CAPÍTULO 20
Teresa Villena
Marga había anotado tres billetes en su libreta, pero no había comprado ninguno. Nos lo explicó junto a la parada de Parla, donde Molina y yo habíamos vuelto a citarla para comprobar los detalles de la salida de Esther.
—Le di veinte euros. Los apunté en la columna del transporte porque quería justificar el gasto cuando hiciera las cuentas de la asociación. Pensé en tres billetes porque eran tres personas, pero no sé qué compraron. Si hubiera guardado un recibo, ya se lo habría enseñado.
Molina cerró la fotografía de aquella página y le mostró los dos números que habíamos encontrado en el registro de su móvil.
—¿Y estas llamadas? Nos dijo que Esther intentaba hablar con alguien desde el jueves por la mañana. Los teléfonos de la casa de Aravaca estaban allí cuando entró la Policía. Necesitamos saber qué aparato utilizó.
—El mío —respondió Marga—. Me lo pidió mientras preparaba el desayuno. Marcó ella misma, dos veces seguidas, y al final me lo devolvió. Le pregunté si estaba todo bien y me dijo que nadie contestaba. No vi qué número había marcado; luego seguí ocupándome de los niños.
Los registros de la línea situaban ambas llamadas en aquella mañana. Una había durado unos segundos y la otra figuraba sin respuesta. Nuria ya estaba comprobando la asignación del número de destino. Era una pista más concreta que las rutas de aquella marquesina.
—¿Recuerda si Esther llevaba algún papel con direcciones? —pregunté.
—Una hoja doblada, creo. La sacó de la bolsa antes de llamar. Podría ser cualquier cosa, inspector. Aquella mañana tenía la cabeza en conseguir que desayunaran los niños y en convencerla de que esperase a que abrieran el servicio jurídico.
Marga cerró la libreta, impaciente.
—Sé que tendría que haberles contado lo del teléfono cuando vinieron a verme. Pero ustedes hicieron muchas preguntas y yo pensé que ya habían revisado las llamadas. ¿Sirve de algo que estemos aquí otra vez?
—Sirve —respondió Molina—. Ahora conocemos el origen de esas comunicaciones y podemos comprobar a quién intentó localizar. Si nos hubiera dicho que llamó desde su móvil, habríamos empezado por ahí. Por eso volvemos a preguntarle.
Marga se levantó sin contestar. La acompañamos hasta la esquina, donde tenía aparcado su turismo granate, y regresamos al coche. Molina abrió la carpeta de los transportes mientras yo atendía la llamada de la inspectora que llevaba en Alicante la revisión del caso de Irene Valdés.
Habían localizado a Teresa Villena en Paterna, cerca de Valencia.
También habían obtenido el original de una hoja de mantenimiento de Alborán Patrimonial y podían relacionar la referencia del inmueble con la vivienda investigada en 2014.
Teresa había accedido a recibirlos aquella semana.
La inspectora quería que asistiera porque yo había trabajado con los anexos de las propiedades y con las nuevas diligencias que cuestionaban la condena de Damián Rueda.
—Podemos entrevistarla sin ti —me dijo—, pero hay dos referencias de la documentación que vosotros habéis cotejado y preferiría resolverlas con quien las encontró. Si en Madrid no puedes ausentarte, seguiremos adelante.
Le pedí que mantuviera la cita hasta esa tarde.
Molina había oído lo suficiente para entender de qué trataba la conversación.
—Vas a Valencia.
—Todavía no lo he decidido. Quiero que la búsqueda quede organizada antes de moverme. Tú llevas Valladolid, pero puedo dejar la coordinación de Parla con otro equipo.
—La llevo yo —respondió—. No me cuesta hacer dos llamadas para repartir los trabajos.
Si aparece una dirección donde puedan estar Esther y los niños, no voy a esperar a que vuelvas para entrar en contacto con quien corresponda.
Lo que sí quiero es que estés localizable y que no intentemos resolver el caso de Irene en un solo día.
Acordamos que Molina dirigiría las comprobaciones de las líneas de autobús y las estaciones; Nuria seguiría las dos llamadas hechas desde el teléfono de Marga; y la unidad que había localizado a Silvia continuaría revisando los contactos ajenos a Umbral.
Los datos de Óscar en Valladolid quedarían pendientes de una respuesta formal de la empresa sobre las horas de la tarde, sin dar por probado nada mientras llegaba.
Esa misma noche confirmé con Marta el desplazamiento a Valencia. Tomaría el primer tren y regresaría después de la entrevista.
Marta Seguí, la inspectora de Alicante con la que llevaba meses hablando, me esperaba a la salida de la estación con una carpeta gris bajo el brazo.
—Teresa trabajó para varias fincas de Alborán —me explicó mientras caminábamos hacia el coche—.
Hemos contrastado sus datos con la Seguridad Social y con dos antiguos compañeros.
El recibí no prueba que estuviera allí el día en que murió Irene, pero sí que realizó servicios relacionados con esa propiedad durante aquel año.
—¿Ha visto fotografías de Irene antes de que le preguntemos nosotros?
—Las de las noticias, en su momento. Nos ha dicho que recuerda su cara de haberla visto por televisión. No le hemos enviado ninguna imagen reciente del expediente. Quiero evitar que confunda lo que sabía entonces con lo que leyó después.
Teresa vivía en un edificio bajo de Paterna. Llevaba el pelo blanco recogido y unas gafas sujetas por un cordón. Nos hizo pasar a la cocina, donde había preparado agua.
—Me dijeron que vendrían dos —comentó—. También me dijeron que buscaban papeles de cuando trabajaba limpiando pisos. De aquellos años conservo pocas cosas; mi madre guardaba más que yo.
