La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El teléfono de Rafael

La trabajadora del centro municipal nos pidió que esperáramos mientras terminaba de atender a un hombre que había perdido una cita médica.

Desde la puerta del despacho oíamos cómo intentaba explicarle, por tercera vez y sin levantar la voz, que podía solicitar otra a través de su centro de salud.

Cuando consiguió despedirlo, retiró del escritorio una taza vacía y nos hizo pasar.

Se llamaba Inés. Molina había hablado con ella la tarde anterior, pero quiso que le contara de nuevo lo que recordaba sin enseñarle las fotografías.

—Era una mujer con dos hijos. El jueves vinieron varias familias y no podría reconocer sus caras entre todas, aunque recuerdo esta conversación porque la chica se empeñó en contestar a una pregunta que yo le había hecho a su madre.

Querían saber dónde podían dormir sin depender de una asociación que les había facilitado alojamiento.

La madre preguntó si el hombre que llevaba sus gestiones recibiría un aviso.

Le expliqué que antes necesitaba saber quién era ese hombre y qué relación tenía con ellos.

—¿Dieron algún nombre? —pregunté.

—La mujer se identificó como Esther Aranda.

Tenía documentación y la anotamos en una solicitud de atención urgente.

El apellido me ha hecho recordar la visita cuando su compañero preguntó ayer, pero he preferido consultar el registro antes de asegurarlo.

Los niños no participaron en la entrevista.

La mayor estaba pendiente de su hermano, que se había quedado dormido sobre una mochila.

Inés abrió una carpeta, dejando a la vista únicamente la hoja relativa a la solicitud.

Había una referencia administrativa y una anotación de derivación de emergencia.

Le pedimos que conservara el expediente íntegro y facilitara los datos necesarios mediante el procedimiento acordado con la responsable del servicio.

—No mandamos a nadie a buscar otra dirección por su cuenta —añadió—.

Activé un alojamiento temporal a través de los servicios sociales que colaboran con nosotros.

La madre insistió en que no informáramos a Rafael.

Primero pensé que era su pareja; después dijo que no lo era, y la hija intervino para aclarar que tampoco era su padre. Aquello cambió lo que les pregunté.

Molina dejó el bolígrafo junto a la libreta.

—¿Qué cambió para ellas?

—Que pudimos hablar de sus necesidades sin llamar a quien hasta entonces tomaba las decisiones.

La muchacha quería saber si podría regresar a clase.

Su madre preguntó por un abogado y por una vivienda donde los tres pudieran quedarse juntos.

De la muerte que ustedes investigan no dijeron una palabra.

La responsable del centro llegó mientras terminábamos.

Confirmó la referencia del recurso y contactó con su coordinación delante de nosotros.

Según el registro de entrada, Esther y los dos menores habían sido admitidos el jueves; una profesional les había prestado atención esa misma mañana.

Conservaron los datos de identificación y acordaron una comprobación presencial inmediata con nuestro equipo, sin comunicar la dirección a terceros.

Le pedí a Molina que organizara el traslado y avisara a la unidad de protección correspondiente. La noticia era mejor que cualquiera de las imágenes que habíamos reunido, pero necesitábamos comprobar personalmente que los tres estaban allí y escuchar a Esther sin que nadie hablara en su nombre.

—Voy contigo —dije.

—Nuria también te está buscando. Ha recibido los resultados que esperábamos sobre el otro teléfono. Yo puedo encargarme del alojamiento; si allí hay algo urgente, te avisaré antes de tomar ninguna decisión que pueda afectar a los menores.

Había acompañado a Molina en demasiadas búsquedas como para desconfiar ahora de su criterio. Le entregué mis copias de las fotografías y acordamos que acudiera con la profesional que conocía a la familia. Después volví a comisaría.

Nuria tenía dos fichas de terminales abiertas en la pantalla. Una incluía la fotografía de un móvil del salón; la otra solo mostraba identificadores técnicos y registros de conexión.

—El de la izquierda es el aparato que encontramos conectado al cargador y que atribuimos a Rafael —me explicó—.

