo había visto cerca y que, si esperábamos, podía presentarse allí.
Me enseñó el último mensaje que había llegado de madrugada, el que decía que sabía dónde vivíamos.
Yo ya lo había leído, claro, pero aquella tarde parecía distinto.
Tenía a los niños delante, y Rafael hablaba como si Óscar estuviera a dos calles.
—¿Le explicó quién lo había visto? —preguntó Molina.
—Dijo que había recibido una llamada. Le pregunté de quién y contestó que era una persona que nos ayudaba, que no podía ponerla en peligro dando su nombre.
Quise llamar yo misma a alguien de Umbral.
Entonces me dijo que estaban preparando un vehículo y que teníamos que salir antes de que oscureciera.
Esther abrió el bolso y buscó un pañuelo, pero terminó sacando una hoja doblada varias veces. La alisó sobre la mesa. Había un número de teléfono y una dirección tachada.
—Esto lo guardaba desde antes. Me lo dio una mujer mientras esperaba para preguntar por ayudas de alquiler.
Yo quería encontrar un sitio para mis hijos sin tener que depender de Rafael.
No fui capaz de llamar desde Aravaca porque siempre acabábamos hablando de lo mismo: él tenía que saber con quién trataba, qué iba a contar y cuándo volvería.
En Parla me prestaron un teléfono y llamé a este número; no contestó nadie.
Después encontré la dirección de una oficina de ayuda, aunque también estaba cerrada.
Reconocí el número antiguo de la asesoría. Le pregunté si podíamos fotografiar la hoja y conservar una copia de sus datos. Accedió, pero volvió a doblarla en cuanto terminamos.
—¿Por qué dejó su móvil en casa aquella noche? —pregunté.
—Rafael dijo que Óscar podía rastrearlo.
Sabía que sonaba exagerado, pero también sabía lo que Óscar había hecho cuando yo intenté dejarlo años atrás.
Le dije a Rafael que quería llevar al menos el mío para pedir ayuda si pasaba algo.
Me respondió que sería lo primero que Óscar buscaría y que era cuestión de unas horas.
Yo puse mi teléfono y los de los niños en la mesa del salón.
El de Rafael estaba allí, conectado al cargador.
No recuerdo si quedaron alineados. Me importaba encontrar las chaquetas y sacar a Nicolás sin asustarlo más.
—¿Quién preparó la cena? —preguntó Molina.
—La sopa estaba hecha desde antes. Yo había dejado una olla para cuando volviéramos, pero no serví los platos. Íbamos a salir y nadie tenía hambre. Si encontraron la mesa puesta, ocurrió después de que nos marcháramos, o mientras yo estaba ocupada preparando las bolsas. No puedo asegurarles más.
Esther había visto la olla, no una cena servida. Su recuerdo tampoco permitía establecer quién había colocado los platos.
—Rafael nos llevó hacia el jardín de atrás —continuó—.
Dijo que era mejor no pasar por la calle.
Atravesamos el portillo y el terreno de los viveros.
Había ramas por el suelo y Nicolás tropezó dos veces.
Yo iba detrás sujetando las bolsas. Cuando llegamos al camino, vimos una furgoneta que nos esperaba.
La conductora nos llevó a Getafe y allí conocimos a Marga.
—¿Rafael los acompañó hasta el vehículo?
—Hasta el portillo, seguro. Después creo que volvió hacia la casa, aunque yo estaba pendiente de los niños.
No vi que hablara con la conductora. Me dijo que tenía que resolver unas cosas y que nos llamaría cuando fuera seguro reunirnos.
En el piso de Parla pasé la noche esperando alguna noticia.
Por la mañana decidí que no quería volver a un lugar que él eligiera por nosotros.
—¿Por qué no acudió entonces a la Policía? —le pregunté.
Esther no contestó enseguida. Desde la sala contigua llegó la voz de Nicolás, protestando porque faltaba una pieza.
—Cuando denuncias a alguien que te ha perseguido, aprendes a tener miedo también de los pasos que das después —dijo finalmente—.
No sabía en quién confiar y creía que Óscar podía encontrarnos si nuestra dirección empezaba a circular.
En el centro municipal pedí un abogado. Luego, en la sala común, vi una noticia sobre un hombre muerto en un chalet de Aravaca.
Reconocí la entrada de la casa, aunque no daban el nombre del fallecido.
Pedí ayuda para averiguar si tenía algo que ver con nosotros.
La trabajadora me explicó que la Policía estaba buscando a una familia y me propuso hablar con ustedes; quise asegurar antes que los niños pudieran quedarse en un lugar protegido.
Eso es lo que estábamos gestionando cuando aparecieron.
Le expliqué que el fallecido era Julián Soria, el técnico que había entrado aquel miércoles. Esther levantó la vista hacia mí y tardó unos segundos en volver a hablar.
—Entonces Rafael me dijo que se había marchado y aquel hombre seguía allí. ¿Está diciendo que murió mientras nosotros habíamos salido a comprar?
—Todavía estamos reconstruyendo cuándo ocurrió. Su relato nos ayuda a determinar quién estaba en la casa y en qué momentos, pero la hora exacta necesita más comprobaciones.
Esther se inclinó hacia delante.
—Cuando terminen, quiero que me digan lo que sepan.
También quiero que conste que yo había pedido irme antes de todo esto.
Rafael nos ayudó cuando lo necesitábamos y hubo meses buenos.
Pero llegó un momento en que cada cosa que yo quería hacer parecía una amenaza para él.
Pedir otra casa, dejar que Lucía ensayara teatro o que Nicolás saliera con sus amigos. No pienso volver a vivir así.
Rebeca regresó y Esther le pidió ayuda para tramitar la escolarización sin utilizar la dirección de Aravaca. Acordaron gestionarlo al día siguiente con los responsables de protección.
Molina y yo salimos de la sala mientras Esther iba a buscar a sus hijos.
Antes de reunirnos con ella para acordar las diligencias siguientes, marqué en mis notas tres comprobaciones: los comercios del miércoles, la posición de la furgoneta blanca y la comunicación en la que supuestamente alguien advirtió a Rafael de la presencia de Óscar.
Al pasar junto a la puerta abierta vi a Nicolás intentando encajar la última pieza. Lucía la tenía entre los dedos, pero en vez de colocársela, le señaló el hueco y esperó a que él encontrara la posición correcta. Esther se sentó junto a ellos para ayudar a recoger el juego.