Marta se sentó frente a ella y sacó una reproducción de la hoja de mantenimiento.
—Queremos empezar por esto. ¿Reconoce su firma?
Teresa tardó en responder. Acercó el papel hasta casi tocarse las gafas y recorrió la última línea con el dedo.
—Es mía. Escribía así, con la erre muy abierta. Pero la fecha del recibo no significa que trabajara ese día. Nos pagaban varias tareas juntas y a veces firmábamos semanas después. Hubo un encargado que se enfadaba si le pedías que separara los trabajos.
—¿Recuerda el inmueble de esta referencia? —pregunté, señalándole el código que habíamos identificado en los anexos.
—Por el número, poco. Puedo reconocerlo si veo dónde estaba. Las casas tenían una numeración que usaban ellos y otra para los trabajadores. Algunas veces me mandaban con una llave y ninguna dirección completa.
Marta desplegó un plano antiguo del entorno, sin señalar el lugar donde habían encontrado a Irene.
Teresa reconoció una calle, pero pidió que acercáramos el dibujo a la ventana.
—Aquí había una entrada de servicio —dijo—. No salía a la fachada principal. Las furgonetas descargaban por detrás y el encargado nos hacía entrar por allí cuando había huéspedes. Una vez me quedé encerrada porque habían cambiado el candado y nadie me avisó.
—¿Trabajó dentro de la vivienda? —preguntó Marta.
—Sí, alguna vez. Limpié una cocina y preparé habitaciones para una visita de propietarios. Recuerdo unas baldosas verdes porque la fregona se enganchaba en una junta. Pero no sabría decirle el mes, y mucho menos el día. Tenía a mi madre enferma y cambiaba turnos con otras mujeres continuamente.
Teresa nos dio el nombre del encargado que organizaba las sustituciones, ya citado en el expediente, y describió dónde guardaba las llaves. Marta lo anotó para cotejarlo con los partes antiguos.
—Ustedes han venido por la muchacha que murió allí —dijo Teresa, mientras apartaba el plano—. Lo supe cuando me llamaron. Hace años pensé que la había visto alguna vez, pero ahora no estoy segura ni de eso.
Marta dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Cuéntenos lo que recuerda, aunque después resulte que no tiene relación. No necesita ponerle nombre a nadie.
—Había una chica joven cerca de aquellas propiedades.
Eso es lo que me viene a la cabeza. La vi junto a un coche, o cerca de donde se dejaban los coches.
Cuando salió su fotografía en las noticias pensé que era la misma, pero las noticias las repetían a todas horas.
Mi hermana dijo que me estaba confundiendo con otra muchacha que trabajaba en un bar. Puede que tuviera razón.
—No voy a decirles que era Irene para que ustedes puedan cerrar un expediente. Ya hubo bastante gente diciendo cosas que después cambiaba. A mí me preguntaron si había trabajado allí y he contestado que sí. Lo demás tendría que comprobarlo con mis apuntes.
—¿Conserva apuntes de aquellos trabajos? —pregunté.
—Agendas pequeñas. Ponía las horas, los teléfonos que me daban y cualquier problema que surgía. Las guardé con las cosas de mi madre cuando vaciamos su piso. Hay cajas en el trastero de mi hermana. Ni siquiera sé si siguen allí, pero voy a preguntarle antes de que se deshaga de nada.
Marta le explicó cómo podían recoger o documentar esos materiales sin mezclarlos con los recuerdos actuales, y acordaron que Teresa avisaría si encontraba alguno. Antes de despedirnos, la mujer pidió una copia del recibo con su firma.
—Quiero tenerlo delante cuando busque. Si encuentro una agenda de aquella época, podré saber si lo que me parece recordar ocurrió de verdad o si me lo he inventado con los años.
Se la dejamos identificada como reproducción y nos acompañó hasta el rellano. En la escalera, Teresa llamó a su hermana para preguntarle por las cajas del trastero. No obtuvo respuesta y guardó el teléfono.
Marta y yo revisamos lo obtenido antes de separarnos.
La firma reconocida confirmaba la relación laboral de Teresa con las propiedades administradas por Alborán; su descripción del acceso de servicio podía cotejarse con planos y partes antiguos.
El posible encuentro con una joven seguía siendo un recuerdo impreciso, sin fecha ni identificación.
—¿Te ha parecido que ocultaba algo? —me preguntó Marta cuando cerró la carpeta.
—Me ha parecido que teme equivocarse. Ha reconocido detalles concretos del trabajo y se ha detenido cuando le pedíamos memoria de personas. No ganamos nada empujándola hacia una respuesta que no tiene.
Marta asumió las gestiones de Alicante y yo consulté las novedades de Parla.
Nuria había confirmado que las dos llamadas desde el móvil de Marga se hicieron a un número fijo que ya no estaba operativo.
Estaban identificando al titular de aquella línea durante el periodo anterior y comprobando si existía algún servicio que la sustituyera.
En cuanto a los tres billetes, Marga había aclarado que se trataba de una anotación de gasto; no había títulos de transporte que permitieran seguir una validación concreta.
Molina había solicitado vídeos de las paradas principales y seguía contrastando las rutas. También esperaba los registros pendientes de Valladolid, con un plazo de entrega confirmado.
En el tren abrí las fotografías del portal de Parla. Lucía sujetaba la bolsa de su hermano mientras Esther se volvía hacia Marga, que sostenía la puerta.
Amplié el rostro de Esther, pero la imagen perdió definición. Volví al encuadre original y marqué las paradas pendientes en el plano.
Cuando el tren entró en Madrid, llamé a Molina. Quería saber qué habían encontrado en las paradas que yo acababa de marcar.