La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La alarma no fallaba

La puerta de la antigua asesoría estaba cerrada con una persiana metálica y un cartel que anunciaba el traslado a otra dirección.

Desde la acera se veía el polvo acumulado en el hueco de una cerradura que alguien había cambiado hacía poco.

Molina comparó el local con las imágenes de la terminal que acabábamos de revisar.

—La mujer del vídeo sale por la puerta lateral, con los dos chicos, y toma esta calle. Aquí hay una cámara de tráfico que los recoge al cruzar, pero después quedan fuera de plano. Si buscaban la asesoría, llegaron hasta el sitio correcto y encontraron esto.

—Si eran ellos —le recordé, mientras examinaba el cartel—. ¿La cámara del comercio de enfrente conserva el jueves?

—Ya la han solicitado. El dueño cree que sí. He pedido a los compañeros que la recojan y comprueben el reloj. También quiero hablar con quien trabajaba en ese local antes del traslado. Quizá Esther guardaba la dirección desde mucho antes de vivir en Aravaca.

Habíamos aclarado la procedencia de las grabaciones: la cámara del autobús mostraba a los viajeros subir y bajar; el panel y el pasillo aparecían en imágenes de la terminal. La secuencia era compatible con un mismo recorrido, aunque seguíamos sin una identificación facial concluyente.

Un hombre levantó la persiana del comercio vecino mientras hablábamos. Molina le enseñó las imágenes después de identificarse, y él acercó la fotografía a sus gafas.

—Yo abrí a las diez y media ese jueves. Una mujer preguntó si aquí atendían todavía a gente que necesitaba cambiar de domicilio.

Puede que sea esta, pero en una semana han entrado muchas personas.

Recuerdo que venía con una muchacha porque fue ella quien leyó el cartel en voz alta.

El niño se entretenía tocando la verja de mi escaparate.

Le pedimos que los describiera sin mirar la pantalla. Su recuerdo coincidía con varios detalles de las imágenes, aunque él mismo no quiso asegurarnos que fueran los mismos. Los había dirigido a un centro municipal de orientación situado a unas calles.

—Le dije que preguntara. Se marcharon andando, y la chica parecía tener más prisa que su madre. Si me hubieran dicho que buscaban a unos niños desaparecidos, habría intentado recordarles mejor la cara.

Molina transmitió la nueva dirección a la unidad que trabajaba sobre el recorrido.

Acordamos comprobar el centro y conservar las imágenes del comercio antes de que se sobrescribieran.

Mientras guardaba el teléfono, recibí un aviso de Nuria: habían llegado los datos pendientes de la empresa que gestionaba el sistema de seguridad de Aravaca.

En la sala de análisis, Nuria había apartado las imágenes de las cámaras para trabajar con dos documentos abiertos.

En uno figuraban las operaciones conservadas en la central; en el otro, el historial de usuarios y cambios de permisos que el proveedor había entregado tras completar las comprobaciones autorizadas.

—Ya sabíamos que varias alertas habían nacido de órdenes de usuario —dijo cuando nos sentamos—. Ahora tenemos la relación histórica de las credenciales. Antes solo disponíamos de los códigos que guardaba la central; faltaba saber a quién se asignaron y si habían cambiado de titular.

En la pantalla aparecía una cuenta de administración creada al instalar el servicio en la vivienda.

Tenía un identificador que yo había visto repetido en las tablas del capítulo de incidencias, pero esta vez figuraban también el correo utilizado para recuperarla, la fecha de entrega de las credenciales y la persona designada para gestionar los avisos.

Rafael Cobo.

—¿Era la única cuenta que podía hacerlo? —pregunté.

—La única con permisos de administración durante el periodo que estamos revisando.

Existían perfiles de consulta para recibir notificaciones, y una credencial de mantenimiento que se habilitaba durante las visitas técnicas.

Esta lista permite saber qué permisos tenía cada una, pero no quién sostenía el teléfono cuando se enviaba una orden.

Molina señaló tres fechas anteriores a la desaparición.

—Estas son tres de las activaciones manuales que estamos investigando.

—Sí. En las tres, la orden llegó autenticada con la cuenta administradora asignada a Rafael.

Hemos confrontado la hora de recepción del servidor con la de la central; en esos casos los datos son consistentes.

También aparecen operaciones similares en otras fechas, cuando la familia no había comunicado ningún incidente exterior.

Nuria abrió una tercera ventana: una muestra de los avisos que habrían llegado a los móviles.

El encabezado advertía de un evento de seguridad, pero, al desplegar la información técnica, se veía que el origen era un comando enviado desde la aplicación, no una detección de movimiento ni la apertura de una puerta.

—¿Y si un sensor estaba estropeado y por eso alguien entraba en la aplicación? —preguntó Molina.

—Es una posibilidad para alguna incidencia.

El sistema registra fallos de comunicación y mantenimiento en otras fechas.

Lo que hemos comprobado es que estos avisos concretos se generaron mediante una orden válida, y que los detectores examinados no registraron una intrusión que los desencadenara.

La central cumplió la instrucción que recibió.

Me incliné hacia el historial de permisos.

—¿Esther sabía que Rafael tenía ese control?

—Que conociera la contraseña, o que supiera qué podía hacerse con ella, no aparece aquí. Tampoco podemos excluir que Rafael compartiera las credenciales con otra persona. Necesitaremos buscarlo por otras vías.

Los avisos que habíamos interpretado como intentos de intrusión procedían de una cuenta de la propia vivienda. Quedaba averiguar quién la usó y qué sucedió durante la revisión de Julián.

—Quiero hablar con Carla —dije—. Si el técnico encontró estos datos durante la revisión, quizá dejara constancia de lo que pensaba explicar a la familia.

Nuria giró el otro monitor.

