CAPÍTULO 21
La teoría que se cayó
Molina me respondió cuando estaba saliendo de Atocha. Había tenido que repetir la llamada porque dentro del tren apenas conseguía escucharlo, y ahora hablaba con el ruido de los taxis a mi espalda.
—Han recuperado las imágenes de uno de los autobuses que salen de Parla por la mañana —me dijo—.
La cámara está encima del conductor. Se ve subir a una mujer con dos menores que podrían ser Esther, Lucía y Nicolás.
Estamos comprobando el reloj del vehículo y he pedido el archivo completo, no solo las capturas que nos ha enviado la empresa.
—¿Sabemos dónde bajaron?
—El autobús acaba en una terminal del sur de Madrid. Han conservado también esa parte. Mañana quiero verla contigo, porque en las capturas hay detalles que se pierden. Y han llegado los registros de Valladolid. Esta vez no son solo facturas.
El equipo de búsqueda continuaba trabajando con las imágenes y ya había identificado los autobuses que enlazaban con la terminal. Le pedí la documentación de Óscar para contrastarla a la mañana siguiente.
Al día siguiente, la primera imagen que vimos fue la puerta de un autobús abriéndose en una parada de Parla.
La grabación tenía una fecha y una hora sobreimpresas; junto al monitor, un responsable de la empresa explicó que el sistema se sincronizaba con el equipo central, aunque todavía estaban preparando la comprobación específica de aquella jornada.
Una mujer subió detrás de una adolescente.
El niño llevaba una bolsa que parecía demasiado grande para él y tuvo que detenerse para sujetarla con las dos manos mientras la mujer buscaba dinero en el bolsillo del abrigo.
La muchacha se volvió para ayudarlo. Por la posición de la cámara apenas distinguíamos los rostros, pero la ropa y los tres bultos eran compatibles con las fotografías tomadas en el portal de Marga.
—No podemos identificar a los tres solo por esto —dijo Molina—. Pero el intervalo es compatible con el trayecto desde el piso y el conductor ha recordado que una mujer pagó los billetes en efectivo. Vamos a solicitar que la comparación de imágenes quede documentada.
Le pedí que continuara la grabación. El autobús avanzó entre paradas, recibió otros pasajeros y terminó su recorrido en una estación donde los viajeros descendieron junto a una fila de marquesinas.
Los tres aparecieron al final, con la adolescente delante.
Antes de salir del encuadre, la mujer se detuvo frente a un panel de información mientras los niños aguardaban a pocos pasos.
—Aquí tenemos algo que comprobar —dije—. Quiero saber qué información había en ese panel el jueves, no la que figure hoy. Y si alguna cámara del interior cubre la zona que queda fuera de esta imagen.
El responsable de la empresa anotó la petición. Molina abrió la libreta de Marga por la página de los gastos, que ya sabíamos que no correspondían a billetes conservados.
—¿Y el teléfono al que llamó Esther? —pregunté.
—Nuria tiene la antigua titularidad. Pertenecía a una asesoría de atención a mujeres que cambió de local y de número.
El fijo dejó de utilizarse hace meses. Estamos buscando a la persona que coordinaba el servicio entonces, pero, de momento, no tenemos constancia de que Esther llegara a hablar con nadie.
La hoja doblada de Esther podía contener aquel número antiguo. Le pedí a Molina que averiguara cómo había conseguido el contacto.
Los documentos de Valladolid ocupaban casi toda la mesa de la sala pequeña. Molina había ordenado las copias por su procedencia, separando el material que Óscar y su abogada nos entregaron de los registros obtenidos directamente de las empresas.
—He hablado con el encargado de mantenimiento y con la responsable del almacén —explicó—.
El miércoles recibieron a Óscar antes del mediodía para revisar un vehículo de reparto.
Lo importante viene después. Aquí tenemos un registro de acceso del recinto que lo sitúa allí a media tarde, una intervención registrada en el sistema del taller y la salida del vehículo por la barrera cuando ya había anochecido.
Abrió la grabación original del interior de una nave: un camión sobre un foso, dos operarios junto a una rueda y un hombre con mono azul que se incorporaba para mirar una pieza.
—Ese es Óscar —dijo Molina—. La encargada lo reconoció en la grabación original y confirmó que estuvo reparando el vehículo. Hemos solicitado el cotejo formal de la imagen y los datos de su entrada. Lo tengo anotado para que nadie convierta mi reconocimiento en una identificación pericial.
—¿A qué hora corresponde?
—A una franja que abarca el momento en que Julián ya estaba en Aravaca.
Hemos comprobado la diferencia entre el reloj del almacén y los registros del control de acceso; los dos sistemas no daban exactamente el mismo minuto, pero el margen de error no cambia el lugar.
Más tarde hay otra cámara, de la salida del recinto, en la que aparece el vehículo con el que Óscar regresó a Madrid.
Revisé los documentos de la orden de reparación.
El trabajo no parecía una visita breve preparada para justificar una ausencia.
Habían registrado una pieza que faltaba, otra que llegó a media tarde y una prueba del motor que tuvieron que repetir.
La hora de entrega figuraba además en el sistema del proveedor, distinto del que utilizaba el taller.
Los trabajadores habían sido localizados por vías independientes.
Molina puso sobre la mesa el justificante de un pago realizado después en una estación de servicio próxima a Valladolid.
La operación estaba asociada a una tarjeta a nombre de Óscar, y la grabación correspondiente mostraba a un hombre de sus características pagando junto al mostrador.
La secuencia, pendiente del cotejo formal de identidad y horarios, reforzaba su permanencia allí durante la tarde y parte de la noche.