Hemos contrastado la línea habitual con sus contactos profesionales y con las llamadas registradas, incluida la de las dieciocho doce a Vicente.

Eso acredita comunicaciones desde esa línea; no que Rafael pronunciara cada palabra.

El de la derecha es otro terminal. No lo tenemos.

Es el que utilizó durante un periodo la línea que enviaba las amenazas a Esther.

—¿Por qué no habíamos llegado antes hasta él?

—El número lo conocíamos desde la extracción del móvil de Esther.

La operadora nos había facilitado fechas de actividad, pero faltaba reconstruir el identificador del terminal en las conexiones históricas y obtener documentación sobre una recarga concreta.

Los registros adicionales llegaron por separado, y el cruce se ha terminado hoy.

Además, una parte de lo que te voy a enseñar no procede de ninguno de esos dos terminales.

Apartó la fotografía del aparato desconocido y abrió la copia documentada de un justificante.

Correspondía a una recarga de la línea amenazante realizada semanas antes de la desaparición, en un comercio de telefonía del sur de Madrid.

El número de operación coincidía con el asiento conservado por el operador.

El establecimiento había identificado un pago con una tarjeta bancaria a nombre de Rafael Cobo.

—¿Podría haber recargado la línea de otra persona? —pregunté.

—Perfectamente. Por eso no quiero que nos quedemos ahí.

La tarjeta vincula a Rafael con el pago, no con la redacción de los mensajes.

Hemos solicitado la documentación original de la venta y estamos comprobando que el comercio no haya corregido después el asiento.

Pero tenemos un segundo resultado, más difícil de explicar como un favor.

En la pantalla apareció una nota sin destinatario.

Su primera línea decía: «Sé que os habéis marchado.

Eso no significa que no pueda encontraros».

Reconocí el comienzo del mensaje más antiguo recibido por Esther.

En el archivo había otra versión, con una palabra tachada mediante una edición posterior, y una fecha de creación anterior al envío.

—Eso estaba en el móvil del salón —dije.

—No exactamente. De ese teléfono obtuvimos la actividad ordinaria que estaba disponible con la extracción autorizada.

La aplicación de notas no conservaba localmente las versiones anteriores.

El proveedor nos ha facilitado ahora, tras la autorización correspondiente, una copia de sincronización vinculada a la cuenta que se utilizaba en el aparato.

Hemos comparado los identificadores de sesión y los registros de recuperación de la cuenta, y estamos documentando qué metadatos proceden del servicio y cuáles del teléfono.

La versión anterior no apareció hasta que llegó esa copia.

Le pedí que abriera el siguiente borrador. Contenía una frase prácticamente idéntica a otra de las amenazas que había leído en el teléfono de Esther: «Dile a Rafael que deje de esconder a mis hijos». El archivo mostraba una corrección introducida antes de que el mensaje llegara a la destinataria.

Me quedé mirando aquella instrucción dirigida a Rafael. Su nombre aparecía en tercera persona, como si el remitente necesitara convencer a Esther de que alguien ajeno a la vivienda estaba vigilándolos.

—Quien guardó estos borradores tenía acceso a la cuenta de Rafael —dije.

—Y quien pagó aquella recarga utilizó una tarjeta suya.

Sumados al terminal distinto y a los horarios de la línea, los indicios apuntan con fuerza hacia él.

Aún debemos determinar quién podía entrar en esa cuenta y dónde terminó el otro aparato.

Tampoco sabemos si el teléfono del salón estuvo siempre en manos de Rafael.

Pero las dos coincidencias textuales anteriores al envío son difíciles de atribuir al azar.

Molina habría querido estar allí para verlo.

Pensé en Esther recibiendo aquellas advertencias mientras Rafael le explicaba que la casa era el único lugar seguro.

Le pedí a Nuria un informe separado para los documentos originales, las inferencias y las comprobaciones pendientes.

También dispuse que se comunicara el nuevo conjunto de indicios a la autoridad judicial, conforme al procedimiento de la investigación.

—Necesito que no se pierda el otro teléfono —añadí—. Y que revisemos si los accesos a la cuenta de notas coinciden con los de la administradora de la alarma, sin suponer que una coincidencia de usuario identifica a una persona.