—Eso es lo que quería enseñarte. El proveedor del programa de partes ha conseguido recuperar campos de la orden que no se incluyeron en la primera copia.

El archivo que vimos con Paula era una exportación parcial del formulario.

Ahora hemos podido cotejarlo con el historial de versiones conservado en el servidor profesional.

No hay un informe firmado ni una entrega acreditada, pero sí otra anotación.

La leyó mientras yo seguía las líneas de la pantalla:

«Avisos registrados por cuenta administradora. Recomendar revisión de accesos y comunicación a los usuarios receptores. El cliente solicita aplazar esta explicación hasta una nueva comprobación».

Debajo figuraba una observación más breve: «No cerrar parte sin identificar autorizaciones».

—¿Sabemos cuándo escribió Julián eso? —pregunté.

—La copia se conservó dentro de la misma intervención cuya sincronización del miércoles ya conocíamos.

El historial permite reconstruir los campos presentes en aquella versión, pero no fijar el minuto en que redactó cada frase.

Tampoco sabemos si recogió una petición verbal, una instrucción anterior o una interpretación de la conversación.

Molina leyó de nuevo la expresión «el cliente».

—En la ficha del servicio consta Rafael como interlocutor.

—Sí —respondió Nuria—. Esa es la identificación administrativa. Para afirmar quién pidió aplazar la explicación necesitamos alguna corroboración adicional.

Cogí una copia identificada de la nueva extracción.

En el apartado destinado a la firma continuaban los dos espacios vacíos que ya habíamos visto.

Julián había dejado escrito que alguien no quería explicar todavía la naturaleza de aquellos avisos a las personas que los recibían.

Quien fuera podía haber pretendido evitar una alarma innecesaria; también podía estar impidiendo que Esther comprendiera que ninguna puerta se había abierto.

Carla nos recibió en Seguridad Soria y Asociados con una lista de servicios que había tenido que repartir entre dos técnicos. Al ver la anotación recuperada, buscó la orden de trabajo del miércoles.

—Rafael quería un informe para justificar que se sustituyera la central. Le advertimos de que, si el equipo funcionaba, Julián no recomendaría el cambio. Insistió en que fuera él porque conocía aquella instalación. Eso ya os lo conté.

—Lo sé. Hoy necesitamos aclarar otra cosa. ¿Julián había recibido antes alguna petición de no informar a Esther de lo que encontrara?

Carla se apoyó en el borde del escritorio.

—A mí Rafael me habló de discreción. Cuando le dije que quizás debíamos preguntar a quienes recibían los avisos, respondió que Esther estaba pasando una época complicada y que la información debía canalizarse por él.

Además, el martes nos escribió para pedir que cualquier parte se enviara únicamente a su dirección.

Acepté porque era nuestro interlocutor, pero he vuelto a buscar ese correo después de ver lo que anotó Julián. Os daré una copia.

—¿Por qué no nos lo contó antes? —pregunté.

—Porque recibir los informes de una instalación que uno administra me parecía normal. Ahora ya no estoy tan segura de que aquel hombre quisiera enseñárselos a Esther.

—¿Pudo creer Rafael que su informe iba a respaldar el cambio de equipos, aunque no hubiera fallos? —preguntó Molina.

—Pudo creer que Julián acabaría encontrando algo.

Los dos se conocían desde hacía años y Rafael confiaba en él, aunque mi socio era el primero en llevarte la contraria cuando los datos no te daban la razón.

Si queréis saber qué esperaba conseguir Rafael llamándolo, tendréis que preguntárselo.

Yo solo puedo deciros lo que nos solicitó.

Un técnico apareció con una caja y le pidió que revisara un albarán. Carla atendió la consulta, corrigió una referencia y volvió hacia nosotros sin retirar todavía la mano del mostrador.

—¿Paula conoce esa anotación? —preguntó.

—Todavía no. Vamos a incorporarla a la investigación y a informarla por el cauce que corresponde, sin presentarla como si supiéramos qué conversación hubo allí dentro.

Carla dobló la copia por la línea destinada a la firma.

—Me gustaría poder decirle que su padre estaba haciendo algo útil cuando murió. Aunque, conociéndolo, seguramente estaba discutiendo por una contraseña y pensando en que todavía le quedaba otra visita.

Carla nos facilitó el correo del martes para incorporarlo y contrastar su procedencia.

La petición de recibir el parte únicamente él era real; qué pensaba hacer después con la información seguía sin estar escrito en ningún sitio.

Nos despedimos mientras ella regresaba a las reparaciones que habían quedado pendientes.

Al salir, Molina consultó las diligencias del centro municipal. Allí habían atendido el jueves a varias personas sin cita, y estaban comprobando si entre ellas estuvieron Esther y los niños. Sus nombres no figuraban en el listado ordinario; quizá solo habían preguntado por una dirección.

—Voy a acercarme allí —dijo Molina—. La empleada que estuvo en el mostrador termina su turno dentro de poco. Prefiero preguntarle qué recuerda a seguir comparando fotos con listados.

Le entregué la copia de las imágenes de Parla que llevaba en la carpeta y comprobé que Nuria tenía asignada la petición de revisar los accesos históricos de la cuenta administradora.

Molina se marchó hacia el centro municipal; yo regresé a comisaría para incorporar la nueva documentación al expediente de Julián.

En la hoja de incidencias separé los hechos comprobados de las preguntas pendientes.

Varias alarmas procedían de la cuenta administradora asignada a Rafael.

Julián había anotado que el cliente quería demorar la explicación a los usuarios.

Y nosotros seguíamos sin saber quién había ejecutado las órdenes, qué se dijo en aquella habitación y dónde estaba la furgoneta del técnico.

Guardé el parte sin completar ninguna de esas casillas.