—Aunque hubiese salido del almacén entre dos imágenes, no habría tenido tiempo material de ir a Aravaca y regresar —dijo Molina—. Y eso sin contar con el resto de las comprobaciones. Ya no puedo situarlo en la casa mientras Julián trabajaba allí.
Miré la fotografía de Julián, colocada junto al parte de su última intervención. De Óscar teníamos ahora varias observaciones independientes que lo mantenían a cientos de kilómetros.
—Entonces dejemos de investigarlo como posible autor material de aquel golpe —respondí—. Podemos comprobar otras relaciones o comunicaciones si aparece un motivo concreto, pero no sostener una presencia que contradicen las pruebas.
Molina retiró del tablero la tarjeta con la anotación «Óscar en Aravaca, miércoles». Había escrito un interrogante junto a ella semanas antes. La dejó boca abajo sobre la mesa y acercó las fotografías del vivero.
—Me equivoqué al tomar la llamada sobre una supuesta presencia de Óscar como si alguien la hubiera comprobado —dijo—. El interlocutor dijo que lo había visto. Nosotros nunca lo vimos y ni siquiera tenemos identificada su voz. Lo metí en la casa porque encajaba con lo que sabíamos de él.
—Todavía tenemos que averiguar quién llamó y por qué insistió en que fuera Julián. Eso sí ocurrió. La interpretación fue nuestra.
Nuria entró mientras guardábamos la documentación. Traía la relación actualizada de los contactos investigados en torno a los mensajes que había recibido Esther.
—Los datos de la línea anónima siguen sin establecer una vinculación técnica con los teléfonos conocidos de Óscar —nos dijo—.
Hemos ampliado las comprobaciones autorizadas y hay actividad de esa línea en Madrid durante una franja del miércoles en la que las pruebas sitúan a Óscar en Valladolid.
Eso no identifica a quien la llevaba ni demuestra por sí solo quién escribió el mensaje de la madrugada, pero obliga a separar dos cosas que estábamos tratando casi como si fueran una sola.
Le pedí que separara esos datos en el informe. Seguíamos buscando a Rafael, sin atribuirle todavía el teléfono amenazante.
La antigua asesoría funcionaba ahora en un local compartido con otras entidades.
Encontramos allí a una trabajadora que recordaba el cambio de sede porque había tenido que avisar personalmente a muchas usuarias.
Se llamaba Alicia y, cuando le enseñamos el número al que Esther había llamado desde el móvil de Marga, lo reconoció de inmediato.
—Era nuestro teléfono anterior —confirmó—.
Aparecía en folletos que circularon durante años.
Al mudarnos intentamos retirar los que pudimos, pero seguían llegando personas con la dirección antigua escrita a mano.
Algunas habían guardado la tarjeta mucho tiempo y acudían cuando por fin se decidían a pedir ayuda.
—¿Tiene forma de comprobar si Esther Aranda se presentó aquí el jueves? —pregunté.
Alicia miró las fotografías sin tocarlas.
—Puedo preguntar por las entrevistas registradas, pero no todos los contactos terminan en una ficha. Hay quien entra para pedir una dirección y se marcha. Además, no puedo mostrarles datos de terceras personas sin comprobar primero qué pueden solicitar ustedes por el procedimiento correspondiente.
—Buscamos a dos menores desaparecidos que viajaban con ella —expliqué—. Solo necesitamos saber si alguien los atendió o si Esther dejó algún dato de contacto.
Alicia llamó a una compañera y le pidió que revisara los turnos de atención de aquella mañana.
Después sacó un folleto antiguo de un archivador; la dirección de la oficina anterior figuraba al pie, debajo del mismo fijo que Esther había marcado.
Nos explicó que desde aquella ubicación la mayor parte de los usuarios llegaba por transporte público y que muchas personas preguntaban primero en los puntos de información de las estaciones.
No hubo ninguna coincidencia inmediata en los registros accesibles. Alicia nos facilitó el contacto oficial para continuar la comprobación con las garantías necesarias y se comprometió a advertir al equipo si alguien reconocía a Esther o a los niños.
Cuando salimos, Molina consultó la fotografía del panel donde la mujer se había detenido al bajar del autobús.
Había conseguido una imagen de la cartelería que estaba instalada el jueves.
Entre varios anuncios figuraba la dirección antigua de la asesoría, impresa en un folleto de orientación que aún permanecía bajo el cristal.
—Estuvo mirando justamente esto, o algo que había al lado —dijo—. Al menos sabemos que llegó a un sitio desde el que podía intentar encontrar esa ayuda. Si conservan las cámaras del pasillo de acceso, podremos comprobar hacia dónde se marcharon.
Pedí conservar las imágenes del pasillo y visitar también la antigua sede.
Antes de salir hacia la estación llamé a Clara Vela, la abogada de Óscar, por el canal que nos había facilitado.
Le comuniqué que las comprobaciones independientes situaban a su cliente en Valladolid durante el periodo investigado y que habíamos descartado, con los datos actuales, su presencia como agresor de Julián en la vivienda.
Le advertí que seguíamos investigando los mensajes y la situación de los menores, sin facilitar datos que pudieran comprometer su seguridad.
—Se lo trasladaré —respondió—. Él necesita saber que los están buscando en serio. Pero también le pediré que deje de interpretar cada silencio como una decisión contra él.
Colgué y volví a reunirme con Molina. Esta vez no discutimos qué hacía Óscar en Aravaca. Entramos juntos en la terminal para recorrer el pasillo al que daban las cámaras y comprobar las salidas que Esther había tenido delante de ella.