La casa sin ventanas (Los casos de Rivas 4) CAPÍTULO 19
73%

CAPÍTULO 19

Una teoría demasiado buena

Marga Valero había dejado de contestar a su teléfono de trabajo porque llevaba toda la mañana acompañando a una vecina al centro de salud.

El número que Silvia nos facilitó estaba a su nombre y, después de comprobarlo por las vías correspondientes, conseguimos hablar con ella.

Accedió a recibirnos en un pequeño local de asociaciones de Getafe, aunque nos pidió que fuéramos sin periodistas ni representantes de Umbral.

Cuando llegamos, estaba vaciando un armario de ropa de invierno. Apartó una caja de zapatos para dejarnos sitio y nos señaló dos sillas desiguales.

—Silvia me dijo que habían hablado con ella. Supongo que necesitan saber dónde llevé a Esther, pero antes quiero estar segura de que han entendido por qué hicimos esos traslados. Había un hombre al que esa mujer tenía miedo y nadie quería dejarle un camino de direcciones para seguirla.

—Lo hemos entendido —respondí—. También sabemos que dos menores siguen sin aparecer y que en la vivienda donde vivían encontraron a un hombre asesinado. Precisamente por eso necesitamos reconstruir el recorrido entero.

Marga sostuvo mi mirada un momento. Después sacó de un cajón una libreta pequeña y la abrió por una página señalada con una tira de papel.

—Los recogí el miércoles por la noche. Silvia llegó en la furgoneta blanca y me ayudó a pasar las bolsas al coche.

Yo los llevé a un piso que utilizábamos durante las primeras horas de una emergencia.

Está en Parla. Dormimos allí los cuatro; les preparé algo caliente y dejé a los niños una habitación donde pudieran estar juntos.

—¿Quién decidió que después cambiarían de alojamiento? —preguntó Molina.

—Rafael había previsto otro traslado. Me pidió que esperara instrucciones suyas, pero a la mañana siguiente seguíamos sin saber nada.

Esther quería marcharse. Le ofrecí acompañarla a un servicio de atención jurídica y se negó porque temía que Rafael conociera a todos los voluntarios con los que yo trabajaba.

Llevaba horas intentando llamar a alguien que no contestaba.

Marga pasó una página de la libreta. Había anotado compras, un pequeño gasto en medicamentos y tres billetes de transporte urbano.

—Le di dinero para los desplazamientos y la acompañé hasta la parada de autobús. Me dijo que buscaría otra ayuda, una donde pudiera hablar por sí misma. No me explicó a cuál. Se fueron los tres el jueves por la mañana, con las mismas bolsas.

—¿Por qué no nos lo comunicó al ver las noticias? —le pregunté.

Se sentó al fin y cerró la libreta con la palma de la mano.

—Porque pensé que estaban escondidos por voluntad propia. Después me enteré de que también buscaban a Rafael y me dio miedo haberlos dejado marchar sin preguntar más. Se lo conté a Silvia cuando me llamó esta mañana, pero tendría que haber acudido antes. Puede anotarlo como quiera.

No necesitaba que se disculpara otra vez. Le pedí la dirección del piso, el recorrido hasta la parada y cualquier dato de contacto que Esther hubiera mencionado. Marga nos acompañó hasta el edificio.

El portal tenía una cámara sobre los buzones y un cristal rayado junto al portero automático.

El encargado nos mostró, tras las gestiones de conservación y acceso, un fragmento correspondiente a la mañana del jueves.

Vimos a Marga sujetando la puerta mientras una mujer y dos menores salían con sus bolsas.

La ropa y las características físicas eran compatibles con los desaparecidos; las imágenes se incorporaron para su cotejo, sin pretender identificar a nadie únicamente por aquel vídeo.

A mi lado, Molina siguió la secuencia hasta que los tres desaparecieron por la acera. Nicolás se había detenido para ajustar una de las asas de su bolsa y Lucía lo esperaba unos pasos más adelante.

—Al menos tenemos otro momento posterior al traslado —dijo—. Ahora necesitamos saber qué autobús tomaron.

La parada quedaba a dos calles. En la marquesina había un plano con varios recorridos hacia estaciones y centros de transporte.

Copiamos las líneas posibles y repartimos la comprobación de cámaras y títulos de viaje entre los agentes que ya seguían la búsqueda.

Aquella mañana no íbamos a obtener de una sola testigo una dirección definitiva, pero tampoco habíamos terminado donde empezamos: sabíamos que Esther había abandonado el primer alojamiento por decisión propia y que los niños seguían con ella el jueves.

Óscar Ledesma había solicitado ampliar su declaración con una abogada. Nos esperaba en una sala de entrevistas cuando regresamos a comisaría, sentado al lado de una mujer que había extendido varios documentos sobre la mesa sin quitarles las pinzas.

—Mi cliente quiere corregir dos impresiones que, por lo que sabemos, figuran en la investigación —dijo la letrada, Clara Vela, después de identificarse—.

La primera es que los mensajes dirigidos a Esther procedan de él.

La segunda, que sus intentos anteriores de localizar a sus hijos lo sitúen en Aravaca el miércoles.

Óscar llevaba ropa de calle y parecía haber dormido poco. Dejó que su abogada terminara antes de hablar.

—Estuve buscando a mis hijos y no pienso fingir que no lo hice. También fui al barrio donde Ángel decía haberlos visto. Lo que niego es haber escrito esas amenazas. Si han encontrado mensajes, tendrán que demostrar de dónde salieron, porque yo no los mandé.

—¿Cuándo supo por última vez algo de Lucía y Nicolás? —pregunté.

—Antes de que se marcharan con Esther. Rafael decía que necesitaban tiempo y que insistir solo conseguiría alterarlos. Me acostumbré a esperar noticias que nunca llegaban. Ahora resulta que mis hijos desaparecen y todos miran hacia mí porque hace años me comporté como un animal con su madre.