—Ya estoy en ello. Primero quiero conservar las sesiones históricas tal como las entrega cada proveedor. Si mezclamos los relojes antes de calibrarlos, terminaremos dando precisión a algo que no la tiene.

Encontré a Pilar en la habitación sin ventanas de Aravaca, donde había vuelto para supervisar una comprobación de los restos recogidos junto a la estantería. Llevaba los guantes puestos y me indicó con la mirada una zona que todavía estaba señalizada.

—Me dijeron que habéis encontrado borradores de las amenazas —comentó—.

Eso puede explicar por qué alguien necesitaba mantener asustada a Esther, pero aquí seguimos teniendo a un hombre muerto.

Las muestras de la cuña y los indicios de limpieza continúan en estudio.

Que una persona haya mentido acerca de una alarma no determina quién le dio el golpe.

Le expliqué que buscábamos también la furgoneta de Julián y que habíamos ampliado las comprobaciones de los caminos que comunicaban con el vivero.

Pilar había recibido una nueva secuencia de cámara: después del intervalo compatible con la salida de la familia aparecía una figura que caminaba sola llevando un bulto al hombro.

El reloj de aquel equipo aún no estaba calibrado para fijar una hora exacta.

—A mí me parece un hombre —dije.

—A mí también. Y eso es todo lo que puedo ofrecerte sobre su identidad. Ni siquiera tenemos una imagen frontal utilizable. Si pretendemos demostrar que es Rafael, tendremos que buscar algo más que su altura aproximada.

Me aparté para dejar trabajar al técnico. Antes de salir comprobé que seguía en el expediente la petición de búsqueda de la furgoneta profesional, separada de la de Camino Abierto. Aún nos faltaba explicar cómo alguien pudo sacar de allí aquel vehículo y marcharse después sin ser identificado.

En el exterior, la luz de la tarde alcanzaba solamente una parte del jardín.

La valla que comunicaba con el antiguo vivero parecía menos importante que el primer día; ahora sabíamos por dónde habían pasado Esther y los niños, aunque eso no explicaba los movimientos del hombre que quedó en la vivienda.

Conduje hasta el alojamiento que había quedado identificado en las diligencias.

Molina me esperaba en el vestíbulo junto a una trabajadora social.

Habían cotejado los documentos de Esther con la solicitud del jueves y confirmado que los menores seguían allí.

Había pedido a la responsable que hablara primero con ella, sin presentarse por sorpresa ante los niños.

—Están los tres, Sergio. Esther sabe que hemos venido y quiere escucharnos. Ha pedido que no informemos a Rafael ni a Óscar de dónde están. Tampoco quiere que la separemos de sus hijos para hablar.

La trabajadora nos condujo hasta una sala con una mesa redonda.

Nicolás estaba sentado en el suelo, empeñado en encajar las piezas de un rompecabezas de madera; Lucía le sujetaba la caja para que no se volcara.

Se volvió al oírnos y se levantó, dejando una mano en el hombro de su hermano.

Reconocí su chaqueta vaquera de las fotografías de Aravaca.

Esther estaba junto a la ventana. Miró nuestras acreditaciones y después se acercó a los niños. Le dije quién era y por qué necesitábamos hablar con ella.

—Quiero saber qué ha pasado con Rafael —respondió—. Y si ese hombre que encontraron tiene algo que ver con que nos sacara de la casa. Pero primero necesito que me digan si mis hijos van a poder quedarse aquí.

La trabajadora le explicó que el alojamiento había confirmado su continuidad inmediata y que cualquier otra medida se estudiaría con ella, respetando las necesidades de los menores. Nicolás levantó la vista del rompecabezas y le preguntó a su madre si podrían terminarlo antes de irse.

—Claro que sí —le contestó Esther. Luego tomó una silla y nos señaló las otras dos.

Dejé sobre la mesa la carpeta cerrada. Dentro estaban las frases con las que alguien había intentado hacerle creer que Óscar había encontrado la casa. Podíamos hablar de ellas después de escuchar lo que Esther tenía que decirnos.