Clara le tocó ligeramente el brazo, pero Óscar continuó.

—Lo que hice entonces está en los expedientes.

No voy a discutirlo ni a pedirle a Esther que lo olvide.

Pero Rafael era quien hablaba por ella. Cada vez que intentaba saber cuándo podía llamar a Nicolás, me contestaba él.

Me decía que era por seguridad y yo terminaba enfadándome, que era justo lo que parecía esperar.

—¿Tiene mensajes donde ocurra eso? —preguntó Molina.

La abogada nos entregó copias de comunicaciones ya identificadas por fecha.

En varias, Óscar solicitaba hablar con los niños y recibía respuestas de Rafael proponiendo aplazar el contacto o canalizarlo por la asociación.

Había reproches por parte de Óscar, algunos desagradables, y silencios prolongados entre una conversación y la siguiente.

—Esto acredita una intermediación, no que Rafael inventara amenazas —observó Molina.

—Entonces investiguen ambas cosas —respondió Clara—. Mi cliente facilitará sus dispositivos para las comprobaciones pertinentes con las garantías que correspondan. Pero no aceptaremos que una hipótesis sobre los mensajes sustituya al análisis de quién los envió.

Óscar se inclinó hacia mí.

—¿Y dónde están ahora los niños? Me dijeron que seguían buscándolos. ¿Saben al menos si alguien los ha visto?

Pensé en las imágenes del portal de Parla. Podíamos confirmar que existían indicios de desplazamientos posteriores a la salida de Aravaca sin comprometer una ruta que todavía no habíamos terminado de verificar.

—Hemos localizado personas que los vieron después de abandonar la vivienda y seguimos tratando de establecer su situación actual. Cuando dispongamos de información que pueda comunicársele, lo haremos por los cauces adecuados.

Óscar apartó la vista. Clara recogió despacio una hoja que se había deslizado al borde de la mesa.

—También hemos traído los justificantes de Valladolid —dijo—. Nos pidieron ampliar las horas de permanencia. La empresa ha confirmado su llegada por la mañana y nos ha facilitado una relación de trabajos y personas que pueden declarar. Quedan registros de la tarde pendientes de comprobar.

Molina examinó las copias.

—Ya tenemos acreditada una parte de la jornada. Estoy esperando los datos completos de accesos y las imágenes que permitan fijar su salida. Hasta entonces seguiremos contrastando sus movimientos.

—Eso me parece razonable —contestó la abogada—. Lo que no sería razonable es convertir el tiempo que tarda una comprobación en una prueba contra él.

Óscar nos miró uno a uno antes de marcharse. Había llegado dispuesto a defenderse y salía sin una respuesta sobre el paradero de sus hijos. Al despedirlo, tuve que resistir la tentación de explicarle que buscábamos algo más útil que un culpable provisional.

Salimos al aparcamiento de comisaría con las copias de Valladolid y las fotografías del portal de Parla. Molina se detuvo junto a su coche, buscando las llaves en el bolsillo, mientras yo repasaba en el móvil las líneas de autobús que los agentes habían empezado a comprobar.

—Voy a decirte por qué sigo considerando a Óscar —empezó—.

Sabía que Esther estaba por Aravaca, insistía en encontrarla y había tenido comportamientos violentos con ella.

Rafael comunica una amenaza, llama a un técnico y después se organiza una evacuación auténtica.

Si Óscar apareció por allí y hubo un enfrentamiento con Julián, las piezas podrían encajar.

—Hasta que llegamos a Julián —respondí—.

¿Por qué tendría Óscar que entrar en una estancia escondida detrás de una estantería?

¿Cómo supo que el técnico estaba allí y por qué desapareció su furgoneta?

Además, Rafael no avisó a la Policía de que hubiera encontrado un cadáver.

En vez de eso, alguien dejó una mesa preparada y cuatro teléfonos juntos.

—Podría haberse asustado y haber intentado ganar tiempo para sacar a la familia.

—Pero la familia ya había salido cuando se encontró la casa así. Y si el objetivo era protegerlos, ¿qué conseguía una cena servida? Estamos usando la misma explicación para decisiones que apuntan en direcciones distintas.

Molina apoyó las copias sobre el techo del coche. Al otro lado del aparcamiento, una patrulla arrancó y tuvo que esperar a que un repartidor terminara de maniobrar.

—Mi teoría tiene demasiados lugares donde colocar a Óscar sin haberlo visto —admitió—. Pensaba que el relato de Rafael sobre su presencia lo respaldaba, pero ese relato es precisamente lo que necesitamos comprobar.

—Sigamos investigando la llamada y los mensajes.

Y la coartada, desde luego. Pero la búsqueda de Marga nos ha dado una cosa que tu reconstrucción no preveía: Esther decidió marcharse otra vez cuando Rafael dejó de contestarle.

Quizá haya tomado más decisiones de las que nosotros estamos teniendo en cuenta.

Molina recogió las copias antes de que el viento se las llevara y consultó en su teléfono el cuadrante del equipo que revisaba los transportes de Parla.

—Me quedaré con Valladolid hasta cerrar las horas que faltan. Después me uniré a la búsqueda por las estaciones. Quiero saber si Óscar pudo estar en Madrid, pero también quiero encontrar a esos niños antes de que una teoría nuestra nos haga mirar hacia el lugar equivocado.

Le envié las fotografías del portal para que las incorporara a la cronología.

Molina subió al coche y yo volví a abrir en el móvil el plano de Parla.

En vez de guardar otra vez el expediente, llamé a la unidad que revisaba los transportes y le indiqué que comprobara primero las dos líneas que llevaban a la estación. Después salí hacia allí.